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domingo, julio 03, 2011

Manso y humilde de corazón

El décimo cuarto domingo del tiempo ordinario nos presenta en la primera lectura una profecía de Zacarías sobre un rey peculiar (9,9-10): Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, hija de Jerusalén, mira, tu rey viene hacia ti, es justo y salvador, montado sobre un asno, sobre un borrico, cría de asna.
Benedicto XVI comentaba en su “Jesús de Nazaret” que estas palabras anuncian “un rey pobre, un rey que no gobierna con poder político y militar. Su naturaleza más íntima es la humildad, la mansedumbre ante Dios y ante los hombres. Esa esencia, que lo contrapone a los grandes reyes del mundo, se manifiesta en el hecho de que llega montado en un asno, la cabalgadura de los pobres”. 
En el segundo tomo, el Papa concluye que en el domingo de ramos se ve que Jesucristo es “un rey de la sencillez, un rey de los pobres. Su poder reside en la pobreza de Dios, en la paz de Dios”.
Humildad, mansedumbre, sencillez, pobreza. Estas son las notas prioritarias del rey que anuncia Zacarías. Por eso, es apenas lógico que el Evangelio de la Misa sea Mateo (11,25-30): Jesús declaró: —“Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga es ligera”.
El Señor conoce nuestro cansancio, fruto amargo del pecado original. Pero curiosamente el alivio que ofrece no es el ocio, unas hamacas, por ejemplo, sino un yugo. Cambia cansancio por yugo. Señor: es difícil de entender, ¿qué tipo de comercio nos propones? –Quizá la continuación del discurso nos dé una pista: “Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas”. 
No es lo mismo tu yugo –suave- y tu carga –ligera- que nuestros cansancios y agobios. Podemos entender que nuestro descanso es llevar tu yugo, del modo en que Tú lo llevas: con mansedumbre y humildad. De ese modo, tu yugo es suave.
San Josemaría tiene dos textos sobre el yugo, que pueden servirnos para nuestra oración: “el yugo es la libertad, el yugo es el amor, el yugo es la unidad, el yugo es la vida, que El nos ganó en la Cruz” (Amigos de Dios, 31). Y en el Viacrucis (II,4) traduce libremente: “mi yugo es la libertad, mi yugo es el amor, mi yugo es la unidad, mi yugo es la vida, mi yugo es la eficacia”.
Como vemos, son dos citas similares: repite libertad-amor-unidad-vida, en el contexto del compromiso con Dios que, si bien vincula, al mismo tiempo libera. Libertad no es ausencia de relaciones, sino capacidad de darse. El que toma el yugo de Cristo es más libre que, por ejemplo, el hijo pródigo, quien terminó esclavo de sus vicios.
Los dos conceptos distintos son: en la homilía se añade que esa vida la ganó en la Cruz, en la estación dirá que es la eficacia. Se trata de un peso que es amor. Puestos a sufrir –la vida del hombre en la tierra es una milicia, había dicho Job-, mejor hacerlo por caridad que por egoísmo, mejor buscar la alegría de Dios que nuestro pequeño capricho. El descanso para nuestras almas está en llevar tu yugo, Señor, y aprender de tu mansedumbre y tu humildad.
Llama la atención otra homilía de San Josemaría (Amigos de Dios, 28) dice que el alma enamorada conoce que, cuando viene el dolor, “se trata de una impresión pasajera y pronto descubre que el peso es ligero y la carga suave, porque lo lleva Él sobre sus hombros, como se abrazó al madero cuando estaba en juego nuestra felicidad eterna”. Por eso dice que el yugo es la vida que el Señor nos ganó en la Cruz: porque el yugo es el madero que él abrazó. De ese modo, él toma sobre sus hombros nuestras contradicciones y por eso aligera nuestra carga. Es nuestro cirineo.
Mons. Echevarría resume esta idea resaltando que Jesús “nos propone un intercambio: darle lo que nos pesa y tomar nosotros su carga. Saldremos ganando, "porque mi yugo es suave y mi carga ligera". Nos mueve a abandonar en El nuestra soberbia, que tantas fatigas nos procura, y a revestirnos su humildad, que permite considerar las cuestiones en su verdadera dimensión, sin exagerar las dificultades. A mudar nuestra ira y nuestra arrogancia, por su mansedumbre. Siempre un cambio a nuestro favor: cargamos sobre Él la opresión que nuestros vicios y pecados merecen, y conseguimos las virtudes y la paz que Él nos trae. Nos llama a canjear el desordenado amor propio, por ese amor de Dios que se entrega a todos” (Eucaristía y vida cristiana).
¡Cuántas manifestaciones podríamos comentar de la humildad! Por ejemplo: Humildad de corazón es darse cuenta de que el apostolado es de Dios, no nuestro. Que lo que atrae y conquista a las almas es la gracia de Dios, la fuerza del Evangelio, y no nuestras pobres palabras humanas -aunque hay que preparar muy bien lo que vayamos a decir-. 
La mejor preparación del apostolado, de la predicación, de la caridad, es "gastar" tiempo delante del Sagrario, "perder" esos minutos adorando, desagraviando, pidiendo perdón, intercediendo por tantas almas y tantos asuntos: encomendándolos a Dios para que sea Él quien haga su obra, antes, más y mejor: "mi yugo es la eficacia". Humildad es esforzarse por hacer muy bien la oración, es lo que San Agustín resumía diciendo que primero está la oración y después la peroración.
Otra manifestación de humildad es no perder la paz cuando palpamos nuestras miserias: contar con el poder de Dios. Es lo que predicaba San Josemaría: “De su amor y para su Amor vivo yo, a pesar de mis miserias personales. Y a pesar de esas miserias, quizás por ellas, es mi Amor un amor que cada día se renueva”.
Podríamos poner otros muchos ejemplos concretos de humildad y mansedumbre, pero me parece que la mejor manera de hacerlo es con una especie de radiografía de la vida interior, que nos mostrará la verdad de aquellas palabras de Cervantes, quien decía que “es la base y fundamento de todas las virtudes, y sin ella no hay ninguna que lo sea”.
La radiografía nos la da el punto 259 de Surco:
- "La oración" es la humildad del hombre que reconoce su profunda miseria y la grandeza de Dios, a quien se dirige y adora, de manera que todo lo espera de Él y nada de sí mismo.
- "La fe" es la humildad de la razón, que renuncia a su propio criterio y se postra ante los juicios y la autoridad de la Iglesia.
-  "La obediencia" es la humildad de la voluntad, que se sujeta al querer ajeno, por Dios.
- "La castidad" es la humildad de la carne, que se somete al espíritu.
- "La mortificación" exterior es la humildad de los sentidos.
- "La penitencia" es la humildad de todas las pasiones, inmoladas al Señor.
–La humildad es la verdad en el camino de la lucha ascética.
Acudamos a la Virgen Santísima, quien decía que el Señor la había llamado porque se había fijado “en la humildad de su esclava”, y pidámosle que nos alcance la audacia para que nos decidamos a llevar sobre nosotros el yugo de su Hijo y a aprender de Él, que es manso y humilde de corazón. Que de ese modo, Madre nuestra, encontremos el verdadero descanso para nuestras almas: porque su yugo es suave y su carga es ligera.

domingo, julio 06, 2008

Humildad de Jesús


Zacarías anuncia una profecía que con el tiempo se vio que era mesiánica: “Alégrate sobremanera, hija de Sión; da gritos de júbilo, hija de Jerusalén; mira a tu rey que viene a ti, justo y victorioso, humilde y montado en un burrito”. Lucas tiene en cuenta la primera parte, cuando anuncia el saludo del Ángel a María: “Alégrate, llena de gracia”, le dice, mostrando que se está empezando a cumplir la profecía: “mira a tu rey que viene a ti, justo y victorioso”. 

El Domingo de Ramos se verá cumplida también la segunda parte: “mira a tu rey que viene a ti, justo y victorioso, humilde y montado en un burrito”. No entra a Jerusalén en medio de una caravana apabullante, sobre elefantes adornados con todo boato, o en un brioso caballo árabe: “mira a tu rey que viene a ti montado en un burrito”. Escoge lo más sencillo: un pollino, un burrito pequeño. 

Humildad de Jesús. No solo el Domingo de Ramos. El Evangelio del XIV domingo relaciona este pasaje con Mateo (11, 25-30): “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”. Jesús se pone de ejemplo de humildad. En su eternidad, siempre ha sido humilde. Ya lo era en la creación, cuando imprimía su racionalidad, su Logos, al mundo. No necesitaba crear, pero en su amor transmitió el ser al universo. 

Y en su humildad creó al ser humano y lo hizo libre, para que lo amara sin obligación, por decisión voluntaria. La humildad lo llevó a exponerse al rechazo de su criatura (mucho antes de que fuera plasmado en el cine con Blade Runner). En su humildad experimentó el pecado original de sus hijos.

Y al llegar la plenitud de los tiempos (para abreviar las múltiples humillaciones del Antiguo Testamento, a manos de ese pueblo de dura cerviz que rompía su alianza de modo reiterativo), llegó al colmo de la humildad: la segunda Persona de la Santísima Trinidad se encarnó, tomó la naturaleza humana –sin dejar de ser Dios- en las entrañas virginales de María. Dios se hace hombre, se abaja, se humilla, se anonada, según los verbos que utiliza la Escritura.

En su humildad, pasa nueve meses en el vientre materno y después nace… todos sabemos dónde: en un potrero, en un establo, un pesebre. La familia que escogió para nacer es un hogar pobre, campesino, de una aldea remota, donde se hablaba un dialecto. No vivió en Roma, ni en Atenas. Ni siquiera escogió para nacer a Jerusalén. Tampoco Cafarnaúm: nace en Belén, crece en Nazaret. Por eso puede decir: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”.

Humildad de Jesús, que le lleva a vivir al día (“El Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”) y a padecer la mayor ignominia de aquel tiempo: la muerte de cruz (el que pendía de la cruz era “maldito”, según el Deuteronomio 21, 23). A la luz de ese ejemplo, el “aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” toma la forma de cariñoso reproche: ¡Qué poco he aprendido yo!, podemos decir.

Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón. Para que tú y yo sepamos que no hay otro camino, que solo el conocimiento sincero de nuestra nada encierra la fuerza de atraer hacia nosotros la divina gracia” (San Josemaría, Amigos de Dios, 97).