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miércoles, noviembre 11, 2009

Servicio




En el capítulo décimo de San Marcos, el Señor sube a Jerusalén con sus discípulos. Ya se nota un aire tenso: “Jesús los precedía y ellos estaban sorprendidos: los que le seguían tenían miedo”. Les llama la atención la resolución con que asciende al sitio donde morirá, según ha anunciado dos veces. Por toda respuesta, el relato presenta un tercer anuncio acerca de la inminencia de su muerte y posterior resurrección. Sin embargo, parece que los discípulos no se enteraran. Santiago y Juan se preocupan más por su lugar en la gloria que por su participación e los padecimientos: “Entonces se acercan a él Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, diciéndole: —Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir. Él les dijo: — ¿Qué queréis que os haga? Y ellos le contestaron: —Concédenos sentarnos uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu gloria. Y Jesús les dijo: —No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo bebo, o recibir el bautismo con que yo soy bautizado? —Podemos –le dijeron ellos. Jesús les dijo: —Beberéis el cáliz que yo bebo y recibiréis el bautismo con que yo soy bautizado; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde concederlo, sino que es para quienes está dispuesto”.



El Señor menciona dos figuras del sufrimiento: el cáliz y el bautismo. Para cuando se escribió el evangelio, ya Santiago había bebido ese cáliz y recibido el bautismo del martirio. Pero inmediatamente se nos presenta la reacción de soberbia de los otros discípulos: “Al oír esto los diez comenzaron a indignarse contra Santiago y Juan. Entonces Jesús les llamó y les dijo: —Sabéis que los que figuran como jefes de las naciones las oprimen, y los poderosos las avasallan. No tiene que ser así entre vosotros; al contrario: quien quiera llegar a ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea esclavo de todos: porque el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en redención de muchos”.



Estas palabras se relacionan con la primera lectura, que es el cuarto canto del Siervo del Señor profetizado por Isaías. En este pasaje, explica Benedicto XVI, llegamos al tercer tipo de palabras sobre el Hijo del hombre: los preanuncios de la pasión. Ya hemos visto que los tres anuncios de la pasión del Evangelio de Marcos, que estructuran tanto el texto como el camino de Jesús mismo, indican cada vez con mayor nitidez su destino próximo y la necesidad intrínseca del mismo. Encuentran su punto central y su culminación en la frase que sigue al tercer anuncio de la pasión y su aclaración, estrechamente unida a ella, sobre el servir y el mandar: "Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos" (Mc 10, 45).



Podemos concretar esa disposición, que debe ser habitual, en pequeños detalles de servicio, comenzando por el propio hogar: saberse molestar cada uno, para que la casa funcione. Ofrecerse para colaborar en el aseo, el orden, los mandados. Servir en la cocina y en el comedor. Ayudar con el silencio, o soportar el ruido de los demás sin muchos aspavientos. Lo mismo con el cigarrillo: una buena mortificación para el fumador es no hacerlo en lugares cerrados y otra, para el que no fuma, es soportar el humo ajeno haciendo buena cara. Ceder el televisor, el computador o el teléfono. Servir en la vía pública: conducir con decencia y sin atacar a los otros. Servir en los medios de transporte público, en la calle, en el sitio de trabajo o en el aula de clase. Dar limosna a personas necesitadas o, al menos, a entidades que les ayudan. A veces los mendigos entienden que uno no les dé una moneda, pero sí esperan una cara sonriente, una mirada fraterna. Cuántos detalles pequeños se nos presentan a lo largo del día para ejercitar ese lema de cristiano: yo no vine para que me sirvan, sino para servir.



Una anécdota de San Josemaría: “El día 19 de marzo de 1959, fiesta de san José, patrono del Opus Dei, Escrivá pasa por el office en el momento en que están preparando las fuentes de la comida. Se detiene. Toma una. Entra en el comedor. Desde la puerta, busca con la mirada a Julia Bustillo, que es la más veterana. Va hacia donde ella está sentada y le acerca la bandeja, sosteniéndola para que se sirva: -En la casa de Nazaret todos servían… ¡Hoy me toca servir a mí! Pero el gesto pretende abrir camino a una costumbre. Así que, pasado un tiempo, les dirá a las directoras que viven en La Montagnola: -En casa no hay «servicio doméstico»: unos realizan una profesión y otros otra. Cada cual hace su trabajo y todos servimos a Dios, que es el único Señor. Me parecería muy bien que algunas veces -y no hace falta que sea un día excepcional o un día de fiesta, sino cualquier día corriente- vosotras sirvierais la mesa de quienes, porque es su profesión, habitualmente os atienden a vosotras (Urbano P. El hombre de Villa Tevere, p. 252).



Una manifestación concreta de esas ansias de servir es el esfuerzo por adquirir más competencia en nuestro trabajo profesional. Escribe San Josemaría: “Por eso, como lema para vuestro trabajo, os puedo indicar éste: para servir, servir. Porque, en primer lugar, para realizar las cosas, hay que saber terminarlas. No creo en la rectitud de intención de quien no se esfuerza en lograr la competencia necesaria, con el fin de cumplir debidamente las tareas que tiene encomendadas. No basta querer hacer el bien, sino que hay que saber hacerlo. Y, si realmente queremos, ese deseo se traducirá en el empeño por poner los medios adecuados para dejar las cosas acabadas, con humana perfección” (Es Cristo que pasa, 50).



Juan Pablo II decía que el ser humano “se afirma a sí mismo, de manera más completa, dándose. Ésta es la plena realización del mandamiento del amor. Ésta es también la plena verdad del hombre, una verdad que Cristo nos ha enseñado con Su vida y que la tradición de la moral cristiana -no menos que la tradición de los santos y de tantos héroes del amor por el prójimo- ha recogido y testimoniado en el curso de la historia” (Cruzar el umbral de la esperanza, p. 208). Al papa polaco le gustaba poner tres ejemplos de vida entregada: la maternidad, la milicia –un soldado que arriesga su vida por la patria-, la entrega a Dios en el celibato.



Pidamos a la Virgen Santísima su protección para que también sea nuestro lema que no hemos venido a la tierra para ser servidos, sino para servir y dar la vida a los demás por Dios.