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lunes, enero 09, 2017

Navidad y Cruz

El misterio de la Navidad, con la explosión de alegría y de paz que le caracteriza, tiene un aspecto que es poco mencionado: el dolor que porta desde el primer momento.
Jesucristo se encarna en unas coordenadas históricas concretas, y esa realidad histórica también incluía que, como fruto amargo del pecado original, el ser humano experimentara el dolor y el sufrimiento sin mayor sentido que el de la necesaria, pero insuficiente, reparación a Dios por los pecados de todos los tiempos.
Sin embargo, Jesús, el Salvador —ese es el significado de su nombre—, vino precisamente para liberarnos de esas cadenas del pecado, para justificar nuestras culpas y para asociarnos a su redención. Por eso vemos que toda su existencia, también la infancia y la vida oculta, está marcada con la señal de la Cruz, a la que están siempre unidos los que le están cercanos.
Ya en los prolegómenos de su venida, cuando el Ángel Gabriel le anuncia a Zacarías la concepción de su hijo, que será el precursor del Mesías, la falta de fe del anciano sacerdote le ocasiona quedarse mudo hasta el nacimiento de su hijo.
Para María de Nazaret tampoco fue sencilla, ni exenta de contradicciones, la decisión de permanecer virgen al ver que Dios la llamaba por ese camino, pues quedaba expuesta a las burlas de sus coterráneas por no ser capaz de engendrar al Mesías.
Al recibir el mensaje del Ángel en la Anunciación, experimentó otro dolor: la posibilidad de perder el apoyo de José. Ese silencio prudente, de guardar para sí el misterio de la Encarnación del Verbo en su vientre, nos habla de otra dimensión del espíritu de penitencia: la mortificación interior, la lucha por controlar la imaginación, la memoria, la curiosidad:
«Si la imaginación bulle alrededor de ti mismo, crea situaciones ilusorias, composiciones de lugar que, de ordinario, no encajan con tu camino, te distraen tontamente, te enfrían, y te apartan de la presencia de Dios. —Vanidad.
Si la imaginación revuelve sobre los demás, fácilmente caes en el defecto de juzgar —cuando no tienes esa misión—, e interpretas de modo rastrero y poco objetivo su comportamiento. —Juicios temerarios.
Si la imaginación revolotea sobre tus propios talentos y modos de decir, o sobre el clima de admiración que despiertas en los demás, te expones a perder la rectitud de intención, y a dar pábulo a la soberbia.
Generalmente, soltar la imaginación supone una pérdida de tiempo, pero, además, cuando no se la domina, abre paso a un filón de tentaciones voluntarias.
—¡No abandones ningún día la mortificación interior!» (S, n. 135).
Inmediatamente después de la Anunciación, María subió a visitar a la prima Isabel, con un viaje sacrificado, al que siguieron las contradicciones propias del trabajo doméstico en una casa ajena, al servicio de dos personas ancianas: la prima embarazada y el esposo mudo.
Sin embargo, la actitud de María no es de queja por el destino que el Señor le ha marcado. Al contrario, descubre en aquellas tribulaciones el amor de Dios, y por eso reacciona siempre con alegría, con una sonrisa que se explaya en el canto del Magnificat: Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava. Las contradicciones, bien llevadas, con amor de Dios, deben manifestarse en el rostro alegre: «¡Oh, Madre!: que sea la nuestra, como la tuya, la alegría de estar con Él y de tenerlo» (S, n. 95).
Como esa Cruz va cayendo sobre los seres más amados, el patriarca san José también la recibió. Entre sus famosos «dolores y gozos», destaca el dolor de dejar a María, de apartarse —en su humildad— ante el misterio de la concepción virginal, del cual se consideraba indigno de participar. Después de la confirmación de su papel como padre putativo de Jesús por parte del Ángel (le pondrás por nombre Jesús) llegó un nuevo viaje, el ascenso a Belén para cumplir humildemente con los caprichos del emperador extranjero, el censo.
La estrella de Belén y el coro de la legión angelical, que acompañaron el Nacimiento de Jesús, no lograron opacar o esconder la pobreza y humildad, el sacrificio del Verbo eterno, ya no solo al abajarse al nivel del ser humano, sino al nacer como el más pobre de los pobres, entre los animales. Se cumplen desde el primer momento las palabras de san Efrén el sirio: «la divinidad se escondió bajo la humanidad para poder llegar hasta la muerte» (Sermo de Domini Nativitate).
Uno podría pensar que la visita de los magos, con el oro que portaban como ofrenda al verdadero Rey y Dios, sería una nota de alegría en medio de un panorama tan oscuro. La verdad es que, cuando se tiene vida sobrenatural, el dolor forma parte del gozo, como las sombras resaltan la luz en una pintura o los silencios fortalecen las grandes sinfonías: la alegría tiene sus raíces en forma de Cruz (Cf. ECP, n. 43; F, n. 28). Además, en medio de las dificultades, María y José eran conscientes de que estaban cumpliendo la voluntad del Padre, ¡qué mejor motivo de alegría! Y tenían como bálsamo nada menos que el amor de Jesús.
Don Julián Herranz (2011, p. 157) cuenta una anécdota que ilustra esta verdad: un día, mientras predicaba, san Josemaría lo interrumpió de modo extraordinario, pues casi nunca lo hacía, porque había dicho reiteradamente la palabra «tribulaciones”: «Tribulaciones, tribulaciones… No, hijo mío. Esa palabra no me gusta: con frecuencia sirve para disimular la falta de Amor». No dijo más. El futuro cardenal Herranz terminó la meditación en un tono menos sombrío, y al salir del oratorio, san Josemaría le pidió disculpas con una sonrisa por haberle interrumpido, y le explicó: «Es que las almas poco generosas consideran tribulaciones lo que en realidad es una bendición divina, porque el Señor bendice con la Cruz».
Volviendo a la Epifanía, vemos que, junto con el oro —que serviría poco después para paliar las dificultades del traslado e instalación en Egipto—, los magos también portaron incienso, como signo de admiración al Dios hecho Niño, sumo sacerdote, pero además llevaron mirra, «que profetizaba su muerte y sepultura» (LH). Acerca de este presente, san Josemaría explicaba que la mirra es la mortificación, amar la Cruz, saberse fastidiar gustosamente por Cristo, aunque cueste y porque cuesta:
«esa mortificación no consistirá de ordinario en grandes renuncias, que tampoco son frecuentes. Estará compuesta de pequeños vencimientos: sonreír a quien nos importuna, negar al cuerpo caprichos de bienes superfluos, acostumbrarnos a escuchar a los demás, hacer rendir el tiempo que Dios pone a nuestra disposición... Y tantos detalles más, insignificantes en apariencia, que surgen sin que los busquemos —contrariedades, dificultades, sinsabores—, a lo largo de cada día» (ECP, n. 37).
Es lo que vemos en la vida cotidiana de la sagrada Familia. Como si los problemas que hemos visto hasta ahora fueran pocos, más adelante tuvieron que partir hacia Egipto, huyendo del peligro certero de muerte a causa de la soberbia asesina de Herodes. Parece como si, con el martirio de los inocentes, el diablo quisiera vengarse, al intuir que la redención se estaba empezando a actuar en el mundo. La respuesta de José es otra materialización de la cruz: la obediencia, que es «la humildad de la voluntad, que se sujeta al querer ajeno, por Dios» (S, n. 259).
La existencia de la Sagrada Familia fue una vida de desplazados, de inmigrantes. Y cuando lograron estar instalados, después de unos años viviendo en África, llegó el momento de regresar a casa, para recomenzar de nuevo. Si sufrimos solo con imaginarlo, ¡cómo habría sido de duro el vivirlo!: Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo: Levántate, coge al niño y a su madre y vuelve a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño». Se levantó, tomó al niño y a su madre y volvió a la tierra de Israel.
Aunque cueste, da tranquilidad saber que se cumple la voluntad de Dios. Pero andar por esa vía no quiere decir que se encuentre libre de obstáculos. Casi podríamos decir que sucede al contrario: "Pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes tuvo miedo de ir allá. Y avisado en sueños se retiró a Galilea y se estableció en una ciudad llamada Nazaret". En esas circunstancias, sería fácil reaccionar de mala manera, preguntándose qué sentido tendría tanta contradicción. Pues resulta que lo tiene, aunque a veces no nos enteremos a las primeras de cambio. Fue lo que sucedió en este caso: "Así se cumplió lo dicho por medio de los profetas, que se llamaría nazareno".
En Nazaret vivirían el martirio de la vida ordinaria, materializado ya no en las grandes vicisitudes que hemos contemplado, sino en la lucha diaria por crecer en virtudes: el ejemplo, el servicio, el trabajo, la oración, el amor mutuo. Y por esa razón, la Sagrada Familia es el mejor modelo para tomar la Cruz de cada día en nuestra vida ordinaria:
«no seremos santos, si no nos unimos a Cristo en la Cruz: no hay santidad sin Cruz, sin mortificación. Donde más fácilmente encontraremos la mortificación es en las cosas ordinarias y corrientes: en el trabajo intenso, constante y ordenado; sabiendo que el mejor espíritu de sacrificio es la perseverancia en acabar con perfección la labor comenzada; en la puntualidad, llenando de minutos heroicos el día; en el cuidado de las cosas, que tenemos y usamos; en el afán de servicio, que nos hace cumplir con exactitud los deberes más pequeños; y en los detalles de caridad, para hacer amable a todos el camino de santidad en el mundo: una sonrisa puede ser, a veces, la mejor muestra de nuestro espíritu de penitencia» (San Josemaría, Carta 24-III-1930, n. 15. Citado por Berglar, P. [1987]. Opus Dei. Madrid: Rialp, p. 100).
En medio de ese martirio ordinario, hubo un evento que marcó la historia de la Sagrada Familia; tanto, que la lglesia lo toma como uno de los misterios gozosos del Rosario: la pérdida y hallazgo de Jesús en el templo, a los doce años. ¡Cuánto habrán padecido María y José!, no echándose mutuamente la culpa de la pérdida, sino haciéndose responsables personalmente, y sufriendo por el dolor de los otros dos: del cónyuge y del hijo. San Juan Pablo II, meditando sobre esta escena, dice que la Virgen no riñó a Jesús, sino que lo observó con «mirada interrogadora». El misterio de la Cruz sigue aleteando sobre la historia de ese hogar: «La revelación de su misterio de Hijo, dedicado enteramente a las cosas del Padre, anuncia aquella radicalidad evangélica que, ante las exigencias absolutas del Reino, cuestiona hasta los más profundos lazos de afecto humano. José y María mismos, sobresaltados y angustiados, “no comprendieron” sus palabras (Lc 2, 50)» (RVM, n. 20).
Más adelante vendría la muerte de José, el cambio de circunstancias familiares. Una nueva dificultad para el proyecto evangelizador que Jesús habría previsto, una nueva ocasión de crecer en gracia y sabiduría, en identificación con la voluntad del Padre.
Y para no seguir en esta meditación hasta el holocausto perfecto que fue el sacrificio en la Cruz —tema que consideramos con profundidad en Semana Santa—, podemos quedarnos en el bautismo de Jesús, que es la fiesta con la cual la Iglesia concluye el periodo navideño. Las representaciones orientales de este misterio de la vida de Cristo dibujan a Jesús, al descender al Jordán, como si se acostara en un ataúd. De esa manera significan la dimensión sacrificial del bautismo.
Benedicto XVI explicaba el sentido profundo de este pasaje de la vida de Cristo, que «se manifestará sólo al final de la vida terrena de Cristo, es decir, en su muerte y resurrección. Haciéndose bautizar por Juan juntamente con los pecadores, Jesús comenzó a tomar sobre sí el peso de la culpa de toda la humanidad, como Cordero de Dios que “quita” el pecado del mundo. Obra que consumó en la cruz, cuando recibió también su “bautismo”. En efecto, al morir se “sumergió” en el amor del Padre y derramó el Espíritu Santo, para que los creyentes en él pudieran renacer de aquel manantial inagotable de vida nueva y eterna» (Ángelus, 13-01-2008).

En muchos de estos pasajes, los evangelistas concluyen diciendo que María conservaba todas estas cosas en su corazón. Acudamos a Ella, para terminar este rato de meditación: «Supliquemos hoy a Santa María que nos haga contemplativos, que nos enseñe a comprender las llamadas continuas que el Señor dirige a la puerta de nuestro corazón. Roguémosle: Madre nuestra, tú has traído a la tierra a Jesús, que nos revela el amor de nuestro Padre Dios; ayúdanos a reconocerlo, en medio de los afanes de cada día; remueve nuestra inteligencia y nuestra voluntad, para que sepamos escuchar la voz de Dios, el impulso de la gracia» (ECP, n. 174).

domingo, enero 11, 2015

El Bautismo del Señor

El tiempo de Navidad, uno de los tiempos fuertes del año litúrgico, termina con la celebración del Bautismo del Señor. La narración de san Marcos es, como en el resto de su Evangelio, escueta y directa (1,7-11): Llegó Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse los cielos y al Espíritu que bajaba hacia él como una paloma. Se oyó una voz desde los cielos: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco».

Ese misterio de la vida de Cristo tiene un estrecho vínculo con la Epifanía y con el milagro de las bodas de Caná. Como dice la Antífona de las laudes del 6 de enero, «hoy la Iglesia se ha unido a su celestial Esposo, porque, en el Jordán Cristo la purifica de sus pecados; los magos acuden con regalos a las bodas del Rey, y los invitados se alegran por el agua convertida en vino».

Los Padres de la Iglesia también unen estas festividades. Por ejemplo, san Proclo enseñaba: «El agua del diluvio acabó con el género humano; en cambio, ahora, el agua del bautismo, con la virtud de quien fue bautizado por Juan, retorna los muertos a la vida. Entonces, la paloma con la rama de olivo figuró la fragancia del olor de Cristo, nuestro Señor; ahora, el Espíritu Santo, al sobrevenir en forma de paloma, manifiesta la misericordia del Señor».

Con estas citas notamos el énfasis que la Iglesia pone en la institución del Bautismo, sacramento con el que Jesús purifica nuestros pecados para que podamos unirnos a su cuerpo místico. El Compendio del Catecismo (n.105) ofrece el mejor resumen de los efectos de este misterio luminoso: «Jesús recibe de Juan el Bautismo de conversión para (1) inaugurar su vida pública y (2) anticipar el “Bautismo” de su Muerte; y (3) aunque no había en Él pecado alguno, Jesús, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1,29), acepta ser contado entre los pecadores».

Podemos considerar en nuestro diálogo con el Señor la anticipación del «Bautismo» de su muerte. Es una manera fuerte de mostrar la unidad de toda la vida de Cristo, como lo hacen algunos villancicos, cuando ponen en boca del Niño, en medio de la alegría de la Navidad, palabras como estas: Yo bajé a la tierra para padecer.

El papa Benedicto XVI escribió en su libro sobre Jesús de Nazaret que, «a partir de la cruz y la resurrección se hizo claro para los cristianos lo que había ocurrido: Jesús había cargado con la culpa de toda la humanidad; entró con ella en el Jordán. Inicia su vida pública tomando el puesto de los pecadores. La inicia con la anticipación de la cruz (…). El significado pleno del bautismo de Jesús, que comporta cumplir "toda justicia", se manifiesta sólo en la cruz: el bautismo es la aceptación de la muerte por los pecados de la humanidad, y la voz del cielo –Este es mi Hijo amado– es una referencia anticipada a la resurrección. Así se entiende también por qué en las palabras de Jesús el término bautismo designa su muerte.

Es una consideración que nos puede servir cuando meditemos, cada jueves, el primer misterio luminoso: el Bautismo de Jesús es la prefiguración de nuestro bautismo. Entre los muchos efectos de ese primer sacramento ―gracias, Señor, por habernos permitido recibirlo―, el Compendio del Catecismo (n.263) enumera algunos: el Bautismo perdona los pecados; hace participar de la vida divina trinitaria mediante la gracia santificante (que nos incorpora a Cristo y a su Iglesia); hace participar del sacerdocio de Cristo, etc.

Consideremos en nuestra oración de hoy los dos últimos efectos: la incorporación a Cristo y a su Iglesia, y la participación del sacerdocio de Cristo (alma sacerdotal). Estas consecuencias de nuestra pertenencia al cuerpo místico del Señor configuran nuestra vocación bautismal: la llamada que Dios nos hace a la santidad y al apostolado. Como Jesús, hemos de ser almas de oración y de penitencia.

Así lo describe el papa Benedicto XVI: «La anticipación de la muerte en la cruz que tiene lugar en el bautismo de Jesús, y la anticipación de la resurrección, anunciada en la voz del cielo, se han hecho ahora realidad. Así, el bautismo con agua de Juan recibe su pleno significado del bautismo de vida y de muerte de Jesús (…). En su teología del bautismo (cf. Rm 6,1: Los que fuimos bautizados en Cristo fuimos bautizados en su muerte), Pablo ha desarrollado esta conexión interna sin hablar expresamente del bautismo de Jesús en el Jordán. La iconografía recoge estos paralelismos. El icono del bautismo de Jesús muestra el agua como un sepulcro líquido que tiene la forma de una cueva oscura, que a su vez es la representación iconográfica del Hades, el inframundo, el infierno. El descenso de Jesús a este sepulcro líquido, a este infierno que le envuelve por completo, es la representación del descenso al infierno: "Sumergido en el agua, ha vencido al poderoso" (cf. Lc 11, 22), dice Cirilo de Jerusalén».

Nosotros, hijos de Dios gracias a la muerte de Cristo, hemos de unirnos a sus sufrimientos, cargar con nuestra cruz de cada día y seguirlo. Ser almas mortificadas y penitentes. Como enseñaba san Josemaría: «Sin mortificación, no hay felicidad en la tierra», y «Un día sin mortificación es un día perdido» (S, nn.983,988).

En el Diccionario de san Josemaría explican algunos aspectos de ese tema en la predicación del fundador del Opus Dei (Juliá 2014): en primer término, cuál es el lugar de la mortificación en la vida espiritual: de ordinario ha de ser sencilla, sin nada llamativo: «la mortificación ha de ser continua, como el latir del corazón: así tendremos señorío sobre nosotros mismos, y viviremos con los demás la caridad de Jesucristo» (F, n.518).

Sobre la necesidad y los motivos para la mortificación: «Cristo resucita en nosotros, si nos hacemos copartícipes de su Cruz y de su Muerte. Hemos de amar la Cruz, la entrega, la mortificación. (...) De esa manera, no ya a pesar de nuestra miseria, sino en cierto modo a través de nuestra miseria, de nuestra vida de hombres hechos de carne y de barro, se manifiesta Cristo: en el esfuerzo por ser mejores, por realizar un amor que aspira a ser puro, por dominar el egoísmo, por entregarnos plenamente a los demás, haciendo de nuestra existencia un constante servicio» (ECP, n.114).

En cuanto a las formas y manifestaciones de la mortificación, podemos hacer una distinción básica, además de la tradicional diferencia entre activas –voluntarias, buscadas- y pasivas –inesperadas, sorpresivas-: es muy útil vivir tanto la mortificación interior como la exterior.

Para considerar en nuestro diálogo con el Señor la penitencia interior nos puede servir el n.173 de Camino, con algunos añadidos que pongo entre paréntesis: «Esa palabra acertada, el chiste que no salió de tu boca (el cuidado de la vida en familia: no solo “el chiste”, sino también el comentario, la indirecta, la queja innecesaria que podría canalizarse adecuadamente a través de la corrección a solas); la sonrisa amable para quien te molesta; aquel silencio ante la acusación injusta; tu bondadosa conversación con los cargantes y los inoportunos (también el no acusar, el no ser pesado, saber escuchar o hablar según corresponda); el pasar por alto cada día, a las personas que conviven contigo, un detalle y otro fastidiosos e impertinentes... Esto, con perseverancia, sí que es sólida mortificación interior».

Se trata de mortificar las potencias internas: dirigir y controlar la imaginación, la memoria, la curiosidad, para que nos lleven a amar más a Dios y a los demás por Él: «Mortificaciones que no mortifiquen a los demás, que nos vuelvan más delicados, más comprensivos, más abiertos a todos. Tú no serás mortificado si eres susceptible, si estás pendiente sólo de tus egoísmos, si avasallas a los otros, si no sabes privarte de lo superfluo y, a veces, de lo necesario; si te entristeces, cuando las cosas no salen según las habías previsto. En cambio, eres mortificado si sabes hacerte todo para todos, para ganar a todos» (ECP, n.9). Eso es la santidad, la identificación con Cristo, morir con Jesús para resucitar con Él.

Cargar con la cruz de cada día, negarse a sí mismo y seguir a Jesucristo. Cotidie, diariamente, en la vida ordinaria. Por ejemplo, se puede ofrecer al Señor el esfuerzo por estar bien presentados, para vivir la caridad con los demás, al tiempo que se eleva el nivel humano del ambiente en que nos movemos. Cuentan que así actuaba el profesor J. Ratzinger, cuando enseñaba en la universidad alemana, que se tomaba la profesión universitaria como algo distinto y distinguido: «En verano todos circulan en camisa de manga corta; solo el profesor Ratzinger mantiene la chaqueta gris». (Blanco P. BXVI, el papa alemán, p. 216).

Otras mortificaciones que deben estar presentes cada día en nuestra lucha ascética son las que nos ayudan a cumplir los deberes: los minutos heroicos a lo largo de la jornada, comenzando por el de la levantada, la puntualidad, el orden, la intensidad en el estudio.

Y también la templanza en las comidas, siguiendo un consejo clásico: «Pon, entre los ingredientes de la comida, «el riquísimo» de la mortificación» (F, 783). Del Beato Álvaro del Portillo cuenta una persona que cocinó para él muchas veces: «He comprobado muchas veces, y lo pensaba a menudo, que era muy santo solo por el modo como vivía la sobriedad en las comidas. Tenía un régimen muy severo, que no nos permitía variar el menú, ni siquiera darle lo que le gustaría. Vivía desprendido de sus gustos y confiaba totalmente en sus hijas y en las indicaciones de los médicos y jamás pidió que le sirviéramos algo distinto o especial. Su régimen consistía en unas verduras cocidas, que procurábamos preparar lo mejor posible, poca carne y nada de sal ni azúcar; y siempre don Álvaro estaba de buen humor, a veces hasta bromeaba con su régimen».


Son maneras concretas de seguir al Señor, tomando su cruz cada día sobre nuestros hombros. Un último truco, para vivir de esa manera, es acudir a María, que acompañó a su Hijo hasta la hora de la muerte, al pie de la Cruz. «Di: Madre mía —tuya, porque eres suyo por muchos títulos—, que tu amor me ate a la Cruz de tu Hijo: que no me falte la Fe, ni la valentía, ni la audacia, para cumplir la voluntad de nuestro Jesús» (C, n.497).

lunes, agosto 06, 2012

La Transfiguración del Señor




Celebramos hoy un misterio de la vida de Cristo, que también conmemoramos todos los segundos domingos de cuaresma: la Transfiguración del Señor. Tanto en oriente como en occidente se celebra el seis de agosto, cuarenta días antes de la fiesta de la Exaltación de la Cruz (catorce de septiembre), aludiendo a una tradición según la cual la Transfiguración ocurrió cuarenta días antes de la crucifixión.

La primera lectura (Dn 7,9-14) presenta la escena del juicio final. Aparece la figura del Hijo del Hombre, cuyo reinado no tendrá fin, y que el mismo Jesucristo se aplicará a Sí mismo: Durante la visión, vi que colocaban unos tronos, y un anciano se sentó; su vestido era blanco como nieve, su cabellera como lana limpísima; su trono, llamas de fuego; sus ruedas, llamaradas (…). Mientras miraba, en la visión nocturna vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre, que se acercó al anciano y se presentó ante él. Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin. El Salmo 96 invita a la alegría porque el Señor reina y se manifiesta como Rey: El Señor reina, altísimo sobre toda la tierra.

En la segunda lectura (2P 1,16-19), Pedro se pone como testigo de la divinidad de Jesucristo y esgrime como argumento de autoridad su presencia en el monte Tabor: os hemos dado a conocer el poder y la venida futura de nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino porque hemos sido testigos oculares de su majestad. En efecto, él fue honrado y glorificado por Dios Padre, cuando la suprema gloria le dirigió esta voz: «Éste es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias». Y esta voz venida del cielo la oímos nosotros estando con él en el monte santo.

Pero vayamos a la narración de la escena evangélica. Leemos en la versión de San Marcos (9,2-10) que seis días después (de la confesión de Pedro), Jesús se llevó con él a Pedro, a Santiago y a Juan, y los condujo, a ellos solos aparte, a un monte alto. Vemos, en primer lugar, que Jesús nos enseña una vez más la importancia de la oración. Son muchas las ocasiones en que el Señor, nuevo Moisés, se retira al monte a orar.

Benedicto XVI escribe que “en la búsqueda de una interpretación, se perfila sin duda en primer lugar sobre el fondo el simbolismo general del monte: el monte como lugar de la subida, no sólo externa, sino sobre todo interior; el monte como liberación del peso de la vida cotidiana, como un respirar en el aire puro de la creación; el monte que permite contemplar la inmensidad de la creación y su belleza; el monte que me da altura interior y me hace intuir al Creador”. Para estar metidos en Dios en medio del mundo, hemos de cuidar esos momentos de soledad, de ascensión hacia el Señor, que son cada una de nuestras normas de piedad.

Y se transfiguró ante ellos. Sus vestidos se volvieron deslumbrantes y muy blancos; tanto, que ningún batanero en la tierra puede dejarlos así de blancos. Es la manera ingenua que tiene Marcos de contarnos el suceso que deslumbró a su maestro, Pedro. Benedicto XVI continúa en la línea que veíamos antes, interpretando la transfiguración como “un acontecimiento de oración; se ve claramente lo que sucede en la conversación de Jesús con el Padre: la íntima compenetración de su ser con Dios, que se convierte en luz pura. En su ser uno con el Padre, Jesús mismo es Luz de Luz. En ese momento se percibe también por los sentidos lo que es Jesús en lo más íntimo de sí y lo que Pedro trata de decir en su confesión: el ser de Jesús en la luz de Dios, su propio ser luz como Hijo”.

Es el misterio de Cristo, Dios y hombre verdadero, que se descubre a los tres discípulos predilectos. Un himno litúrgico lo expresa de modo poético: “En la cumbre del monte su cuerpo de barro se vistió de soles. En la cumbre del monte, excelso misterio: Cristo, Dios y hombre. En la cumbre del monte a la fe se abrieron nuestros corazones”.

San Josemaría hacía su oración contemplando este misterio: ¡Jesús: verte, hablarte! ¡Permanecer así, contemplándote, abismado en la inmensidad de tu hermosura y no cesar nunca, nunca, en esa contemplación! ¡Oh, Cristo, quién te viera! ¡Quién te viera para quedar herido de amor a Ti! (Santo Rosario).

Y se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús. Pedro, tomando la palabra, le dice a Jesús: —Maestro, qué bien estamos aquí; hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Pues no sabía lo que decía, porque estaban llenos de temor. Por los otros evangelios sabemos que Jesús hablaba con sus dos interlocutores sobre su éxodo, su próxima pasión y muerte. También la alusión a la fiesta de las tiendas habla de que Pedro entendió que “el tiempo mesiánico es, en primer lugar, el tiempo de la cruz y que la transfiguración -ser luz en virtud del Señor y con El- comporta nuestro ser abrasados por la luz de la pasión” (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret).

Por eso el Catecismo enseña que «por un instante, Jesús muestra su gloria divina, confirmando así la confesión de Pedro. Muestra también que para “entrar en su gloria” es necesario pasar por la cruz en Jerusalén. Moisés y Elías habían visto la gloria de Dios en la Montaña; la Ley y los profetas habían anunciado los sufrimientos del Mesías» (CCE 555).

El misterio cristológico que venimos contemplando no es completo si no se considera la pasión, que recordaremos el próximo 14 de septiembre. Por eso, el Beato Juan Pablo II decía en su carta sobre el Rosario que este misterio puede ser considerado “como icono de la contemplación cristiana. Fijar los ojos en el rostro de Cristo, descubrir su misterio en el camino ordinario y doloroso de su humanidad, hasta percibir su fulgor divino manifestado definitivamente en el Resucitado glorificado a la derecha del Padre, es la tarea de todos los discípulos de Cristo”.

Vamos concretando propósitos. Si antes hablábamos de la vida de oración y del cuidado de las normas de piedad, ahora descubrimos la importancia de huir del escándalo la Cruz del Señor, de tomarla cada día sobre nuestros hombros. A ese fin nos invita el Prefacio de la Misa: Cristo, nuestro Señor, reveló su gloria a unos testigos elegidos, y revistió de resplandor deslumbrante aquel cuerpo, igual al nuestro, para librar los corazones de los discípulos del escándalo de la cruz.

Las mortificaciones ordinarias. El trabajo constante, intenso, a pesar del cansancio o del desaliento. La vida en familia, el esfuerzo por aportar una sonrisa, una acogida amable, o también una corrección fraterna. Y además la generosidad para ofrecer penitencias más especiales, en esas temporadas en las que notamos más especialmente que el Señor nos invita a negarnos a nosotros mismos, a tomar nuestra Cruz cotidiana y a seguirle.

Entonces se formó una nube que los cubrió y se oyó una voz desde la nube: —Éste es mi Hijo, el amado: escuchadle. Una vez más, como en la escena del Bautismo de Jesús, se manifiesta la Trinidad. Pero también se revela la relación que en su liberalidad ha querido establecer con nosotros. Así lo expresa la colecta de la Misa: “Oh Dios, que en la gloriosa Transfiguración de tu Unigénito confirmaste los misterios de la fe con el testimonio de los profetas, y prefiguraste maravillosamente nuestra perfecta adopción como hijos tuyos…”

Hijos suyos muy amados. San Josemaría caracterizó la vivencia de la filiación divina como “un deseo ardiente y sincero, tierno y profundo a la vez, de imitar a Jesucristo como hermanos suyos, hijos de Dios Padre, y de estar siempre en la presencia de Dios; filiación que lleva a vivir vida de fe en la Providencia, y que facilita la entrega serena y alegre a la divina Voluntad”. Vida de fe, de esperanza y de caridad. Virtudes que manifestamos en la oración y en la mortificación generosas, conscientes de que también nosotros somos hijos de Dios, hermanos de Jesucristo, al que hoy contemplamos como Dios y hombre verdadero.

Terminamos nuestra meditación acudiendo a la Santísima Virgen, esperanza nuestra. Es la última enseñanza que podemos sacar de la liturgia de hoy. La parte final del Prefacio manifiesta esa otra finalidad de la transfiguración. Si la primera buscaba librar los corazones de los discípulos del escándalo de la cruz, el segundo objetivo es declarar que en todo el cuerpo de la Iglesia ha de cumplirse lo que ya resplandeció maravillosamente en su cabeza.

Por esa razón haremos en la Colecta de la Misa una súplica que ahora elevamos por la intercesión de nuestra Madre: concédenos, a tus hijos que, escuchando siempre la palabra de tu Hijo Predilecto, seamos un día coherederos de su gloria. Amén.

sábado, febrero 04, 2012

Remedios para el dolor

La historia del Santo Job es emblemática, pues este hombre es la víctima por antonomasia del sufrimiento y la injusticia. Su historia es difícil, pues incluso pone en tela de juicio la bondad de Dios, que permite el dolor del inocente. Es lo que vemos en la réplica a un amigo, en la que manifiesta la oscuridad de una vida sin esperanza (Jb 7,1-4.6-7): He tenido que afrontar meses inútiles, me asignan noches de dolor; al acostarme pienso: ¿Cuándo me levantaré? Cuando anochece me lleno de pesares hasta el amanecer. Mis días corren más que la lanzadera, y se consumen sin esperanza.

En este soliloquio, Job se queja de que la vida humana es un espacio para sufrir. Parece un servicio militar, el trabajo de un jornalero o incluso la esclavitud. Si todo ser humano tiene asignado un tiempo, el de Job es desdichado. El retrato que nos presenta de su sufrimiento es lamentable. Por eso, es un libro muy contemporáneo: el dolor es una de las constantes humanas de todos los tiempos. Cada generación, al contemplar los lamentos de Job, se siente retratada en ellos.

¿Por qué permite Dios el sufrimiento? Es fácil entender que el dolor tenga un efecto redentor en los malvados, pero ¿por qué sufren también los inocentes? ¿Qué sentido tiene la presencia del mal en el mundo? Son preguntas que laceran la conciencia de muchas personas, que las ponen a veces en contra del Señor. En algunas ocasiones, parece que justificaran la pelea –transitoria o definitiva- con Él.

Estamos haciendo nuestra oración, y quizá es un buen momento para pensar en los dolores que nos aquejan. Las personas jóvenes quizá tengan pocos problemas: recuerdo el caso de uno que consultó al médico porque tenía problemas para dormirse. Al hacerle la historia clínica, resultó que ¡tardaba unos diez minutos en conciliar el sueño! Cuando hay personas que gastan varias horas procurando dormir, o  que incluso pasan la noche en vela, ese problema es envidiable. Bromas aparte, cada uno tiene su talón de Aquiles: el riñón, el corazón, la tiroides, un tobillo, que incomodan el diario trajinar.

Pero no solo se trata del sufrimiento físico, son más dolorosas las penas espirituales: pérdidas, humillaciones, engaños, pobreza, injusticias… Estos dolores son más profundos, y es más difícil desarraigarlos del alma. Esa es la causa de una enfermedad muy dura: el resentimiento, que cuesta mucho desterrar y genera más daño aún en quien la padece.

Vamos hablando con el Señor y contándole nuestras dificultades. En el segundo grupo de sufrimientos que hemos mencionado, también se cuenta el que nos causa nuestra miseria, nuestros defectos. Cuánto sufrimos al ver que no somos capaces de superar un determinado punto de lucha, o que otra imperfección, que creíamos superada, reaparece con nuevos bríos. En el fondo, estos dolores se remontan a un pecado de base: nuestra soberbia. Nos duele saber que no somos tan buenos como quisiéramos. Nos cuesta reconocernos débiles, miserables, necesitados de ayuda para avanzar por el buen camino.

2. Pero no sigamos en esta línea, pues no se trata de apesadumbrarnos con nuestra humilde situación. Probablemente este era el estado del mundo cuando apareció en una población secundaria del imperio romano un predicador que confirmaba su doctrina con milagros. Benedicto XVI explicaba que aunque la enfermedad forma parte de la experiencia humana, no logramos habituarnos a ella, no sólo porque a veces resulta verdaderamente pesada y grave, sino fundamentalmente porque hemos sido creados para la vida, para la vida plena. Justamente nuestro "instinto interior" nos hace pensar en Dios como plenitud de vida, más aún, como Vida eterna y perfecta. Cuando somos probados por el mal y nuestras oraciones parecen vanas, surge en nosotros la duda y, angustiados, nos preguntamos: ¿cuál es la voluntad de Dios? El Evangelio nos ofrece una respuesta precisamente a este interrogante.

Un ejemplo es el pasaje de la jornada de Cafarnaúm, con la que San Marcos nos muestra un día típico de los inicios del ministerio de Jesús (1,29-39): En cuanto salieron de la sinagoga, fueron a la casa de Simón y de Andrés, con Santiago y Juan. La suegra de Simón estaba acostada con fiebre, y enseguida le hablaron de ella. Se acercó, la tomó de la mano y la levantó; le desapareció la fiebre y ella se puso a servirles.

Llama la atención que, junto con la llamada a la conversión, la elección de sus discípulos y el anuncio del Reino, la primera actividad de Jesucristo sea dedicarse a curar enfermos. En este caso podríamos pensar que se trata de un favor doméstico, el cuidado de la suegra de un discípulo, pero es una de muchas curaciones: Al atardecer, cuando se había puesto el sol, comenzaron a llevarle a todos los enfermos y a los endemoniados. Y toda la ciudad se agolpaba en la puerta. Y curó a muchos que padecían diversas enfermedades y expulsó a muchos demonios.

Este pasaje evangélico ilumina nuestras reflexiones iniciales: Jesús quiso explicar, con su venida a la tierra, el sentido del dolor, del sufrimiento y la enfermedad, en la vida del ser humano. ¿Por qué le da el Señor esa primacía al remedio del dolor en su misión? - Porque forma parte de su misión redentora, de la salvación que vino a traernos. 

El Compendio del Catecismo enseña que, entre las consecuencias del pecado original, se encuentran las siguientes: “la naturaleza humana, aun sin estar totalmente corrompida, se halla herida en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al poder de la muerte, e inclinada al pecado” (n. 77). 

Jesús se hizo hombre “por nosotros los hombres y por nuestra salvación”; es decir, para reconciliarnos con el Padre y para liberarnos de los efectos del pecado, también del sometimiento al sufrimiento y al poder de la muerte.

No quiere decir que –como vemos cada día- con su Encarnación los hombres dejáramos de enfermarnos o de sufrir, pero sí que podríamos encontrar un sentido para el dolor, descubrir su significado. El Papa Benedicto explicaba este pasaje diciendo que estas curaciones son signos: no se quedan en sí mismas, sino que guían hacia el mensaje de Cristo, nos guían hacia Dios y nos dan a entender que la verdadera y más profunda enfermedad del hombre es la ausencia de Dios, de la fuente de verdad y de amor. Y sólo la reconciliación con Dios puede darnos la verdadera curación, la verdadera vida, porque una vida sin amor y sin verdad no sería vida.

La explicación de cómo logra el Señor esta curación, de cómo nos enseña el sentido para nuestros sufrimientos, aparece de pasada en la escena que estamos meditando: y expulsó a muchos demonios y no les permitía hablar porque sabían quién era. Igual había sucedido en el exorcismo del mismo día por la mañana, como contemplamos la meditación anterior. Jesús rechaza el testimonio del diablo, pues su misión no se explica por el poder milagroso, sino por su muerte en la Cruz.

Ahí es donde se encuentra el sentido del dolor: en que Cristo mismo quiso asumir nuestras debilidades, darles un valor redentor, de ofrecimiento vicario por el dolor de todos los hombres. Con nuestro dolor – no solo con las enfermedades, que pueden tardar en llegar, sino con las pequeñas dificultades y contradicciones diarias, y con las mortificaciones personales que buscamos activamente en las cosas pequeñas, en el trabajo, en la vida familiar- nos hacemos partícipes de la Cruz de Cristo. Como Simón de Cirene, ayudamos a la reconciliación del mundo con Dios, pues participamos en el sacrificio que el Hijo ofreció al Padre en la Cruz y que se celebra cada día en la Misa.

Por eso la Iglesia fomenta el cuidado a los enfermos y a los pobres, huérfanos y viudas de todo el mundo, como ninguna otra institución lo ha hecho en la historia: porque sabe que en ellos está Cristo y porque conoce que lo que esas personas más necesitan es ser conscientes de esa presencia salvadora. Así se prolonga la obra de Jesús en la historia.

San Josemaría resumía la enseñanza cristiana sobre el dolor y la enfermedad: La actitud de un hijo de Dios no es la de quien se resigna a su trágica desventura, es la satisfacción de quien pregusta ya la victoria. En nombre de ese amor victorioso de Cristo, los cristianos debemos lanzarnos por todos los caminos de la tierra, para ser sembradores de paz y de alegría con nuestra palabra y con nuestras obras. Hemos de luchar —lucha de paz— contra el mal, contra la injusticia, contra el pecado, para proclamar así que la actual condición humana no es la definitiva; que el amor de Dios, manifestado en el Corazón de Cristo, alcanzará el glorioso triunfo espiritual de los hombres (Es Cristo que pasa, n. 168).

Podemos ver en este Evangelio una llamada a que seamos un instrumento del Señor en la atención a los enfermos, a los pobres y necesitados. Quizá dedicando un tiempo de nuestra semana a visitar personas solitarias o débiles. Quizá ayudando a instituciones de caridad. O también poniendo en manos de Dios nuestra vida entera, por si quiere dedicarla al servicio de los demás. Para esos propósitos contamos con la intercesión y el ejemplo de María, que acompañó a su Hijo en su misión redentora hasta la muerte en la Cruz.

viernes, marzo 11, 2011

Cuaresma: horizontes de Gracia

Con la imposición de la ceniza el pasado miércoles, hemos comenzado una nueva Cuaresma. Se trata, como decía Benedicto XVI en una celebración como esa, de comprometernos en convertir nuestro corazón hacia los horizontes de Gracia

Conversión, cambio, mudanza. Volver a empezar en nuestro empeño por ser buenos cristianos. Pueden servirnos las palabras de la liturgia, tan ricas de contenido en estos días: el pasado miércoles pedíamos al Señor “emprender el combate cristiano con santos ayunos para que los que vamos a luchar contra la tibieza espiritual seamos fortalecidos por los auxilios de la penitencia”.

Nos comprometíamos en convertir nuestro corazón hacia los horizontes de Gracia de un modo concreto: luchando. Le prometíamos a Dios emprender el combate, ayunar, luchar contra la tibieza espiritual. Y al mismo tiempo nos dábamos cuenta de que, al tomar esa actitud, seríamos fortalecidos por los auxilios de la penitencia. No se trata simplemente del efecto virtuoso que tiene la austeridad, como sabe cualquiera que haya leído la Ética a Nicómaco. Se trata de abrir nuestro corazón hacia los horizontes de Gracia. Por eso, más que proponernos esa lucha, le pedimos al Señor el don de emprender el combate, del fruto de la lucha, de los auxilios que la penitencia genera.

En ese sentido, el Papa explica que la Cuaresma es un don precioso de Dios dice que se trata de un tiempo fuerte y denso de significados en el camino de la Iglesia, es el itinerario hacia la Pascua del Señor. Es un camino, una excursión, que incluye varias indicaciones: en primer lugar la idea de fondo es “atender, con mayor empeño, a nuestra conversión”. La clave para darse cuenta de la necesidad de convertirnos es contemplar el Misterio de la cruz: “dejarnos transformar por la acción del Espíritu Santo, como san Pablo en el camino de Damasco; orientar con decisión nuestra existencia según la voluntad de Dios; liberarnos de nuestro egoísmo, superando el instinto de dominio sobre los demás y abriéndonos a la caridad de Cristo”.

Son detalles concretos de conversión, que nos sugiere Benedicto XVI: docilidad ante las exigencias del Señor, generosidad, altruismo, darse a Dios y al prójimo, humildad para reconocernos pecadores, rechazar el pecado y acudir a las fuentes de la gracia: “El período cuaresmal es el momento favorable para reconocer nuestra debilidad, acoger, con una sincera revisión de vida, la Gracia renovadora del Sacramento de la Penitencia y caminar con decisión hacia Cristo”.


2. Hay tres maneras concretas de vivir esta actitud de conversión hacia los horizontes de la Gracia: En primer lugar, intensificar la escucha de la Palabra de Dios, la oración. Esta es la primera invitación de la Cuaresma: oír las llamadas del Señor, atender su Palabra: ojalá escuchéis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón (Salmo 94).

En su  mensaje para este tiempo, el Papa nos invita a meditar e interiorizar la Palabra de Dios: “la escucha atenta de Dios, que sigue hablando a nuestro corazón, alimenta el camino de fe que iniciamos en el día del Bautismo”. Escuchar con atención, interiorizando lo que leemos, actualizándolo para nuestra vida: ¿qué significan estas palabras del Señor para mí, hoy? En los tiempos de oración debe suceder lo que recomendaba San Josemaría (Surco, 177): debe haber “recogimiento para conocer a Dios, para conocerte y así progresar. Un tiempo necesario para descubrir en qué y cómo hay que reformarse: ¿qué he de hacer?, ¿qué debo evitar?”

Vamos sacando propósitos para estos cuarenta días: cuidar más nuestro trato personal con el Señor. Tener fijos el tiempo preciso que le dedicamos a esa conversación y, ojalá, el momento del día en que lo haremos: «Si de veras deseas ser alma penitente -penitente y alegre- , debes defender, por encima de todo, tus tiempos diarios de oración -de oración íntima, generosa, prolongada- , y has de procurar que esos tiempos no sean a salto de mata, sino a hora fija, siempre que te resulte posible. No cedas en estos detalles. Sé esclavo de este culto cotidiano a Dios, y te aseguro que te sentirás constantemente alegre» (Surco, 994).

Además de escuchar atentamente la Palabra de Dios, en el itinerario cuaresmal se nos ofrece un segundo elemento fundamental: “la penitencia, abriendo el corazón a la dócil acogida de la voluntad divina, para una práctica más generosa de la mortificación”. Docilidad para seguir las sugerencias que el Señor nos indica en los ratos de oración. Generosidad en la mortificación. Una penitencia que se note, como el ayuno del miércoles de ceniza y del Viernes Santo o la abstinencia de carne todos los viernes de Cuaresma. También podemos ofrecer ayuno de aficiones o costumbres, de tal manera que podamos aprovechar más el tiempo: ayuno de internet, de televisión, de música, de algunos caprichos en las comidas, etc.

Pero también mortificación en la vida cotidiana. San Josemaría enseñaba que “donde más fácilmente encontraremos la mortificación es en las cosas ordinarias y corrientes: en el trabajo intenso, constante y ordenado; sabiendo que el mejor espíritu de sacrificio es la perseverancia por acabar con perfección la labor comenzada; en la puntualidad, llenando de minutos heroicos el día; en el cuidado de las cosas, que tenemos y usamos; en el afán de servicio, que nos hace cumplir con exactitud los deberes más pequeños; y en los detalles de caridad, para hacer amable a todos el camino de santidad en el mundo: una sonrisa puede ser, a veces, la mejor muestra de nuestro espíritu de penitencia... Tiene espíritu de penitencia el que sabe vencerse todos los días, ofreciendo al Señor, sin espectáculo, mil cosas pequeñas” (GER XVI,336).

Oración, mortificación, caridad. Este es el tercer elemento que forma parte fundamental del itinerario cuaresmal: “ir más ampliamente en ayuda del prójimo necesitado”, explica el Papa. Se da por descontado que habitualmente queremos servir, para eso somos cristianos. Pero durante estos cuarenta días el Señor espera que ayudemos al prójimo de modo más amplio. Más caridad, más servicio, más fraternidad.

Durante estas semanas, el episcopado nos invita a la campaña de “Comunicación cristiana de bienes”: a ahorrar el importe de lo que gastaríamos y destinarlo a las obras de caridad de la Iglesia. Caridad para ser más generosos en la limosna. No se trata solo de dar lo que nos sobra, sino también de compartir el fruto de nuestra penitencia. Por eso la Iglesia recuerda la práctica de la limosna, especialmente durante estos cuarenta días, para fomentar la capacidad de compartir: “nos recuerda el primado de Dios y la atención hacia los demás, para redescubrir a nuestro Padre bueno y recibir su misericordia”.


3. En este primer domingo de Cuaresma, la liturgia nos propone el pasaje de las tentaciones de Jesús en el desierto. El Catecismo de la Iglesia lo resume de esta manera: “Los Evangelios hablan de un tiempo de soledad de Jesús en el desierto inmediatamente después de su bautismo por Juan: "Impulsado por el Espíritu" al desierto, Jesús permanece allí sin comer durante cuarenta días; vive entre los animales y los ángeles le servían. Al final de este tiempo, Satanás le tienta tres veces tratando de poner a prueba su actitud filial hacia Dios. Jesús rechaza estos ataques que recapitulan las tentaciones de Adán en el Paraíso y las de Israel en el desierto, y el diablo se aleja de él "hasta el tiempo determinado"”.

Comentando esta escena, Mons. Echevarría saca un propósito concreto: la lucha sobrenatural, acudiendo con confianza a los medios sobrenaturales. Y recuerda la táctica sobrenatural que proponía San Josemaría para la lucha interior (Camino, 307): sostienes la guerra —las luchas diarias de tu vida interior— en posiciones, que colocas lejos de los muros capitales de tu fortaleza. Y el enemigo acude allí: a tu pequeña mortificación, a tu oración habitual, a tu trabajo ordenado, a tu plan de vida: y es difícil que llegue a acercarse hasta los torreones, flacos para el asalto, de tu castillo. —Y si llega, llega sin eficacia. Batallas concretas, en las que manifestaremos al Señor nuestro deseo de conversión, de abrirnos  a los horizontes de la Gracia.

El Santo Padre considera este pasaje como un modo de subrayar nuestra condición humana en esta tierra: “La batalla victoriosa contra las tentaciones, que da inicio a la misión de Jesús, es una invitación a tomar conciencia de la propia fragilidad para acoger la Gracia que libera del pecado e infunde nueva fuerza en Cristo, camino, verdad y vida”. Contemplar a Jesús que vence las tentaciones del maligno –el cual “actúa y no se cansa, tampoco hoy, de tentar al hombre que quiere acercarse al Señor”-, nos hace tener complejo de superioridad: “Cristo sale victorioso, para abrir también nuestro corazón a la esperanza y guiarnos a vencer las seducciones del mal”.

Podemos concluir con las palabras optimistas del libro “Jesús de Nazaret” (I): “En la lucha contra Satanás, ha vencido Jesús: frente a la divinización fraudulenta del poder y del bienestar, frente a la promesa mentirosa de un futuro que, a través del poder y la economía, garantiza todo a todos, Él contrapone la naturaleza divina de Dios, Dios como auténtico bien del hombre”.

Terminamos esta primera meditación cuaresmal acudiendo a nuestra Madre, María, pidiéndole que Ella sea “nuestra guía en el camino cuaresmal, nos conduzca a un conocimiento cada vez más profundo de Cristo, muerto y resucitado, nos ayude en el combate espiritual contra el pecado, nos sostenga al invocar con fuerza: Conviértenos a Ti, oh Dios, nuestra salvación”. Ayúdanos a abrirnos a los horizontes de la Gracia, a vencer las tentaciones del demonio, a renovar el propósito de recomenzar nuestra lucha cuaresmal por ser almas de oración, penitentes y caritativas.

jueves, febrero 18, 2010

Cuaresma

1. Viernes después de ceniza. Tiempo de conversión, de penitencia. El pasado miércoles recibimos la ceniza, mientras se nos decía: “Conviértete y cree en el Evangelio”. Benedicto XVI explicaba en la Audiencia de un día igual este llamado a la mudanza total: “la conversión –decía- no es una simple decisión moral que rectifica nuestra conducta de vida, sino que es una decisión de fe, que nos implica enteramente en la comunión íntima con la persona viva y concreta de Jesús. Convertirse y creer en el Evangelio no son dos cosas distintas o de alguna forma sólo cercanas entre sí, sino que expresan la misma realidad”.


Convertirnos y creer en el Evangelio. Viene a la mente la anécdota que contaba un obispo africano sobre conversión: «La serpiente se quejaba a la oruga de que la gente tenía miedo de las dos. La oruga le dio la solución: “debemos cambiar, transformarnos”. Algún tiempo más tarde, la oruga se había convertido en mariposa, bonita, llena de gracia y color, que gozaba del cariño de todos. La serpiente había mudado solamente la piel, y la gente seguía asustándose de ella. Como respuesta a sus lamentos, la mariposa le explicó: tú has cambiado superficialmente; en cambio, yo tengo ahora una nueva existencia».

Para nosotros, esa nueva existencia viene de la fe en el Evangelio, en decidirnos a vivir en comunión íntima con la persona viva y concreta de Jesús. Como predicaba San Josemaría, “La Cuaresma ahora nos pone delante de estas preguntas fundamentales: ¿avanzo en mi fidelidad a Cristo?, ¿en deseos de santidad?, ¿en generosidad apostólica en mi vida diaria, en mi trabajo ordinario entre mis compañeros de profesión? Cada uno, sin ruido de palabras, que conteste a esas preguntas, y verá cómo es necesaria una nueva transformación, para que Cristo viva en nosotros, para que su imagen se refleje limpiamente en nuestra conducta” (Es Cristo que pasa, n. 58). Como la oruga, tenemos que cambiar de existencia, optar definitivamente por Jesús.

2. Benedicto XVI explicaba en una homilía el sentido de la Cuaresma: “Seguir a Jesús en el desierto cuaresmal es condición necesaria para participar en su Pascua, en su “éxodo”. Adán fue expulsado del Paraíso terrestre, símbolo de la comunión con Dios; ahora, para volver a esta comunión y por tanto a la vida verdadera, es necesario atravesar el desierto, la prueba de la fe. ¡No solos, sino con Jesús! Él – como siempre – nos ha precedido y ha vencido ya el combate contra el espíritu del mal. Este es el sentido de la Cuaresma, tiempo litúrgico que cada año nos invita a renovar la elección de seguir a Cristo por el camino de la humildad para participar en su victoria sobre el pecado y sobre la muerte”.

Atravesar el desierto, la prueba de la fe. Seguir a Jesús, acompañarlo estos cuarenta días: no solos, sino con Él. Renovar la elección de seguirlo, por el camino de la humildad, para participar en su victoria sobre el pecado. Tradicionalmente se enseñan tres prácticas cuaresmales: ayuno, oración, limosna (caridad). El Papa las enriquece con el sentido de la compañía de Jesús en el combate contra el espíritu del mal, contra el pecado personal.

El Evangelio de Mateo (9,14-17) se refiere a esa compañía de Jesús precisamente cuando reseña las críticas al Maestro porque sus discípulos no ayunaban: Entonces se le acercaron los discípulos de Juan para decirle: —¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos con frecuencia y, en cambio, tus discípulos no ayunan? Jesús les respondió: —¿Acaso pueden estar de duelo los amigos del esposo mientras el esposo está con ellos? Ya vendrá el día en que les será arrebatado el esposo; entonces, ya ayunarán.

San Agustín comentaba este pasaje diciendo que “ésta es la causa de que ayunemos antes de la solemnidad de la Pasión del Señor y de que abandonemos el ayuno durante los cincuenta días siguientes. Todo el que ayuna como es debido, o bien busca humillar su alma, desde una fe no fingida, con el gemido de la oración y la mortificación corporal, o bien deja de lado el placer carnal hasta pasar hambre y sed, porque movido por alguna carencia espiritual su mirada está puesta en el goce de la verdad y la sabiduría. De ambas clases de ayuno habló el Señor cuando le preguntaron por qué sus discípulos no ayunaban. Así pues, una vez que se nos ha quitado el esposo, nosotros, sus hijos, tenemos que llorar. Nuestro llanto es justo si ardemos en deseos de verle” (Sermón 210,4).

El Santo de Hipona nos ayuda a poner el sentido de la Cuaresma en la compañía de Jesús, camino del Calvario. Como él, procuramos humillar el alma con la oración y la mortificación; e intentamos imitarlo –levemente- con nuestras penitencias corporales (hambre, sed). Si bien critica –y citémoslo aquí, pues la Cuaresma no está reñida con la alegría- que “hay cristianos que observan la Cuaresma debido a un espíritu de sensualidad más bien que por religión y se dedican a buscar nuevos goces en lugar de mortificar sus antiguas codicias. A base de grandes gastos hacen provisión de toda clase de frutos y se esfuerzan en combinar los condimentos más variados y más exquisitos (...) También los hay que se abstienen del vino pero para reemplazarlo por bebidas que combinan con jugo de otras frutas". Podríamos decirles: “Vaya Cuaresma”. Entiendo que no es el caso de los que me escuchan.


3. Consideremos en esta meditación la importancia del ayuno, que es "penitencia gratísima a Dios" (Camino, 477). Cuenta D. Pedro Casciaro que, cuando San Josemaría escribía estas palabras, vivía generosos ayunos en medio de las penurias de la guerra: "En el Hotel Sabadell pagábamos cuatro pesetas por cama. No recuerdo cuánto cobraban por cada comida, pero el precio normal en cualquier modesto restorán de Burgos no era inferior a ocho pesetas. El Siervo de Dios organizaba las cosas para ir, al acercarse la hora de las comidas, a cumplir algunos encargos con un hijo suyo que solía ser algo distraído; le decía: tú ocúpate de esto y yo de esto otro, y ya nos veremos después de la comida. Luego, cuando los demás interrogábamos al Siervo de Dios, eludía la pregunta”.

Sabemos que la Conferencia Episcopal ayuda a concretar esas penitencias con la invitación a observar el ayuno y la abstinencia de carne el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. Durante los Viernes de Cuaresma, nos anima a “cumplir el precepto de la abstinencia privándose de carne o de otro alimento habitual de especial agrado para la persona”.

Los santos enriquecen el sentido del ayuno, cuando enseñan que no solo se refiere a la privación de alimentos, práctica que sigue siendo bien importante en nuestros tiempos. Así, por ejemplo, enseña San León Magno que el ayuno “debe consistir mucho más en la privación de nuestros vicios que en la de los alimentos”. Viene a la mente el consejo que daba Juan Pablo II hace unos años: podríamos tener ayuno de Internet algunos días de la Cuaresma. Sé de algún joven norteamericano que ofrecía como penitencia cuaresmal no entrar a Facebook. Son ejemplos que no daban los Padres de la Iglesia por obvias razones, pero que hoy nos pueden ayudar bastante.

Y San Bernardo concreta más aún: “Ayunen los ojos de toda mirada curiosa... Ayunen los oídos, no atendiendo a las palabras vanas y a cuanto no sea necesario para la salud del alma... Ayune la lengua de la difamación y la murmuración, de las palabras vanas, inútiles... Ayune la mano de estar ociosa y de todas las obras que no sean mandadas. Pero ayune mucho más el alma misma de los vicios y pecados, y de imponer la propia voluntad y juicio. Pues, sin este ayuno, todos los demás son reprobados por Dios”.

Durante la Cuaresma podrá servirnos la contemplación de los dolores de María, como ejemplo y modelo de acompañar a Cristo en el desierto cuaresmal, de “convertirnos y creer en el Evangelio”. Podemos terminar con otro consejo de San Josemaría (Camino, 497): “Di: Madre mía -tuya, porque eres suyo por muchos títulos-, que tu amor me ate a la Cruz de tu Hijo: que no me falte la Fe, ni la valentía, ni la audacia, para cumplir la voluntad de nuestro Jesús”.

domingo, marzo 01, 2009

Cuaresma: Jesús y las tentaciones


Comenzamos la Cuaresma el pasado miércoles de ceniza. Al imponérnosla, el sacerdote quizá nos dijo: “Conviérte y cree en el Evangelio”. Comenzamos un tiempo fuerte del año litúrgico. Como dice el Concilio Vaticano II (SC, 109), se trata de prepararnos para celebrar el misterio pascual, entregados más intensamente a oír la palabra de Dios y a la oración. ¿En qué consiste la preparación? La declaración conciliar habla de dos modos de hacerlo: “sobre todo mediante el recuerdo o la preparación del bautismo y mediante la penitencia”.

Antes, cuando la gente se convertía al catolicismo en la adultez, estos cuarenta días se tomaban como preparación para el bautismo, que se tenía en la noche de Pascua. Ahora, para casi todos será un tiempo de recordar los compromisos bautismales: rechazar a Satanás, “a sus pompas y a sus obras”. De hecho, el Concilio también insiste en la importancia de inculcar a los fieles “junto con las consecuencias sociales del pecado, la naturaleza propia de la penitencia, que lo detesta en cuanto es ofensa de Dios; no se olvide tampoco la participación de la Iglesia en la acción penitencial y encarézcase la oración por los pecadores”. (Los énfasis son añadidos).

Rechazar el pecado, mostrar que lo detestamos: acudiendo a la oración del cuerpo, que es la penitencia. De eso nos hablan las lecturas de la Misa del primer domingo de Cuaresma, que trata el tema de las tentaciones del Señor. El relato de Marcos (1, 12-15) es el más parco para describir la escena. Después del Bautismo del Señor, nos dice simplemente: Enseguida el Espíritu lo impulsó hacia el desierto. Y estuvo en el desierto cuarenta días mientras era tentado por Satanás. Estaba con los animales, y los ángeles le servían. El desierto tiene muchos significados en la Biblia. Ya desde el Antiguo Testamento, representaba “un lugar o un tiempo de prueba y al mismo tiempo de gracia y revelación” (B. Escaffre).

Y gracia y revelación es lo que ocurre en el llamado monte de la cuarentena, donde se nos revelan varios aspectos de Jesucristo. El Prefacio propio de esta Misa describe que Cristo “consagró la práctica de nuestra penitencia cuaresmal con un ayuno de cuarenta días; y, venciendo todas las tentaciones del demonio, nos enseñó a dominar las seducciones del pecado, para que, celebrando con espíritu renovado el misterio pascual, podamos llegar un día a la Pascua eterna”.

Se nos ofrecen varios elementos: en primer lugar, la penitencia (“consagró la práctica de nuestra penitencia cuaresmal con un ayuno de cuarenta días”). Además, las tentaciones y el pecado (“venciendo todas las tentaciones del demonio, nos enseñó a dominar las seducciones del pecado”). Por último, nos habla de lo que supone su victoria (“para que, celebrando con espíritu renovado el misterio pascual, podamos llegar un día a la Pascua eterna”).

Consideremos en nuestra oración el primer aspecto: la mortificación. Jesús nos da ejemplo de penitencia, celebra la primera cuaresma, como decía Juan Pablo II. A nosotros no se nos pide ir al desierto a alimentarnos con grillos o con raíces de árboles, pero sí se nos invita a que afinemos en nuestras mortificaciones pequeñas pero constantes: "Penitencia es el cumplimiento exacto del horario que te has fijado, aunque el cuerpo se resista o la mente pretenda evadirse con ensueños quiméricos. Penitencia es levantarse a la hora. Y también, no dejar para más tarde, sin un motivo justificado, esa tarea que te resulta más difícil o costosa. La penitencia está en saber compaginar tus obligaciones con Dios, con los demás y contigo mismo, exigiéndote de modo que logres encontrar al tiempo que cada cosa necesita. Eres penitente cuando te sujetas amorosamente a tu plan de oración, a pesar de que estés rendido, desganado o frío" (San Josemaría, Amigos de Dios, 138).

Con ese criterio, podemos concretar más aún: "Penitencia es tratar siempre con la máxima caridad a los otros, empezando por los tuyos. Es atender con la mayor delicadeza a los que sufren, a los enfermos, a los que padecen. Es contestar con paciencia a los cargantes e inoportunos. Es interrumpir o modificar nuestros programas, cuando las circunstancias –los intereses buenos y justos de los demás, sobre todo– así lo requieran. La penitencia consiste en soportar con buen humor las mil pequeñas contrariedades de la jornada; en no abandonar la ocupación, aunque de momento se te haya pasado la ilusión con que la comenzaste; en comer con agradecimiento lo que nos sirven, sin importunar con caprichos (Íbidem).

El segundo punto que menciona el Prefacio es las tentaciones y el pecado (“venciendo todas las tentaciones del demonio, nos enseñó a dominar las seducciones del pecado”). Es impresionante escuchar que Jesús padeció tentaciones. Tanto, que algún teólogo duda de su autenticidad, porque no habría testigos para comunicarlo a los evangelistas. No tiene en cuenta al único testigo: a Jesucristo mismo. Es admirable la sinceridad de Jesús, que les habría contado a sus discípulos, con toda sencillez, que cuando tuvo hambre en el desierto le dieron ganas de convertir las piedras en pan. Los apóstoles quizá reirían en la primera ocasión, pero después caerían en la cuenta de todo lo que eso significaba: Jesús padeció tentaciones, como las padecemos nosotros.

Cuando escuchamos que el Señor nos llama a ser santos, sentimos por dentro el contraste de nuestra indignidad, precisamente por las tentaciones que padecemos. Por eso decía al principio que este pasaje está lleno de gracia y revelación. Dios nos muestra que las tentaciones en sí no son malas. Lo malo es caer en ellas. Por eso, no dice que debemos pedir en la oración que no permita que tengamos tentaciones, sino que enseña a orar: “no nos dejes caer en la tentación”. El Compendio del Catecismo (n. 596) lo resume así: “Pedimos a Dios Padre que no nos deje solos y a merced de la tentación. Pedimos al Espíritu saber discernir, por una parte, entre la prueba, que nos hace crecer en el bien, y la tentación, que conduce al pecado y a la muerte; y, por otra parte, entre ser tentado y consentir en la tentación. Esta petición nos une a Jesús que ha vencido la tentación con su oración. Pedimos la gracia de la vigilancia y de la perseverancia final”.

“Venciendo todas las tentaciones del demonio, nos enseñó a dominar las seducciones del pecado”. Pidamos a Jesús que en esta Cuaresma aumente en nosotros el rechazo al pecado. Que huyamos de las tentaciones. Propongámonos huir de las ocasiones que nos acechan. Y rechazar también el pecado venial, porque cuando se ama no hay falta pequeña. Como decía San Josemaría en Surco (n. 139): “mucho duele al Señor la inconsciencia de tantos y de tantas, que no se esfuerzan en evitar los pecados veniales deliberados. ¡Es lo normal —piensan y se justifican—, porque en esos tropiezos caemos todos! Óyeme bien: también la mayoría de aquella chusma, que condenó a Cristo y le dio muerte, empezó sólo por gritar —¡como los otros!—, por acudir al Huerto de los Olivos —¡con los demás!—,... Al final, empujados también por lo que hacían "todos", no supieron o no quisieron echarse atrás..., ¡y crucificaron a Jesús! —Ahora, al cabo de veinte siglos, no hemos aprendido”.

Pidamos a la Santísima Virgen que en esta Cuaresma encontremos la penitencia en las cosas pequeñas de cada día y rechacemos el pecado mortal y también el pecado venial deliberado.