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Cuaresma: horizontes de Gracia

Con la imposición de la ceniza el pasado miércoles, hemos comenzado una nueva Cuaresma. Se trata, como decía Benedicto XVI en una celebración como esa, de comprometernos en convertir nuestro corazón hacia los horizontes de Gracia

Conversión, cambio, mudanza. Volver a empezar en nuestro empeño por ser buenos cristianos. Pueden servirnos las palabras de la liturgia, tan ricas de contenido en estos días: el pasado miércoles pedíamos al Señor “emprender el combate cristiano con santos ayunos para que los que vamos a luchar contra la tibieza espiritual seamos fortalecidos por los auxilios de la penitencia”.

Nos comprometíamos en convertir nuestro corazón hacia los horizontes de Gracia de un modo concreto: luchando. Le prometíamos a Dios emprender el combate, ayunar, luchar contra la tibieza espiritual. Y al mismo tiempo nos dábamos cuenta de que, al tomar esa actitud, seríamos fortalecidos por los auxilios de la penitencia. No se trata simplemente del efecto virtuoso que tiene la austeridad, como sabe cualquiera que haya leído la Ética a Nicómaco. Se trata de abrir nuestro corazón hacia los horizontes de Gracia. Por eso, más que proponernos esa lucha, le pedimos al Señor el don de emprender el combate, del fruto de la lucha, de los auxilios que la penitencia genera.

En ese sentido, el Papa explica que la Cuaresma es un don precioso de Dios dice que se trata de un tiempo fuerte y denso de significados en el camino de la Iglesia, es el itinerario hacia la Pascua del Señor. Es un camino, una excursión, que incluye varias indicaciones: en primer lugar la idea de fondo es “atender, con mayor empeño, a nuestra conversión”. La clave para darse cuenta de la necesidad de convertirnos es contemplar el Misterio de la cruz: “dejarnos transformar por la acción del Espíritu Santo, como san Pablo en el camino de Damasco; orientar con decisión nuestra existencia según la voluntad de Dios; liberarnos de nuestro egoísmo, superando el instinto de dominio sobre los demás y abriéndonos a la caridad de Cristo”.

Son detalles concretos de conversión, que nos sugiere Benedicto XVI: docilidad ante las exigencias del Señor, generosidad, altruismo, darse a Dios y al prójimo, humildad para reconocernos pecadores, rechazar el pecado y acudir a las fuentes de la gracia: “El período cuaresmal es el momento favorable para reconocer nuestra debilidad, acoger, con una sincera revisión de vida, la Gracia renovadora del Sacramento de la Penitencia y caminar con decisión hacia Cristo”.


2. Hay tres maneras concretas de vivir esta actitud de conversión hacia los horizontes de la Gracia: En primer lugar, intensificar la escucha de la Palabra de Dios, la oración. Esta es la primera invitación de la Cuaresma: oír las llamadas del Señor, atender su Palabra: ojalá escuchéis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón (Salmo 94).

En su  mensaje para este tiempo, el Papa nos invita a meditar e interiorizar la Palabra de Dios: “la escucha atenta de Dios, que sigue hablando a nuestro corazón, alimenta el camino de fe que iniciamos en el día del Bautismo”. Escuchar con atención, interiorizando lo que leemos, actualizándolo para nuestra vida: ¿qué significan estas palabras del Señor para mí, hoy? En los tiempos de oración debe suceder lo que recomendaba San Josemaría (Surco, 177): debe haber “recogimiento para conocer a Dios, para conocerte y así progresar. Un tiempo necesario para descubrir en qué y cómo hay que reformarse: ¿qué he de hacer?, ¿qué debo evitar?”

Vamos sacando propósitos para estos cuarenta días: cuidar más nuestro trato personal con el Señor. Tener fijos el tiempo preciso que le dedicamos a esa conversación y, ojalá, el momento del día en que lo haremos: «Si de veras deseas ser alma penitente -penitente y alegre- , debes defender, por encima de todo, tus tiempos diarios de oración -de oración íntima, generosa, prolongada- , y has de procurar que esos tiempos no sean a salto de mata, sino a hora fija, siempre que te resulte posible. No cedas en estos detalles. Sé esclavo de este culto cotidiano a Dios, y te aseguro que te sentirás constantemente alegre» (Surco, 994).

Además de escuchar atentamente la Palabra de Dios, en el itinerario cuaresmal se nos ofrece un segundo elemento fundamental: “la penitencia, abriendo el corazón a la dócil acogida de la voluntad divina, para una práctica más generosa de la mortificación”. Docilidad para seguir las sugerencias que el Señor nos indica en los ratos de oración. Generosidad en la mortificación. Una penitencia que se note, como el ayuno del miércoles de ceniza y del Viernes Santo o la abstinencia de carne todos los viernes de Cuaresma. También podemos ofrecer ayuno de aficiones o costumbres, de tal manera que podamos aprovechar más el tiempo: ayuno de internet, de televisión, de música, de algunos caprichos en las comidas, etc.

Pero también mortificación en la vida cotidiana. San Josemaría enseñaba que “donde más fácilmente encontraremos la mortificación es en las cosas ordinarias y corrientes: en el trabajo intenso, constante y ordenado; sabiendo que el mejor espíritu de sacrificio es la perseverancia por acabar con perfección la labor comenzada; en la puntualidad, llenando de minutos heroicos el día; en el cuidado de las cosas, que tenemos y usamos; en el afán de servicio, que nos hace cumplir con exactitud los deberes más pequeños; y en los detalles de caridad, para hacer amable a todos el camino de santidad en el mundo: una sonrisa puede ser, a veces, la mejor muestra de nuestro espíritu de penitencia... Tiene espíritu de penitencia el que sabe vencerse todos los días, ofreciendo al Señor, sin espectáculo, mil cosas pequeñas” (GER XVI,336).

Oración, mortificación, caridad. Este es el tercer elemento que forma parte fundamental del itinerario cuaresmal: “ir más ampliamente en ayuda del prójimo necesitado”, explica el Papa. Se da por descontado que habitualmente queremos servir, para eso somos cristianos. Pero durante estos cuarenta días el Señor espera que ayudemos al prójimo de modo más amplio. Más caridad, más servicio, más fraternidad.

Durante estas semanas, el episcopado nos invita a la campaña de “Comunicación cristiana de bienes”: a ahorrar el importe de lo que gastaríamos y destinarlo a las obras de caridad de la Iglesia. Caridad para ser más generosos en la limosna. No se trata solo de dar lo que nos sobra, sino también de compartir el fruto de nuestra penitencia. Por eso la Iglesia recuerda la práctica de la limosna, especialmente durante estos cuarenta días, para fomentar la capacidad de compartir: “nos recuerda el primado de Dios y la atención hacia los demás, para redescubrir a nuestro Padre bueno y recibir su misericordia”.


3. En este primer domingo de Cuaresma, la liturgia nos propone el pasaje de las tentaciones de Jesús en el desierto. El Catecismo de la Iglesia lo resume de esta manera: “Los Evangelios hablan de un tiempo de soledad de Jesús en el desierto inmediatamente después de su bautismo por Juan: "Impulsado por el Espíritu" al desierto, Jesús permanece allí sin comer durante cuarenta días; vive entre los animales y los ángeles le servían. Al final de este tiempo, Satanás le tienta tres veces tratando de poner a prueba su actitud filial hacia Dios. Jesús rechaza estos ataques que recapitulan las tentaciones de Adán en el Paraíso y las de Israel en el desierto, y el diablo se aleja de él "hasta el tiempo determinado"”.

Comentando esta escena, Mons. Echevarría saca un propósito concreto: la lucha sobrenatural, acudiendo con confianza a los medios sobrenaturales. Y recuerda la táctica sobrenatural que proponía San Josemaría para la lucha interior (Camino, 307): sostienes la guerra —las luchas diarias de tu vida interior— en posiciones, que colocas lejos de los muros capitales de tu fortaleza. Y el enemigo acude allí: a tu pequeña mortificación, a tu oración habitual, a tu trabajo ordenado, a tu plan de vida: y es difícil que llegue a acercarse hasta los torreones, flacos para el asalto, de tu castillo. —Y si llega, llega sin eficacia. Batallas concretas, en las que manifestaremos al Señor nuestro deseo de conversión, de abrirnos  a los horizontes de la Gracia.

El Santo Padre considera este pasaje como un modo de subrayar nuestra condición humana en esta tierra: “La batalla victoriosa contra las tentaciones, que da inicio a la misión de Jesús, es una invitación a tomar conciencia de la propia fragilidad para acoger la Gracia que libera del pecado e infunde nueva fuerza en Cristo, camino, verdad y vida”. Contemplar a Jesús que vence las tentaciones del maligno –el cual “actúa y no se cansa, tampoco hoy, de tentar al hombre que quiere acercarse al Señor”-, nos hace tener complejo de superioridad: “Cristo sale victorioso, para abrir también nuestro corazón a la esperanza y guiarnos a vencer las seducciones del mal”.

Podemos concluir con las palabras optimistas del libro “Jesús de Nazaret” (I): “En la lucha contra Satanás, ha vencido Jesús: frente a la divinización fraudulenta del poder y del bienestar, frente a la promesa mentirosa de un futuro que, a través del poder y la economía, garantiza todo a todos, Él contrapone la naturaleza divina de Dios, Dios como auténtico bien del hombre”.

Terminamos esta primera meditación cuaresmal acudiendo a nuestra Madre, María, pidiéndole que Ella sea “nuestra guía en el camino cuaresmal, nos conduzca a un conocimiento cada vez más profundo de Cristo, muerto y resucitado, nos ayude en el combate espiritual contra el pecado, nos sostenga al invocar con fuerza: Conviértenos a Ti, oh Dios, nuestra salvación”. Ayúdanos a abrirnos a los horizontes de la Gracia, a vencer las tentaciones del demonio, a renovar el propósito de recomenzar nuestra lucha cuaresmal por ser almas de oración, penitentes y caritativas.

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