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martes, mayo 29, 2012

La Visitación


El mes de mayo concluye con la fiesta de la Visitación de María a su prima Santa Isabel: Por aquellos días, María se levantó y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel (Lc 1,39-56). 

El evangelista narra brevemente, casi quitando importancia, el desplazamiento de María. Se ahorra contar que es un viaje de unos tres días a lomo de mula, en los comienzos de un embarazo, con las incomodidades que conlleva (mareos, náuseas, etc.).

A pesar del relato parco –detrás del cual puede estar la humildad de María- hay un detalle que muestra la ejemplaridad de nuestra Madre: marchó deprisa. Recordamos que en la Anunciación el Ángel había dejado caer, como de pasada, el detalle del embarazo de la anciana prima: Y ahí tienes a Isabel, tu pariente, que en su ancianidad ha concebido también un hijo, y la que llamaban estéril está ya en el sexto mes, porque para Dios no hay nada imposible.

La Virgen podía tomarlo como una señal de la certeza de la vocación –Ella, que no había pedido ningún signo, al contrario que Zacarías-. Sin embargo, con su delicadeza descubre más bien una persona necesitada, en su sexto mes de embarazo, y no tiene problema en organizar viaje hasta Ain-Karim. La liturgia alaba este gesto como una respuesta dócil, como un gesto de amor en el que se complació el Señor. Docilidad al soplo del Espíritu y caridad con su prima.

Caridad, servicio. ¡En cuántas ocasiones es más fácil hacerse el de la vista gorda, dejar pasar una ocasión de servir! Es una tentación que nos puede aparecer varias veces en el mismo día: en la casa, en el transporte, en el trabajo, en el estudio, podemos ser delicados, caritativos, fraternos, pero tenemos que pedirte perdón, Señor, por nuestra falta de disponibilidad, de bondad, de mansedumbre; de amor, en una palabra.

Docilidad. El amor a las criaturas por parte de la Virgen es una consecuencia de su amor a Dios. Un amor que se manifiesta en obras: marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá. Acabamos de celebrar la fiesta de Pentecostés, y podemos acudir al Esposo de la Virgen con una oración de San Josemaría para que nos ayude a ser dóciles: “¡Ven, oh Santo Espíritu!: ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos: fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo: inflama mi voluntad... He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir, diciendo: después..., mañana. Nunc coepi! ¡Ahora!, no vaya a ser que el mañana me falte”.

Volvamos a la casa de Isabel y Zacarías: Y cuando oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó en su seno. La liturgia goza con esa presteza del Bautista nonnato y aprovecha para pedirle al Señor ese saber descubrir su presencia cercana en la Eucaristía: “así como Juan Bautista exultó de alegría al presentir a Cristo en el seno de la Virgen, haz que tu Iglesia lo perciba siempre vivo en este sacramento”.

Esta reacción intrauterina de Juan -en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno-  puede servirnos para nuestro examen, pues muchas veces dejamos pasar el sacramento de la presencia de Cristo sin acudir a Él con devoción, con piedad, con arrepentimiento. Aprendamos del ejemplo del Bautista a buscar al Señor, a consolarnos con su cercanía, a necesitar su compañía frecuente.

La primera lectura de la fiesta ambienta el aire de alegría que estamos considerando. Es del profeta Sofonías (3,14-18): ¡Lanza gritos de gozo, hija de Sión, alégrate y exulta de todo corazón! El Señor ha retirado las sentencias contra ti, ha alejado a tu enemigo. ¡El Señor, Rey de Israel, está en medio de ti, no temerás ya ningún mal! El Señor tu Dios está en medio de ti, ¡un poderoso salvador! Él exulta de gozo por ti, te renueva por su amor; danza por ti con gritos de júbilo, como en los días de fiesta.

Estas palabras, escritas siete siglos antes de los hechos que consideramos, se cumplen perfectamente en la Madre de Dios: ¡El Señor, Rey de Israel, está en medio de ti! Así se lo había recordado el Ángel Gabriel en la Anunciación: El Señor es contigo. El Espíritu Santo te ha llenado de su gracia. No hay en ti ningún rastro de pecado. Por eso, el Catecismo (n. 2676) nos invita a pensar en este contexto cada vez que recemos el Avemaría: “Nuestra oración se atreve a recoger el saludo a María con la mirada que Dios ha puesto sobre su humilde esclava y a alegrarnos con el gozo que El encuentra en ella (cf So 3,17b)”: Él exulta de gozo por ti, te renueva por su amor; danza por ti con gritos de júbilo, como en los días de fiesta.

E Isabel quedó llena del Espíritu Santo. El evangelista médico habla con una naturalidad pasmosa de la acción de la Tercera Persona de la Trinidad. Lo pone en papel protagónico en esta fiesta mariana y cristológica. No olvidemos que es el mismo autor que narra el Pentecostés. También nosotros hemos sido llenos del Espíritu Santo en el Bautismo, en la Confirmación, en la Unción de Enfermos (otros, además, en la Consagración sacramental como clérigos). Podemos continuar, haciéndola nuestra, la oración al Paráclito que recitábamos antes: “¡Oh Espíritu de verdad y de sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y de paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras...”.

El Espíritu mueve a Isabel a exclamar en voz alta: —Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. El Catecismo sigue comentado: “Después del saludo del ángel, hacemos nuestro el de Isabel. Llena del Espíritu Santo, Isabel es la primera en la larga serie de las generaciones que llaman bienaventurada a María: Bienaventurada la que ha creído.  María es bendita entre todas las mujeres porque ha creído en el cumplimiento de la palabra del Señor. Abraham, por su fe, se convirtió en bendición para todas las "naciones de la tierra" (Gn 12, 3). Por su fe, María vino a ser la madre de los creyentes, gracias a la cual todas las naciones de la tierra reciben a Aquél que es la bendición misma de Dios: Jesús, el fruto bendito de su vientre”.

Bendita entre las mujeres porque has creído. Isabel también es mujer de fe: ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme? La plenitud del Espíritu Santo la lleva a ver la madre de Dios en aquella muchachita embarazada que viene desde lejos a hacerle compañía. Es consciente de que no es fácil creer –ella, que ha padecido durante medio año la incredulidad de su esposo que ahora está sordo y mudo- y por eso añade: y bienaventurada tú, que has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor.

El Beato Juan Pablo II explica de modo maravilloso la “obediencia de la fe” de la Redemptoris Mater (n. 14): «Como Abrahán “esperando contra toda esperanza, creyó y fue hecho padre de muchas naciones” (Rm 4,18), así María, en el instante de la Anunciación, después de haber manifestado su condición de virgen (...) creyó que por el poder del Altísimo, por obra del Espíritu Santo, se convertiría en Madre del Hijo de Dios según la revelación del ángel». Abrahán es nuestro Padre en la fe y María, la Madre del Verbo y la Madre de la fe, como la llama Benedicto XVI en la "Verbum Domini".

La respuesta de María es una página antológica de la Sagrada Escritura. Es el himno Magnificat: —Proclama mi alma las grandezas del Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador: porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava.  Gratitud. Humildad para reconocer los propios méritos como un don de Dios. Glorificar a Dios, ensalzarlo, proclamar sus maravillas y grandezas, ¡qué buena manera de emplear la vida! Por eso la Iglesia pide que “podamos, con María, cantar tus maravillas durante toda nuestra vida”. Y también: “que tu Iglesia te glorifique, Señor, por todas las maravillas que has hecho con tus hijos”.


En la Redemptoris Mater también comenta el Beato Juan Pablo II que «En estas sublimes palabras (...) se vislumbra la experiencia personal de María, el éxtasis de su corazón. Resplandece en ellas un rayo del misterio de Dios, la gloria de su inefable santidad, el eterno amor que, como un don irrevocable, entra en la historia del hombre» (ibid. 36).


Ahora que termina el mes de María, hagamos el propósito de no apartar de nuestra vista el modelo de caridad, docilidad, fe, gratitud y humildad que nos ofrece la vista de nuestra Madre. Podemos tenerlo en cuenta cada vez que repitamos las palabras de Isabel: Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

sábado, octubre 13, 2007

Gratitud


Tenía un amigo en la carrera que era conocido no solo por ser un buen jugador de fútbol y estudiante de Medicina –hoy es uno de los mejores pediatras de su ciudad- sino, sobre todo, por su nobleza. Una de las manifestaciones de esa actitud era que siempre te daba las gracias por todo. Yo, que no me caracterizaba por esas virtudes, un día intenté hacerle una broma con ese tema, preguntándole por qué razón le gustaba tanto dar las gracias a toda hora. Me respondió que se lo habían aconsejado en un curso de relaciones humanas: agradecer mucho, en todas partes, por los pequeños o grandes favores que se reciben a lo largo del día. Para continuar la broma, a partir de entonces, cada vez que me agradecía, yo le daba las gracias por darme las gracias…

Bromas aparte, está claro que la virtud de la gratitud es alabada en la Sagrada Escritura con frecuencia. Por ejemplo, en el segundo libro de los Reyes (5, 14-17) se presenta como meritorio el agradecimiento de Naamán, un rey extranjero, por la curación de la lepra: “En aquellos días Naamán, general del ejército de Siria, que estaba leproso, se bañó siete veces en el Jordán, como se lo había mandado Eliseo, el hombre de Dios, y su carne quedó limpia como la de un niño. Volvió con su comitiva adonde el hombre de Dios y se le presentó diciendo: "Ahora sé que no hay más Dios que el de Israel. Te pido que aceptes estos regalos de parte de tu servidor". Pero Eliseo contestó: "Juro por el Señor, en cuya presencia estoy, que no aceptaré nada". Y por más que Naamán insistía, Eliseo no aceptó. Entonces Naamán le dijo: "Ya que te niegas, concédeme al menos que me den unos sacos con tierra de este lugar, los que puedan llevar un par de mulas. La usaré para construir un altar al Señor tu Dios, pues a ningún otro dios volveré a ofrecer más sacrificios".

En el Evangelio de san Lucas (17,11-19) aparece un episodio que muestra la extrañeza de Jesús ante el desagradecimiento de sus connacionales, mientras un samaritano sí es agradecido: Al ir de camino a Jerusalén, atravesaba los confines de Samaría y Galilea; y, cuando iba a entrar en un pueblo, le salieron al paso diez leprosos, que se detuvieron a distancia y le dijeron gritando: — ¡Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros! Al verlos, les dijo: —Id y presentaos a los sacerdotes. Y mientras iban quedaron limpios. Uno de ellos, al verse curado, se volvió glorificando a Dios a gritos, y fue a postrarse a sus pies dándole gracias. Y éste era samaritano. Ante lo cual dijo Jesús: — ¿No son diez los que han quedado limpios? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero? Y le dijo: —Levántate y vete; tu fe te ha salvado.

La Biblia de Navarra comenta así este pasaje: “Aquellos hombres reaccionaron con fe ante la indicación de Jesús (v. 14) pero sólo uno de ellos une el agradecimiento a la fe: un samaritano. Jesús califica esta acción como «dar gloria a Dios» (v. 18) y de ahí que sea motivo de «salvación» para este extranjero (v. 19). La escena queda así como un ejemplo de lo que Jesús había anunciado en su discurso inaugural en la sinagoga de Nazareth (“Muchos leprosos había también en Israel en tiempo del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue curado, más que Naamán el Sirio”). Es también una invitación a ser agradecidos con Dios: « ¿Qué cosa mejor podemos traer en el corazón, pronunciar con la boca, escribir con la pluma, que estas palabras: “Gracias a Dios”? No hay cosa que se pueda decir con mayor brevedad, ni oír con mayor alegría, ni sentirse con mayor elevación, ni hacer con mayor utilidad» (S. Agustín, Epist. 41.1)”.

La gratitud está íntimamente relacionada con la humildad: solo agradece aquél que se considera indigno del servicio prestado. Por el contrario, el soberbio nunca siente que esté suficientemente reconocido, nada está a la altura de lo que él se merecería. Como el amigo de la anécdota, hemos de dar gracias con frecuencia. En primer lugar, a los que tenemos cerca, que son quienes más nos sirven: los parientes, los vecinos, los compañeros de trabajo. También los conciudadanos: en la calle, en el medio de transporte, en el supermercado… Pero sobre todo hemos de dar gracias a Dios. 

En la carta que el Prelado del Opus Dei escribió a los fieles de la prelatura en octubre de 2007, invitaba a agradecer a Dios por el aniversario de la Fundación de la Obra y por los cinco años de la canonización del Fundador: "Examinad vuestra vida, hijas e hijos míos, y descubriréis muchos otros motivos personales de agradecimiento a Dios Uno y Trino: el don de la existencia y de formar parte de la Iglesia; el tesoro de nuestra vocación cristiana en el Opus Dei; el haber sido convocados por el Señor para colaborar en la misión de la Iglesia precisamente ahora, en los albores del sigo XXI, con el encargo de configurar cristianamente la sociedad... Alcemos al Cielo nuestra oración de gratitud por las alegrías y por las penas, por las facilidades y por las dificultades que hayamos podido encontrar, pues todo concurre al bien de los que aman al Señor (cfr. Rm 8, 28).

San Josemaría, desde que era sacerdote joven, enseñó a ser muy agradecidos en todas las circunstancias. «Acostúmbrate a elevar tu corazón a Dios, en acción de gracias, muchas veces al día. —Porque te da esto y lo otro. —Porque te han despreciado. —Porque no tienes lo que necesitas o porque lo tienes. Porque hizo tan hermosa a su Madre, que es también Madre tuya. —Porque creó el Sol y la Luna y aquel animal y aquella otra planta. —Porque hizo a aquel hombre elocuente y a ti te hizo premioso... Dale gracias por todo, porque todo es bueno» (Camino, n. 268).

Casi al final de sus años en la tierra, San Josemaría exhortaba a permanecer «siempre en una continua acción de gracias a Dios, por todo: por lo que parece bueno y por lo que parece malo, por lo dulce y por lo amargo, por lo blanco y por lo negro, por lo pequeño y por lo grande, por lo poco y por lo mucho, por lo que es temporal y por lo que tiene alcance eterno. Demos gracias a Nuestro Señor por cuanto ha sucedido este año, y también en cierto modo por nuestras infidelidades, porque las hemos reconocido y nos han llevado a pedirle perdón, y a concretar el propósito —que traerá mucho bien para nuestras almas— de no ser nunca más infieles» (Apuntes tomados en una meditación, 25-XII-1972).

La mejor manera de dar gracias al Padre es uniendo nuestra alabanza a la oración de Jesucristo en el sacrificio de la Misa. Juan Pablo II lo explicaba en la Exhortación Mane nobiscum Domine, n. 26: “Un elemento fundamental de este «proyecto» aparece ya en el sentido mismo de la palabra «eucaristía»: acción de gracias. En Jesús, en su sacrificio, en su «sí» incondicional a la voluntad del Padre, está el «sí», el «gracias», el «amén» de toda la humanidad. La Iglesia está llamada a recordar a los hombres esta gran verdad. Es urgente hacerlo sobre todo en nuestra cultura secularizada, que respira el olvido de Dios y cultiva la vana autosuficiencia del hombre. (...) Esta referencia trascendente, que nos obliga a un continuo «dar gracias» —justamente a una actitud eucarística— por lo todo lo que tenemos y somos, no perjudica la legítima autonomía de las realidades terrenas, sino que la sitúa en su auténtico fundamento, marcando al mismo tiempo sus propios límites”. 

Que la Virgen presente a la Santísima Trinidad esta acción de gracias, para que se cumpla en nuestra vida la invitación de san Pablo: “Dad gracias siempre, unidos a Cristo Jesús, pues esto es lo que Dios quiere que hagáis”.