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jueves, marzo 27, 2014

El demonio mudo

En el capítulo once de san Lucas, se continúa narrando el viaje de Jesús desde Galilea hasta Jerusalén. En medio de las diversas enseñanzas que trae este pasaje, se narra como de pasada otro milagro más, que es al mismo tiempo de curación y exorcismo: Estaba expulsando un demonio que era mudo. Y cuando salió el demonio, habló el mudo y la multitud se quedó admirada. En Mateo se dice que este mudo era, además, sordo y ciego. Por eso comenta San Jerónimo que “En un solo hombre hizo el Señor tres prodigios: darle la vista, darle la palabra, y librarlo del demonio. Y lo que hizo entonces exteriormente, lo hace todos los días en la conversión de los pecadores, que después de verse libres del demonio, reciben la luz de la fe y consagran su lengua, incapaz antes de hablar, a las alabanzas divinas”.
El pasaje continúa en una discusión del Maestro con los fariseos, que lo acusan de actuar como enviado del demonio, a lo que el Señor les responde que no puede haber división en ningún bando vencedor: Todo reino dividido contra sí mismo queda desolado y cae casa contra casa. Y aprovecha para concluir lanzando un desafío: El que no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama. Hay que elegir entre Dios o el demonio, no hay punto medio. Por eso estas palabras resuenan con frecuencia en Cuaresma, con el telón de fondo del salmo 94: Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón».
Un medio muy importante para tomar partido por el Señor es la dirección espiritual. Se trata de una posibilidad que nos ofrece la Iglesia para facilitarnos la conversión frecuente. El papa Francisco la describe como «el acompañamiento personal de los procesos de crecimiento» (Evangelii gaudium, nn. 169 ss): «En una civilización paradójicamente herida de anonimato y, a la vez obsesionada por los detalles de la vida de los demás, impudorosamente enferma de curiosidad malsana, la Iglesia necesita la mirada cercana para contemplar, conmoverse y detenerse ante el otro cuantas veces sea necesario. En este mundo los ministros ordenados y los demás agentes pastorales pueden hacer presente la fragancia de la presencia cercana de Jesús y su mirada personal».
Podemos decir que la dirección espiritual, mirada conmovida que hace presente a Cristo se remonta hasta el comienzo, cuando Él mismo charlaba con sus apóstoles uno a uno, como vemos por ejemplo con san Pedro después de la Resurrección,  en el momento en que le confirmó su encargo de apacentar las ovejas a pesar de las traiciones del Jueves Santo. Agradezcamos al Señor esa posibilidad maravillosa de avanzar seguramente en el camino de la identificación con Él, pues ―como dice Elredo de Rievaulx―: «¡Qué felicidad tener alguien con quien hablar como contigo mismo!, ¡a quien no temas confesar tus eventuales fallos!, ¡a quien puedas revelar sin rubor tus posibles progresos en la vida espiritual!, ¡a quien puedas confiar todos los secretos de tu corazón y comunicarle tus proyectos!».
Cada vez que acudamos a la dirección espiritual debemos pensar que es el mismo Jesucristo quien nos dirige sirviéndose de ese instrumento idóneo que la Iglesia nos dispensa. Por eso hemos de asistir con puntualidad, habiendo preparado en la oración lo que comentaremos, para que sea una charla breve, concisa, profunda, eficaz. Y una de las virtudes más importantes, junto con la docilidad para hacer propios los consejos y llevarlos a la práctica, es la sinceridad, virtud de la que nos habla el pasaje del Evangelio que estamos considerando.
Por contraste, volvamos al endemoniado, imaginemos su incapacidad: no podía ver, ni oír, ni hablar. Sería muy difícil su relación con los demás, con mayor razón si padecía una posesión diabólica. En realidad, se trataba de un caso dramático. Por eso Jesús tuvo compasión de él y lo curó gustosamente, sin poner trabas o exigencias como haría en otros milagros. San Josemaría se sirve de este personaje para comentar la importancia de la sinceridad. Al llamar esta posesión como la del “demonio mudo”, se refiere a un tipo de mudez que va más allá de la incapacidad de pronunciar palabra. La aplica, en la vida interior, al temor de abrir la boca, de no contar lo que sucede ―especialmente los hechos negativos, los pecados o imperfecciones que hemos cometido―, por vergüenza, para no perder el supuesto buen concepto que deben de tener sobre nosotros las personas que nos ayudan (el sacerdote, el director espiritual). Por eso aconseja: «Id a la dirección espiritual con el alma abierta: no la cerréis, porque ―repito― se mete el demonio mudo, que es difícil de sacar» (Amigos de Dios, n.188).
Además, en Forja, n.127, explica: «Si el demonio mudo ―del que nos habla el Evangelio― se mete en el alma, lo echa todo a perder. En cambio, si se le arroja inmediatamente, todo sale bien, se camina feliz, todo marcha. ―Propósito firme: "sinceridad salvaje" en la dirección espiritual, con delicada educación..., y que esa sinceridad sea inmediata». Sinceridad salvaje, inmediata, con delicada educación. Son requisitos para que la dirección espiritual logre su cometido, que es identificarnos con el espíritu de Cristo. Dios es la verdad, además de que lo sabe todo de nosotros. El diablo, en cambio, es el padre de la mentira y del engaño. Por esa razón, no tiene sentido ocultar a quien representa al Señor en el proceso de acompañamiento personal la verdad de nuestro interior. Es como si uno fuera al médico y le escondiera los síntomas, o no se dejara revisar o tomar exámenes; o, peor aún, si le dijera que está muy bien mientras el cáncer lo está carcomiendo…
«La sinceridad lleva a darse a conocer con humildad y claridad, sin medias verdades, sin disimulos ni exageraciones, sin vaguedades, manifestando con sencillez las disposiciones interiores y la realidad de la propia vida, de modo que se pueda recibir toda la ayuda necesaria en la lucha por la santidad. Sinceridad en lo concreto; en el detalle, con delicadeza. Huyendo del embrollo y de lo complicado, llamando a las cosas por su nombre, sin querer enmascarar las flaquezas, derrotas y defectos con falsas razones y justificaciones» (Fernández C.).
Hay varios ámbitos en los que debemos vivir esta virtud. En primer lugar, con Dios mismo. Huir del anonimato, tratarlo de Tú a tú, con sencillez y naturalidad, en la oración y en el examen de conciencia. Pedirle luces al Espíritu Santo para vernos como Él nos ve, que es la verdad última de nuestra existencia.
En segundo lugar, sinceridad con nosotros mismos: vernos con objetividad, buscar conocernos como somos, alcanzar la verdad sobre nuestra intimidad. Sin esconderla en subterfugios ni en eufemismos. Se trata de una manifestación más de la virtud de la humildad. No podemos asustarnos de que seamos frágiles, de que podamos caer ¡y que de hecho caigamos! El conocimiento propio es fundamental para darnos a conocer como somos. 
Y así llegamos al punto que venimos considerando desde antes, la sinceridad con el director espiritual, para facilitarle su labor de acompañamiento, de orientación y exigencia. Hemos de ser sinceros desde antes, cuando la tentación acecha, diciendo con franqueza: se me ocurre esto, tengo una mala temporada, encomiéndame más estos días... Y si tuviéramos la desgracia de “tocar el violón”―no tiene por qué suceder― sinceridad inmediata (salvaje y educada) en la dirección espiritual y en la confesión sacramental. 
Abrir el alma. Dejar entrar al Espíritu Santo en nuestro corazón con todos sus dones y sus frutos. Es una táctica triunfadora. Un buen consejo por si llegara un momento en que costara especialmente la sinceridad, es abrir una puerta con el director espiritual. Quizás decirle de pasada, o escribirle un mensaje: «tenemos que hablar», «tengo que decirte algo». Ya es una manera de dar un paso, comenzar a sincerarse. De esa forma, será más fácil encontrar el momento de estar a solas. Como quizás entonces tampoco sepamos cómo romper el hielo, se puede comenzar diciendo también con toda sencillez: «me cuesta mucho decir lo que te voy a contar». Y entonces, lanzarse a «soltar el sapo».
Quizás no haga falta un plan tan estudiado, lo que sí es eficaz es un consejo antiguo, que utilizaba san Josemaría en su labor pastoral. Ponía el ejemplo de una persona que cargaba, durante un tramo de varios kilómetros, algunas piedritas en los bolsillos y una roca en el hombro. Al llegar al sitio de destino, lo lógico es que soltara el peñasco, y no las piedrecitas. Pues así tiene que ser la actitud nuestra en la dirección espiritual: comenzar por lo que más cuesta, por las faltas de mayor entidad, sin «dorar la píldora» con pequeños errores que nos pueden llevar a la mentira o el engaño: «Contad primero lo que desearíais que no se supiera. ¡Abajo el demonio mudo! De una cuestión pequeña, dándole vueltas, hacéis una bola grande, como con la nieve, y os encerráis dentro. ¿Por qué? ¡Abrid el alma! Yo os aseguro la felicidad, que es fidelidad al camino cristiano, si sois sinceros. Claridad, sencillez: son disposiciones absolutamente necesarias; hemos de abrir el alma, de par en par, de modo que entre el sol de Dios y la claridad del Amor».
La aplicación del pasaje del demonio mudo a la sinceridad en la dirección espiritual va más allá de un simple simbolismo: «El que se calla tiene un secreto con Satanás, y es mala cosa tener a Satanás como amigo» (Carta 24-III-1931, 38. Cit por Burkhart). O, mirándolo en positivo: «Por eso demuestra tanto interés el diablo en cegar nuestras inteligencias con la soberbia, que enmudece: sabe que, apenas abrimos el alma, Dios se vuelca con sus dones» (Carta 14-II-1974, 22. Cit. en Ibidem). La sinceridad es el comienzo de la solución. Como el Hijo pródigo, experimentaremos la infinita misericordia del Padre, que no solo nos acoge de nuevo en su seno, sino que organiza una fiesta. El banquete del amor, del perdón, de la resurrección: este hijo estaba muerto y ha revivido.
Acudamos a la Virgen Santísima, que tenía un alma fina, delicada, pura, limpísima, porque siempre estaba en diálogo franco y amoroso con ese Dios que era su Padre, su Hijo y su Esposo. Pidámosle que nos alcance del Señor la gracia de la sinceridad salvaje, educada e inmediata con Dios, con nosotros mismos y con quienes dirigen nuestra alma.

viernes, enero 21, 2011

Humildad: conviene que Él crezca



En esta última semana de Navidad, hemos visto a Jesús como el Mesías anunciado. Sus obras milagrosas lo confirman: la multiplicación de los panes y de los peces, su caminar sobre las aguas, la curación del leproso. Hoy, la Liturgia de la  Palabra nos aproxima a la celebración del Bautismo del Señor, que será el próximo domingo: Jesús fue con sus discípulos a la región de Judea, y allí convivía con ellos y bautizaba. También Juan estaba bautizando en Ainón, cerca de Salim, porque allí había mucha agua, y acudían a que los bautizara–porque aún no habían encarcelado a Juan. 

El cuarto Evangelio nos muestra a San Juan Bautista cumpliendo su misión de Precursor. Él anuncia la inminente llegada del Mesías e insiste en la importancia de prepararse con una conversión radical. Las multitudes se congregan para escuchar este mensaje y responden con generosidad a su propuesta: hacen una especie de confesión general de sus pecados ante Juan y manifiestan su deseo de enmienda con el símbolo externo del bautismo. Desde luego, todavía no se habían instituido los sacramentos de la Nueva Ley de Cristo, pero los gestos de Juan y del pueblo preparaba el terreno para la predicación de Jesús.

Predicaba San Josemaría, considerando la predicación del Bautista: “Hijo mío, ¿cómo vas? ¿Qué tal te preparas para un examen más rígido, con una petición de gracias al Señor, para que tú le conozcas a Él, y te conozcas a ti mismo, y de esta manera puedas convertirte de nuevo? Debes pensar en tu vida y pedir perdón. Porque el Señor está dispuesto a darnos la gracia siempre, y especialmente en estos tiempos; la gracia para esa nueva conversión, para la ascensión en el terreno sobrenatural; esa mayor entrega, ese adelantamiento en la perfección, ese encendernos más” (Apuntes de la predicación, 2-III-52).

Se originó una discusión entre los discípulos de Juan y un judío acerca de la purificación. Y fueron a Juan a decirle: —Rabbí, el que estaba contigo al otro lado del Jordán, de quien tú diste testimonio, está bautizando y todos se dirigen a él.  Aparece un episodio de celos entre discípulos: Juan tenía un grupo de seguidores fieles, además de las multitudes que peregrinaban y regresaban a sus tierras. De entre sus discípulos, algunos serían los primeros apóstoles (para ser exacto, cinco de los doce). Pero algunos permanecieron con él y vemos en este comentario cómo le presentan el “problema” del aumento del prestigio de Jesús. Lo ven como una especie de “competencia”: está bautizando y todos se dirigen a él.

Respondió Juan: —No puede el hombre apropiarse nada si no le es dado del cielo. Vosotros mismos me sois testigos de que dije: «Yo no soy el Cristo, sino que he sido enviado delante de él». Esposo es el que tiene la esposa; el amigo del esposo, el que está presente y le oye, se alegra mucho con la voz del esposo. Por eso, mi alegría es completa. Es una respuesta ejemplar. Es muestra de una virtud muy escasa: saber estar en el lugar que a uno le corresponde. Generalmente, queremos estar “arriba”, en los círculos del poder. Aunque sea el poder del edificio en que vivimos, de la acción comunal, de lo que sea. Le sucedió a los mismos Apóstoles: te pido que mis hijos se sienten, uno a la derecha y otro a tu izquierda, en el Reino, solicitó la madre de Juan y Santiago –que ya pertenecían al círculo más selecto de los discípulos-. Hoy día, igual. Se habla de la “me generation”. Centro del universo. Que los demás giren alrededor de mí. Que yo sea el mito. Que me sirvan, me cuiden, me entretengan, me admiren…

En cambio, Juan sabe estar en su sitio de Precursor. En esto insiste varias veces: Yo no soy el Cristo, sino que he sido enviado delante de él. San Agustín glosa la respuesta con estas palabras: “en esto se cumple mi gozo: en alegrarme de oír la voz del esposo. Tengo mi gracia y no tomo más para no perder lo que he recibido. Porque el que quiere alegrarse de sí mismo, está triste; mas el que quiere alegrarse en el Señor, se alegrará siempre, porque Dios es eterno”. Juan se goza en que Jesús vaya instituyendo la Iglesia, como su Esposa. Goza viendo que han comenzado los tiempos mesiánicos. Por eso, su alegría es completa.

La escena concluye con una frase que resume la actuación del Precursor y que es todo un modelo para la vida del cristiano: Es necesario que él crezca y que yo disminuya. Así escribía San Josemaría en una de sus cartas dirigidas a los fieles del Opus Dei: “He sentido en mi alma, desde que me determiné a escuchar la voz de Dios -al barruntar el amor de Jesús-, un afán de ocultarme y desaparecer; un vivir aquel illum oportet crescere, me autem minui (Jn 3,30); conviene que crezca la gloria del Señor, y que a mí no se me vea” (Carta 29-XII-1947/14-II-1966, n.16).

Ocultarme y desaparecer. Humildad. San Agustín glosa las palabras del Bautista: “Crezca en nosotros la gloria de Dios y disminuya nuestra gloria, para que crezca en Dios la nuestra. Cuanto mejor conoces a Dios, tanto más parece que Dios crece en ti. (…) El hombre interior adelanta en relación a Dios y Dios parece que crece en él y él se disminuye cayendo de su gloria y levantándose en la gloria de Dios”. 

El Fundador del Opus Dei continúa su exégesis con estas palabras (“Es Cristo que pasa”, n. 58): “Desde nuestra primera decisión consciente de vivir con integridad la doctrina de Cristo, es seguro que hemos avanzado mucho por el camino de la fidelidad a su Palabra. Sin embargo, ¿no es verdad que quedan aún tantas cosas por hacer?, ¿no es verdad que queda, sobre todo, tanta soberbia? Hace falta, sin duda, una nueva mudanza, una lealtad más plena, una humildad más profunda, de modo que, disminuyendo nuestro egoísmo, crezca Cristo en nosotros, ya que illum oportet crescere, me autem minui, hace falta que El crezca y que yo disminuya”.

Con estas palabras, la liturgia del tiempo de Navidad nos invita a la nueva mudanza, concretada en una humildad más profunda. Pidámosla al Señor: “Danos la humildad, ayúdanos a rechazar la soberbia”. Todavía estamos en Navidad, y esta virtud es una de las más claras enseñanzas de este tiempo. "En Belén nuestro Creador carece de todo: ¡tanta es su humildad!".

San Josemaría explicaba que se trata de vivir una “humildad sin caricatura”: no es ir sucios, ni abandonados, “mucho menos es ir pregonando cosas tontas contra uno mismo. No puede haber humildad donde hay comedia e hipocresía, porque la humildad es la verdad”. Y también la comparaba con la sal, que condimenta todos los alimentos. Así, la humildad hace virtuosos los actos humanos. Evita que la atención se vuelque sobre nuestro yo, sobre los efectos de nuestras acciones. Nos ayuda a arrancar de raíz la vanidad y el orgullo.  Si queréis ser felices, sed humildes; rechazad las insinuaciones mentirosas del demonio, cuando os sugiere que sois admirables (…). El que es humilde no lo sabe, y se cree soberbio. Y el que es soberbio, vanidoso, necio, se considera algo excelente. Tiene poco arreglo, mientras no se desmorone y se vea en el suelo, y aun allí puede continuar con aires de grandeza. También por eso necesitamos la dirección espiritual; desde lejos contemplan bien lo que somos: como mucho, piedras para emplearlas abajo, en los cimientos; no la que irá en la clave del arco”.

Con esta última alusión encontramos un acto en el que es importantísima la humildad: la dirección espiritual. Para preparar ese medio de formación, acudamos al Señor pidiéndole que nos aumente esa virtud, para conocernos mejor al momento del examen; para ser muy sinceros durante la conversación con quien dirige nuestra alma y luego, para ser muy dóciles a la hora de llevar a la práctica los consejos que nos han dado.

Humildad y conocimiento propio. Para el examen de conciencia, es muy importante  huir de las disculpas, de las justificaciones. Así lo resumía Epicteto: “El que revisa su vida, recuerda sus fracasos y culpa a los demás es un inmaduro. El que recuerda sus fracasos y se culpa a sí mismo está en el camino de la madurez. El que recuerda sus fracasos, los reconoce y no culpa a nadie, ése es un verdadero ser humano, una persona perfecta” (en el sentido de completa, terminada, cumplida)" (citado por García-Valdecasas en "El árbol de las verdades", p. 151).

Humildad y sinceridad. San Josemaría hablaba del “demonio mudo”, de tener secretos con el diablo, una situación absurda para un alma que quiere ser santa. Siempre se ha dicho que el demonio quita la vergüenza para pecar y la devuelve para la sinceridad. Conviene que Él crezca y que yo disminuya, dice Juan Bautista. Esta es una manera de llevar a la práctica el lema de nuestra meditación de hoy: que disminuya nuestro prestigio delante del director. Que nos conozca como somos, siendo sinceros incluso “antes”: contar hasta las tentaciones. Decir primero lo que más nos cuesta (visto desde fuera, puede ser una bobada).  Esta humildad también se concreta en la puntualidad para asistir a ese medio de formación y a la Confesión sacramental. Nuestro Padre lo resumía en una petición: “Madre mía: a estos hijos míos y a mí, danos el don bendito de la humildad en la lucha, que nos hará sinceros”.

Humildad y docilidad. Por eso decía nuestro Padre en el Colegio Romano que la primera condición para la formación es la humildad, ponerse en manos de quien dirige nuestra alma como el barro en manos del alfarero, como la cera que se deja  moldear, como María, Sede de la Sabiduría y Esclava del Señor. La clave para ser buenos instrumentos, decía, son: «vida interior. Estudio. Práctica de las cosas que aquí aprendéis. Y después, hijos míos, humildad». Reconocer nuestra nada, hijos, nos hace eficaces, nos llena de alegría. Pauper servus et humilis! Soy, Señor, una pobre criatura, llena de miseria, de pequeñez; tantas veces juguete de la soberbia, de la sensualidad. Aun así, Dios te ha escogido, sabiendo cómo eras, sabiendo que podías llegar a ser un instrumento de maravilla.

El Papa comentaba que las palabras del Bautista que estamos considerando “constituyen un programa para todo cristiano. Dejar que el "yo" de Cristo ocupe el lugar de nuestro "yo" fue de modo ejemplar el anhelo de san Pablo, quien escribió de sí mismo: "Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí" (Ga 2,20). Antes que él y que cualquier otro santo vivió esta realidad María santísima, que guardó en su corazón las palabras de su Hijo Jesús. Ella, con su Corazón de Madre, sigue velando con tierna solicitud por todos nosotros. Que su intercesión nos obtenga ser siempre fieles a la vocación cristiana.

martes, septiembre 26, 2006

Sinceridad


En el Evangelio de San Lucas aparece, poco después de la parábola del sembrador, el deseo de María y los familiares de Jesús de saludar a su pariente (Lc 8,19-21). La respuesta del Señor, solo en apariencia sorprendente, tiene íntima relación con la parábola apenas contada: “En aquel tiempo, vinieron a ver a Jesús su madre y sus parientes, pero no pudieron llegar hasta él a causa del gentío. Entonces le avisaron: "Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte". El les respondió: "Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica". Esta respuesta complementa la parte final de la parábola: “Lo que cayó en tierra buena son los que oyen la palabra con un corazón bueno y generoso, la conservan y dan fruto mediante la perseverancia”. Escuchar la palabra con generosidad, conservarla, ponerla en práctica constantemente, para dar fruto. Quien hace esto es el verdadero discípulo de Cristo, es como el hermano y la Madre del Señor. 

La Iglesia ofrece a sus fieles los medios para que esa escucha de la palabra sea fructífera: el Magisterio, el ministerio de los sacerdotes, la dirección espiritual. Así lo resume Pedro Rodríguez, en la edición crítica de Camino: “El Autor, sentado en el capítulo primero el horizonte cotidiano del vivir humano en Cristo, aborda en el capítulo 2, bajo el título «Dirección», la necesidad que el hombre cristiano tiene de ser guiado en el camino hacia Dios: esa guía es, ante todo, la acción del Espíritu Santo en el alma y, con ella, las formas de mediación y acompañamiento que se dan en la Iglesia: el magisterio eclesiástico, el ministerio sacerdotal, la dirección espiritual en un contexto de plena apertura y sinceridad.

Para lograr mayor fruto de ese medio de formación tan estupendo que es la dirección espiritual, hace falta, ante todo, la virtud de la sinceridad. Después, ser muy dócil a las sugerencias del acompañante en el camino del espíritu. Un buen ejemplo de sinceridad es la protagonista femenina de «Las Crónicas de Narnia», de C. S. Lewis: Lucy. Para Luis Daniel González, «ese nombre evoca la luz. Ella siempre dice la verdad. ¿Qué sugiere Lewis, con eso? -Al principio, y luego en varios momentos, Lucy es la que guía a los demás. Y sí, siempre dice la verdad, pero en los libros son muchos los episodios en los que, también a través de otros personajes, se subraya la necesidad del reconocimiento de las cosas tal como han sido y como son. Esa sinceridad completa es una condición que Aslan siempre pide para intervenir en favor de quien necesita su ayuda». 

Y docilidad, confianza en la gracia de Dios que llega a través de los consejos de esa persona idónea: «Conviene que conozcas esta doctrina segura: el espíritu propio es mal consejero, mal piloto, para dirigir el alma en las borrascas y tempestades, entre los escollos de la vida interior. Por eso es Voluntad de Dios que la dirección de la nave la lleve un Maestro, para que, con su luz y conocimiento, nos conduzca a puerto seguro» (Camino, n. 59). «Director. —Lo necesitas. —Para entregarte, para darte..., obedeciendo. —Y Director que conozca tu apostolado, que sepa lo que Dios quiere: así secundará, con eficacia, la labor del Espíritu Santo en tu alma, sin sacarte de tu sitio..., llenándote de paz, y enseñándote el modo de que tu trabajo sea fecundo» (Camino, n. 62).
 
Por el camino de la sinceridad y la docilidad en la dirección espiritual seremos tierra buena que dé el ciento por uno, nos pareceremos a la Madre de Dios, que se esforzaba por escuchar la Palabra de Dios y por ponerla en práctica.