En el Evangelio de San Lucas aparece, poco después de la parábola del sembrador, el deseo de María y los familiares de Jesús de saludar a su pariente (Lc 8,19-21). La respuesta del Señor, solo en apariencia sorprendente, tiene íntima relación con la parábola apenas contada: “En aquel tiempo, vinieron a ver a Jesús su madre y sus parientes, pero no pudieron llegar hasta él a causa del gentío. Entonces le avisaron: "Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte". El les respondió: "Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica". Esta respuesta complementa la parte final de la parábola: “Lo que cayó en tierra buena son los que oyen la palabra con un corazón bueno y generoso, la conservan y dan fruto mediante la perseverancia”. Escuchar la palabra con generosidad, conservarla, ponerla en práctica constantemente, para dar fruto. Quien hace esto es el verdadero discípulo de Cristo, es como el hermano y la Madre del Señor.
La Iglesia ofrece a sus fieles los medios para que esa escucha de la palabra sea fructífera: el Magisterio, el ministerio de los sacerdotes, la dirección espiritual. Así lo resume Pedro Rodríguez, en la edición crítica de Camino: “El Autor, sentado en el capítulo primero el horizonte cotidiano del vivir humano en Cristo, aborda en el capítulo 2, bajo el título «Dirección», la necesidad que el hombre cristiano tiene de ser guiado en el camino hacia Dios: esa guía es, ante todo, la acción del Espíritu Santo en el alma y, con ella, las formas de mediación y acompañamiento que se dan en la Iglesia: el magisterio eclesiástico, el ministerio sacerdotal, la dirección espiritual en un contexto de plena apertura y sinceridad.”
Para lograr mayor fruto de ese medio de formación tan estupendo que es la dirección espiritual, hace falta, ante todo, la virtud de la sinceridad. Después, ser muy dócil a las sugerencias del acompañante en el camino del espíritu. Un buen ejemplo de sinceridad es la protagonista femenina de «Las Crónicas de Narnia», de C. S. Lewis: Lucy. Para Luis Daniel González, «ese nombre evoca la luz. Ella siempre dice la verdad. ¿Qué sugiere Lewis, con eso? -Al principio, y luego en varios momentos, Lucy es la que guía a los demás. Y sí, siempre dice la verdad, pero en los libros son muchos los episodios en los que, también a través de otros personajes, se subraya la necesidad del reconocimiento de las cosas tal como han sido y como son. Esa sinceridad completa es una condición que Aslan siempre pide para intervenir en favor de quien necesita su ayuda».
Y docilidad, confianza en la gracia de Dios que llega a través de los consejos de esa persona idónea: «Conviene que conozcas esta doctrina segura: el espíritu propio es mal consejero, mal piloto, para dirigir el alma en las borrascas y tempestades, entre los escollos de la vida interior. Por eso es Voluntad de Dios que la dirección de la nave la lleve un Maestro, para que, con su luz y conocimiento, nos conduzca a puerto seguro» (Camino, n. 59). «Director. —Lo necesitas. —Para entregarte, para darte..., obedeciendo. —Y Director que conozca tu apostolado, que sepa lo que Dios quiere: así secundará, con eficacia, la labor del Espíritu Santo en tu alma, sin sacarte de tu sitio..., llenándote de paz, y enseñándote el modo de que tu trabajo sea fecundo» (Camino, n. 62).
Por el camino de la sinceridad y la docilidad en la dirección espiritual seremos tierra buena que dé el ciento por uno, nos pareceremos a la Madre de Dios, que se esforzaba por escuchar la Palabra de Dios y por ponerla en práctica.
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