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sábado, junio 11, 2011

Pentecostés

Celebramos hoy la fiesta de Pentecostés. Este nombre significa, simplemente, que han pasado cincuenta días desde la Pascua. También los judíos celebraban esta Solemnidad con una peregrinación a Jerusalén para agradecer a Dios el don de la tierra y la primera cosecha del grano. A esa dimensión natural, la religión hebrea añadió la gratitud por la Alianza.
San Lucas describe, en el libro de los Hechos, que después de la Ascensión del Señor los apóstoles estaban “en un mismo lugar. Y de repente sobrevino del cielo un ruido, como de un viento que irrumpe impetuosamente, y llenó toda la casa en la que se hallaban. Entonces se les aparecieron unas lenguas como de fuego, que se dividían y se posaban sobre cada uno de ellos. Quedaron todos llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les hacía expresarse” (Hch 2,1-4).
Para el cristianismo, Pentecostés significa la venida del Espíritu de Jesús. Es una buena ocasión para hablar con el Señor de esta Persona divina, a veces tan olvidada (Cf. San Josemaría, “El Gran Desconocido”, en: Es Cristo que pasa, nn.127-138). 

La teología católica lo representa con muchos símbolos, a cual más hermoso: “el agua viva, que brota del corazón traspasado de Cristo y sacia la sed de los bautizados; la unción con el óleo, que es signo sacramental de la Confirmación; el fuego, que transforma cuanto toca; la nube oscura y luminosa, en la que se revela la gloria divina; la imposición de manos, por la cual se nos da el Espíritu; y la paloma, que baja sobre Cristo en su bautismo y permanece en Él” (Compendio del Catecismo, n. 139).
La narración de San Lucas nos muestra a los discípulos perseverando “unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y con María, la madre de Jesús”. Es significativo este detalle: la Virgen congrega, aúna ese grupo temeroso de discípulos perseguidos por las autoridades judías. En ese ambiente fraternal, de oración, es en el que Lucas presenta la teofanía cósmica, que también recuerda la Alianza del Sinaí: “de repente sobrevino del cielo un ruido, como de un viento que irrumpe impetuosamente, y llenó toda la casa”.
De esta forma, queda claro que el Espíritu viene del cielo, que todos y cada uno de los discípulos reciben el don prometido por Jesucristo. ¿Qué significado tiene esta escena? ¿Cuáles son las consecuencias? - “Jesucristo glorificado infunde su Espíritu en abundancia y lo manifiesta como Persona divina, de modo que queda plenamente revelada la Trinidad Santa” (Compendio n. 144).
A los que recibimos la fe desde pequeños nos parece normal hablar del Credo con toda sencillez: “Creo en Dios Padre todopoderoso, en Jesucristo su único Hijo, en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida”, pero acuñar esas fórmulas de fe requirió varios siglos de razonamiento teológico, de profundización en la doctrina revelada por parte de muchos santos, con la ayuda divina. Este es uno de los principales efectos de esta solemnidad: comprender un poco más del misterio de la Trinidad, cuya fiesta celebraremos precisamente el próximo domingo.
El segundo aspecto del punto citado nos servirá para concretar algún propósito para esta semana: “La misión de Cristo y del Espíritu se convierte en la misión de la iglesia, enviada para anunciar y difundir el misterio de la comunión trinitaria”. No celebramos Pentecostés simplemente para recordar nuestra fe en las Personas divinas. La fe compromete. Exige coherencia con la vida.
Compromiso. Cuando recibimos el Espíritu Santo –en el Bautismo, en la Confirmación- al mismo tiempo experimentamos la obligación de ser menos indignos. Recibimos, con la gracia, con la vida de Dios, una misión: la misma de Cristo y del Espíritu: anunciar y difundir el misterio de la fe. Transmitir este tesoro a muchísimas personas, para que también ellas gocen de la posibilidad maravillosa de estar en comunión con Dios.
Así lo expresa el Prefacio de la Misa: para llevar a plenitud el misterio pascual, enviaste hoy el Espíritu Santo sobre los que habías adoptado como hijos por su participación en Cristo.  

Es lo que vemos en la escena de los Hechos: “Quedaron todos llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les hacía expresarse”. Comienza el apostolado público de los testigos: “Varones de Galilea…” Los demás quedan estupefactos, dice Lucas. Más tarde añade que atónitos. Algunos incluso se burlan.  Entre los destinatarios del mensaje y la misión de Jesús, hay una amplia representación de todo Israel.
Los apóstoles empiezan a cumplir el encargo que el Señor les había transmitido, como vemos en el Evangelio del día, según la versión que Juan ofrece de Pentecostés: “Al atardecer de aquel día, el siguiente al sábado, con las puertas del lugar donde se habían reunido los discípulos cerradas por miedo a los judíos, vino Jesús, se presentó en medio de ellos y les dijo: —La paz esté con vosotros. Y dicho esto les mostró las manos y el costado. Al ver al Señor, los discípulos se alegraron. Les repitió: —La paz esté con vosotros. Como el Padre me envió, así os envío yo. Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: —Recibid el Espíritu Santo”.
¿Cómo puede explicarse que los discípulos, hasta entonces temerosos y huidizos, de un momento a otro hayan adquirido una capacidad de convicción tal que, en la primera predicación de Pedro se hayan convertido tres mil almas? - Lo aclara el Prefacio de la Misa: “Aquel mismo Espíritu que, desde el comienzo, fue el alma de la Iglesia naciente; el Espíritu que infundió el conocimiento de Dios a todos los pueblos; el Espíritu que congregó en la confesión de una misma fe a los que el pecado había dividido en diversidad de lenguas”.
También hoy el Espíritu Santo sigue siendo el alma de la Iglesia, infunde el conocimiento de Dios y nos congrega en la unidad. La oración colecta hace un resumen de su misión en la vida del cristiano: “por el misterio de Pentecostés santificas a tu Iglesia extendida por todas las naciones; concede al mundo entero los dones de tu Espíritu Santo y continúa realizando hoy, en el corazón de tus fieles, la unidad y el amor de la primitiva Iglesia”.
Pidámosle que hoy nos llene de sus dones y de sus frutos. Que  nos encienda en amor a Dios, que nos haga santos y apostólicos. Podemos hacerlo con un himno litúrgico: “Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo. Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento”.
Devoción y docilidad al Espíritu Santo. Propongámonos tratarlo más y escucharlo con mayor atención. Nos puede servir la anécdota de un pequeño acólito llamado Karol Wojtyla: una vez se distrajo ayudando a Misa. Su papá, que asistía a esa Eucaristía, le dijo: quizá te distrajiste porque te faltó encomendarte al Espíritu Santo. Y le regaló un libro con oraciones a la Tercera Persona de la Trinidad que el futuro Papa conservó hasta su muerte.
Acudamos a la Esposa del Espíritu Santo, la Virgen Santísima, para que también nosotros  –como Ella- nos esforcemos por seguir dócilmente sus inspiraciones.



sábado, abril 18, 2009

Fe en la Resurrección


Para algunos canales de televisión, la Semana Santa es ocasión de exhibir todos los refritos religiosos, que tienen bastante acogida. Por eso, los días santos suele haber sobre-exposición de cuanto interrogante hay en nuestro ambiente actual: el canon de los evangelios, los evangelios apócrifos, María Magdalena, religiones comparadas, celibato sacerdotal, etc.

Recuerdo que un amigo sintió removidos los cimientos de su fe con algunos datos “reveladores” sobre tradiciones religiosas del Oriente Medio, parecidas a la judeo-cristiana. El alma le volvió al cuerpo cuando le dije que yo sabía de esas teorías, que las había estudiado y que formaban parte de nuestro acervo cultural. Por su gesto, parecía que pensara: ¡al menos no es ninguna sorpresa para la Iglesia Católica!

Quizá por eso, Benedicto XVI insistía en sus homilías y discursos pascuales sobre la naturaleza histórica de la Resurrección. Así, por ejemplo, explicaba en un mensaje Urbi et Orbi que una de las preguntas que más angustian la existencia del hombre es precisamente esta: ¿qué hay después de la muerte? Y respondía a este enigma afirmando que “la muerte no tiene la última palabra, porque al final es la Vida la que triunfa. Nuestra certeza no se basa en simples razonamientos humanos, sino en un dato histórico de fe: Jesucristo, crucificado y sepultado, ha resucitado con su cuerpo glorioso. Jesús ha resucitado para que también nosotros, creyendo en Él, podamos tener la vida eterna. Este anuncio está en el corazón del mensaje evangélico. San Pablo lo afirma con fuerza: «Si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación carece de sentido y vuestra fe lo mismo». Y añade: «Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados» (1 Co 15,14.19).

Por tanto, seguía diciendo Benedicto XVI, “la resurrección no es una teoría, sino una realidad histórica revelada por el Hombre Jesucristo mediante su «pascua», su «paso», que ha abierto una «nueva vía» entre la tierra y el Cielo (cf. Hb 10,20). No es un mito ni un sueño, no es una visión ni una utopía, no es una fábula, sino un acontecimiento único e irrepetible: Jesús de Nazaret, hijo de María, que en el crepúsculo del Viernes fue bajado de la cruz y sepultado, ha salido vencedor de la tumba. En efecto, al amanecer del primer día después del sábado, Pedro y Juan hallaron la tumba vacía. Magdalena y las otras mujeres encontraron a Jesús resucitado; lo reconocieron también los dos discípulos de Emaús en la fracción del pan; el Resucitado se apareció a los Apóstoles aquella tarde en el Cenáculo y luego a otros muchos discípulos en Galilea”.

Hace poco tiempo comenté este asunto a un grupo de amigos y un insigne historiador me respondió: “si la Resurrección no es histórica, no hay historia”. Y no se refería a la trascendencia del hecho, sino a que es uno de los eventos con mayor cantidad y fiabilidad de testimonios. Uno de ellos proviene de un escéptico. Y no me refiero a un filósofo de la decadencia griega, sino a uno de los apóstoles. 

Cuenta San Juan –uno de los primeros testigos oculares- que Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le dijeron: — ¡Hemos visto al Señor! Pero él les respondió: —Si no le veo en las manos la marca de los clavos, y no meto mi dedo en esa marca de los clavos y meto mi mano en el costado, no creeré.

El escepticismo de Tomás nos ayuda a los creyentes de hoy, pues deja por el suelo la hipótesis de una alucinación colectiva o que los discípulos vieron lo que querían ver. No. Tomás dudó. Y apeló al método experimental: Si no le veo en las manos la marca de los clavos, y no meto mi dedo en esa marca de los clavos y meto mi mano en el costado, no creeré.

Por eso tiene tanto valor este pasaje. A los ocho días –sigue narrando san Juan-, estaban otra vez dentro sus discípulos y Tomás con ellos. Aunque estaban las puertas cerradas, vino Jesús, se presentó en medio y dijo: —La paz esté con vosotros. Después le dijo a Tomás: —Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente. Respondió Tomás y le dijo: —¡Señor mío y Dios mío! Jesús contestó: —Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto hayan creído.

Comenta San Gregorio Magno: “La bondad de Dios actuó en este caso de un modo admirable, ya que aquel discípulo que había dudado, al palpar las heridas del cuerpo de su maestro, curó las heridas de nuestra incredulidad. Más provechosa fue para nuestra fe la incredulidad de Tomás que la fe de los otros discípulos, ya que, al ser él inducido a creer por el hecho de haber palpado, nuestra mente, libre de toda duda, es confirmada en la fe. De este modo, en efecto, aquel discípulo que dudó y que palpó se convirtió en testigo de la realidad de la resurrección”.

Este pasaje del Evangelio tiene el poder de hacernos pensar en cómo es nuestra fe, cuánto agradecemos ese don del Señor, cómo nos esforzamos por acrecentarla: con estudio del Catecismo y de su Compendio, con una oración más intensa, con la lucha por obrar en consecuencia con lo que creemos. Junto con este breve examen de conciencia, deberían surgir propósitos de mejora, de recomienzo en la lucha por ser fieles testigos del Señor resucitado.

Ser almas de fe. Cuenta Mons. Pélach, de sus tiempos como Obispo en los Andes peruanos, que "unos turistas en Machu Picchu observaron un obrero que pasaba con su carretilla de un cerro al otro, sobre un simple cable de acero. Con susto observaban al hombre que caminaba tranquilo y seguro de sí mismo. -¡Qué seguridad! exclamaron todos. El guía les preguntó: ¿Ustedes creen que aquel hombre va seguro? -Sí, claro; si no, ya se hubieran venido abajo él y la carretilla, contestaron.  -Esto es lo que esperaba escuchar de ustedes, porque ahora el obrero volverá a pasar por el cable, pero con uno de ustedes montado en la carretilla. ¿Quién se apunta?... Nadie se apuntó. "Creían" que iba seguro. Pero no se "fiaban". Dice Enrique Pélach: Yo tampoco me fiaría, pero "en la carretilla de Dios" sí me monto. Sé que puedo fiarme de Él". (En: Abancay. Rialp, Madrid 2005, 61).

A este propósito, San Josemaría comentaba: "Hemos de pensar si nuestra fe no es también escasa; si, a veces, no tenemos miedo de sentir la voz del enemigo de nuestra alma, que nos retrae de manifestar públicamente nuestra fe, diciéndonos que somos fanáticos. (…) Tened esta fe sobrenatural, sabed que moveremos montañas, que resucitaremos a los muertos, que daremos voz a las lenguas que no saben hablar... ¡Y eficacia de obras al cuerpo tullido! Saber eso y creer eso, estar seguros del Señor en cada momento concreto, no es fanatismo: es creer en Cristo resucitado, sin cuya Resurrección inanis est et fides vestra (1 Cor 15, 14), es vana nuestra fe".

Podemos concluir haciendo nuestra una oración del mismo autor: "Jesucristo resucitado: creemos en ti, te amamos, todo lo esperamos de ti, Cristo vencedor de la muerte. Concédenos la gracia de ser fieles y de dar fielmente testimonio de ti".

miércoles, abril 18, 2007

Anunciar a Cristo resucitado


Una semana después de la Pascua, la liturgia nos hace considerar el comienzo del Apocalipsis, donde el autor describe a Jesucristo resucitado como juez escatológico. En medio de la simbología (lámparas que son la oración de la Iglesia), se escucha la voz de Jesús resucitado, vestido como sacerdote (túnica hasta los pies), como rey (banda de oro en el pecho), eterno (barba blanca), sabio (mirada brillante), poderoso (voz de trueno, pisada metálica): «No temas: Yo soy el primero y el último, yo soy el que vive. Estaba muerto y, ya ves, vivo por los siglos de los siglos».

La primera visión del autor del Apocalipsis es litúrgica, como hemos dicho. Y no deja de ser significativo que se dé un domingo: es la Misa dominical, estrechamente relacionada con la liturgia del Cielo. Tan estrecho es el vínculo que se trata de la misma Eucaristía. 

Por eso el Evangelio señala que la nueva aparición de Jesucristo a los apóstoles se da también «al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y entró Jesús, se puso en medio y les dijo: - «Paz a vosotros.» Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: - «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. » Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: - «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.» (Juan 20, 19-31). 

El Triunfador sobre la muerte le da ahora a la Iglesia, representada en ese colegio apostólico, el poder y la misión de perdonar y –como enseña Mateo en el pasaje paralelo- bautizar para abrir las puertas de esa familia de Dios en la tierra que es la Iglesia. 

También nosotros ahora tenemos esa misión en nuestras manos: depende de nuestra oración, de nuestro trabajo y de nuestro esfuerzo apostólico que el mundo en el que vivimos se reconcilie con Dios. Al menos en nuestro pequeño campo, hemos de ayudar a nuestros amigos, parientes y conocidos a reconocer a Dios como Padre, a recibir su perdón. Podemos ayudar a que amen los mandatos del Señor, a que conozcan la doctrina de la Iglesia, que solo busca nuestra felicidad. Podemos fomentar la solidaridad cristiana y la coherencia entre la vida privada y la vida pública, para iluminar las leyes y las profesiones con el ejemplo de una vida coherente. 

Ojalá de nuestras comunidades actuales pudiera decirse lo que señala San Lucas en uno de los resúmenes de la vida apostólica de los primeros cristianos, como un modelo para los que tenemos la Iglesia ahora en nuestras manos: «crecía el número de los creyentes, hombres y mujeres, que se adherían al Señor. La gente sacaba los enfermos a la calle, y los ponía en catres y camillas, para que, al pasar Pedro, su sombra, por lo menos, cayera sobre alguno. Mucha gente de los alrededores acudía a Jerusalén, llevando a enfermos y poseídos de espíritu inmundo, y todos se curaban» (Hechos 5, 12-16).