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La Biblia, Palabra de vida eterna


En el discurso de Benedicto XVI en Ratisbona, que fue calificado como el más importante del año por la escuela de retórica de esa universidad, el Papa defendía la tesis según la cual el patrimonio griego, purificado de modo crítico, forma parte integrante de la fe cristiana. 

A esa tesis se opone la propuesta moderna de la “deshelenización del cristianismo”, que puede observarse en tres etapas: la reforma luterana del siglo XVI, la teología liberal de los siglos XIX y XX, y la propuesta de las nuevas enculturaciones del Evangelio. Hablaremos ahora de la segunda, pues sigue totalmente en boga, como demuestran las cíclicas apariciones de fenómenos editoriales y fílmicos sobre las verdades ocultas sobre el Jesucristo histórico, que se remontan a las hipótesis de von Harnack. 

Si no es fácil encontrar católicos que lean con frecuencia los Evangelios, es más difícil aún mostrar personas que sepan explicar cómo fue el proceso de su escritura y conformación, o que sepan responder a las controversias generadas por la teología liberal. Aunque se nota un despertar del amor a la Escritura, hace falta un empeño mayor por acercarse a la Palabra, perder el miedo a encontrar en ella un sentido para nuestra vida. Al mismo tiempo, es necesario el esfuerzo por conocer también la teología de la inspiración bíblica, la cronología de la historia de la salvación, estudiar un buen manual de “Introducción a la Sagrada Escritura”.

En el libro de Nehemías (8,2-10) se cuenta la historia de este judío influyente, que recibió permiso del rey para reconstruir las murallas de Jerusalén, en medio de una gran oposición. En medio de ese trabajo encontró el libro de la ley, lo que fue un motivo de gran alegría para aquel pueblo al recuperar los textos que marcaban su identidad nacional y su alianza con el Dios vivo. Se formó una gran asamblea, para escuchar su lectura. Podemos imaginar la emoción de aquel momento, mientras se escuchaban las palabras que el Señor había transmitido a Moisés varios siglos atrás: “todo el pueblo, levantando las manos, respondió: "Amén, amén"; después se postraron y, rostro en tierra, adoraron al Señor. Los levitas leían el libro de la ley de Dios con claridad y explicando el sentido, para que pudieran entender lo que se leía”. Todos lloraban al escuchar esas palabras y contrastarlas con su conducta. Pero el escriba les recomendó hacer fiesta, por haber escuchado en ese día consagrado a Dios, las palabras de su salvación. 

El Salmo 18 es como un eco de esa historia: “Señor; Tú tienes palabras de vida eterna. La ley del Señor es perfecta: da consuelo al hombre; el mandato del Señor es verdadero: da salvación al ignorante. Los preceptos del Señor son rectos: dan alegría al corazón; el mandamiento del Señor es claro: da luz a los ojos. El temor del Señor es puro: permanece para siempre; los juicios del Señor son verdad: todos justos por igual. Que te agraden mis palabras y mis pensamientos, Señor, roca mía, mi redentor”. Y por eso se explica que la oración colecta del tercer domingo ordinario le pida a Dios: conduce nuestra vida por el camino de tus mandamientos, para que, unidos a tu Hijo amado, podamos producir frutos abundantes.

Por su parte, san Lucas presenta el inicio del ministerio de Jesús en la sinagoga de su pueblo, leyendo un texto de Isaías (gracias a este pasaje sabemos que Jesús sabía leer). El médico evangelista presenta a Jesús como el nuevo Profeta, el Profeta definitivo, en el que se cumplen las promesas antiguas. Sin embargo, es bueno considerar cómo comienza ese Evangelio, mostrando que se trata del fruto de un largo esfuerzo de historiador antiguo –no contemporáneo, como muchos colegas suyos de hoy quisieran que se hubiera escrito–: “Ilustre Teófilo: Ya que muchos se han propuesto componer un relato de los acontecimientos que se han cumplido entre nosotros, según nos lo transmitieron quienes desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra, también yo he creído oportuno, después de haber investigado cuidadosamente todo lo sucedido desde el principio, escribirte una exposición ordenada para que llegues a comprender la autenticidad de las enseñanzas que has recibido”.

Juan Pablo II explicaba esta diferencia entre el género histórico de hace veinte siglos y la metodología contemporánea: “En realidad los Evangelios no pretenden ser una biografía completa de Jesús según los cánones de la ciencia histórica moderna. Sin embargo, de ellos emerge el rostro del Nazareno con un fundamento histórico seguro, pues los evangelistas se preocuparon de presentarlo recogiendo testimonios fiables (cf. Lc 1,3) y trabajando sobre documentos sometidos al atento discernimiento eclesial” (NMI, n. 18). 

El cristianismo actual necesita personas que acojan el Evangelio en su vida, y lo transmitan a los demás. Es lo que decía un poco antes el mismo papa polaco: “Teniendo como fundamento la Escritura, nos abrimos a la acción del Espíritu (cf. Jn 15,26), que es el origen de aquellos escritos, y, a la vez, al testimonio de los Apóstoles (cf. ibíd., 27), que tuvieron la experiencia viva de Cristo, la Palabra de vida, lo vieron con sus ojos, lo escucharon con sus oídos y lo tocaron con sus manos (cf. 1 Jn 1,1). Lo que nos ha llegado por medio de ellos es una visión de fe, basada en un testimonio histórico preciso. Es un testimonio verdadero que los Evangelios, no obstante su compleja redacción y con una intención primordialmente catequética, nos transmitieron de una manera plenamente comprensible (Cf. DV 19)”.
 
San Josemaría recomendaba a sus hijos que leyeran unos minutos cada día el Santo Evangelio (Forja, 754): “Al abrir el Santo Evangelio, piensa que lo que allí se narra -obras y dichos de Cristo- no sólo has de saberlo, sino que has de vivirlo. Todo, cada punto relatado, se ha recogido, detalle a detalle, para que lo encarnes en las circunstancias concretas de tu existencia. -El Señor nos ha llamado a los católicos para que le sigamos de cerca y, en ese Texto Santo, encuentras la Vida de Jesús; pero, además, debes encontrar tu propia vida. Aprenderás a preguntar tú también, como el Apóstol, lleno de amor: "Señor, ¿qué quieres que yo haga?..." -¡La Voluntad de Dios!, oyes en tu alma de modo terminante. Pues, toma el Evangelio a diario, y léelo y vívelo como norma concreta. -Así han procedido los santos”.

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