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Lázaro y el epulón


En la parte final del capítulo 16, Lucas redondea las enseñanzas previas sobre las riquezas con la narración del rico epulón y del pobre Lázaro, único protagonista de una parábola que aparece con nombre propio, que significa “Dios ayuda”: "Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino finísimo, y todos los días celebraba espléndidos banquetes. En cambio, un pobre llamado Lázaro yacía sentado a su puerta, cubierto de llagas, deseando saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros venían a lamerle las llagas".
En principio, el rico no hace nada malo: simplemente vive bien, de acuerdo con sus circunstancias. Pero San Jerónimo le reprocha vivamente: “A aquel ricachón que vestía de púrpura y vivía a cuerpo de rey no se le acusa de ser un avaro, un ladrón o un adúltero, ni de haber hecho nada malo; lo único que se le reprocha es su soberbia. ¡Oh, tú, el más desdichado de los hombres! ¿Estás viendo yacer ante tu puerta una parte de tu cuerpo y no sientes conmiseración alguna?”
Por su parte, San Cirilo Alejandrino contrasta su actitud con la de los perros: “el hombre rico era más cruel que los perros, porque no sintió simpatía ni compasión por él, sino que fue totalmente inmisericorde”. En la encíclica de Benedicto XVI sobre la esperanza , dice que “Jesús presenta como advertencia la imagen de un alma arruinada por la arrogancia y la opulencia, que ha cavado ella misma un foso infranqueable entre sí y el pobre: el foso de su cerrazón en los placeres materiales, el foso del olvido del otro y de la incapacidad de amar, que se transforma ahora en una sed ardiente y ya irremediable” (Spe Salvi, n. 44).
Como ya hemos hablado otros domingos de la actitud cristiana ante las riquezas, detengámonos un poco más hoy en el tema de la fraternidad cristiana, a la que se oponen la soberbia y la crueldad –como dicen Jerónimo y Cirilo-. Con más benevolencia, el Papa dice que la falta de solidaridad se debe a la cerrazón en los placeres materiales, en el olvido del otro, que incapacitan para amar.
Probablemente de ninguno de nosotros se puede decir que viste de púrpura y lino finísimo, y todos los días celebra espléndidos banquetes. Pero, sin darnos cuenta, sí que podemos cavar un “foso de cerrazón en los placeres materiales, el foso del olvido del otro y de la incapacidad de amar” y por eso acudimos en esta oración al Señor, pidiéndole que nos conceda un corazón capaz de ver las necesidades ajenas, apartado de la búsqueda desenfrenada de los placeres materiales que nos incapacita para amar verdaderamente.
El Catecismo de la Iglesia (n. 2463) hace ver la actualidad de esta parábola: “en la multitud de seres humanos sin pan, sin techo, sin patria, hay que reconocer a Lázaro, el mendigo hambriento de la parábola. En dicha multitud hay que oír a Jesús que dice: "Cuanto dejasteis de hacer con uno de estos, también conmigo dejasteis de hacerlo" (Mt 25,45)". 


El Maestro pregunta por nosotros, por nuestra fe y por nuestra caridad, detrás de tantas personas necesitadas que hay en cualquier sociedad. Conviene ayudar directamente en labores solidarias, pero también es importante darnos cuenta de que todos tenemos en nuestras manos un tesoro para compartir, que es nuestro propio tiempo, especialmente el que dedicamos a la jornada laboral. Debemos ser conscientes de que el aprovechamiento de esas horas, el rendimiento, la intensidad, tienen un gran interés social.
En la actualidad existen muchas formas de disminuir ese rendimiento: redes sociales, facilidad de estar conectados en tiempo real con todas las noticias del mundo, etc. Aunque estos medios en sí mismos no son malos, sí lo serían si nos desconcentran de nuestras responsabilidades o, peor aún, si nos llevan a incumplir con nuestras obligaciones. También así nos convertimos en ricos epulones.
Ser solidarios con el sufrimiento ajeno. ¡Cuánto bien nos hace la campaña de “comunicación cristiana de bienes”, en Cuaresma, cuando sacrificamos gustos, caprichos y también aficiones nobles, para dedicar el importe de ese sacrificio para el servicio de los más necesitados! Pero no podemos reducir la caridad cristiana a esos cuarenta días del año: todo momento es bueno para pensar en esa multitud de hermanos.
Desde el comienzo, la Iglesia se ha caracterizado por difundir tres aspectos centrales de su mensaje: el anuncio (kerigma), el culto (liturgia), la caridad (diaconía). Donde falte alguno de los tres, la evangelización cojea. Por eso, el origen – y la actualidad- de los hospitales y de las instituciones benéficas está en el apostolado cristiano.
Pero no podemos escondernos detrás de las instituciones: tenemos que aportar nosotros personalmente. Desde luego, con nuestro aporte económico (por ejemplo, pagando puntualmente el diezmo), pero también “arrimando el hombro”: es importante ver a cuáles personas pobres podemos ayudar –muchas veces, más que el dinero, lo que esperan es una sonrisa, un rato de compañía, saber que son valoradas como personas e hijos de Dios- o si podemos colaborar en las iniciativas apostólicas de la parroquia –por ejemplo, la atención a los pobres, a los ancianos, a los enfermos- o en la catequesis a los niños que se preparan para recibir los sacramentos. Aunque también debemos preocuparnos por la formación cristiana de nuestros colegas, quizá fomentando con ellos círculos de estudio del Compendio del Catecismo o de textos útiles para la ilustración doctrinal.
El Catecismo también se refiere al tema que estamos contemplando cuando explica la oración del Señor, en concreto la que pide “danos hoy nuestro pan de cada día” (n.  2831) y dice que “la existencia de hombres que padecen hambre por falta de pan revela otra hondura de esta petición. El drama del hambre en el mundo, llama a los cristianos que oran en verdad a una responsabilidad efectiva hacia sus hermanos, tanto en sus conductas personales como en su solidaridad con la familia humana. Esta petición de la Oración del Señor no puede ser aislada de las parábolas del pobre Lázaro (cf Lc 16,19-31) y del juicio final (cf Mt 25,31-46)”.
Pero la caridad cristiana no se reduce a la atención de las personas pobres, a pesar de la importancia que le hemos dado en la primera parte de esta meditación. Como reza el adagio, “la caridad comienza por casa”, pues puede darse el caso de auténticos altruistas que son insoportables de puertas para adentro, en el hogar o en el trabajo. Pidamos al Señor que nos ayude a ver cómo mejorar también en este aspecto durante esta semana: como hay personas que nos pueden ser más difíciles de tratar, habrá que hacer un pequeño propósito para acercarnos, para comprenderlas, para evitar lo que desune.
Es posible que, gracias a Dios, no tengamos grandes dificultades; pero siempre podemos afinar. También es caridad el esfuerzo por ser más sencillos, por no llamar la atención, por rechazar “la pedantería, la jactancia, el aire de suficiencia… hábitos que dificultan el trato con Dios y con los demás”. “Será conveniente recordar con frecuencia la necesidad de olvidarse de sí mismo, mortificando la imaginación, no haciendo caso de fantasías ni de preocupaciones irreales o futuras, que probablemente nunca tendrán lugar, ni agrandando pequeñeces que el amor propio tiende a aumentar de modo desproporcionado, evitando los enfados que surgen de susceptibilidades o de sospechas infundadas o temerarias” (Fernández F. Para llegar a puerto, p. 152-153).
Como siempre, acudamos a la Santísima Virgen, esta vez con palabras de Benedicto XVI: “la Virgen María nos ayude a aprovechar el tiempo presente para escuchar y poner en práctica esta palabra de Dios. Nos obtenga que estemos más atentos a los hermanos necesitados, para compartir con ellos lo mucho o lo poco que tenemos, y contribuir, comenzando por nosotros mismos, a difundir la lógica y el estilo de la auténtica solidaridad”.

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