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Mateo y el perdón de los pecados

Celebramos la fiesta de San Mateo, también conocido como Leví de Alfeo. Se trata de un hombre que trabajaba como publicano, recaudador de impuestos. Esta profesión era muy mal vista por los fariseos de la época. Más aún: eran considerados una clase despreciable. Como recaudaban impuestos para los romanos, se decía que eran traidores.

Como se trataba de un negocio despreciable, quienes lo practicaban incurrían en impureza legal (como también sucedía con los asneros, los camelleros, marineros, actores, pastores, tenderos, médicos y adivinos, además de los asesinos y los ladrones). Los rabinos aprobaban el mentirles para escapar a los impuestos. Desde luego, se consideraba que no podían pertenecer al reino mesiánico.


Sin embargo, la actitud de Jesús ante ellos era diferente: podemos recordar la parábola del fariseo y el publicano, en la que éste sale mejor parado con su oración, al quedarse lejos, sin siquiera levantar los ojos al cielo, sino golpeándose el pecho y diciendo: «Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador» (Lc 18,9-14).

Soy un pecador. ¡Qué difícil es reconocer esa situación! Es normal escuchar a las estrellas de la farándula, del fútbol, de la política, decir con el mayor desparpajo: “no me arrepiento de nada”. La Biblia, en cambio, enseña que el justo cae siete veces en un día. Pero es muy difícil reconocerlo. Recuerdo la anécdota de un taxista, que hablaba sobre este tema con un sacerdote. En un momento determinado, el conductor dijo con la tranquilidad de los famosos que él no se confesaba porque consideraba en conciencia que no había pecado nunca. El sacerdote, hombre experimentado y de buen humor, le respondió inmediatamente: “por favor, deme un autógrafo. ¡Usted es un hombre excepcional!” Poco después, contaba el taxista, se confesaron él y su esposa.

Por eso se entiende tan fácilmente que un hombre que pueda decir ten compasión de mí, que soy un pecador,  reciba el perdón igual de fácil. Y al revés: el único pecado que no se puede perdonar es el de quien rechaza la oferta del perdón. 

Pero vayamos al Evangelio que narra la vocación de Mateo, nombre que significa “don, regalo de Dios”. La narración se sitúa a orillas del lago Genesaret, cerca de Cafarnaúm, ciudad fronteriza donde el puesto aduanero tendría bastante movimiento. El llamado es muy sencillo: Jesús vio a un hombre sentado al telonio, que se llamaba Mateo, y le dijo: —Sígueme.

Jesús lo llama en medio de su trabajo, donde estaría -como lo representa Caravaggio- contando las monedas: “Lo que a ti te maravilla a mí me parece razonable. ¿Que te ha ido a buscar Dios en el ejercicio de tu profesión? Así buscó a los primeros: a Pedro, a Andrés, a Juan y a Santiago, junto a las redes: a Mateo, sentado en el banco de los recaudadores... Y, ¡asómbrate!, a Pablo, en su afán de acabar con la semilla de los cristianos” (San Josemaría Escrivá, Camino, 799).   

Podemos aprovechar para hacer examen, pues también a nosotros el Señor nos ha llamado a ser santos en medio de la profesión. ¿Cómo nos esforzamos por encontrar a Jesús en medio de nuestras ocupaciones? ¿Procuramos trabajar con espíritu de sacrificio, siguiendo el ejemplo del Maestro, que no vino a ser servido sino a servir?

Que Jesús se acerque a Mateo y lo elija como discípulo significa, desde luego, que se le perdonan los pecados. No es llamado por sus méritos, sino para que se note la misericordia de Dios. El Señor llama a los que quiere, sin tener en cuenta las discriminaciones de los fariseos. Esta actitud de Jesús fue causa de escándalo para muchos en su época terrenal. Y lo sigue siendo ahora. 

Pero al Maestro no lo retraen esas miras humanas. Al contrario, vemos en el Evangelio que Jesús sella su vocación participando en un banquete: Ya en la casa, estando a la mesa, vinieron muchos publicanos y pecadores y se sentaron también con Jesús y sus discípulos. Los fariseos, al ver esto, empezaron a decir a sus discípulos: — ¿Por qué vuestro maestro come con publicanos y pecadores? Pero él lo oyó y dijo: —No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos.

Jesús muestra públicamente su misericordia con los pecadores compartiendo la mesa con ellos, “tomándose la foto” sin ningún prejuicio. No espera que vayan a él, como hacía Juan Bautista. Al contrario, él mismo sale a su encuentro, como en el caso de Zaqueo y en el que estamos contemplando, de Mateo. No le importa que, por esta actitud, lo tilden de “comilón y bebedor, amigo de publicanos y de pecadores”. Jesús asume la amistad con los pecadores como parte de su misión: “para eso vine”. 

Jesucristo resume y compendia toda la historia de la misericordia divina: (…) ¡Qué seguridad debe producirnos la conmiseración del Señor!  (...) Los enemigos de nuestra santificación nada podrán, porque esa misericordia de Dios nos previene; y si —por nuestra culpa y nuestra debilidad— caemos, el Señor nos socorre y nos levanta (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa,7).

También ahora el Señor sale a nuestro encuentro, si nos reconocemos necesitados de su misericordia. Nos busca, quiere nuestra amistad. Está ávido de perdonarnos, de socorrernos y levantarnos. Para eso vino. Solo falta tener la capacidad de respuesta rápida que tuvo el publicano Mateo: Él se levantó y le siguió.

Levantarnos y seguirlo. Una respuesta prontísima ante un llamado de tal categoría supone un conocimiento previo, un discernimiento interior. Quizá Mateo seguía a Jesús de lejos. O el apostolado de un amigo (¿su colega Zaqueo?) le iría abriendo horizontes hasta hacerlo idóneo para recibir la llamada divina.


Terminemos nuestra oración acudiendo a la Virgen Santísima. Pidámosle que nos alcance la fuerza para levantarnos y seguir a Jesús, que nos espera, como  hizo Mateo hace veinte siglos. De esa manera, experimentaremos en primera persona el final del Evangelio de hoy: no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores.

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