
En la primera lectura del XIV Domingo, Dios llama a Ezequiel (2, 2-5) como un mensajero para que sea mediador entre Él y su pueblo: “Hijo de hombre, yo te envío a los israelitas, a ese pueblo rebelde, que se ha rebelado contra mí lo mismo que sus antepasados hasta el día de hoy. (...) Y sabrán que en medio de ellos hay un profeta". Esa es la misión del profeta: hablar al pueblo de parte del Señor.
Comenzamos el año sacerdotal y es una buena ocasión para pensar en el tema de la vocación. ¡Tenemos tantos ejemplos de personas que han sido llamadas y que han respondido generosamente! La página web de la Santa Sede pone algunos ejemplos de sacerdotes santos: el Santo cura de Ars, San Josemaría Escrivá, San Luis Alberto Hurtado, y los Beatos Ciriaco Elía, Charles de Foucauld, Bronisá Markiewicz, y Edoardo Poppe.
Vocación, llamada divina: Hijo de hombre, yo te envío. Decía Juan Pablo II, recordando su propia vida: “¿Cuál es la historia de mi vocación sacerdotal? La conoce sobre todo Dios. En su dimensión más profunda, toda vocación sacerdotal es un gran misterio, es un don que supera infinitamente al hombre. Cada uno de nosotros sacerdotes lo experimenta claramente durante toda la vida. Ante la grandeza de este don sentimos cuan indignos somos de ello. La vocación es el misterio de la elección divina: "No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca" (Jn 15, 16). "Y nadie se arroga tal dignidad, sino el llamado por Dios, lo mismo que Aarón'' (Hb 5, 4). "Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado: yo profeta de las naciones te constituí" (Jr 1, 5). Estas palabras inspiradas estremecen profundamente toda alma sacerdotal” (Don y Misterio).
Y Benedicto XVI menciona en su carta el ejemplo de su párroco y de otros sacerdotes santos que ha conocido: “Todavía conservo en el corazón el recuerdo del primer párroco con el que comencé mi ministerio como joven sacerdote: fue para mí un ejemplo de entrega sin reservas al propio ministerio pastoral, llegando a morir cuando llevaba el viático a un enfermo grave. También repaso los innumerables hermanos que he conocido a lo largo de mi vida y últimamente en mis viajes pastorales a diversas naciones, comprometidos generosamente en el ejercicio cotidiano de su ministerio sacerdotal”. La vocación es un regalo inmerecido del Señor a su pueblo. Desde luego, mucho más, para la persona elegida. Es una muestra de misericordia, como decía el cura de Ars: “El Sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”.
En el salmo 122 se menciona un símbolo propio del mundo oriental: los ojos de los siervos que vigilan las manos de sus señores para captar el más mínimo gesto de benevolencia. Se trata de una espera dura, porque la vida del orante está saciada de desprecio y de humillación por parte de los soberbios (Jünglin): “Como están los ojos de los siervos pendientes de la mano de sus señores, así nuestros ojos miran al Señor, nuestro Dios, pendientes de que se compadezca de nosotros. Ten piedad de nosotros, Señor, ten piedad, que estamos cansados de desprecios; estamos ya cansados de la burla de los arrogantes, del desprecio de los orgullosos”.
El orante –ahora, nosotros- pide al Señor que se apiade, que se digne hacer un guiño para superar el desprecio de los soberbios (¿hay alguien más soberbio que el demonio mismo?) El hilo que une esta petición con la primera lectura es que el gesto del Señor es llamar a un mensajero para que sea mediador entre Él y su pueblo. Cuando este hombre acepta su vocación, le comunica la misión: enviarlo como su profeta, para que hable a las gentes de parte del Señor.
La segunda lectura pone el ejemplo de uno de los más grandes profetas del Nuevo Testamento: San Pablo. Sin embargo, no lo exalta como un genio inalcanzable de santidad. Por el contrario, nos muestra un hombre débil, que debe luchar para ser fiel (2 Corintios 12, 7b-10): “Para que no me engría, me fue clavado un aguijón en la carne, un ángel de Satanás, para que me abofetee, y no me envanezca. Por esto, rogué tres veces al Señor que lo apartase de mí; pero Él me dijo: «Te basta mi gracia, porque la fuerza se perfecciona en la flaqueza». Por eso, con sumo gusto me gloriaré más todavía en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo”. Cuánto nos llena de esperanza, saber que los grandes santos han sido seres como nosotros: con luchas, con dificultades, personas en las cuales triunfó la gracia.
Por último, el Evangelio nos habla de una virtud que ha sido recurrente en la liturgia de la Palabra de estas últimas semanas: se trata de la fe. Después de haber contemplado la fe de Jairo y de la hemorroísa en el capítulo quinto del Evangelio de Marcos, en el sexto aparece como un claro contraste la falta de fe de sus paisanos (Marcos 6, 1-6): Salió de allí y se fue a su ciudad, y le seguían sus discípulos. Y cuando llegó el sábado comenzó a enseñar en la sinagoga, y muchos de los que le oían decían admirados: —¿De dónde sabe éste estas cosas? ¿Y qué sabiduría es la que se le ha dado y estos milagros que se hacen por sus manos? ¿No es éste el artesano, el hijo de María, y hermano de Santiago y de José y de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros? Y se escandalizaban de él.
En este relato se recalca la condición común y corriente de Jesucristo: es un simple artesano. San Josemaría Escrivá recibió la misión profética de anunciar que precisamente el trabajo profesional es camino de santidad, de encuentro con Dios. En una de sus homilías predicaba: «Vuestra vocación humana es parte, y parte importante, de vuestra vocación divina. Esta es la razón por la cual os tenéis que santificar, contribuyendo al mismo tiempo a la santificación de los demás, de vuestros iguales, precisamente santificando vuestro trabajo y vuestro ambiente: esa profesión u oficio que llena vuestros días, que da fisonomía peculiar a vuestra personalidad humana, que es vuestra manera de estar en el mundo» (Cristo que pasa, 46).
Jesús, el artesano, se autoproclama también como profeta y, por lo tanto, sujeto al rechazo de sus paisanos, como le había sucedido a Elías y a Eliseo. Más adelante se contará entre aquellos a los que Jerusalén asesina. El Prelado del Opus Dei explicaba la importancia de la fe: ¡Cuánta necesidad tenemos los sacerdotes de que nuestra fe y nuestra esperanza aumenten más y más! Nos hallamos metidos en una labor donde lo que más cuenta, lo único absolutamente necesario (cfr. Lc 10,42), son los medios sobrenaturales. Se requieren verdaderos milagros, para conducir a las almas hasta Dios. Sin embargo, «se oye a veces decir que actualmente son menos frecuentes los milagros. ¿No será que son menos las almas que viven vida de fe?» (Amigos de Dios, n. 190). Estas palabras de San Josemaría resuenan en nuestros oídos como un toque de atención, una llamada a nuestro sentido de responsabilidad, porque el sacerdote ha de ser, ante todo, un hombre de fe y un hombre esperanzado. «Por medio de la fe –escribe el Papa–, accede a los bienes invisibles que constituyen la herencia de la Redención del mundo llevada a cabo por el Hijo de Dios» (Juan Pablo II, Don y misterio) (Conferencia publicada en Romana n. 36).
Comparando con los pasajes paralelos, Gnilka concluye que Jesús no quiso hacer allí ningún milagro, asombrado por la falta de fe de sus coterráneos. Y les decía Jesús: —No hay profeta que no sea menospreciado en su tierra, entre sus parientes y en su casa. Y no podía hacer allí ningún milagro; solamente sanó a unos pocos enfermos imponiéndoles las manos. Y se asombraba por su incredulidad.
Un ejemplo de vida de fe es la mujer que aparece mencionada entre las críticas, casi con aire ofensivo: ¿No es éste el artesano, el hijo de María? Pidámosle a Ella que interceda ante su hijo para que nosotros crezcamos en vida de fe. Para descubrir la propia vocación, para ejercer nuestra llamada a la santidad en medio del mundo, y para valorar el inmenso don del sacerdocio en nuestro tiempo.
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