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Llena de gracia




Celebramos hoy el tercer día de la Novena a la Inmaculada. Como es martes de la primera semana de adviento, la liturgia nos propone un corto pasaje del Evangelio de San Lucas (10, 21-24), que muestra a Jesucristo exultando en el Espíritu: En aquel mismo momento se llenó de gozo en el Espíritu Santo y dijo: —Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo. Y volviéndose hacia los discípulos les dijo aparte: —Bienaventurados los ojos que ven lo que estáis viendo. Pues os aseguro que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros estáis viendo y no lo vieron; y oír lo que estáis oyendo y no lo oyeron.

Los exegetas llaman a este pasaje el «himno de júbilo» del Señor. Jesús manifiesta su alegría porque los pequeños, sus apóstoles, están correspondiendo. La semilla sembrada por el Señor prendió en los discípulos, que son gente sencilla y humilde. El Catecismo de la Iglesia (n. 2603) se fija en el modo de orar del Señor: “Su conmovedor “¡Sí, Padre!” expresa el fondo de su corazón, su adhesión al querer del Padre, que fue un eco del “Fiat” de su Madre en el momento de su concepción y que preludia lo que dirá al Padre en su agonía. Toda la oración de Jesús está en esta adhesión amorosa de su corazón de hombre al “misterio de la voluntad” del Padre (Ef 1,9)”.

Jesús se adhiere al querer divino y se goza en que sus discípulos aprendan a vivir así. Y el Fiat de María es el mejor modelo de este tipo de respuesta santa al querer de Dios. Porque María es la primera de esos pequeños, pobres, humildes que hacen exultar el corazón de Jesús. No se trata de exageraciones piadosas, sino de profundizaciones en la Sagrada Escritura. En el primer capítulo de Lucas encontramos el saludo del Ángel, embajador divino, a nuestra Señora: Jaire, kejaritomene! Le dice, según el original griego, que solemos traducir no del todo bien como “Dios te salve, llena de gracia”. En realidad sería “Alégrate, gratificada”, aunque no suene tan piadoso. 

Los teólogos (cf. De la Potterie) explican que ese saludo muestra la perfecta santidad de María. La raíz del verbo expresa un cambio operado por la gracia: en María, la gracia ya obró un cambio: María fue transformada por la gracia de Dios: por medio de su gracia, Dios la hizo grata a Sí, la hizo “santa y sin mancha”, como dice San Pablo en el otro lugar del Nuevo Testamento en que aparece este verbo (Ef 1, 6: para alabanza y gloria de su gracia, con la cual nos hizo gratos en el Amado). 

Sigue diciendo Pablo en la carta a los Efesios: nos hizo gratos en el Amado, en quien, mediante su sangre, tenemos la redención, el perdón de los pecados. María fue santificada por la gracia de Dios en vista de la tarea que le esperaba: ser la Madre de Dios, permaneciendo virgen. 

Dice el mismo De la Potterie que éste es el mejor y más sólido fundamento del dogma de la Inmaculada Concepción (no la prueba): la gracia preservó a María de todo pecado y de toda consecuencia de pecado (así es como se entiende la gracia en la Biblia. María fue totalmente transformada por la gracia. Dios la preservó del pecado, la purificó y la santificó como preparación para su virginidad y su maternidad. 

Contemplar la santidad de María nos tiene que comprometer a luchar por ser también, nosotros, santos. No es excusa decir que nosotros no somos inmaculados, porque tenemos la gracia necesaria. Esa fue la respuesta del Señor a Pablo cuando le pedía que lo liberara del cuerpo de muerte: “Te basta mi gracia, sé fiel y vencerás”. Ser fieles, luchar para corresponder a la gracia del Señor. Hacer lo que otros no harían.

Cuenta un capítulo del Quijote que el caballero pretendía entrar en la polvareda cuajada de dos copiosísimos ejércitos en batalla. Don Quijote, siempre dispuesto a prestar ayuda al desvalido y menesteroso, se puso del lado de Pentapolín, Rey de los Garamantas, contra el pagano Emperador Alifanfarón, pretendiente de la "fermosa y cristiana" hija de aquél. Sancho, sin embargo, no veía los ejércitos por ninguna parte sino ovejas y carneros que levantaban mucho polvo en el campo; oía sus balidos y nos los "clarines ni ruidos de atambores" que asombraban a su señor. Después del desaguisado -porque Don Quijote no da su brazo a torcer-, sin muelas, habla el caballero: -Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro si no hace más que él. La moraleja es que hay seres humanos -sobre todo, los santos- que se distinguieron porque han realizado muchas más cosas que nosotros. "Que no es un hombre más que otro si no hace más que él". Contando, desde luego, con la gracia de Dios.

La Virgen hizo más que todos. Sobre todo, fue fiel a la gracia en que rechazó el pecado como el mal más horrible que puede haber para un humano. Enseña San Josemaría, en Surco (n. 138): “Hemos de fomentar en nuestras almas un verdadero horror al pecado. ¡Señor —repítelo con corazón contrito—, que no te ofenda más! Pero no te asustes al notar el lastre del pobre cuerpo y de las humanas pasiones: sería tonto e ingenuamente pueril que te enterases ahora de que "eso" existe. Tu miseria no es obstáculo, sino acicate para que te unas más a Dios, para que le busques con constancia, porque El nos purifica”. Unirnos a Dios, buscarlo con constancia, porque Él nos purifica con su gracia, con la misma gracia con que santificó a María y la hizo libre de todo pecado. 

Hace tres años, en la fiesta de la Inmaculada, el Papa Benedicto consideraba la figura de María limpia de todo pecado. Y se planteaba “la sospecha de que una persona que no peca para nada, en el fondo es aburrida; que le falta algo en su vida: la dimensión dramática de ser autónomos; que la libertad de decir no, el bajar a las tinieblas del pecado y querer actuar por sí mismos forma parte del verdadero hecho de ser hombres; (…) En una palabra, pensamos que en el fondo el mal es bueno, que lo necesitamos, al menos un poco, para experimentar la plenitud del ser (…). Pensamos que pactar un poco con el mal, reservarse un poco de libertad contra Dios, en el fondo está bien, e incluso que es necesario”.

Pero constataba que “al mirar el mundo que nos rodea, podemos ver que no es así, es decir, que el mal envenena siempre, no eleva al hombre, sino que lo envilece y lo humilla; no lo hace más grande, más puro y más rico, sino que lo daña y lo empequeñece. En el día de la Inmaculada debemos aprender más bien esto: el hombre que se abandona totalmente en las manos de Dios no se convierte en un títere de Dios, en una persona aburrida y conformista; no pierde su libertad. Sólo el hombre que se pone totalmente en manos de Dios encuentra la verdadera libertad, la amplitud grande y creativa de la libertad del bien. El hombre que se dirige hacia Dios no se hace más pequeño, sino más grande, porque gracias a Dios y junto con él se hace grande, se hace divino, llega a ser verdaderamente él mismo. El hombre que se pone en manos de Dios no se aleja de los demás, retirándose a su salvación privada; al contrario, sólo entonces su corazón se despierta verdaderamente y él se transforma en una persona sensible y, por tanto, benévola y abierta”.

Y concluía con unas palabras que nos deben llevar a tomar la decisión de rechazar el pecado –también el pecado venial- como único verdadero mal: ¡Señor —repítelo con corazón contrito—, que no te ofenda más! Y a tomarnos en serio nuestra llamada a imitar la santidad de nuestra Madre, a pesar de lo que diga el ambiente que nos invita a llevar una vida cómoda, pues –como dice el Quijote- no es un hombre más que otro si no hace más que otro: “Cuanto más cerca está el hombre de Dios, tanto más cerca está de los hombres. Lo vemos en María. El hecho de que está totalmente en Dios es la razón por la que está también tan cerca de los hombres. (…) María está ante nosotros como signo de consuelo, de aliento y de esperanza. Se dirige a nosotros, diciendo: "Ten la valentía de osar con Dios. Prueba. No tengas miedo de él. Ten la valentía de arriesgar con la fe. Ten la valentía de arriesgar con la bondad. Ten la valentía de arriesgar con el corazón puro. Comprométete con Dios; y entonces verás que precisamente así tu vida se ensancha y se ilumina, y no resulta aburrida, sino llena de infinitas sorpresas, porque la bondad infinita de Dios no se agota jamás".

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