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misericordia y conversión


Se le acercaban todos los publicanos y pecadores para oírle. Pero los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:  —Éste recibe a los pecadores y come con ellos.

Lucas nos presenta de nuevo un panorama conflictivo. Los fariseos y los escribas critican a Jesús por su actitud abierta a los pecadores –recordemos que Mateo, publicano de profesión, era discípulo suyo- y porque llegaba al extremo de compartir la mesa con ellos. Este es el contexto en que leemos las tres parábolas sobre la misericordia de Dios que, según Benedicto XVI, “no quiere que se pierda ni siquiera uno de sus hijos y su corazón rebosa de alegría cuando un pecador se convierte”. 

Entonces les propuso esta parábola: —¿Quién de vosotros, si tiene cien ovejas y pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y sale en busca de la que se perdió hasta encontrarla? 

Jesús recurre al símil del pastor, muy conocido desde el Antiguo Testamento, y que en otras ocasiones se aplicará a sí mismo. Se trata de una actitud imprudente: ningún pastor sensato deja 99 ovejas a su destino para rescatar una que se embolató. Recuerdo que alguna vez dialogué con un pastor de éstos, pues en mi tierra no existe esta profesión. Y al preguntarle –buscando remembranzas evangélicas en la conversación- qué criterio tenía él cuando se extraviaba una oveja, respondió sin parpadear: ¡si se perdió, que se fastidie!
La lógica de Jesús es diferente. Para él, cada alma cuenta, cada hijo suyo le ha valido su sangre. El Señor no sabe de estadísticas, ni de riesgos, ni de mayorías. Tú y yo somos únicos y por nosotros no solo ha dejado su rebaño y su dehesa, sino que ha dado la misma vida. En este sentido, San Ambrosio tiene una idea muy sugerente: “los hombros de Cristo son los brazos de la Cruz”. Y aunque este cargar con la oveja le cuesta trabajo al Señor –hasta morir en el madero-, está contento de hacerlo. La única recompensa que busca, al ofrecer su sacrificio, es decir al Padre y al Espíritu Santo: «Alegraos conmigo, porque he encontrado la oveja que se me perdió». 
Recordaba en estos días la figura de un sacerdote amigo, que ya está en el Cielo –se nos fue muy rápido, pues a los 50 años tuvo un cáncer cerebral que se lo llevó en poco tiempo-. Todos los que lo conocieron recuerdan su amor al sacramento de la penitencia. Y muchos escribieron después de su muerte -en columnas de prensa- que, después de una buena confesión, les decía con una sonrisa: “en este momento hay una gran alegría en el cielo”. Desde luego se refería, precisamente, al epílogo de esta primera parábola: “Os digo que, del mismo modo, habrá en el cielo mayor alegría por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión”.

El Señor no tiene problema en que lo critiquen, en que lo persigan, en que lo maten, para lograr que nosotros dispongamos del medio para convertirnos y “ejecutar” esa conversión. Quiere que nosotros estemos seguros de que, efectivamente, hemos sido perdonados. Y para eso instituyó el sacramento de la penitencia: ¡Mira qué entrañas de misericordia tiene la justicia de Dios! -comenta, con mentalidad jurídica, San Josemaría- Porque en los juicios humanos, se castiga al que confiesa su culpa: y, en el divino, se perdona. ¡Bendito sea el santo Sacramento de la Penitencia! (Camino, n. 309). 

¡Cuánto se critica a veces esta maravilla divina! La verdad es que, detrás de esos comentarios, además del empeño diabólico por evitar la reconciliación de los hijos con su Padre, se esconde el miedo de abrir el alma. El diablo, que quita la vergüenza para pecar, la devuelve a la hora de la sinceridad, enseñan los predicadores experimentados. Se trata de un sentimiento muy normal: detrás está el pudor y hasta el instinto de conservación. Pero también es verdad que todos tenemos experiencia de la tranquilidad que da el ser sinceros, contar la verdad, exponer las propias dudas o inquietudes a un tercero. Y si se trata de un padre, de un amigo, de un ministro de Dios, con el poder para deshacer el entuerto, de tornarlo a la limpieza inicial, ¡con cuánta mayor razón hemos de acudir frecuentemente al sacramento de la misericordia!, también si la conciencia no nos acusa de pecados graves. 

Decía Juan Pablo II: “los confesionarios esparcidos por el mundo, en los cuales los hombres manifiestan los propios pecados, no hablan de la severidad de Dios, sino más bien de su bondad misericordiosa. Y cuantos se acercan al confesionario, a veces después de muchos años y con el peso de pecados graves, en el momento de alejarse de él, encuentran el alivio deseado; encuentran la alegría y la serenidad de la conciencia, que fuera de la confesión no podrán encontrar en otra parte. Efectivamente, nadie tiene el poder de librarnos de nuestros pecados, sino solo Dios. Y el hombre que consigue esta remisión, recibe la gracia de una vida nueva del espíritu, que solo Dios puede concederle en su infinita bondad” (Homilía, 16 - III - 1980).

2. La segunda parábola es la de la dracma perdida: “¿O qué mujer, si tiene diez dracmas y pierde una, no enciende una luz y barre la casa y busca cuidadosamente hasta encontrarla?  Y cuando la encuentra, reúne a las amigas y vecinas y les dice: «Alegraos conmigo, porque he encontrado la dracma que se me perdió». 

Nos llama el Señor a la conversión. Recientemente, cuando estaba en su apogeo la persecución contra el Papa Benedicto XVI, él mismo decía a un grupo de teólogos, citando Hechos 5, 31 (“Cristo, el Salvador, ha dado a Israel la conversión y el perdón de los pecados”): “En el texto griego el término es "metanoia", le ha dado la penitencia y el perdón de los pecados. Para mí, ésta es una observación muy importante: la penitencia es una gracia. (…) Es una gracia que nosotros reconozcamos nuestro pecado, es una gracia que sepamos que tenemos necesidad de renovación, de cambio, de una transformación de nuestro ser”. 

Lo proponía como un camino para la Iglesia de hoy: renovarnos, convertirnos, hacer penitencia, cambiar. “Así, os digo, hay alegría entre los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente”. Inmediatamente viene a la mente aquella petición de Pablo: “¡dejaos reconciliar con Dios!” Como si las dos anteriores parábolas fueran poco, el Señor concluye esta enseñanza con el antológico relato del hijo pródigo (15,11-32). No alcanzaremos a meditarlo detenidamente, pero podemos pensar en el resumen que hacía el Papa alemán: “En esta página evangélica nos parece escuchar la voz de Jesús, que nos revela el rostro del Padre suyo y Padre nuestro. En el fondo, vino al mundo para hablarnos del Padre, para dárnoslo a conocer a nosotros, hijos perdidos, y para suscitar en nuestro corazón la alegría de pertenecerle, la esperanza de ser perdonados y de recuperar nuestra plena dignidad, y el deseo de habitar para siempre en su casa, que es también nuestra casa”. 

En ese mismo comentario, Benedicto XVI concluía que “en nuestro tiempo, la humanidad necesita que se proclame y testimonie con vigor la misericordia de Dios”. Y recordaba a su predecesor, que fue un gran apóstol de la Misericordia divina (murió el día en que se celebra esa fiesta). “Después de los trágicos acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, que oscurecieron el alba del tercer milenio, invitó a los cristianos y a los hombres de buena voluntad a creer que la misericordia de Dios es más fuerte que cualquier mal, y que sólo en la cruz de Cristo se encuentra la salvación del mundo. La Virgen María, Madre de la Misericordia, a quien contemplamos como Virgen de los Dolores al pie de la cruz, nos obtenga el don de confiar siempre en el amor de Dios y nos ayude a ser misericordiosos como nuestro Padre que está en los cielos”.

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