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Eucaristía

Para que entendamos su mensaje, Jesús habla y actúa de acuerdo con nuestros propios intereses: si en ocasiones enseña con parábolas relacionadas con el mundo de los negocios, en otras él mismo se adelanta a suplir las necesidades básicas de los pobres y de los enfermos. Así lo presenta Mateo (14, 13-21): después de la muerte de Juan Bautista, Jesucristo quiere apartarse de la gente para orar. Pero al ver la multitud que le sigue, se llenó de compasión por ella y curó a los enfermos.

Cuando los apóstoles quieren despedir a la muchedumbre para que coman en sus aldeas, Jesús les dijo: —No hace falta que se vayan, dadles vosotros de comer. Ellos le respondieron: —Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces. Él les dijo: —Traédmelos aquí. Entonces mandó a la gente que se acomodara en la hierba. Tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los dio a los discípulos y los discípulos a la gente. Comieron todos hasta que quedaron satisfechos, y de los trozos que sobraron recogieron doce cestos llenos. Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños”.

Se nota así el cumplimiento de los tiempos mesiánicos, tan anhelados por el pueblo judío y por toda la creación. El hecho de alimentar al pueblo en medio del desierto recuerda la acción divina en el paso del Éxodo y las promesas de Isaías (55,1-3): “Así dice el Señor: Oíd, sedientos todos, acudid por agua, también los que no tenéis dinero: venid, comprad trigo, comed sin pagar vino y leche de balde. ¿Por qué gastáis dinero en lo que no alimenta, y el salario en lo que no da hartura? Escuchadme atentos, y comeréis bien, saborearéis platos sustanciosos”

Pero lo más importante de este milagro es que se prefigura la Sagrada Eucaristía. En su oración, San Josemaría se dirigía al Señor con palabras que ahora podemos hacer nuestras (F 304): “Si aquellos hombres, por un trozo de pan —aun cuando el milagro de la multiplicación sea muy grande—, se entusiasman y te aclaman, ¿qué deberemos hacer nosotros por los muchos dones que nos has concedido, y especialmente porque te nos entregas sin reserva en la Eucaristía?” 

Enseña el Catecismo (n. 1416): «La Sagrada Comunión del Cuerpo y de la Sangre de Cristo acrecienta la unión del comulgante con el Señor, le perdona los pecados veniales y lo preserva de pecados graves. Puesto que los lazos de caridad entre el comulgante y Cristo son reforzados, la recepción de este sacramento fortalece la unidad de la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo». 

Nos puede servir para dar gracias a Dios por este don maravilloso, porque cuida de nosotros dándonos el alimento espiritual, porque -como dice el Salmo 144- “abre la mano y nos sacia de favores. Tú les das la comida a su tiempo; abres tú la mano, y sacias de favores a todo viviente.

En su primera encíclica, (Deus Caritas Est, n. 13) Benedicto XVI explicaba que en la Eucaristía Jesús perpetúa su entrega, su amor a los hombres, comprometiéndonos en su dar la vida: Ya en la Última Cena, “Él anticipa su muerte y resurrección, dándose a sí mismo a sus discípulos en el pan y en el vino, su cuerpo y su sangre como nuevo maná (cf. Jn 6, 31-33). Si el mundo antiguo había soñado que, en el fondo, el verdadero alimento del hombre -aquello por lo que el hombre vive- era el Logos, la sabiduría eterna, ahora este Logos se ha hecho para nosotros verdadera comida, como amor. La Eucaristía nos adentra en el acto oblativo de Jesús. No recibimos solamente de modo pasivo el Logos encarnado, sino que nos implicamos en la dinámica de su entrega”.

Y en la última encíclica de Juan Pablo II (Ecclesia de Eucharistia, n. 25) el Papa Magno abría su alma, mostrándonos una manera de acercarse a Jesús en el Sagrario: “Es hermoso estar con Él y, reclinados sobre su pecho como el discípulo predilecto (cf. Jn 13, 25), palpar el amor infinito de su corazón. Si el cristianismo ha de distinguirse en nuestro tiempo sobre todo por el «arte de la oración», ¿cómo no sentir una renovada necesidad de estar largos ratos en conversación espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor, ante Cristo presente en el Santísimo Sacramento? ¡Cuántas veces, mis queridos hermanos y hermanas, he hecho esta experiencia y en ella he encontrado fuerza, consuelo y apoyo!”

Una mujer que se convirtió hace pocos años cuenta el papel que tuvo la Eucaristía en su acercamiento a la Iglesia: “La prueba empírica de que algo importante ocurría en la Misa fue el deseo repetido por mi parte de volver a asistir a ella: no era por la liturgia, el sermón o la música -aunque todo era muy bonito- sino por algo más, una presencia que me conducía allí una y otra vez. A veces no volvía, no me interesaba ir a Misa y me olvidaba de ella. Pero después de cada una de esas escapadas reaparecía, cuando sentía el vacío de mi propia soledad. Frente al tabernáculo, donde la hostia consagrada se guarda en la Iglesia, yo captaba que el verdadero amor y el verdadero sentido de la vida estaban allí escondidos de forma misteriosa. Matlary JH. El amor escondido. Belacqua. Barcelona 2002, p. 43

En uno de sus últimos documentos (Mane Nobiscum Domine, n. 30), Juan Pablo II invitaba a la Iglesia a cuidar más del Señor en la Eucaristía: “Vosotros, sacerdotes, que repetís cada día las palabras de la consagración y sois testigos y anunciadores del gran milagro de amor que se realiza en vuestras manos, dejaos interpelar por la gracia de este Año especial, celebrando cada día la Santa Misa con la alegría y el fervor de la primera vez, y haciendo oración frecuentemente ante el Sagrario. Todos vosotros, fieles, descubrid nuevamente el don de la Eucaristía como luz y fuerza para vuestra vida cotidiana en el mundo, en el ejercicio de la respectiva profesión y en las más diversas situaciones. Descubridlo sobre todo para vivir plenamente la belleza y la misión de la familia”.

Terminamos con unas palabras del Papa actual, sobre la Virgen y la Eucaristía: “No se puede contemplar a María sin ser atraídos por Cristo y no se puede mirar a Cristo sin advertir de inmediato la presencia de María. Existe un vínculo inseparable entre la Madre y el Hijo generado en su seno por obra del Espíritu Santo, y este vínculo lo advertimos, de modo misterioso, en el Sacramento de la Eucaristía, tal como lo han puesto de relieve los Padres de la Iglesia y los teólogos. «La carne nacida de María, que viene del Espíritu Santo, es el pan que ha descendido del cielo», afirma san Hilario de Poitiers. (…) El vínculo de la Virgen Santa con su Hijo, Cordero inmolado que quita los pecados del mundo, se extiende a la Iglesia Cuerpo místico de Cristo. María - afirma el Siervo de Dios Juan Pablo II - es «mujer eucarística» con toda su vida por lo que la Iglesia, contemplándola como su modelo «está llamada a imitarla también en su relación con este Misterio santísimo» (EE, n. 53)”

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