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Adviento, tiempo de conversión

NORMAS UNIVERSALES SOBRE EL AÑO LITÚRGICO Y SOBRE EL CALENDARIO
Ya estamos en la segunda semana del tiempo de Adviento. Durante estos días, nos preparamos para celebrar la Navidad en tres sentidos: la primera, hace veinte siglos; la litúrgica, correspondiente a este año (la celebración actualiza los misterios que rememoramos) y la futura, o sea la segunda venida de Cristo al fin de los tiempos. Por eso decimos de Jesús en el Prefacio de la Misa durante estos días que, “al venir por vez primera en la humildad de nuestra carne, realizó el plan de redención trazado desde antiguo y nos abrió el camino de la salvación; para que cuando venga de nuevo en la majestad de su gloria, revelando así la plenitud de su obra, podamos recibir los bienes prometidos que ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar”.
Por estas razones, enseñan las normas litúrgicas, “el Adviento se nos manifiesta como tiempo de una expectación piadosa y alegre”. En la segunda lectura del mismo domingo, San Pablo anima a los romanos (15,4-9): “Mantengamos la esperanza mediante la paciencia y el consuelo de las Escrituras”. Por eso, concluye San Josemaría una homilía sobre estos días: “El tiempo de Adviento es tiempo de esperanza. Todo el panorama de nuestra vocación cristiana, esa unidad de vida que tiene como nervio la presencia de Dios, Padre Nuestro, puede y debe ser una realidad diaria” (Cristo que pasa, n. 11).
El compendio del Catecismo (n. 102) dice que en este tiempo se revive esa larga espera de muchos siglos, cuando los judíos ansiaban la llegada del Mesías: “Además de la oscura espera que ha puesto en el corazón de los paganos, Dios ha preparado la venida de su Hijo mediante la Antigua Alianza, hasta Juan el Bautista, que es el último y el mayor de los Profetas”.
Precisamente el protagonista de este segundo domingo de Adviento es el primo de Jesús. El Evangelio de Mateo (3,1-12) lo presenta como una figura profética: “En aquellos días apareció Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea (…). Éste es aquel de quien habló el profeta Isaías diciendo: Voz del que clama en el desierto: «Preparad el camino del Señor,  haced rectas sus sendas». Llevaba Juan una vestidura de pelo de camello con un ceñidor de cuero a la cintura, y su comida eran langostas y miel silvestre”.
Es un retrato austero, que presenta a Juan como un digno representante de una familia sacerdotal, dedicado plenamente a su vocación de Precursor del Mesías. Sus vestiduras lo presentan como el nuevo Elías, que precede la llegada del ungido. Se retira al desierto, como habían hecho también los esenios de Qumrán, aunque no fuera uno de ellos. Mateo muestra que, con su figura, se cumple el protoevangelio de Isaías, el profeta que anunciaba nuevas épocas para el sufrido pueblo hebreo.
En la primera lectura (Isaías 11, 1-10), se ve una de esas profecías: “En aquel día brotará un renuevo del tronco de Jesé, un vástago florecerá de su raíz. Sobre él se posará el espíritu del Señor”. Se trata de una promesa mesiánica: de ese tronco podrido que es la generación de Jesé, el padre de David, surgirá un vástago nuevo. Por eso rezan los gozos de la novena de Navidad: “Oh raíz sagrada de Jesé, que en lo alto / presentas al orbe tu fragante nardo / Dulcísimo Niño que has sido llamado / lirio de los valles, bella flor del campo”.
Amparado en esas promesas, el pueblo se preparaba para la pronta llegada de su Salvador, como vemos en la Antífona de entrada (“Pueblo de Sión: mira al Señor que viene a salvar a todos los pueblos. El Señor hará oír la majestad de su voz para alegría de todo corazón). También el Salmo 71 muestra esa “expectación piadosa y alegre”: “En sus días florecerá la justicia y la paz abundará por siempre”.
La vocación de Juan consiste precisamente en anunciar al pueblo que “está al llegar el Reino de los Cielos”.  El Compendio del catecismo (n. 141) dice que El Espíritu colmó a Juan con sus dones y lo envió para que preparara al Señor «un pueblo bien dispuesto» (Lc 1, 17) y para que anunciara la venida de Cristo, Hijo de Dios.
El Evangelio nos muestra que su predicación tuvo una gran acogida: “acudía a él Jerusalén, toda Judea y toda la comarca del Jordán, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados”. Ese bautismo es una muestra externa de haber acogido su principal exigencia: —Convertíos. Esta llamada es la misma que nos hace la liturgia hoy a cada uno de nosotros. En estos días de expectación piadosa y alegre se tiene que notar que nos estamos preparando para ser «un pueblo bien dispuesto».
Juan se amparaba en la inminencia del juicio: Ya está el hacha puesta junto a la raíz de los árboles. Por tanto, todo árbol que no da buen fruto se corta y se arroja al fuego. Y por eso exigía a sus oyentes un fruto digno de penitencia. Nosotros acudimos al Señor pidiéndole, en la oración de la Misa, que en nuestra marcha presurosa al encuentro de tu Hijo, no tropecemos con impedimentos terrenos, sino que Él nos haga partícipes de la ciencia de la sabiduría celestial.
Esta sabiduría, nos dice la liturgia de hoy, consiste en convertirnos. Así puede resumirse el último libro del Papa: es tiempo de conversión: El papa quiere que la Iglesia se someta a una limpieza a fondo. “Es indispensable conocer por fin de nuevo el misterio del Evangelio en toda su grandeza cósmica. Es tiempo de entrar en razones, de cambiar, de convertirse. Los problemas actuales solo se resolverán si ponemos a Dios en el centro, si Dios resulta de nuevo visible para el mundo. El destino del mundo depende de si el Dios de Jesucristo está presente y es reconocido como tal. p. 78. Nuestra gran tarea ahora consiste, ante todo, en sacar nuevamente a la luz la prioridad de Dios. Hoy lo importante es que se vea de nuevo que Dios existe, que Dios nos incumbe y que Él nos responde. Es urgente que la pregunta sobre Dios vuelva a ponerse en el centro”. (Luz del mundo, pp. 12-13. 62)
¿En qué consiste esta conversión? Así lo explica San Josemaría en la homilía del Adviento: “El Señor ha confiado en nosotros para llevar almas a la santidad, para acercarlas a Él, unirlas a la Iglesia, extender el reino de Dios en todos los corazones. El Señor nos quiere entregados, fieles, delicados, amorosos. Nos quiere santos, muy suyos. De un lado, la soberbia, la sensualidad y el hastío, el egoísmo; de otro, el amor, la entrega, la misericordia, la humildad, el sacrificio, la alegría. Tienes que elegir. Has sido llamado a una vida de fe, de esperanza y de caridad. No puedes bajar el tiro y quedarte en un mediocre aislamiento” (Cristo que pasa, n. 11)
Podemos terminar como concluye esa misma homilía, acudiendo a Santa María de la Esperanza: “El tiempo de Adviento es tiempo de esperanza. Todo el panorama de nuestra vocación cristiana, esa unidad de vida que tiene como nervio la presencia de Dios, Padre Nuestro, puede y debe ser una realidad diaria. Pídelo conmigo a Nuestra Señora, imaginando cómo pasaría ella esos meses, en espera del Hijo que había de nacer. Y Nuestra Señora, Santa María, hará que seas alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, ¡el mismo Cristo!”

Comentarios

  1. no solo preparemos las palabras peparemos tambien nuestros corazon que es el lugar sagrado donde quiere llegar el Dios de la Vida y del Amor

    saludos buen adviento

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  2. Totalmente de acuerdo. Recemos para que así sea. Gracias por el comentario...

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  3. Hola Moncli gracias por tu blog Lo estoy usando para mi lectura espiritual y oracion mental. Tu amigo de siempre.

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    Respuestas
    1. Muchas gracias a ti, Alejo, por tu saludo. Cuánto me alegra saber que estas palabras sirven también en Australia. Encomienda el primer fruto de este blog, que es un libro que sale a la luz la próxima semana: "El secreto de las parábolas". Un abrazo.

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