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Camino, verdad y vida



Estamos leyendo en la liturgia la segunda parte del Evangelio de San Juan, llamada “el libro de la hora”, que comienza en el capítulo 13 con la última cena, después de haber expuesto antes el llamado “libro de los signos”. En la primera parte de este libro de la hora, Juan expone con detalladamente la última cena. Después del lavatorio de los pies, Juan narra el “discurso de despedida”.

En la primera parte de ese discurso, Jesús comienza tranquilizando a los discípulos, que habían quedado conmovidos ante el anuncio de las negaciones de Pedro: “No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí”.

Al mismo tiempo, los anima anunciándoles que les preparará un lugar en el Cielo, pues ellos serán fieles: De lo contrario, ¿os hubiera dicho que voy a prepararos un lugar? Cuando me haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí, para que, donde yo estoy, estéis también vosotros. Aludiendo a estas palabras, Santa Teresa comenzaría su clásico escrito sobre “Las moradas”, considerando el alma “como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas. Que si bien lo consideramos, hermanas, no es otra cosa el alma del justo sino un paraíso adonde dice El tiene sus deleites. Pues ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un Rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita?”

Para este último punto de los deleites, Santa Teresa se inspira en el libro de los Proverbios (8, 31): “mi delicia era estar con los hijos de los hombres”. También a San Josemaría le sirvieron mucho estas palabras. Podemos pensar en su homilía sobre la Resurrección, que comienza precisamente así: Cristo vive: Cristo no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos. No: Cristo vive. Jesús es el Emmanuel: Dios con nosotros. Su Resurrección nos revela que Dios no abandona a los suyos. ¿Puede la mujer olvidarse del fruto de su vientre, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidare, Yo no me olvidaré de ti (Is 49, 14-15), había prometido. Y ha cumplido su promesa. Dios sigue teniendo sus delicias entre los hijos de los hombres.

Voy a prepararos un lugar… mi delicia era estar con los hijos de los hombres… que, donde yo estoy, estéis también vosotros… Señor: en este tiempo de Pascua pensamos en Ti como el Resucitado, siempre vivo a la derecha del Padre. Y nos llena de consuelo escuchar tus palabras: saber que quieres hacernos tus huéspedes, que deseas tener tus deleites con nosotros, en nuestra pobre morada, que es tan poca cosa, peor que el pesebre de Belén.

Adonde yo voy, ya sabéis el camino. Jesús anuncia que morirá para ir al Padre, pero los Apóstoles no entienden o no quieren entender. ¡Si cualquier despedida es dura, cuánto más sería despedirse de Jesús! Por eso, Tomás pregunta: —Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podremos saber el camino?

Tenemos una gran deuda con este Apóstol, que forzó varias palabras claves de Jesús. Además de la respuesta el domingo segundo de Pascua, cuando le dice: “bienaventurados los que sin haber visto hayan creído”, ahora el Señor le da una respuesta que es, a la vez, una autobiografía antológica: “—Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.

Desde luego, estas palabras tienen que estar en el centro de nuestra oración de hoy. Nos puede ayudar, como otras veces, la predicación de San Josemaría, que comenzaba así su homilía “Tras los pasos del Señor” (Amigos de Dios, n. 126): Ego sum via, veritas et vita. Yo soy el camino, la verdad y la vida. Con estas inequívocas palabras, nos ha mostrado el Señor cuál es la vereda auténtica que lleva a la felicidad eterna. Ego sum via: El es la única senda que enlaza el Cielo con la tierra. Lo declara a todos los hombres, pero especialmente nos lo recuerda a quienes, como tú y como yo, le hemos dicho que estamos decididos a tomarnos en serio nuestra vocación de cristianos.

Jesús es el camino. Y especialmente nosotros debemos ver que Jesucristo es la única senda que enlaza el Cielo con la tierra. Para que el Señor sea nuestro camino, tenemos que pedir su gracia de modo que Dios se halle siempre presente en nuestros pensamientos, en nuestros labios y en todas las acciones nuestras, también en aquellas más ordinarias y corrientes.

Jesús es el camino. El ha dejado sobre este mundo las huellas limpias de sus pasos, señales indelebles que ni el desgaste de los años ni la perfidia del enemigo han logrado borrar. Iesus Christus heri, et hodie; ipse et in saecula. ¡Cuánto me gusta recordarlo!: Jesucristo, el mismo que fue ayer para los Apóstoles y las gentes que le buscaban, vive hoy para nosotros, y vivirá por los siglos. Somos los hombres los que a veces no alcanzamos a descubrir su rostro, perennemente actual, porque miramos con ojos cansados o turbios. Ahora, al comenzar este rato de oración junto al Sagrario, pídele, como aquel ciego del Evangelio: Domine, ut videam!, ¡Señor, que vea!, que se llene mi inteligencia de luz y penetre la palabra de Cristo en mi mente; que arraigue en mi alma su Vida, para que me transforme cara a la Gloria eterna.

Señor, te lo pedimos de la mano de San Josemaría: llena nuestra inteligencia de luz para ver lo que significa que Tú eres el Camino, la Verdad y la Vida.

En el siglo pasado hubo varios episodios de conversiones famosas. Una de ellas es la de Hellmut Laun, empresario de origen alemán, que narró su conversión e ingreso en la Iglesia Católica –en el año 1937- en un excelente libro: “Cómo encontré a Dios”. Cuenta Julio Eugui que “un interesante suceso de su vida se sitúa después de la conversión, durante un sueño que dejó en él un rastro indeleble. Sentía que su alma estaba prisionera en una mazmorra de altos y macizos muros. Había una ventana que daba al exterior, pero protegida por fuertes rejas de hierro. Ansiaba la libertad, pero veía imposible cualquier evasión de aquel lugar. Su situación se volvía cada vez más desesperanzada y aterradora. Apretaba el rostro contra los barrotes de la ventana con ansias de liberarse y, sin embargo, todo esfuerzo era inútil. Se ahogaba por momentos.

En medio de la angustia, miró hacia arriba y, aunque al principio no acababa de creérselo, terminó por convencerse de que allá en el techo había una abertura que facilitaba la libertad. Comenzó a luchar por salir por aquella brecha, e inmediatamente comprendió que la abertura era Cristo. No oyó palabra alguna, ni vio tampoco ninguna figura, pero sabía con certeza inefable que la solución de su vida estaba en la frase del Evangelio: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida". Este es más o menos su testimonio de aquella experiencia”.

Jesús es el Camino para llegar al Padre: Él mismo nos lo revela. San Agustín comenta que, con estas palabras, es «como si estuviera diciendo: ¿Por dónde quieres ir? Yo soy el Camino. ¿Adónde quieres ir? Yo soy la Verdad. ¿Dónde quieres permanecer? Yo soy la Vida» (Serm. 142,1).

San Josemaría comentaba este pasaje en una Carta de 1940: "Desde que Jesucristo dijo que Él es el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14, 6), e invitó a todos a seguirle (cfr. Mt 16, 24 [“Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga”]), brotó con fuerza en el alma de muchos fieles –desde los primeros tiempos de la Iglesia– el deseo de hacer realidad la búsqueda de la perfección trazada por el Evangelio y practicada ejemplarmente por el mismo Jesucristo: vida de santidad personal y de actividad apostólica" (Carta 11-III-1940, 21). Domingo Ramos-Lissón comenta que este texto “ofrece una síntesis muy lograda a la hora de aglutinar el seguimiento y la imitación de Cristo con la búsqueda de la santidad”. [El ejemplo de los primeros cristianos en las enseñanzas del Beato Josemaría. En: Romana 1999 (29)]. Vida de santidad personal y de actividad apostólica.

Fidelidad, vida de santidad personal… San Josemaría lo recuerda como un punto importante en la falsilla de la vida interior que es su homilía “Hacia la santidad” (Amigos de Dios, n. 305): Habíamos empezado con plegarias vocales, sencillas, encantadoras, que aprendimos en nuestra niñez, y que no nos gustaría abandonar nunca. La oración, que comenzó con esa ingenuidad pueril, se desarrolla ahora en cauce ancho, manso y seguro, porque sigue el paso de la amistad con Aquel que afirmó: Yo soy el camino. Si amamos a Cristo así, si con divino atrevimiento nos refugiamos en la abertura que la lanza dejó en su Costado, se cumplirá la promesa del Maestro: cualquiera que me ama, observará mi doctrina, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos mansión dentro de él.

Vida de santidad personal, que consiste en seguir a Jesús Camino: en ser almas cuya oración se desarrolla en cauce ancho, manso y seguro; ser ya no solo huéspedes sino también anfitriones de la Santísima Trinidad: El corazón necesita, entonces, distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas. De algún modo, es un descubrimiento, el que realiza el alma en la vida sobrenatural, como los de una criaturica que va abriendo los ojos a la existencia. Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo; y se somete fácilmente a la actividad del Paráclito vivificador, que se nos entrega sin merecerlo: ¡los dones y las virtudes sobrenaturales!

Terminamos acudiendo a Santa María. Madre nuestra: ayúdanos, como decía San Josemaría, a “hacer realidad la búsqueda de la perfección trazada por el Evangelio y practicada ejemplarmente por el mismo Jesucristo: vida de santidad personal y de actividad apostólica”. Alcánzanos del Señor la gracia de vivir siempre pensando en la fidelidad a nuestra vocación cristiana y en el apostolado. Sé Tú nuestro modelo para seguir a tu Hijo como nuestro Camino, nuestra Verdad y nuestra Vida.

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