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Oración humilde y perseverante. La mujer cananea (sirofenicia)

En el camino de nuestra vocación cristiana, necesariamente debemos encontrarnos con la Cruz del Señor: la mayoría de las veces, en la vida diaria: perdemos el medio de transporte, aparecen los achaques de salud, alguna amistad nos hace pasar un mal rato, somos incomprendidos –o nuestra soberbia nos lo hace creer sin justa causa-. En otras ocasiones, pueden ser temas de gran calado: la muerte de un ser querido, una enfermedad que parece incurable, etc.

El Evangelio de Mateo (15,21-28) nos presenta una situación de este último tipo: Jesús ha ido con sus apóstoles “al extranjero”: Después que Jesús salió de allí, se retiró a la región de Tiro y Sidón. En esto una mujer cananea, venida de aquellos contornos, se puso a gritar: —¡Señor, Hijo de David, apiádate de mí! Mi hija está poseída cruelmente por el demonio. 

Se trata de una actuación llena de audacia. Seguramente esa mujer había buscado la curación de su hija a través de mil medios distintos, sin lograrlo. Hasta que oye hablar del viaje de aquél hombre, que algunos reconocen como el Mesías hebreo, y no teme lanzarse a su encuentro con insistencia y exponerle crudamente su dolorosa situación, sin miedo a que todo el mundo se entere de la vergonzosa situación de su hija.

Pero él no le respondió palabra. Por toda respuesta, el silencio de Jesús. ¡Qué difícil es, Señor, entender que a veces nos muestras tu cariño quedándote callado! El Maestro quería que aquella mujer no viera en él simplemente a un taumaturgo y por eso no responde palabra. 

A veces puede sucedernos en nuestra vida interior que nos sintamos solos, que no palpemos la compañía de Jesús. San Josemaría lo cuenta, basado en su propia experiencia: Imaginamos que el Señor no nos escucha, que andamos engañados, que sólo se oye el monólogo de nuestra voz. Como sin apoyo sobre la tierra y abandonados del cielo, nos encontramos (Amigos de Dios, 304).

Entonces, se le acercaron sus discípulos para rogarle: —Atiéndela y que se vaya, porque viene gritando detrás de nosotros. Él respondió:—No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Ella, no obstante, se acercó y se postró ante él diciendo: —¡Señor, ayúdame! 

En esta mujer se cumple la parábola de otro pasaje evangélico. Los apóstoles interceden por ella, no porque estén interesados en ayudarla, sino para quitarla de en medio. Sigamos aprendiendo de su insistencia, cómo pide gritando detrás de los apóstoles. Continuamos con el retrato que hace San Josemaría de la persona a la que Jesús parece ignorar: Con la tozudez de la Cananea, nos postramos rendidamente como ella, que le adoró, implorando: Señor, socórreme. Desaparecerá la oscuridad, superada por la luz del Amor.

Aprovechemos este momento de nuestra oración para acercarnos a Jesús, que escucha nuestro lamento, y –postrados ante Él- digámosle como la sirofenicia: ¡Señor, ayúdame!, ¡Señor, socórreme! Pidámosle por lo que tenemos en este momento entre manos: por nuestras crisis, nuestras luchas, nuestras necesidades. Y aprendamos también, para el futuro, para cuando lleguen esos momentos en que imaginamos que sólo se oye el monólogo de nuestra voz, a dirigirnos con perseverancia al Señor, a no confiar en nuestras fuerzas, a abandonarnos en sus manos.

Él le respondió: —No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos. Pero ella dijo: —Es verdad, Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos. 

Si antes Jesús respondió con el silencio, no podemos decir que sus palabras hayan sido propiamente un bálsamo. Abre el Señor sus labios pero pronuncia una negativa. Es más, un claro rechazo. Casi despectivo. 

Pero nuestra protagonista no ceja en su empeño. No se resiente por el insulto. Al contrario, lo asume con toda sencillez y lo toma como su argumento principal. No exige derechos, no pide el pan de los hijos. Le basta con las migajas. Ejemplo de insistencia, de perseverancia, de humildad. 

Entonces Jesús le respondió: — ¡Mujer, qué grande es tu fe! Que sea como tú quieres. Y su hija quedó sana en aquel instante.

¡Por fin el Señor responde afirmativamente! ¡Y de qué manera! No solo concede la curación de la hija, sino que alaba la fe de la sirofenicia. Dice el Santo Cura de Ars: «Muchas veces vemos que el Señor no nos concede lo que pedimos enseguida; esto lo hace para que lo deseemos con más ardor, o para que apreciemos mejor lo que vale. Ese retraso no es una negativa, sino una prueba que nos dispone a recibir con más abundancia lo que le pedimos».

Y San Josemaría confiesa en sus Apuntes íntimos, con fecha 10 de febrero de 1931: "El Maestro sabe mejor que nosotros mismos lo que nos conviene. No es a esa mujer a quien habla, es a sus discípulos, a quienes echará en cara amargamente su falta de fe. Esta pagana va a enseñarles cómo la fe puede trasladar montañas y vencer el corazón de Dios. «Señor, también los perrillos debajo de la mesa comen las migajas de los hijos» (Mc 7,28). «¡Oh mujer, grande es tu fe! Hágase como quieres» (Mt 15,28). 

La fe de esta mujer se manifiesta en una petición humilde y perseverante. De esto tengo una venturosa experiencia: cuando, sin sensiblerías, pero con verdadera fe he pedido al Señor o a Nuestra Señora alguna cosa espiritual (y aun alguna material) para mí o para otros, me la ha concedido" (Apuntes íntimos, 160). 

Terminemos esta oración acudiendo a nuestra Señora, Maestra de fe. Para cuando lleguen las dificultades, cuando el horizonte se llene de nubes, si el Señor permitiera que nos veamos “como sin apoyo sobre la tierra y abandonados del cielo”, pensemos que así estuvo ella junto a la Cruz de su Hijo. Insistiremos entonces en esa petición humilde y perseverante que merecerá la respuesta del Señor: ¡qué grande es tu fe! Que sea como tú quieres.

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