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El sacerdote y la Eucaristía




(Jueves de la Octava de Pascua. Meditación a sacerdotes)

Lc 24,35-48: Y ellos se pusieron a contar lo que había pasado en el camino, y cómo le habían reconocido en la fracción de pan. Mientras ellos estaban hablando de estas cosas, Jesús se puso en medio y les dijo:    —La paz esté con vosotros. Se llenaron de espanto y de miedo, pensando que veían un espíritu. Y les dijo: — ¿Por qué os asustáis, y por qué admitís esos pensamientos en vuestros corazones? Mirad mis manos y mis pies: soy yo mismo. Palpadme y comprended que un espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo. Y dicho esto, les mostró las manos y los pies. Como no acababan de creer por la alegría y estaban llenos de admiración, les dijo: — ¿Tenéis aquí algo que comer? Entonces ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Y lo tomó y se lo comió delante de ellos.         

Después de la aparición a los discípulos de Emaús, Jesús mismo se aparece a los discípulos en el Cenáculo, les da fuerzas para la nueva misión que les asignará. Les garantiza que ha vencido a la muerte y que permanecerá con ellos. También permaneces con nosotros, Señor. Principalmente en el Cenáculo de nuestros Templos, donde celebramos a diario tu Eucaristía. Los de Emaús lo reconocen al partir el pan… Nosotros también necesitamos recibir tu paz, para la humanidad, para la Iglesia, para nuestras comunidades, para cada uno de  nosotros. Y ése es tu regalo pascual: la paz esté con vosotros. Todos los días te lo pedimos: no mires nuestros pecados, sino la fe…

Uno de los temas principales de Lucas es la “comensalidad”. Y aquí reaparece, después de la resurrección: “lo tomó y lo comió delante de ellos (‘en su mesa’, dicen algunos que es la mejor traducción). Y también insiste en la materialidad de su cuerpo glorioso, como anticipándose a los docetismos posteriores que negarían la Encarnación. Cristo vive, con su cuerpo en el Cielo y presente al mismo tiempo en el Sagrario.

El conocido escritor francés André Frossard, académico de Francia, hijo del fundador y primer secretario general del partido comunista francés, a los veinte años entró en una capilla de París porque allí dentro estaba un amigo suyo. Entró ateo y salió católico. Fue transformado por la Presencia de Jesús en la Eucaristía. Comenzó a recibir la catequesis para el bautismo y escribe cómo le sorprendió la doctrina sobre el sacramento del altar: "No es que me pareciese increíble; pero me maravillaba que la caridad divina hubiese encontrado ese medio inaudito de comunicarse y, sobre todo, que hubiese escogido para hacerlo el pan que es alimento del pobre y alimento preferido de los niños. De todos los dones esparcidos ante mí por el cristianismo, ése era el más hermoso".

En la pasada Misa crismal, el Papa explicaba la hermosura de esos signos litúrgicos tan a la mano: el agua, el óleo, el pan y el vino. Como sabemos, glosó especialmente los dos primeros, especialmente el segundo. Sus palabras me hicieron pensar, durante la vigilia pascual, en la graduación litúrgica –ascendente- de los signos: primero el fuego y la luz; después, el agua;  por último, el pan y el vino: El pan remite a la vida cotidiana. Es el don fundamental de la vida diaria. El vino evoca la fiesta, la exquisitez de la creación y, al mismo tiempo, con él se puede expresar de modo particular la alegría de los redimidos. Sin embargo, lo más interesante de estos dos signos no es lo que son en sí mismos, sino lo que pasan a ser, la realidad que empiezan a significar después de la consagración eucarística.

El año pasado, el Papa comentaba el sentido del “pan partido”: “partir el pan es un gesto de comunión, de unir mediante el compartir. Así, en el gesto mismo se alude ya a la naturaleza íntima de la Eucaristía: ésta es ágape, es amor hecho materia (…): Jesús se deja partir como pan vivo. En el pan distribuido reconocemos el misterio del grano de trigo que muere y así da fruto.”

Los apóstoles van comprendiendo que, en estas disposiciones finales de Jesús, se cumplen las Escrituras: Y les dijo: —Esto es lo que os decía cuando aún estaba con vosotros: es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí. Entonces les abrió el entendimiento para que comprendiesen las Escrituras.

Por eso Jesucristo es el mejor modelo para nuestro sacerdocio: queremos aprender de ti, Señor, a ser pan vivo que se parte para la vida del mundo. Y no quedarnos en palabras bonitas, sino morir como el grano de trigo. Al obedecer a los superiores –desde un pequeño encargo hasta un cambio de destino-, cuando nos piden un favor a una hora un poco inoportuna, al compadecer a nuestros colegas –apostolado prioritario-, en el servicio a los necesitados (pobres, ancianos, enfermos), vemos ocasiones de vivir ese “amor cotidiano” materializado en pequeños sacrificios.

Pero también el vino tiene su significado, “sangre derramada”: “¿Podemos ahora hacernos al menos una idea de lo que ocurrió en la hora de la última Cena y que, desde entonces, se renueva cada vez que celebramos la Eucaristía? Dios, el Dios vivo establece con nosotros una comunión de paz, más aún, Él crea una "consanguinidad" entre Él y nosotros. Por la encarnación de Jesús, por su sangre derramada, hemos sido injertados en una consanguinidad muy real con Jesús y, por tanto, con Dios mismo. (…) Pidamos al Señor que comprendamos cada vez más la grandeza de este misterio. Que Él despliegue su fuerza trasformadora en nuestro interior, de modo que lleguemos a ser realmente consanguíneos de Jesús, llenos de su paz y, así, también en comunión unos con otros”.

Consanguíneos con Cristo, transformados por Él. Testigos y seguidores de su sacrificio. Así termina el pasaje de San Lucas: “Y les dijo: —Así está escrito: que el Cristo tiene que padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día, y que se predique en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las gentes, comenzando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas”. En nuestras propias luchas interiores para responder con generosidad al Señor, a la hora de acudir con frecuencia a los sacramentos, nos hacemos una sola cosa con Jesucristo. Por eso, los santos han podido decir que “el sacerdocio es lo más grande de este mundo”. San Josemaría se asombraba de que a la Virgen la hizo Inmaculada, para traer a Jesús a la tierra una sola vez. ¡Y nosotros lo traemos cada día al altar!

Las palabras del Papa sobre el significado de los signos litúrgicos también pueden expresarse con la riqueza de la vida diaria. Por ejemplo, una política noruega contaba el papel que jugó la Eucaristía en el proceso de su conversión: “La prueba empírica de que algo importante ocurría en la Misa fue el deseo repetido por mi parte de volver a asistir a ella: no era por la liturgia, el sermón o la música -aunque todo era muy bonito- sino por algo más, una presencia que me conducía allí una y otra vez. A veces no volvía, no me interesaba ir a Misa y me olvidaba de ella. Pero después de cada una de esas escapadas reaparecía cuando sentía el vacío de mi propia soledad. Frente al Tabernáculo, donde la hostia consagrada se guarda en la iglesia, yo captaba que el verdadero amor y el verdadero sentido de la vida estaban allí escondidos de forma misteriosa” (Matlary JH. El amor escondido).

Demos gracias a Dios, que nos permite participar tan íntimamente de esta realidad sacramental y pidamos a la Virgen Santísima, madre de los sacerdotes, que nos ayude –con la gracia de su compañía- a celebrar la Santa Misa cada día con mayor piedad, atención y devoción, para que nuestra vida sea también, como la de su Hijo, pan partido y sangre derramada.

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