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Resurrección y Confesión


Recuerdo la visita que me hizo un alumno judío, preguntándome por el Mesías cristiano. Con la mayor buena voluntad que podía, me pidió que entendiera que él no podía creer que Jesús fuera el Mesías, principalmente por dos motivos: en primer lugar, por la forma en que padeció. Además, y sobre todo, porque el Cristo prometido sería un príncipe con el cual llegaría la paz… y ya vemos cómo ha ido el mundo estos veinte siglos.

Para explicarle la primera objeción, le recomendé estudiar los pasajes de Isaías que hablan del Siervo sufriente,
como oveja muda ante los trasquiladores… 



Sobre el tema de la paz, me vino a la mente el saludo de Jesús resucitado a sus apóstoles. Por ejemplo, el final del Evangelio de Lucas (24,35-48), que enlaza dos relatos: después de la aparición a los discípulos de Emaús, ellos retornan a Jerusalén para contar a los once y a los que estaban con ellos todo lo sucedido en el camino. Mientras hablaban, Jesús mismo “se puso en medio y les dijo: —La paz esté con vosotros”. 


Este saludo es la clave de la liturgia del tercer domingo de Pascua, ya que trata de explicar por qué razón podemos hablar de paz entre nosotros. El tema de la paz, del perdón, de la reconciliación, es uno de los puntos centrales de la primera predicación cristiana, precisamente obedeciendo las órdenes de Jesús resucitado.

Llama la atención que, en todos los primeros discursos de Pedro, como también en los de Pablo, se encuentran ciertos elementos característicos del mensaje cristiano (del “Kerygma” o proclamación de lo esencial), que vemos en esta aparición del resucitado: 



- en primer lugar, que la pasión y la resurrección habían sido anunciadas por las escrituras: “Esto es lo que os decía cuando aún estaba con vosotros: es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí. Entonces les abrió el entendimiento para que comprendiesen las Escrituras”.

- Un segundo aspecto es que los apóstoles serán testigos de lo que han visto y oído: Vosotros sois testigos de estas cosas. 



- El tercer punto es que el espíritu será derramado sobre esos testigos para que puedan cumplir su tarea: Y sabed que yo os envío al que mi Padre ha prometido. Vosotros permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de la fuerza de lo alto. 


- Hoy podemos detenernos en el cuarto aspecto, según esta enumeración basada en un texto de A. George, y es precisamente el tema de la paz, que habíamos enunciado antes: parte importante del Kerygma es anunciar la conversión para el perdón de los pecados: Y les dijo: —Así está escrito: que el Cristo tiene que padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día, y que se predique en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las gentes, comenzando desde Jerusalén.

De la importancia de este anuncio nos dan crédito las dos primeras lecturas del tercer domingo de Pascua. En los Hechos (3,13-15.17-19), vemos el discurso de Pedro en el Templo, después de curar a un cojo de nacimiento: “Vosotros negasteis al Santo y al Justo, y pedisteis que os indultaran a un homicida; matasteis al autor de la vida, a quien Dios resucitó de entre los muertos, de lo cual nosotros somos testigos”. 



El primer Papa anuncia la muerte y resurrección del Señor a manos de sus correligionarios, pero pone el acento, más que en la culpa, en el arrepentimiento y en el perdón de los pecados: “Ahora bien, hermanos, sé que obrasteis por ignorancia, lo mismo que vuestros jefes. Pero Dios cumplió así lo que había anunciado de antemano por boca de todos los profetas: que su Cristo padecería. Arrepentíos, por tanto, y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados”.

La Iglesia nos invita ahora a continuar en la misma estela:
anunciar a nuestros amigos que la paz procede de la reconciliación, del perdón de los pecados. Decirles que Cristo murió para vencer la oscuridad, el mal, el odio y que en esto consiste la alegría de la Pascua: en que ha triunfado la luz, el bien, el amor hasta el extremo de sacrificarse por los demás.

Es en ese sentido como se puede entender que Jesús es el Mesías, el Príncipe de la paz esperado por el pueblo hebreo. Lo enseña San Juan en la segunda lectura (1 Jn 2,1-5a):
“Hijos míos, os escribo estas cosas para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos un abogado ante el Padre: Jesucristo, el Justo". 



G. Ravasi comenta que el texto de Juan es como un juzgado, con personajes definidos: el Padre, como Juez misericordioso, el hombre pecador delante del estrado y Jesús como abogado, que ofrece su sacrificio en remisión por nuestras culpas: "Él es la víctima propiciatoria por nuestros pecados; y no sólo por los nuestros, sino por los de todo el mundo”.

Conversión, arrepentimiento, propiciación. Probablemente hemos acudido al Sacramento de la Reconciliación durante la Cuaresma, o en Semana Santa, o por Pascua de Resurrección, como manda nuestra Madre la Iglesia. Y le agradecemos al Señor esa ocasión maravillosa de recomenzar nuestra vida, la tranquilidad de conciencia, la paz de corazón que da el saber que Dios mismo nos ha perdonado nuestras ofensas.

La liturgia nos hace ver que la Pascua es muy buen tiempo para vivir en Cristo, también mediante la penitencia. El Compendio del Catecismo (n. 300) explica así la penitencia interior:
“es el dinamismo del «corazón contrito: (Sal 51,19), movido por la gracia divina a responder al amor misericordioso de Dios. Implica el dolor y el rechazo de los pecados cometidos, el firme propósito de no pecar más, y la confianza en la ayuda de Dios Se alimenta de la esperanza en la misericordia divina”. Se trata de continuar en nuestra vida el ejercicio de la muerte al pecado propio de la Cuaresma, para vivir con Jesús resucitado en todo momento.

Por eso, un buen propósito para este tiempo puede ser
que continuemos recibiendo con frecuencia el sacramento de la Reconciliación, también si no tenemos conciencia de pecado grave. De esa manera, cada vez iremos afinando en nuestra lucha, el Espíritu Santo nos mostrará puntos concretos en los que podemos mejorar, y la gracia propia del sacramento nos ayudará a vencer en esas batallas cotidianas. También podemos pedirle al sacerdote que cuadremos una periodicidad fija, para que nos ayude también con un acompañamiento, una dirección espiritual.

Otro propósito, también en la misma línea del Evangelio de Lucas, es que se predique en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las gentes. ¡Cuántos de nuestros amigos podrían acercarse a la confesión si venciéramos la vergüenza y nos decidiéramos a compartir con ellos esa alegría tan maravillosa! Quizá por estos días, todavía podemos decirles: ¿te confesaste para Semana Santa? Y si respondieran negativamente, animarles a que lo hagan en este tiempo de Pascua. Sería actualizar el kerygma, el discurso de Pedro: “Arrepentíos, por tanto, y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados”.

Es la manera de entender por qué razón los cristianos vemos en Jesús al príncipe de la paz: no porque venga a acallar las armas o los ejércitos, sino porque nos trae un mensaje de victoria sobre el mal en cada alma. La paz de cada persona, que nos alcanzó muriendo en la Cruz. Podemos terminar con unas palabras de Benedicto XVI, en una ceremonia de ordenación sacerdotal, a los nuevos presbíteros: “El sacramento de la penitencia es uno de los tesoros preciosos de la Iglesia, porque sólo en el perdón se realiza la verdadera renovación del mundo. (...) Ciertamente, debe ser un perdón eficaz. Pero este perdón sólo puede dárnoslo el Señor. Un perdón que no aleja el mal sólo con palabras, sino que realmente lo destruye”.

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