
(24 de agosto) En la Antífona de
entrada se nos pide: Anuncia,
día tras día, que la salvación viene de Dios; proclama sus maravillas a todas las
naciones. En respuesta nosotros suplicamos, en la Oración colecta, fortaleza para nuestra
fe, sinceridad como la de Bartolomé y eficacia en el apostolado de la Iglesia: «Fortalece, Señor, nuestra fe para que sigamos a Cristo con la misma sinceridad
de san Bartolomé, apóstol; y concédenos, por su intercesión, que la Iglesia sea
un instrumento eficaz de salvación para todos los seres humanos».
Le contestó Natanael: —¿De qué me conoces? Respondió
Jesús y le dijo: —Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la
higuera, te vi. Uno de los misterios que solo sabremos en el cielo es este:
¿qué pensaba Natanael cuando estaba debajo de la higuera, para que Jesús se
refiriera justo a ese momento como la clave para que entendiera con quién
estaba hablando? No solo es misteriosa la afirmación de Jesús, sino también el
cambio de actitud del nuevo apóstol. Respondió
Natanael: —Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.
La primera lectura
de la fiesta está tomada del Apocalipsis (21,9-14), donde el ángel le dice a
san Juan: —Ven, te mostraré a la novia,
la esposa del Cordero. Y el autor describe la visión del nuevo mundo,
después de que se ha vencido el mal definitivamente: Me llevó en espíritu a un monte de gran altura y me mostró la ciudad
santa, Jerusalén, que bajaba del cielo de parte de Dios, reflejando la gloria
de Dios: su luz era semejante a una piedra preciosísima, como la piedra de
jaspe, transparente como el cristal. Tenía una muralla de gran altura con doce
puertas, y sobre las puertas doce ángeles y unos nombres escritos que son los
de las doce tribus de los hijos de Israel. Tres puertas al oriente, tres
puertas al norte, tres puertas al sur y tres puertas al occidente. La muralla
de la ciudad tenía doce pilares y en ellos los doce nombres de los doce
apóstoles del Cordero.
La iglesia, esposa
del Cordero, baja del cielo. Es un regalo de la Trinidad a los hombres. También
es la continuación del pueblo elegido, es el nuevo Israel (por eso los nombres
de las doce tribus). La continuidad en el tiempo la darán los doce pilares de
la ciudad: los doce apóstoles, uno de los cuales es san Bartolomé, cuya fiesta
celebramos hoy.
También nosotros somos
Discípulos y queremos decir, como el salmista (Sal 144): Señor, que tus obras te den gracias, y tus fieles te bendigan;
que proclamen la gloria de tu reinado y hablen de tus hazañas. Que den a conocer
a los hombres tus proezas, la gloria y el esplendor de tu reinado. Podemos examinar
cómo aprovechamos apostólicamente las circunstancias en las que se habla de la Iglesia,
aunque sea burlándose de ella.
A cuántas personas hemos procurado acercar a la Iglesia, a los sacramentos,
a la dirección espiritual.
El Evangelista san
Juan nos cuenta al comienzo de su relato (1,45-51) la historia de la vocación de
san Bartolomé: Felipe encontró a Natanael
y le dijo: —Hemos encontrado a aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y
los Profetas: Jesús de Nazaret, el hijo de José. Entonces le dijo Natanael: —¿De
Nazaret puede salir algo bueno?—Ven y verás –le respondió Felipe. Aprendamos
del ejemplo de este Apóstol, que no se arredra ante la descortés negativa
inicial de su amigo, que deberá superar los prejuicios pueblerinos. Felipe
tiene fe en que aquel joven rabino es el Mesías, y por eso lo anuncia con
valentía. Pensemos a quién podríamos decir, como a Natanael —Ven y verás.
Señor, en esta
escena también aprendemos de ti a tratar a las personas. Quizá nosotros
hubiéramos reaccionado con soberbia al saber del comentario irrespetuoso del cananeo,
tal vez con otra observación acerca de los defectos de su pueblo. Tu reacción,
en cambio, es de completa acogida: Vio
Jesús a Natanael acercarse y dijo de él: —Aquí tenéis a un verdadero israelita
en quien no hay doblez.
¡Cuánto habrías
rezado al Padre, Señor, por esa vocación! ¡Qué bien conocías de su ánimo
impetuoso ―como el
de Pedro―, que
sería muy importante para defender el Evangelio por media Asia después de tu
ascensión a los cielos! Y, quizás para
que supiéramos del valor que le das a esa virtud, lo defines con su sencillez,
con su sinceridad, con su humildad. —Aquí
tenéis a un verdadero israelita en quien no hay doblez. Por eso decíamos
que la colecta de la Misa centra su petición en que nos hagas sinceros como él:
«Fortalece, Señor, nuestra fe para que sigamos
a Cristo con la misma sinceridad de san Bartolomé».
Parte de esa
virtud que Jesús valora en Bartolomé es precisamente la humildad para reconocer
que estaba en el error, para acoger en su vida la verdad de Dios. Pero no se
trata de un simple cambio de idea, sino de aceptar el proyecto del Señor para
él, de cambiar su derrotero y seguir a Jesús hasta dar la vida en el martirio.
El Señor eleva la
mirada de los apóstoles, citando una profecía de Daniel. Contestó Jesús: —¿Porque te he dicho que te vi debajo de la higuera
crees? Cosas mayores verás. Y añadió: —En verdad, en verdad os digo que veréis
el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre.
Confirma que Él es el Mesías, que está acompañado por el Padre, como Jacob en el
sueño de la escala; pero también anuncia que en Él se cumplirán las profecías sobre
el Hijo del Hombre: los discípulos ―nosotros
también― debemos acompañarlo
en su entrega sacerdotal, hasta el sacrificio de la Cruz.
Pocos días
después, esos jóvenes seguidores de Jesús creerían en Él al ver cómo convertía
quinientos litros de agua en vino de la mejor calidad. Y lo haría precisamente
en Caná, la tierra de Natanael. Podría tomarse como un detalle con ese muchacho
hasta pocos días antes cegado por el regionalismo. Pero sabemos también que la
principal protagonista de ese pasaje es la Madre de Dios. La Virgen adelantó el
momento de los signos de su Hijo y, de esa manera, también aceleró la fe de
aquellos seguidores para que fueran idóneos de la vocación de Apóstoles.
También a Ella
acudimos para que nos alcance del Señor las gracias necesarias que hemos pedido
en esta celebración: «Fortalece, Señor,
nuestra fe para que sigamos a Cristo con la misma sinceridad de san Bartolomé, apóstol;
y concédenos, por su intercesión, que la Iglesia sea un instrumento eficaz de salvación
para todos los seres humanos».
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