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Identificación con Cristo



Se cumple hoy el 81º aniversario de la fundación del Opus Dei. Día de acción de gracias. A Dios, por haber querido la Obra; a San Josemaría, por haber sido instrumento fidelísimo en las manos de Dios. Damos gracias a Dios por la belleza de la Obra, por su juventud madura: por los países nuevos a los que se ha llegado en este año, por los fieles que han coronado su carrera terrena y gozan de Dios en el Cielo, por las vocaciones que han llegado, por la expansión, por la formación, por la fidelidad de todos. Por los frutos que ha tenido el año paulino en la Obra, por el año sacerdotal. Y pensaba que ese puede ser nuestro tema de diálogo hoy con el Señor: qué nos dice un nuevo aniversario del Opus Dei en medio del año sacerdotal.

Habremos oído –y escucharemos muchas veces, sobre todo este año- aquellas palabras de San Josemaría sobre el alma sacerdotal: “Todos, por el Bautismo, hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia, para ofrecer víctimas espirituales, que sean agradables a Dios por Jesucristo (1 Pe 2,5), para realizar cada una de nuestras acciones en espíritu de obediencia a la voluntad de Dios, perpetuando así la misión del Dios-Hombre” (Es Cristo que pasa, 96).

Sacerdotes de nuestra propia existencia. Alma sacerdotal. La cita de San Pedro “no deja lugar a dudas sobre el ámbito teológico en que se mueve lo que se está diciendo” (Rancan): también vosotros –como piedras vivas– sois edificados como edificio espiritual para un sacerdocio santo, con el fin de ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por medio de Jesucristo. Piedras vivas, edificadas sobre el fundamento que es Cristo, que es la piedra angular rechazada por los arquitectos. Toda la vida de este nuevo templo debe ser un acto de culto a Dios, por la unión con Cristo.

En este argumento se basaba San Josemaría para explicar la unidad de vocación en la Obra: en la figura de Cristo Sacerdote y en la identificación con Él que los fieles alcanzan por medio de la consagración bautismal. Por eso el cristiano no es solo otro Cristo, alter Christus, sino el mismo Cristo, ipse Christus. Al principio, San Josemaría aplicaba estas expresiones exclusivamente al sacerdote; más tarde, las aplicó a todos los cristianos. En Camino –cuyos setenta años de publicación estamos celebrando- aparecen en los números 66 y 67. Se trata del capítulo sobre dirección espiritual: “El Sacerdote —quien sea— es siempre otro Cristo”. “No quiero —por sabido— dejar de recordarte otra vez que el Sacerdote es «otro Cristo». —Y que el Espíritu Santo ha dicho: «nolite tangere Christos meos» —no queráis tocar a «mis Cristos»”.

Se trataba de una doctrina tradicional, pues así llamaban al sacerdote San Pío X y el Cardenal Mercier, entre otros. Pedro Rodríguez explica que esa expresión tiene dos sentidos: uno indicativo, que es lo que explica el n. 66: “El Sacerdote —quien sea— es siempre otro Cristo”, y otro imperativo: el sacerdote debe ser otro Cristo para los demás. Y aclara, en relación con la vida y la doctrina de San Josemaría, que “esta urgencia de transmitir a otros el misterio del sacerdote hay que ponerla en relación, me parece, con la renovada autoconciencia de su propio sacerdocio, que le fue concedida en los Ejercicios Espirituales que hizo en Segovia el mes anterior a nuestro texto, donde sacó este propósito (el noveno de una lista de once): «Recordar frecuentemente que soy... ¡alter Christus!»”.

Alter Christus, ipse Christus. Qué buen tema para recordar un 2 de octubre, cuando celebramos los 81 años del Opus Dei, en medio del año sacerdotal. San Josemaría plantea el mismo ideal para sacerdotes y laicos, la identificación con Cristo, el alma sacerdotal: «La llamada de Dios, el carácter bautismal y la gracia, hacen que cada cristiano pueda y deba encarnar plenamente la fe. Cada cristiano debe ser alter Christus, ipse Christus, presente entre los hombres» (Conversaciones, 58).

Encarnar plenamente la fe. Recordar frecuentemente que debemos ser alter Christus, ipse Christus. ¡Qué buen propósito para este día! Pidamos a la Virgen Santísima que nos ayude a ver, en este rato de oración, cómo conseguirlo, qué vía recorrer para lograrlo.

San Josemaría nos da una pista para comenzar el camino: Para acercarnos a Dios hemos de emprender el camino justo, que es la Humanidad Santísima de Cristo (Amigos de Dios, 299). El Padre Cipriano Rodríguez cuenta que, estando en el Oratorio de la Santísima Trinidad, decorado con hermosos bajorrelieves del escultor romano Sciancalepore, le dijo San Josemaría: «Aquí, en este Oratorio, me he pasado horas enteras contemplando la Humanidad Santísima de Jesucristo». Y otro fiel de la Prelatura le preguntó precisamente cómo tratar la Humanidad Santísima de Jesucristo, y recuerda que el Fundador de la Obra le respondió: -Repite muchas veces la jaculatoria: «Iesu, Iesu, esto mihi semper Iesu» (Jesús, Jesús, sé para mí siempre Jesús). No es otro el camino: contemplar la naturaleza humana de Cristo, “rozarla”, en la oración y en los sacramentos.

Oración. Un día como hoy, debemos tomar esa decisión de nuevo: aprender a ser almas de oración. Tratar de conocer más a Jesucristo, de hablar más frecuentemente con Él, de contemplar más su vida, para que sea nuestro modelo en todos los momentos y circunstancias de la vida. No basta con tener una idea general del espíritu de Jesús, sino que hay que aprender de El detalles y actitudes. Y, sobre todo, hay que contemplar su paso por la tierra, sus huellas, para sacar de ahí fuerza, luz, serenidad, paz. (Es Cristo que pasa, 107). Oración contemplativa, que cuaja en propósitos, que eleva nuestra temperatura interior.

Y sacramentos, que son las huellas de la Encarnación del Verbo (Conversaciones, 115). En la Confesión, nos revestimos de nuestro Señor Jesucristo (Rm 13,14), que nos despoja del hombre viejo. Renovamos el rechazo al pecado, nuestra opción por Dios. A pesar de la atracción que ejercen sobre nosotros las cosas de la tierra, nos dejamos atraer por Cristo, le demostramos nuestro deseo de ser fieles y le pedimos su gracia para lograrlo.

En la Eucaristía, nos hacemos consanguíneos suyos, como decía Benedicto XVI el pasado Jueves Santo: “¿Podemos ahora hacernos al menos una idea de lo que ocurrió en la hora de la última Cena y que, desde entonces, se renueva cada vez que celebramos la Eucaristía? Dios, el Dios vivo establece con nosotros una comunión de paz, más aún, Él crea una “consanguinidad” entre Él y nosotros. Por la encarnación de Jesús, por su sangre derramada, hemos sido injertados en una consanguinidad muy real con Jesús y, por tanto, con Dios mismo. La sangre de Jesús es su amor, en el que la vida divina y la humana se han hecho una cosa sola. Pidamos al Señor que comprendamos cada vez más la grandeza de este misterio. Que Él despliegue su fuerza trasformadora en nuestro interior, de modo que lleguemos a ser realmente consanguíneos de Jesús, llenos de su paz y, así, también en comunión unos con otros”.

Consanguíneos, transformados por Él en otros Cristos, el mismo Cristo. En cuáles campos, nos dirá el Señor a cada uno, en la oración y en la dirección espiritual. Un ejemplo concreto: en la carta de este mes el Prelado glosa la última encíclica con unas ideas muy concretas que nos pueden ayudar en esa labor de dejarnos transformar por Cristo, de ser Ipse Christus: “Un hombre o una mujer de fe ha de aprovechar esta situación para mejorar personalmente en la práctica de la virtud, cuidando con esmero el espíritu de desprendimiento, la rectitud de intención, la renuncia a bienes superfluos, y tantos detalles más. Sabe, por otra parte, que en todo instante estamos en las manos de Dios, nuestro Padre; y que si la Providencia divina permite estas dificultades, lo hace para que saquemos bien del mal: Dios escribe derecho con renglones torcidos. Atravesamos un tiempo propicio para acrisolar la fe, fomentar la esperanza y favorecer la caridad; y para desempeñar nuestra tarea —la que sea— con rigor profesional, con rectitud de intención, ofreciendo todo para que en la sociedad se cree un auténtico sentido de responsabilidad y de solidaridad. ¿Rezamos para que se resuelva el grave problema del paro?”

«Nuestra Señora, Santa María, hará que seas alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, ¡el mismo Cristo!” Así concluye San Josemaría la homilía “Vocación cristiana”, ofreciendo como la síntesis de esa llamada. Nuestra Señora hará que, en este nuevo año de la Obra, vivamos cada vez mejor la vida de oración y de sacramentos, como medios para identificarnos con Cristo, para poder decir, como San Pablo: no soy yo el que vivo, es Cristo quien vive en mí (Gal 2,20)

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