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80 años de las mujeres del Opus Dei



1. Hace 80 años, Nuestro Señor hizo entender a San Josemaría, durante la celebración del Sacrificio eucarístico, que la luz fundacional del Opus Dei abarcaba también a las mujeres. Así lo describía él mismo: “el 14 de febrero de 1930, celebraba yo la misa en la capillita de la vieja marquesa de Onteiro, madre de Luz Casanova, a la que yo atendía espiritualmente, mientras era Capellán del Patronato. Dentro de la Misa, inmediatamente después de la Comunión, ¡toda la Obra femenina! No puedo decir que vi, pero sí que intelectualmente, con detalle (después yo añadí otras cosas, al desarrollar la visión intelectual), cogí lo que había de ser la Sección femenina del Opus Dei. Di gracias, y a su tiempo me fui al confesonario del P. Sánchez. Me oyó y me dijo: esto es tan de Dios como lo demás” [Cf. Vázquez de Prada A. El Fundador del Opus Dei. vol. I, p. 323].


Se cumplen ochenta años desde que el Fundador del Opus Dei “cogió intelectualmente” lo que había de ser el apostolado de las mujeres de la Obra. Hace unos días, el Prelado escribía a los fieles de la Obra que “desde el 14 de febrero de 1930, San Josemaría trabajó por abrir este camino de santidad en medio del mundo, el Opus Dei, a mujeres de todas las profesiones, razas y condiciones sociales. Ahora manifestamos nuestra gratitud a la Santísima Trinidad, porque es una realidad que esa labor ha arraigado con hondura y extensión en todo el mundo, a pesar de las grandes dificultades que tuvo que superar, especialmente en los comienzos”. Si ya era difícil predicar que los hombres no tenían que salirse del mundo para buscar la santidad, con mayor razón –estamos hablando de 80 años atrás- si esa invitación se dirigía a las mujeres…


El Prelado ayuda a entender esas contradicciones haciendo ver que entonces era muy raro que las mujeres cursaran estudios universitarios o que trabajaran fuera del hogar —a excepción de los trabajos manuales que siempre habían realizado—, y más raro aún que ocuparan puestos de responsabilidad civil, social o académica. Recuerdo que alguien entendió mejor esta idea cuando supo que las mujeres del Opus Dei fueron de las primeras en tener licencia de conducción. También fueron grandes las dificultades que tuvo que sortear San Josemaría para lograr que sus hijas pudieran estudiar altos estudios teológicos.


Por eso damos gracias a Dios, por haber suscitado esta corriente espiritual que –unida a otras realidades, espirituales y humanas- han forjado el reconocimiento —también en las leyes civiles— de la dignidad de la mujer, su igualdad de derechos y deberes respecto al varón. ¡Qué bien hace sus cosas, el Señor! Por eso le damos gracias, porque ha recordado esa dimensión de familia que caracteriza a la Iglesia, en la cual cada miembro tiene su peculiar papel, para mostrar la imagen de Dios (Uno y Trino).


La teología católica no deja de reconocer el papel insustituible del genio femenino en la familia, en la sociedad, en todos los campos. Por eso, el Concilio Vaticano II proclamó con toda solemnidad: “Llega la hora, ha llegado la hora en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiere en el mundo una influencia, un peso, un poder jamás alcanzados hasta ahora. Por eso, en este momento en que la humanidad conoce una mutación tan profunda, las mujeres llenas del espíritu del Evangelio pueden ayudar tanto a que la humanidad no decaiga”.


2. Pero volvamos a esa mañana, a aquella capilla donde un joven sacerdote celebraba la Eucaristía: “Dentro de la Misa, inmediatamente después de la Comunión, ¡toda la Obra femenina!”. Por eso, cada vez que San Josemaría recordaba esta fecha, procuraba pasar oculto, insistiendo en que el protagonismo del aniversario es del Señor. Por ejemplo, decía en una charla en 1959: “Quería estar hoy con vosotras, mis hijas, porque celebramos el aniversario de aquel día en que Nuestro Señor se dignó abrir a las mujeres este camino divino en la tierra”.


Estamos en mitad del año sacerdotal, y no es simple coincidencia el contexto de esta luz de Dios que hoy celebramos. ¿En cuál mejor momento podría ver San Josemaría la voluntad de Dios sobre su Obra, sino dentro de la Misa? Después de la Comunión, en momentos de especial unión con Cristo sacramentado. Nos sirve para pensar en nuestra propia Misa: ¿escuchamos a Dios con hambre de cumplir su Voluntad? ¿Estamos atentos para escuchar sus deseos?


Para vivir mejor la Santa Misa, nos pueden servir estas palabras del Siervo de Dios Juan Pablo II, pronunciadas en 1995: «En el arco de casi cincuenta años de sacerdocio, la celebración de la Eucaristía sigue siendo para mí el momento más importante y más sagrado. Tengo plena conciencia de celebrar en el altar in persona Christi. Jamás en el curso de estos años, he dejado la celebración del Santísimo Sacrificio. Si esto sucedió alguna vez, fue sólo por motivos independientes de mi voluntad. La Santa Misa es de modo absoluto el centro de mi vida y de toda mi jornada».


Por eso, en todos los centros del Opus Dei se procurará dar el mayor realce posible a esta fecha, celebrando, donde sea posible, la Santa Misa cantada y la exposición solemne con Te Deum. Y le pediremos a la Virgen que, en este nuevo año que comienza, La Santa Misa sea de modo absoluto el centro de nuestra vida y de toda nuestra jornada.


El apunte de San Josemaría continúa: “No puedo decir que vi, pero sí que intelectualmente, con detalle (después yo añadí otras cosas, al desarrollar la visión intelectual), cogí lo que había de ser la Sección femenina del Opus Dei. Di gracias, y a su tiempo me fui al confesonario del P. Sánchez. Me oyó y me dijo: esto es tan de Dios como lo demás”. Desarrollar la visión intelectual, estudiar, trabajar cada día, pues ése es el núcleo del mensaje sobrenatural de la Obra: santificar el trabajo ordinario. Dar gracias, como hacemos hoy. Y acudir a la dirección espiritual. Es una muestra de docilidad a la gracia, de humildad, de confiar en la luz que el Espíritu Santo brinda a la persona que guía nuestra alma. También, un motivo de confirmar lo que se ve en la oración o en la Misa: esto es tan de Dios como lo demás. Damos gracias a la Trinidad por ese designio suyo, como lo hacía el Fundador, que decía en 1955: “La Obra, verdaderamente, sin esa voluntad expresa del Señor y sin vuestras hermanas, hubiera quedado manca”.


3. ¿Y cuál es la mejor manera de dar gracias a Dios? – Haciéndolas llegar a la Santísima Trinidad por manos de la Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra. Por eso, para que todos en la Obra celebren este aniversario muy unidos a Santa María, el Prelado ha querido que desde esa fecha, y hasta el 14-II-2011, se viva en la Prelatura un Año mariano en acción de gracias a la Santísima Trinidad, acudiendo a la intercesión de nuestra Madre del Amor Hermoso, bajo la mirada complacida de San Josemaría, para que los fieles de la Prelatura sirvan lealmente a la Iglesia Santa, y a las almas.


El Prelado apuntaba en la carta de febrero unos detalles sobre la forma en que quería que se viviera el año mariano: A lo largo de estos meses, nos esforzaremos por honrar más y mejor a nuestra Madre, sobre todo cuidando con esmero el rezo y contemplación del Santo Rosario, difundiendo esta devoción entre nuestras familias y nuestros amigos. Y demos gracias a Dios, expresamente, por la tarea de las mujeres que se ocupan de la atención material de los Centros de la Prelatura, que contribuye decisivamente a mantener y mejorar el clima de hogar que el Señor infundió en la Obra, cuando la inspiró a nuestro Padre en 1928”.


Nos pueden servir, para este agradable empeño, unas palabras de San Josemaría: “María santifica lo más menudo, lo que muchos consideran erróneamente como intrascendente y sin valor: el trabajo de cada día, los detalles de atención hacia las personas queridas, las conversaciones y las visitas con motivo de parentesco o de amistad. ¡Bendita normalidad, que puede estar llena de tanto amor de Dios! Porque eso es lo que explica la vida de María: su amor. Un amor llevado hasta el extremo, hasta el olvido completo de sí misma, contenta de estar allí, donde la quiere Dios, y cumpliendo con esmero la voluntad divina. Eso es lo que hace que el más pequeño gesto suyo, no sea nunca banal, sino que se manifieste lleno de contenido. María, Nuestra Madre, es para nosotros ejemplo y camino. Hemos de procurar ser como Ella, en las circunstancias concretas en las que Dios ha querido que vivamos” (Es Cristo que pasa, 148).


La Virgen María, Madre del Amor Hermoso, nos ayudará a recorrer este camino con la ilusión renovada. Además, coincidirá el primer semestre con la recta final del año sacerdotal. Por eso, también le pediremos a Ella por los frutos de este Año convocado por el Papa Benedicto XVI, rezando especialmente para que todos los fieles tengamos un alma sacerdotal vibrante, y para que sepamos comunicar la alegría de ese don a las personas que tratamos.


Podemos terminar con unas palabras de San Josemaría, con las que terminaba la homilía que citamos antes: “El Señor quiere de nosotros que no desaprovechemos esta ocasión de crecer en su Amor a través del trato con su Madre. Que cada día sepamos tener con Ella esos detalles de hijos —cosas pequeñas, atenciones delicadas—, que se van haciendo grandes realidades de santidad personal y de apostolado, es decir, de empeño constante por contribuir a la salvación que Cristo ha venido a traer al mundo” (Es Cristo que pasa, 149).

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