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Optimismo y esperanza cristiana



Comienza un nuevo año, al menos en lo laboral, para muchos. Aunque ya llevamos un mes, el inicio de febrero nos hace caer en la cuenta de que el año nuevo no da espera: ¡ya gastamos la duodécima parte! Y el inicio de un año siempre crea expectativas: es famoso el chiste del fanático de un equipo malo de fútbol que repite: “este año sí”. Pero también nos acechan miedos: la crisis económica, los vaivenes de la política, las normas que emanarán los gobernantes de turno, si seremos capaces de lograr los objetivos, cómo responderá nuestra salud… En la vida interior, un poco de lo mismo: cómo responderemos a lo que nos pide Dios; dudamos de nuestras capacidades, parece que cada vez fuéramos peores o, al menos, que no mejoramos. Como si las tentaciones fueran mayores o nuestras defensas cada vez más débiles. Por fuera y por dentro se nota la “mancha viscosa que extienden los sembradores del odio”: crece la tentación del pesimismo.

Por otra parte, la liturgia del IV domingo nos muestra motivos para la esperanza: en la primera lectura, el Señor anuncia a Moisés que siempre tendremos un profeta como él: “yo suscitaré en medio de tus hermanos un profeta como tú; pondré mis palabras en su boca y él les dirá lo que yo le mande”. Sabemos que esa promesa se cumplió en Jesucristo, el profeta definitivo y eterno.

En el ciclo B meditamos cada domingo el Evangelio de Jesucristo escrito por San Marcos, el segundo en antigüedad, que reproduce la predicación de Pedro. Aunque hay pocos comentarios de los Padres sobre este Evangelio, es uno de los más valorados actualmente por su cercanía al tiempo de Cristo y su espontaneidad, que facilitan “meterse” más en las escenas, acercarse más a Jesús. En el Evangelio de Marcos se insiste mucho en lo que hoy se llama “el misterio de Jesús”: es decir, el repetido mandato de guardar el secreto de su mesianismo, de su condición de Hijo de Dios.

Es lo que vemos en el primer capítulo (vv. 21-28), donde notamos que se cumple la profecía de Moisés: “Entraron en Cafarnaún y, en cuanto llegó el sábado, fue a la sinagoga y se puso a enseñar. Y se quedaron admirados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene potestad y no como los escribas. Se encontraba entonces en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu impuro, que comenzó a gritar: —¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a perdernos? ¡Sé quién eres: el Santo de Dios! Y Jesús le conminó: —¡Cállate, y sal de él! Entonces, el espíritu impuro, zarandeándolo y dando una gran voz, salió de él. Y se quedaron todos estupefactos, de modo que se preguntaban entre ellos: — ¿Qué es esto? Una enseñanza nueva con potestad. Manda incluso a los espíritus impuros y le obedecen. Y su fama corrió pronto por todas partes, en toda la región de Galilea”.

En el relato vemos precisamente lo que dijimos antes: Jesús rechaza el reconocimiento que le hacen los demonios como Santo de Dios. Pero podemos fijarnos en la conclusión de la escena: la gente queda atónita, “estupefacta”, por la autoridad del nuevo Profeta, que incluso domina a los espíritus maléficos.

Podemos tomarlo como una respuesta a nuestros miedos, a esos malos espíritus que sentimos alrededor y que pueden llenarnos de miedo. Encontramos la razón última del anuncio de los dos recientes Papas a la humanidad: “no tengáis miedo”, nos repiten. Vienen a la memoria unas palabras de San Josemaría que han llenado de optimismo a muchos:  

Es posible que muchas veces triunfe aquí el enemigo de Dios. Pero eso no nos va a retraer de trabajar, porque Cristo también está aquí triunfando, en medio de los hombres. Todas las criaturas -también Satanás y sus espíritus malignos- se rinden ante la majestad de Jesucristo y le sirven. El Señor sigue triunfando ahora en medio de los hombres. Cristo no ha fracasado: su vida y su doctrina están fecundando continuamente la tierra. ¡Optimistas, pues!”

Lo vimos en el Evangelio, y lo notamos también hoy: Cristo también está aquí triunfando, en medio de los hombres. Aunque a veces no se note, aunque parezca que vence el mal, El Señor sigue triunfando ahora en medio de los hombres. La conclusión, contemplando el relato de hoy, no puede ser otra que: ¡Optimistas, pues!

Pero la actitud cristiana supera con mucho al optimismo humano. Los hijos de Dios sabemos que en Cristo se cumple la promesa de Moisés: es uno de nuestros hermanos, en su boca están las palabras de Dios y nos dice lo que manda el Señor. Es más: se encuentra de continuo junto a nosotros. Y nos manda: Duc in altum! ¡Mar adentro y echad vuestras redes para la pesca! (Lc 5,4). Por eso, superamos todos los temores, porque Él está comandando la barca. Y si sentimos miedo, nos repite: “Tened confianza. Soy Yo. No temáis” (Mt 14, 27).

El Apóstol de las gentes nos enseña que la esperanza “no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado”. Y esa esperanza nos impulsa a enfrentar el nuevo año con conciencia de misión: “Movidos por la fuerza de la esperanza, lucharemos para borrar la mancha viscosa que extienden los sembradores del odio, y redescubriremos el mundo con una perspectiva gozosa, porque ha salido hermoso y limpio de las manos de Dios, y así de bello lo restituiremos a El” (San Josemaría, Amigos de Dios, n. 219).

Redescubrir el mundo: mirarlo con el filtro de la mirada divina, que ―al crearlo― vio que era bueno. Adquirir la perspectiva gozosa del materialismo cristiano: el mundo es bueno, porque viene de Dios y porque la vida y la doctrina de Cristo están fecundando continuamente la tierra. Pero la esperanza no es pasiva: nos mueve a esa maravillosa misión de restituirle a Dios el mundo hermoso, limpio y bello.

La esperanza, enseña el Compendio del Catecismo de la Iglesia (n. 387), “es la virtud teologal por la que deseamos y esperamos de Dios la vida eterna como nuestra felicidad, confiando en las promesas de Cristo, y apoyándonos en la ayuda de la gracia del Espíritu Santo para merecerla y perseverar hasta el fin de nuestra vida terrena”. Esta virtud nos enseña el verdadero valor de las cosas de la tierra, que no son más que instrumentos para alcanzar el verdadero bien, que es el Señor.

Decíamos al comienzo que, ante el empuje de un nuevo año, podemos sentirnos incapaces. Puede ser una situación buena, si nos lleva a reaccionar humildemente, acudiendo a Dios, apoyándonos en la ayuda de la gracia del Espíritu Santo, no en nuestras fuerzas. 

La esperanza nos ayuda a vencer todas las asechanzas del enemigo. Por eso San Pablo (1 Tes 5,8) también nos invita a que “estemos revestidos con la coraza de la fe y de la caridad, con el yelmo de la esperanza de salvación”. Ese yelmo nos ayudará a mantener fija la cabeza, con la mirada en el cielo.

Para esta batalla contamos con el apoyo de Nuestra Madre, María. Ella, “Esperanza nuestra”, cuidará de nosotros cada que la invoquemos, especialmente cuando estemos más necesitados. Nos lo garantiza la misma Palabra de Dios, no solo al comienzo del Nuevo Testamento, en el Evangelio de Marcos, sino también al final, en el último libro de la Biblia. Como explica Benedicto XVI, “Todas las fuerzas de la violencia del mundo parecen invencibles, pero María nos dice que no lo son. La Mujer, como nos muestran el Apocalipsis y el Evangelio, es más fuerte porque Dios es más fuerte. Ciertamente, en comparación con el dragón, tan armado, esta Mujer, que es María, que es la Iglesia, parece indefensa, vulnerable. Y realmente Dios es vulnerable en el mundo, porque es el Amor, y el amor es vulnerable. A pesar de ello, él tiene el futuro en la mano; vence el amor y no el odio; al final vence la paz (Homilía 15-VIII-06).

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