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Apostolado. Pescadores de hombres



Cuando un psiquiatra quiere descubrir los síntomas psicóticos de un paciente aparentemente normal, una pregunta clave es la siguiente: ¿tiene usted alguna misión en la vida? Muchas veces, en la respuesta surgen ambiciones maníacas, inalcanzables, que manifiestan una enfermedad de fondo. A pesar de jugar con trampa, podemos hacernos ahora esa misma pregunta, pues no solo es síntoma psiquiátrico tener una respuesta, sino también no tenerla.

En la anterior anotación considerábamos el misterio de la vocación. Dios llama, desde antes de crearnos, como vimos en el caso de Jeremías. Pero… ¿llama para qué? La vocación es al mismo tiempo una misión, tiene un contenido concreto, que es el sentido de la vida. Es lo que vemos en el caso de Isaías, que –aún siendo consciente de su indignidad: “Soy un hombre de labios impuros, que habito en un pueblo de labios impuros, y he visto con mis propios ojos al Rey y Señor todopoderoso”- recibe la vocación en forma de pregunta: “oí la voz del Señor, que decía: "¿A quien enviaré?, ¿quién irá por nosotros?" Respondí: "Aquí estoy yo, envíame". En el Nuevo Testamento (Lucas 5,1-11) la misión es muy clara: Síganme, dice el Señor a unos pescadores, y yo los haré pescadores de hombres. La respuesta de estos hombre es ejemplar: Dejándolo todo, lo siguieron.

Dejarlo todo y seguirlo. Decirle que nos envíe. Es lo que Benedicto XVI consideraba al inicio de su nueva vocación, la de Papa, en la homilía de inicio de ministerio (24-IV-05): “También hoy se dice a la Iglesia y a los sucesores de los apóstoles que se adentren en el mar de la historia y echen las redes, para conquistar a los hombres para el Evangelio, para Dios, para Cristo, para la vida verdadera. Los Padres han dedicado también un comentario muy particular a esta tarea singular. Dicen así: para el pez, creado para vivir en el agua, resulta mortal sacarlo del mar. Se le priva de su elemento vital para convertirlo en alimento del hombre. Pero en la misión del pescador de hombres ocurre lo contrario. Los hombres vivimos alienados, en las aguas saladas del sufrimiento y de la muerte; en un mar de oscuridad, sin luz. La red del Evangelio nos rescata de las aguas de la muerte y nos lleva al resplandor de la luz de Dios, en la vida verdadera. Así es, efectivamente: en la misión de pescador de hombres, siguiendo a Cristo, hace falta sacar a los hombres del mar salado por todas las alienaciones y llevarlo a la tierra de la vida, a la luz de Dios. Así es, en verdad: nosotros existimos para enseñar Dios a los hombres. Y únicamente donde se ve a Dios, comienza realmente la vida. Sólo cuando encontramos en Cristo al Dios vivo, conocemos lo que es la vida. No somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario. Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con él. La tarea del pastor, del pescador de hombres, puede parecer a veces gravosa. Pero es gozosa y grande, porque en definitiva es un servicio a la alegría, a la alegría de Dios que quiere hacer su entrada en el mundo”.

Comentarios

  1. Muy bueno el recurso de la trampa psicológica, también me gustó la brevedad.

    Además le vino bien al blog el cambio de look.

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