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Motivos de esperanza


Cada año, en la segunda mitad de noviembre, la liturgia de la Iglesia expone un tema que genera temor en la sociedad actual: el fin del mundo. El ser humano se asusta ante la posibilidad de que esta vida se acabe. Y, al mismo tiempo, cualquier película que hable de este asunto tiene taquilla asegurada.

En teología, la materia que estudia estos argumentos, llamada “Escatología”, es una de las que más controversias suscita: ¿en qué consiste propiamente la muerte? ¿qué sucede después de ella? ¿qué son esas estructuras conocidas como el cielo, el purgatorio, el infierno? ¿en verdad existen, o son mitos ya superados?

Precisamente por eso la Iglesia insiste en el anuncio de este tema, no sea que, inmersos en la barahúnda de la existencia cotidiana, nos vaya a suceder lo que decía la revista Time: «Nunca hemos corrido tan deprisa hacia ninguna parte».

La Revelación cristiana nos enseña que esta vida terrena tiene un origen y un destino, que es Dios. Y con esa instrucción no solo no le quita horizontes al pensamiento, sino que, por el contrario, le abre perspectivas. Juan Pablo II exponía en la Encíclica Fides et Ratio que uno de los problemas del hombre y la mujer contemporáneos es la falta de sentido. Y el anuncio de una meta a la cual se orienta nuestra vida es precisamente ese rumbo que tanto necesitamos. 

Ya en el Antiguo Testamento se prefigura la visión profética (Daniel 12,1-3): surgirá Miguel, el gran príncipe, protector de tu pueblo. Será un tiempo de angustia como no hubo otro desde que existen las naciones. Cuando llegue ese momento, todos los hijos de tu pueblo que estén escritos en el libro se salvarán. Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra despertarán: unos para la vida eterna, otros para la vergüenza, para el castigo eterno.

Por eso en el Salmo 15 le pedimos al Señor: Enséñanos el camino de la vida. Se trata de pedir a Dios que nos ayude a comportarnos como hijos de su pueblo, escritos en el libro de los bautizados: Señor, tú eres mi alegría y mi herencia, mi destino está en tus manos. Por eso se me alegra el corazón y todo mi ser descansa tranquilo; porque no me abandonarás en el abismo, ni dejarás a tu fiel experimentar la corrupción.

En este contexto se puede recordar la llamada del Maestro: Velad y orad, para que podáis presentaros sin temor ante el Hijo del hombre. Las personas de fe no tienen temor ante la muerte, ni ante el futuro, pues saben que, si velan y oran, se presentarán ante Aquél al que han procurado amar a lo largo de su vida, que sus nombres están escritos en el libro de los elegidos.

Las enseñanzas de Evangelio siempre nos llenan de esperanzas (Mc 13,24-32): Entonces verán venir al Hijo del hombre entre nubes con gran poder y gloria; él enviará entonces a los ángeles y reunirá de los cuatro vientos a sus elegidos, desde el extremo de la tierra al extremo del cielo.

San Agustín previene ante la tentación –que ya tuvieron los tesalonicenses— de esperar al último momento para portarse bien, hasta cuando Jesús esté a punto de llegar. Dice el Obispo de Hipona: “No pongamos resistencia a su primera venida y no temeremos la segunda”. Con la primera venida se refiere a la predicación de la Iglesia. Si nos esforzamos por vivir de acuerdo con sus enseñanzas, no hay por qué temer el día del juicio final. Esta actitud se favorece en la vida individual del cristiano, pero también en su vida social y eclesiástica, por la virtud de la esperanza. Se trata de una virtud teologal, que nos ayuda a enfrentar la vida con ojos optimistas.

En agosto de 2006, un sacerdote le preguntaba a Benedicto XVI si había esperanza para una diócesis pequeña, en una sociedad postmoderna, llena de dificultades, etc. La respuesta fue: “Respondo sin dudarlo: sí. Naturalmente, tenemos esperanza: la Iglesia está viva. Tenemos dos mil años de historia de la Iglesia, con tantos sufrimientos, incluso con tantos fracasos. Pensemos en la Iglesia en Asia menor, la grande y floreciente Iglesia de África del norte, que con la invasión musulmana desapareció. Por tanto, porciones de Iglesia pueden desaparecer realmente, como dice san Juan en el Apocalipsis, o el Señor a través de san Juan: Si no te arrepientes, iré donde ti y cambiaré de su lugar tu candelero (Ap 2,5). Pero, por otra parte, vemos cómo entre tantas crisis la Iglesia ha resurgido con nueva juventud, con nueva lozanía.

En el siglo de la Reforma, la Iglesia católica parecía en realidad casi acabada. Parecía triunfar esa nueva corriente, que afirmaba: ahora la Iglesia de Roma se ha acabado. Y vemos que con los grandes santos, como Ignacio de Loyola, Teresa de Ávila, Carlos Borromeo, y otros, la Iglesia resurgió. Encontró en el concilio de Trento una nueva actualización y una revitalización de su doctrina. Y revivió con gran vitalidad. Lo vemos también en el tiempo de la Ilustración, en el que Voltaire dijo: "Por fin se ha acabado esta antigua Iglesia, vive la humanidad". Y ¿qué sucedió, en cambio? La Iglesia se renovó. En el siglo XIX florecieron grandes santos, hubo una nueva vitalidad con tantas congregaciones religiosas: la fe es más fuerte que todas las corrientes que van y vienen. Lo mismo sucedió en el siglo pasado. Hitler dijo en cierta ocasión: "La Providencia me ha llamado a mí, un católico, para acabar con el catolicismo. Sólo un católico puede destruir el catolicismo". Estaba seguro de contar con todos los medios para destruir por fin al catolicismo. Igualmente la gran corriente marxista estaba segura de realizar la revisión científica del mundo y de abrir las puertas al futuro: "la Iglesia está llegando a su fin, está acabada". Pero la Iglesia es más fuerte, según las palabras de Cristo. Es la vida de Cristo la que vence en su Iglesia.

También en tiempos difíciles, cuando faltan las vocaciones, la palabra del Señor permanece para siempre. Y, como dice el Señor mismo, el que construye su vida sobre esta roca de la palabra de Cristo, construye bien. Por eso, podemos tener confianza. Vemos también en nuestro tiempo nuevas iniciativas de fe. Vemos que en África la Iglesia, a pesar de todos sus problemas, tiene una gran floración de vocaciones que estimula. Y así, con todas las diversidades del panorama histórico de hoy, vemos -y no sólo, creemos- que las palabras del Señor son espíritu y vida, son palabras de vida eterna. San Pedro dijo: Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros hemos creído y conocido que tú eres el santo de Dios (Jn 6,69). Y viendo a la Iglesia de hoy; viendo la vitalidad de la Iglesia, a pesar de todos sus sufrimientos, podemos decir también nosotros: hemos creído y conocido que tú tienes palabras de vida eterna y, por tanto, una esperanza que no defrauda”.

La comunión de los santos es otro motivo de esperanza: "La consideración de esta realidad alimentará además nuestra esperanza cuando las fuerzas del mal se hagan presentes con mayor virulencia en el mundo, abriendo quizá una puerta al pesimismo. ¡No demos cabida a esta tentación, hijas e hijos míos!" (Echevarría, Carta 1-XI-2006)

Son palabras que recuerdan aquellas otras de San Josemaría: "Es posible que muchas veces triunfe aquí el enemigo de Dios. Pero eso no nos va a retraer de trabajar, porque Cristo también está aquí triunfando, en medio de los hombres. Todas las criaturas -también Satanás y sus espíritus malignos- se rinden ante la majestad de Jesucristo y le sirven. El Señor sigue triunfando ahora en medio de los hombres. Cristo no ha fracasado: su vida y su doctrina están fecundando continuamente la tierra. ¡Optimistas, pues!"

De frente a un futuro incierto, cuando la sociedad parece en ocasiones querer alejarse de Dios, la actitud cristiana ha de ser la misma: Naturalmente, tenemos esperanza: la Iglesia está viva. Desde el Calvario contamos, además, con otro motivo de esperanza: la Madre de Dios, que pasó a ser entonces también Madre nuestra. A ella acudimos con esa jaculatoria tradicional: Santa María, Esperanza nuestra, ruega por nosotros.

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