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Asunción de María

Canta la liturgia en honor de la Asunción: “Oh Virgen María, alegría del mundo y estrella nueva del Cielo, que engendraste al Sol, de Quien Tú misma eres creadora: no dejes de acercar tu mano y auxiliar al caído. Puesto que nadie ignora que Tú eres la Escala tendida por Dios, por medio de la cual el Verbo descendió al mundo ayúdanos a escalar hasta la cumbre del Cielo. El coro beatísimo de los Ángeles y el de los Apóstoles y los Profetas, te admiran como la Criatura más alta y noble, después de Dios”. La Misa de hoy comienza con esta antífona: “Alegrémonos todos en el Señor y alabemos al Hijo de Dios, junto con los ángeles, al celebrar hay la Asunción al cielo de nuestra Madre, la Virgen María”.

Y en la oración colecta se resumen nuestros sentimientos de este día: “Dios todopoderoso y eterno, que hiciste subir al cielo en cuerpo y alma a la inmaculada Virgen María, Madre de tu Hijo; concédenos vivir en este mundo sin perder de vista los bienes del cielo y con la esperanza de disfrutar eternamente de su gloria”. La confianza en esa Escalera tendida por Dios, que no deja de acercar su mano y de auxiliar al caído, nos ayuda a poner los ojos donde tienen que estar: en la vida eterna, en la gloria divina.

Ya en el siglo IV un texto de San Efrén afirma que el cuerpo de la Virgen no sufrió corrupción, que puede interpretarse como una de las primeras alusiones a esta fiesta. También lo sugieren San Ambrosio y San Gregorio de Nisa. Y con toda claridad lo afirma San Epifanio. A mediados del siglo VI ya se celebraba en Oriente la fiesta de la koimesis o Dormición de la Virgen, recuerdo del “tránsito” de María al Cielo. En el siglo VII quedó definitivamente establecida en Roma como fiesta de la “Asunción de Santa María”, con toda la solemnidad. 

En 1950, Pío XII proclamó la constitución Munificentissimus Deus, en la que afirmaba que es “dogma divinamente revelado que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial”. Antes de proclamar el dogma, este Papa hizo lo mismo que su antecesor Pío IX había hecho en 1854, para proclamar el dogma de la Inmaculada Concepción con la bula Ineffabilis Deus: consultó a todo el episcopado, para que quedara claro que el fundamento de la proclamación del dogma era la fe católica. Como escribe Bastero, “toda la Iglesia –docente y discente- creía la Asunción de la Virgen como verdad revelada por Dios”.

El significado teológico de esta fiesta consiste en creer que María es la primera redimida por su Hijo. La perfección con que fue redimida abarca toda su existencia, desde la Concepción Inmaculada hasta su glorificación, que hoy celebramos: la Asunción a los cielos y su consideración como Reina. Por eso van unidas las dos fiestas: justo una semana después, el 22 de agosto, se celebra la fiesta de María Reina. Lo enseñaba Pablo VI: “la solemnidad de la Asunción se prolonga jubilosamente en la celebración de la fiesta de la realeza de María, que tiene lugar ocho días después y en la que se contempla que ella, sentada junto al rey de los siglos, resplandece como reina e intercede como madre”

El fundamento de esta gloria es su maternidad divina y humana: por su unión con Jesús, recibió de modo especial las gracias que Él nos alcanzó. Esto explica todos los dogmas marianos: la Inmaculada Concepción, la virginidad perpetua, la maternidad divina, su Asunción a los cielos.

Por eso canta la Iglesia: “Como Aurora rebosante de luz, te encumbras en lo alto del Cielo, Sol resplandeciente y bellísima Luna, oh María. Hoy asciende al Trono de la gloria la Reina del mundo, por gracia de su Hijo, que existe antes del lucero. Elevada por encima de los Ángeles, y sobre los coros celestiales, es la única Mujer que transciende de los méritos de todos los Santos. Al que había dado calor en su seno y colocado en un pesebre, lo contempla ahora, como Rey del Universo, desde la gloria del Padre”. 

También lo recuerda el Catecismo de la Iglesia en el punto 966: “Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada libre de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los Señores y vencedor del pecado y de la muerte” (LG 59; cf. DS 3903). 

La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos: En tu parto has conservado la virginidad, en tu dormición no has abandonado el mundo, oh Madre de Dios: tú te has reunido con la fuente de la Vida, tú que concebiste al Dios vivo y que, con tus oraciones, librarás nuestras almas de la muerte (Liturgia bizantina, Tropario de la fiesta de la Dormición)”.

El fundamento escriturístico lo encontramos en las lecturas de la fiesta: Una mujer vestida de sol, la luna a sus pies. (Ap 11, 19a; 12, 1-6a.10ab). También el Salmo 44: de pie, a tu derecha, está la reina. Escucha hija, mira y pon atención; olvida tu pueblo y la casa de tus padres. Has cautivado al rey con tu hermosura; él es tu Señor, inclínate ante él. En medio de festejos y cantos, entran en el palacio real. Y la primera carta a los corintios (15, 20-27): Resucitó primero Cristo, como primicia; después los que son de Cristo.

Terminamos con la oración para después de la comunión: Tú que nos has hecho participes de este sacramento de vida eterna, concédenos, Señor, por intercesión de la Virgen María en este día de su Asunción al cielo, alcanzar la gloria de la resurrección.

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