
En la vida espiritual, pasa lo mismo: hay unas realidades vitales para nuestra existencia, en las que pensamos poco. Una de ellas es la acción del Espíritu Santo en nosotros. San Josemaría titula una homilía de Pentecostés llamándolo así: "El Gran Desconocido". De su propia vida interior, podemos tomar una experiencia para nuestra vida. Cuando era un joven sacerdote, su director espiritual le sugirió: "Frecuente el trato con el Espíritu Santo. No le hable: óigale".
Siempre me gusta pensar cómo habríamos reaccionado nosotros ante ese consejo: quizá lo hubiéramos llevado una o dos veces a la oración, cuando no hubiéramos pensado que era poco profundo, sin sustancia. Esa es la diferencia entre una vida discreta y la respuesta santa a las mociones del Espíritu. San Josemaría reaccionó de un modo que aparece velado en el punto 430 de Forja: "No te limites a hablar al Paráclito, ¡óyele!
En tu oración, considera que la vida de infancia, al hacerte descubrir con hondura que eres hijo de Dios, te llenó de amor filial al Padre; piensa que, antes, has ido por María a Jesús, a quien adoras como amigo, como hermano, como amante suyo que eres...
Después, al recibir este consejo, has comprendido que, hasta ahora, sabías que el Espíritu Santo habitaba en tu alma, para santificarla..., pero no habías "comprendido" esa verdad de su presencia. Ha sido precisa esa sugerencia: ahora sientes el Amor dentro de ti; y quieres tratarle, ser su amigo, su confidente..., facilitarle el trabajo de pulir, de arrancar, de encender...
¡No sabré hacerlo!, pensabas. —Oyele, te insisto. El te dará fuerzas, El lo hará todo, si tú quieres..., ¡que sí quieres!
—Rézale: Divino Huésped, Maestro, Luz, Guía, Amor: que sepa agasajarte, y escuchar tus lecciones, y encenderme, y seguirte y amarte".
El Espíritu Santo es como el aire para nuestra vida espiritual. La fiesta de Pentecostés constituye un buen momento para formular el propósito de hablarle y, sobre todo, de oírle más. Pidamos a su Esposa, en el mes mariano, que nos ayude a agasajarlo como Divino Huésped, a escuchar sus lecciones de Divino Maestro, a encendernos con su Luz; a seguir su Guía, a amarlo como lo hizo ella.
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