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viernes, julio 15, 2011

Cizaña, mostaza y levadura

Después de la parábola del sembrador, Mateo presenta la segunda de sus siete alegorías sobre un tema bastante relacionado con el de la primera: continuamos en el ambiente agrícola, en la faena de siembra.

El Reino de los Cielos es como un hombre que sembró buena semilla en su campo. Más adelante explicará que el que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre y que la buena semilla son los hijos del Reino. Sin sentirnos mejores que nadie, debemos experimentar la responsabilidad de saber que, por bautizados, tenemos que esforzarnos para ser menos indignos de ese título: hijos del Reino, buena semilla.

Pero, mientras dormían los hombres, vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. La cizaña era una semilla que crecía de modo similar al trigo, solo se distinguían cuando las plantas estaban grandes. El problema es que la cizaña perjudicaba la cosecha del trigo, incluso amenazaba con destruirla. En ocasiones sucedía, como en esta parábola, que un enemigo cobrara venganza echando cizaña en los campos de su adversario.


En esta parábola el Señor hace una alusión breve a la causa del crecimiento de la cizaña: mientras dormían los hombres. “Mala cosa, ese sueño”, comentaba San Josemaría. San Cromacio de Aquileya desenmascara la causa: “los que duermen por culpa de la negligencia son vencidos por su infidelidad”. El sueño de los obreros se debe a la pereza. Pero es difícil tener la sinceridad para llamarla por su nombre. Y nos inventamos disculpas para disimularla: otro lo hará, tampoco hay que exagerar, conviene delegar, incluso podemos decir que hay que tener fe y evitar el activismo.

Comencemos nuestra oración pidiendo al Señor -que no seamos siervos haraganes y comodones en nuestra labor a su servicio sembrando la semilla del Evangelio en su terreno: el campo es el mundo. San Josemaría sugiere maneras de ser fieles a la misión: No dormir, vigilar, estar alertas: rezando, cumpliendo nuestras obligaciones, haciendo apostolado, perseverando en el trabajo diario, aunque parezca monótono (Cf. Es Cristo que pasa, n. 123).

Cuando brotó la hierba y echó espiga, entonces apareció también la cizaña. Los siervos del amo de la casa fueron a decirle: «Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?» Él les dijo: «Algún enemigo lo habrá hecho». Dios tiene sus enemigos,  también el hombre.  Más adelante Jesús dirá que ese enemigo es el demonio. Y le llama enemigo porque es una criatura que solo desea apartarnos del Señor, cambiarnos el oro de la gracia por las baratijas del egoísmo. Y se sirve para esa triste misión de un ejército de pobrecitos a los que el Señor llama también "los hijos del Maligno", representados en la parábola por la misma cizaña.

Lo llamativo de la parábola es la estrategia del Señor: Le respondieron los siervos: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?» Pero él les respondió: «No, no vaya a ser que, al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo. Dejad que crezcan juntos hasta la siega». Probablemente nosotros habríamos actuado como los siervos: de modo intempestivo, procurando arrancar el mal de cuajo para desagraviar el daño causado por nuestra pereza.

Pero la principal enseñanza de esta parábola es la paciencia del Señor. Como explica el libro de la Sabiduría (1ª. Lectura, 12,13.16-19), el Señor juzga con benignidad, y nos gobierna con gran indulgencia. Llena a sus hijos de buena esperanza, pues, después de pecar, da ocasión para el arrepentimiento. Una vez más, Jesús nos invita a la conversión, anuncia la misericordia del Padre. Por eso, San Agustín exhorta: "quien es trigo, persevere hasta la siega; los que son cizaña, háganse trigo".

Al permitir que crezcan juntos el trigo y la cizaña, el Señor nos enseña a obrar con paciencia, sin precipitaciones, a tener fe. Se trata de obrar con diligencia, pero sabiendo que el sembrador es Cristo, que es Él quien pone el incremento y garantiza el fruto, que llegará en el tiempo oportuno.

Pero tener presente que el Señor quiere contar con nuestro esfuerzo para ahogar la cizaña o, al menos, para disminuir sus efectos en el campo del mundo actual. Es el sentido del punto 755 de Camino, que dice: “De que tú y yo nos portemos como Dios quiere –no lo olvides– dependen muchas cosas grandes”.

Saber que estamos en mitad de la faena, que los sembradores del mal no se toman vacaciones, no debe desanimarnos. Al contrario, ha de impulsarnos a trabajar más intensamente para esparcir la semilla del Evangelio en el ambiente en el que nos movemos: con nuestra familia, entre los compañeros de estudio y de trabajo.

Nos puede animar en ese trabajo de siembra las siguientes parábolas: El Reino de los Cielos es como un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo; es, sin duda, la más pequeña de todas las semillas, pero cuando ha crecido es la mayor de las hortalizas, y llega a hacerse como un árbol, hasta el punto de que los pájaros del cielo acuden a anidar en sus ramas.

Ese pequeño grano de mostaza, del tamaño de la cabeza de un alfiler, nos invita a no juzgar con visión humana. Nos encontramos con otra parábola de la esperanza: El Señor nos pide que confiemos en la vitalidad divina, que incrementa cualquier expectativa de fruto: Él es el dueño de la mies y nos dará cuanto quiera, cuando quiera.

Una parábola más: El Reino de los Cielos es como la levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres  medidas de harina, hasta que fermentó todo. No puedo dejar de citar una meditación de San Josemaría comentando esta enseñanza: “Cristo Señor Nuestro ha puesto siempre una levadura de pocos; y eso queriendo que se salve no una minoría, sino todos los hombres. Mira la levadura de Belén... Mira la levadura del Tabor -tú me sigues con la imaginación y la memoria- y de Nazaret y del Cenáculo. ¡Mira la levadura del Calvario! ¿Y después? Después llega la Pentecostés, el don de lenguas, las conversiones en masa”.

A veces queremos Pentecostés sin Viernes Santo, gozarnos las mieles del triunfo en batallas que no hemos luchado.  O pretendemos ganar un oro olímpico entrenando una semana. Queremos pan sin levadura... Y quizá sin harina. Buscamos ganar rápido, sin esfuerzo ni sacrificio.

En esta parábola el Señor explica, con toda claridad,  la clave del apostolado cristiano. Podemos concluir acudiendo, como siempre a la Virgen Santísima, para que ella nos alcance del Señor las peticiones que hacía el santo predicador de la meditación que citamos antes: "Hemos de convencernos de que para ser levadura se necesita ser santos. Hay que pedir perdón a nuestro Señor por nuestra vida mala, y pedirle ayuda seriamente, con propósitos concretos, claros, para disponernos con humildad de corazón a ser la levadura que el Señor quiere".

sábado, enero 29, 2011

Luz del mundo


Estamos en los comienzos del tiempo ordinario de un nuevo año litúrgico, y comentaremos en estas semanas el Evangelio de Mateo, que se caracteriza por mostrar a Jesús como el Mesías prometido. En el tercer domingo, nos presenta al Maestro que comienza su ministerio en Galilea. Acaban de pasar las tentaciones del desierto, y el evangelista presenta a Jesús en esa zona con un fin específico: mostrar que en Él se cumplen las promesas del Antiguo Testamento.
¿Por qué comienza en Galilea su vida pública? En aquel entonces, aquella región se denominaba “Galilea de los gentiles” o “de los paganos”. Había sido un destino de deportación de inmigrantes que el Imperio enviaba desde diversas zonas. De ahí el nombre. Y quizá por eso exclamará Natanael: ¿de Nazaret puede venir algo bueno? Por eso, explica Benedicto XVI, Mateo afronta la “sorpresa de que el Salvador no viniera de Jerusalén y Judea, sino de una región que ya se consideraba medio pagana”. De este modo, lo que podría considerarse una desventaja apologética pasa a ser un argumento a favor: la procedencia galilea de Jesús “es en realidad la prueba de su misión divina”.
El contexto viene desde el libro de Isaías, quien profetizó en medio del destierro, muchos siglos antes, lo siguiente (8,23-9,9): “Así como en el tiempo primero menospreció la tierra de Zabulón y la tierra de Neftalí, en el tiempo postrero honrará el camino del Mar, al otro lado del Jordán, la Galilea de los gentiles. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz, a los que habitaban en tierra de sombras de muerte, les ha brillado una luz”.
Es un pasaje muy citado en la liturgia de Navidad, pues continúa con la profecía sobre el Niño que ha nacido. Pero en esta ocasión quedémonos con la alusión a la luz, con la que comienza el pasaje de Mateo: “Cuando oyó que Juan había sido encarcelado, se retiró a Galilea. Y dejando Nazaret se fue a vivir a Cafarnaún, ciudad marítima, en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías (…). Desde entonces comenzó Jesús a predicar y a decir: —Convertíos, porque está al llegar el Reino de los Cielos”.
Esa gran luz que aparece en tierra de tinieblas es Jesucristo. Mateo lo presenta predicando el mismo mensaje de Juan, pero con una perspectiva diferente: el Precursor anunciaba su próxima venida, Jesucristo manifiesta que ha llegado la basileia, el Reino, la soberanía de los Cielos. Así lo resume el Concilio Vaticano II: «El Señor Jesús comenzó su Iglesia con el anuncio de la Buena Noticia, es decir, de la llegada del Reino de Dios prometido desde hacía siglos en las Escrituras (...). Este Reino se manifiesta a los hombres en las palabras, en las obras y en la presencia de Cristo» (LG, 5).
La primera condición que pone Jesús para acceder a ese reino es la conversión, retomando la predicación de Juan Bautista, cuando anunciaba su cercanía. Convertíos. “El Señor no se contenta compartiendo: lo quiere todo. Y acercarse un poco más a Él quiere decir estar dispuesto a una nueva conversión, a una nueva rectificación, a escuchar más atentamente sus inspiraciones, los santos deseos que hace brotar en nuestra alma, y a ponerlos por obra” (San Josemaría, Es Cristo que pasa, 58).
Señor: al inicio de un nuevo año, al regresar a la vida ordinaria, te presentamos nuestros deseos de cambio, de una mudanza más profunda, de una nueva conversión. Ayúdanos a prepararnos para vivir este año más conscientes de que participamos de tu Reino, de que estamos siempre a tu lado. Queremos rectificar de nuevo, escuchar más atentamente tus inspiraciones, tus santos deseos y –con tu gracia- esperamos ponerlos por obra.
2. El Evangelio continúa la peregrinación de Jesucristo por Galilea: “Mientras caminaba junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón el llamado Pedro y Andrés su hermano, que echaban la red al mar, pues eran pescadores. Y les dijo: —Seguidme y os haré pescadores de hombres. Ellos, al momento, dejaron las redes y le siguieron. Pasando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y Juan su hermano, que estaban en la barca con su padre Zebedeo remendando sus redes; y los llamó. Ellos, al momento, dejaron la barca y a su padre, y le siguieron”.
La misión pública de Jesucristo incluye la llamada al apostolado. Lo hace de un modo diferente al que usaban los rabinos de aquella época, que andaban predicando y esperaban que algunos oyentes les siguieran después de sus discursos. Jesús mismo es quien llama, “eligió a los que quiso”, dice San Lucas.
Llama la atención la rápida respuesta de aquellos hombres: “al momento”, dice Mateo que respondieron estos cuatro primeros discípulos. San Josemaría recomendaba imitarlos en su prontitud: “No tengas miedo, ni te asustes, ni te asombres, ni te dejes llevar por una falsa prudencia. La llamada a cumplir la Voluntad de Dios —también la vocación— es repentina, como la de los Apóstoles: encontrar a Cristo y seguir su llamamiento... —Ninguno dudó: conocer a Cristo y seguirle fue todo uno” (Forja, n. 6).
Seguir a Cristo en su labor de almas es una necesidad urgentísima en el momento actual. Así lo expresa el Papa en su entrevista “Luz del mundo” (cuyo título es muy apropiado para el tema de esta meditación): “nos encontramos realmente en una era en la que se hace necesaria una nueva evangelización, en la que el único evangelio debe ser anunciado en su inmensa, permanente racionalidad y, al mismo tiempo, en su poder, que sobrepasa la racionalidad, para llegar nuevamente a nuestro pensamiento y nuestra comprensión” (p. 146).
Y en este papel juegan un papel muy importante los laicos. Se trata de un apostolado de la inteligencia, de llevar a todos los ambientes el “evangelio de evidencia” de la propia vida, en las distintas profesiones, para anunciar la permanente racionalidad evangélica, encarnada en nuestra labor cotidiana, que de ese modo llegará al pensamiento y a la comprensión de nuestros contemporáneos.
Con esa fe animaba San Josemaría al apostolado después de la guerra, con unas palabras que no pierden actualidad: “Nunca ha estado nuestra juventud más noblemente revuelta que ahora. Sería un remordimiento grande dejar sin provecho, sin aumento de nuestra familia, esos ímpetus y esas realidades de sacrificio, que indudablemente se ven —en medio de tantas otras cosas, que callo— en los corazones y en las obras de vuestros compañeros de estudios y de trincheras y posiciones y parapetos. Sembrad, pues: yo os aseguro, en nombre del Amo de la mies, que habrá cosecha. Pero, sembrad generosamente... Así, ¡el mundo!”
3. La tercera parte de esta presentación del Mesías describe cómo refrendaba su predicación con signos milagrosos: Recorría Jesús toda la Galilea enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia del pueblo. Comenta el Papa: “Jesús quiere revelar el rostro del verdadero Dios, el Dios cercano, lleno de misericordia hacia todo ser humano; el Dios que nos da la vida en abundancia, su misma vida. En consecuencia, el reino de Dios es la vida que triunfa sobre la muerte, la luz de la verdad que disipa las tinieblas de la ignorancia y de la mentira”.
Qué importante es ver a Jesús que fundamenta su labor apostólica en unos pobres pescadores y en la curación del sufrimiento. Para que nos quede claro que en nuestro apostolado hemos de tener los mismos medios: todo el pobre trabajo que podamos poner nosotros pero, ante todo, la gracia. El Evangelio y el crucifijo. La Palabra y la Eucaristía.
Así resumía San Josemaría su antropología del sufrimiento: “- Niño. - Enfermo. - Al escribir estas palabras, ¿no sentís la tentación de ponerlas con mayúscula? Es que, para un alma enamorada, los niños y los enfermos son Él” (Camino, n. 419). Este punto es el resumen de un pensamiento más extenso: “Los nuestros, a fin de convertirse en hombres de Dios, dedicarán al principio una buena parte de su actividad a la catequesis de niños y a la visita de enfermos. Para hacerse entender de los primeros, habrán de humillar su inteligencia: para comprender a los pobres enfermos, tendrán que humillar su corazón. Y así, de rodillas su entendimiento y su carne, les será fácil llegar a Jesús, por el camino seguro del conocimiento de la miseria humana, de la miseria propia, que les llevará a anonadarse, para dejar a Dios que construya sobre su nada” (Apunte del 110332, citado en Camino. Edición Histórico-crítica, n. 419).
Acudimos a la Santísima Virgen para que también nosotros sintamos, ahora que comienza el año laboral, el “sígueme” que nos dirige su Hijo, que nos lleve a una conversión renovada para ser también apóstoles y curemos las necesidades de nuestros amigos con la doctrina del Maestro. ¡Santa María, Reina de los Apóstoles, ruega por nosotros!

viernes, diciembre 24, 2010

Navidad: El pueblo que andaba en tinieblas vio una gran luz


Después de casi un mes de Adviento, llegamos hoy a Belén. Esta escena ha despertado siempre en las personas santas sentimientos tiernos y recios a la vez, como se nota en una obra de San Josemaría: “al hilo de la espera santa de María y de José, yo también espero, con impaciencia, al Niño. ¡Qué contento me pondré en Belén!: presiento que romperé en una alegría sin límite” (Surco, 62).

Hoy nos ponemos contentos en Belén. Quisiéramos también romper en alegría sin límite, la alegría de la conversión, de nacer de nuevo con Él, para comunicarla a muchas almas. Ya en la primera lectura (Is 9, 1-3.5-6) palpamos en qué consiste el Amor divino: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz, a los que habitaban en tierra de sombras de muerte, les ha brillado una luz. Multiplicaste el gozo, aumentaste la alegría”. Este canto es un himno de acción de gracias, celebra que el Señor ha liberado al pueblo de la opresión. ¿Y en qué consiste esa luz liberadora?

Consiste en que el profeta anuncia que “un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Sobre sus hombros está el imperio, y lleva por nombre: Consejero maravilloso, Dios fuerte, Padre sempiterno, Príncipe de la paz”. Después de esta Navidad, ya no habrá consejos erráticos –el Mesías nos traerá su Espíritu Santo-; empezaremos a ser hijos de ese Padre eterno: sobre esa filiación divina se construirá nuestro trato con el Señor.

El pueblo que andaba en tinieblas vio una gran luz. Por eso, esta noche celebraremos, Señor, que “la luz de tu gloria brilló ante nuestros ojos con nuevo resplandor, para que conociéndote a Ti visiblemente, Tú nos lleves al amor de lo invisible” (Cf. Prefacio). Ese es el sentido del alumbrado navideño: Jesús es la luz del mundo, que viene a iluminar este pueblo que andaba en tinieblas.

Ese es el motivo por el que debemos afrontar el nuevo año llenos de optimismo sobrenatural y humano, profundizando en la virtud de la esperanza. Podemos proponernos dos puntos de lucha para este año litúrgico en que renovamos la actitud, movidos por Dios que quiere que vayamos a otro ritmo. El primero es precisamente la conversión personal, que consiste –como pedía el autor de Surco- en nacer de nuevo con Él.

No se trata de un empeño pesado, difícil y enervante. Al contrario. Es fruto de la alegría, consecuencia necesaria del descubrimiento del amor que Dios nos tiene: Mirad qué amor tan grande nos ha mostrado el Padre: que nos llamemos hijos de Dios, ¡y lo somos! (1 Jn 3, 1). Es lo que pedimos en la Oración Colecta: Concédenos que, iluminados en la tierra por la luz de este misterio, podamos también disfrutar de la gloria de tu Hijo.

Es famoso el sermón de San León Magno, que se lee hoy en la Liturgia de las Horas: “Demos gracias a Dios Padre por medio de su Hijo, en el Espíritu Santo, puesto que se apiadó de nosotros a causa de la inmensa misericordia con que nos amó; estando nosotros muertos por los pecados; nos ha hecho vivir con Cristo, para que gracias a él fuésemos una nueva criatura, una nueva creación”. Siempre tendremos muchos motivos para dar gracias y no podemos olvidarnos estos, que son los primeros. Pero también debemos añadir todos los de este año: los logros alcanzados, la fidelidad acendrada, la gracia que recibimos en los sacramentos, la amistad y el cariño de tantos amigos y familiares…

La gratitud conlleva el deseo de convertirnos, para corresponder mejor al Amor de Dios. Sigue aconsejando el Papa León Magno: “Despojémonos, por tanto, del hombre viejo con todas sus obras y, ya que hemos recibido la participación de la generación de Cristo, renunciemos a las obras de la carne. Reconoce, cristiano, tu dignidad y, puesto que has sido hecho partícipe de la naturaleza divina, no pienses en volver con un comportamiento indigno a las antiguas vilezas. Piensa de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro. No olvides que fuiste liberado del poder de las tinieblas y trasladado a la luz y al reino de Dios”.

Es lo que San Pablo le recuerda a Tito (2,11-14) en la segunda lectura de esta noche: “Se ha manifestado la gracia de Dios, portadora de salvación para todos los hombres, educándonos para que renunciemos a la impiedad y a las concupiscencias mundanas, y vivamos con prudencia, justicia y piedad en este mundo, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo, que se entregó a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad, y para purificar para sí un pueblo escogido, celoso por hacer el bien”.

Esa gloria de nuestro Dios y Salvador se manifiesta de nuevo esta noche. Y con ella tomamos el segundo punto de lucha que nos proponíamos: pensar en tantas almas que aún no conocen la luz de Cristo y en tantas otras que, aunque lo conocen, podrían seguirlo más de cerca, si nosotros les diéramos mejor ejemplo, si fuéramos en su busca a ejemplo del Buen Pastor.

J. Ratzinger hace notar en su libro “Jesús de Nazaret” que el pueblo que andaba en tinieblas era “la Galilea de los paganos”, de donde procedió efectivamente Jesús (el Salvador no venía de Jerusalén ni de la Judea). Siempre habrá pueblos más o menos a oscuras. Y siempre contaremos con la luz del Señor. También explica el Papa que Jesús aparece insertado temporalmente en el trasfondo de  la gran historia universal representada por el imperio romano. Pero la obligación del censo muestra que “una vez más, Israel vive en la oscuridad de Dios, las promesas hechas a Abraham y a David parecen sumidas en el silencio de Dios”. José, el descendiente de David, es un pobre artesano que vive en tierra de paganos. “Una vez más puede oírse el lamento: ya no tenemos profeta, parece que Dios ha abandonado a su pueblo. Pero precisamente por eso el país bullía de inquietudes.

En el Viacrucis del 2005 también hablaba de esa oscuridad de Dios en que nos movemos. Y hace poco, en el discurso a la Curia Romana, comentó la situación cultural y el reto para la Iglesia, en medio de las miserias de sus hijos. Hoy nace esa luz, que movía al Fundador del Opus Dei a pensar en la expansión del cristianismo por todo el orbe, a “iluminar con la luminaria de la fe y del amor” (Camino, 1) o a escribir que somos “Hijos de Dios. —Portadores de la única llama capaz de iluminar los caminos terrenos de las almas, del único fulgor, en el que nunca podrán darse oscuridades, penumbras ni sombras. —El Señor se sirve de nosotros como antorchas, para que esa luz ilumine... De nosotros depende que muchos no permanezcan en tinieblas, sino que anden por senderos que llevan hasta la vida eterna”.

Hace unas semanas, el Cardenal Julián Herranz contó ante un congreso de jóvenes que una mujer policía de la escolta que los había acompañado a Madrid en la visita del Papa, de vuelta del encuentro de Juan Pablo II con un millón de jóvenes en el aeropuerto de Cuatro Vientos, le comentó estupefacta ante el espectáculo al que había asistido: - "¡Este Papa arrastra a los jóvenes más que los Rolling Stones!" - Sonreí y le dije: "¿En serio? Si el Papa no canta ni toca la guitarra..." - Y ella contestó, señalándose el corazón: "No. Pero cuando habla hace resonar una musiquilla aquí dentro". Cuando ya en Roma, y después de dudarlo un poco... por eso del rock, me decidí a contarle al Papa el comentario, me dijo escuetamente: "A los jóvenes les gusta la verdad". Estaba clarísimo... y lo sigue estando. Concluye el cardenal Herranz: A nosotros, queridos amigos, nos toca no defraudarles. Y procurar que otros no los engañen.

De esto nos habla la fiesta de hoy –entre otras muchas cosas-. Estamos comenzando una nueva etapa, con la esperanza de que Dios nos otorgará gracia abundante para lograr lo que le pedimos “antes, más y mejor”.

Todo depende, como dice Mons. Echeverría, de que “renovemos de verdad –con obras- nuestras disposiciones de mejora ante este Señor y Rey nuestro que se humilla y anonada”. No se trata de una esperanza infundada. Contamos con una promesa que no falla. El Niño, “desde los brazos de su Madre Santísima, Thronum Gloriae, nos concederá lo que le pidamos”.

Como los pastores, acudiremos presurosos al pesebre para adorar al Niño y para pedirle cum fiducia a la que es Thronum Gloriae y Sedes Sapientiae los dos regalos que hemos visto en esta meditación: nuestra conversión personal para responder mejor al Amor divino y que nos unamos a los sueños de expansión del mensaje que Cristo vino a traer, para que también de nuestros tiempos se pueda decir que el pueblo que andaba en tinieblas vio una gran luz: la luz que porta el niño que nos ha nacido, el Hijo que se nos ha dado.

sábado, diciembre 04, 2010

Adviento, tiempo de conversión

NORMAS UNIVERSALES SOBRE EL AÑO LITÚRGICO Y SOBRE EL CALENDARIO
Ya estamos en la segunda semana del tiempo de Adviento. Durante estos días, nos preparamos para celebrar la Navidad en tres sentidos: la primera, hace veinte siglos; la litúrgica, correspondiente a este año (la celebración actualiza los misterios que rememoramos) y la futura, o sea la segunda venida de Cristo al fin de los tiempos. Por eso decimos de Jesús en el Prefacio de la Misa durante estos días que, “al venir por vez primera en la humildad de nuestra carne, realizó el plan de redención trazado desde antiguo y nos abrió el camino de la salvación; para que cuando venga de nuevo en la majestad de su gloria, revelando así la plenitud de su obra, podamos recibir los bienes prometidos que ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar”.
Por estas razones, enseñan las normas litúrgicas, “el Adviento se nos manifiesta como tiempo de una expectación piadosa y alegre”. En la segunda lectura del mismo domingo, San Pablo anima a los romanos (15,4-9): “Mantengamos la esperanza mediante la paciencia y el consuelo de las Escrituras”. Por eso, concluye San Josemaría una homilía sobre estos días: “El tiempo de Adviento es tiempo de esperanza. Todo el panorama de nuestra vocación cristiana, esa unidad de vida que tiene como nervio la presencia de Dios, Padre Nuestro, puede y debe ser una realidad diaria” (Cristo que pasa, n. 11).
El compendio del Catecismo (n. 102) dice que en este tiempo se revive esa larga espera de muchos siglos, cuando los judíos ansiaban la llegada del Mesías: “Además de la oscura espera que ha puesto en el corazón de los paganos, Dios ha preparado la venida de su Hijo mediante la Antigua Alianza, hasta Juan el Bautista, que es el último y el mayor de los Profetas”.
Precisamente el protagonista de este segundo domingo de Adviento es el primo de Jesús. El Evangelio de Mateo (3,1-12) lo presenta como una figura profética: “En aquellos días apareció Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea (…). Éste es aquel de quien habló el profeta Isaías diciendo: Voz del que clama en el desierto: «Preparad el camino del Señor,  haced rectas sus sendas». Llevaba Juan una vestidura de pelo de camello con un ceñidor de cuero a la cintura, y su comida eran langostas y miel silvestre”.
Es un retrato austero, que presenta a Juan como un digno representante de una familia sacerdotal, dedicado plenamente a su vocación de Precursor del Mesías. Sus vestiduras lo presentan como el nuevo Elías, que precede la llegada del ungido. Se retira al desierto, como habían hecho también los esenios de Qumrán, aunque no fuera uno de ellos. Mateo muestra que, con su figura, se cumple el protoevangelio de Isaías, el profeta que anunciaba nuevas épocas para el sufrido pueblo hebreo.
En la primera lectura (Isaías 11, 1-10), se ve una de esas profecías: “En aquel día brotará un renuevo del tronco de Jesé, un vástago florecerá de su raíz. Sobre él se posará el espíritu del Señor”. Se trata de una promesa mesiánica: de ese tronco podrido que es la generación de Jesé, el padre de David, surgirá un vástago nuevo. Por eso rezan los gozos de la novena de Navidad: “Oh raíz sagrada de Jesé, que en lo alto / presentas al orbe tu fragante nardo / Dulcísimo Niño que has sido llamado / lirio de los valles, bella flor del campo”.
Amparado en esas promesas, el pueblo se preparaba para la pronta llegada de su Salvador, como vemos en la Antífona de entrada (“Pueblo de Sión: mira al Señor que viene a salvar a todos los pueblos. El Señor hará oír la majestad de su voz para alegría de todo corazón). También el Salmo 71 muestra esa “expectación piadosa y alegre”: “En sus días florecerá la justicia y la paz abundará por siempre”.
La vocación de Juan consiste precisamente en anunciar al pueblo que “está al llegar el Reino de los Cielos”.  El Compendio del catecismo (n. 141) dice que El Espíritu colmó a Juan con sus dones y lo envió para que preparara al Señor «un pueblo bien dispuesto» (Lc 1, 17) y para que anunciara la venida de Cristo, Hijo de Dios.
El Evangelio nos muestra que su predicación tuvo una gran acogida: “acudía a él Jerusalén, toda Judea y toda la comarca del Jordán, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados”. Ese bautismo es una muestra externa de haber acogido su principal exigencia: —Convertíos. Esta llamada es la misma que nos hace la liturgia hoy a cada uno de nosotros. En estos días de expectación piadosa y alegre se tiene que notar que nos estamos preparando para ser «un pueblo bien dispuesto».
Juan se amparaba en la inminencia del juicio: Ya está el hacha puesta junto a la raíz de los árboles. Por tanto, todo árbol que no da buen fruto se corta y se arroja al fuego. Y por eso exigía a sus oyentes un fruto digno de penitencia. Nosotros acudimos al Señor pidiéndole, en la oración de la Misa, que en nuestra marcha presurosa al encuentro de tu Hijo, no tropecemos con impedimentos terrenos, sino que Él nos haga partícipes de la ciencia de la sabiduría celestial.
Esta sabiduría, nos dice la liturgia de hoy, consiste en convertirnos. Así puede resumirse el último libro del Papa: es tiempo de conversión: El papa quiere que la Iglesia se someta a una limpieza a fondo. “Es indispensable conocer por fin de nuevo el misterio del Evangelio en toda su grandeza cósmica. Es tiempo de entrar en razones, de cambiar, de convertirse. Los problemas actuales solo se resolverán si ponemos a Dios en el centro, si Dios resulta de nuevo visible para el mundo. El destino del mundo depende de si el Dios de Jesucristo está presente y es reconocido como tal. p. 78. Nuestra gran tarea ahora consiste, ante todo, en sacar nuevamente a la luz la prioridad de Dios. Hoy lo importante es que se vea de nuevo que Dios existe, que Dios nos incumbe y que Él nos responde. Es urgente que la pregunta sobre Dios vuelva a ponerse en el centro”. (Luz del mundo, pp. 12-13. 62)
¿En qué consiste esta conversión? Así lo explica San Josemaría en la homilía del Adviento: “El Señor ha confiado en nosotros para llevar almas a la santidad, para acercarlas a Él, unirlas a la Iglesia, extender el reino de Dios en todos los corazones. El Señor nos quiere entregados, fieles, delicados, amorosos. Nos quiere santos, muy suyos. De un lado, la soberbia, la sensualidad y el hastío, el egoísmo; de otro, el amor, la entrega, la misericordia, la humildad, el sacrificio, la alegría. Tienes que elegir. Has sido llamado a una vida de fe, de esperanza y de caridad. No puedes bajar el tiro y quedarte en un mediocre aislamiento” (Cristo que pasa, n. 11)
Podemos terminar como concluye esa misma homilía, acudiendo a Santa María de la Esperanza: “El tiempo de Adviento es tiempo de esperanza. Todo el panorama de nuestra vocación cristiana, esa unidad de vida que tiene como nervio la presencia de Dios, Padre Nuestro, puede y debe ser una realidad diaria. Pídelo conmigo a Nuestra Señora, imaginando cómo pasaría ella esos meses, en espera del Hijo que había de nacer. Y Nuestra Señora, Santa María, hará que seas alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, ¡el mismo Cristo!”

viernes, octubre 29, 2010

La conversión de Zaqueo

 Como es sabido, el Evangelio de Lucas se puede resumir como el itinerario de Jesús hasta llegar a Jerusalén, donde muere para cumplir la voluntad del Padre, por amor a los hombres. 

En el capítulo 19, el evangelista médico presenta a Jesús ya ad portas de la ciudad santa. Después de la curación del ciego, entra el Señor a Jericó, ciudad milenaria, considerada como el gran oasis en la depresión del Jordán, ubicada a unos 23 km al nordeste de Jerusalén. 

El evangelista narra con todo detalle que Jesús “entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Había un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos y rico. Intentaba ver a Jesús para conocerle, pero no podía a causa de la muchedumbre, porque era pequeño de estatura”. 

Ya hemos visto otras veces, al hablar sobre Mateo, la mala imagen que tenía la profesión de publicano. Estos recaudadores de impuestos no solo eran vistos como traidores a la patria, sino también como pecadores. De hecho, muchos eran injustos en sus cobros… verdaderos ladrones.

Zaqueo era jefe de publicanos y rico. Quizá en alguna ocasión su colega Mateo u otro amigo común le había hablado de ese profeta, verdaderamente el Mesías (al final del relato le llamará “Señor”). Habría dejado sembrada en su corazón la semilla de la inquietud, el deseo de la conversión. La conciencia está siempre recordando que el camino de la felicidad pasa por cumplir tus mandamientos, Señor, aunque a veces nuestra debilidad pretenda hacernos creer lo contrario. Incluso cuando palpamos nuestra miseria, sentimos que si cumpliéramos tus exigencias seríamos verdaderamente felices. 

Algo así pensaría Zaqueo. Sabría de la alegría que experimentaban sus colegas conversos, sus antiguos compañeros de locuras. Ahora eran hombres serios, apreciados por todos, seguidores de Jesús. Y en este momento se encontraba Él allí, en su tierra. Y por eso Intentaba ver a Jesús para conocerle. El Señor se sirve de su curiosidad, pero el camino nunca es fácil. En este caso, la dificultad era natural: no podía a causa de la muchedumbre, porque era pequeño de estatura. Cirilo alejandrino comenta que, en realidad, lo que le impedía ver a Jesús no era tanto la cantidad de gente cuanto el número de sus pecados. Si bien, este hombrecillo era pequeño físicamente, su principal enanismo era el espiritual. 

Zaqueo, jefe de publicanos y rico, podía considerar que no estaba a la altura de su dignidad hacer nada extra para ver al Maestro. Podría decir como el poeta Montale: “Se trata de encaramarse al sicómoro para ver si el Señor pasa. ¡Ay de mí, no soy trepador y además nunca lo he visto aunque me haya empinado!”. Sin embargo, supera cualquier respeto humano y, acostumbrado a asumir riesgos para ganar en los negocios, emprende la jugada más atrevida de su vida: “Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verle, porque iba a pasar por allí”. 

El sicómoro es una especie de higuera salvaje, pariente de la morera. Se utilizaba para producir una madera excelente. Pues allí se trepó Zaqueo. Con esta actitud, San Lucas representa la importancia de la decisión y de la persistencia por parte del creyente, como había dicho unos capítulos antes, con la parábola de la viuda insistente. Quieres, Señor, que también nosotros te busquemos sin ningún tipo de vergüenzas ni de respetos humanos. Que perdamos el miedo al qué dirán. Que demos la cara con valentía para decir que somos tus discípulos y que deseamos serte fieles.  

Cuando Jesús llegó al lugar, levantando la vista, le dijo: —Zaqueo, baja pronto, porque conviene que hoy me quede en tu casa. ¡Qué maravilla, Señor, es tu misericordia! Aquél hombre se sube a un árbol, para verte pasar, y tú le correspondes invitándote a su casa. También a nosotros nos buscas, a pesar de nuestra condición indigna. Y nos dices, como repiten los Papas, ¡No tengáis miedo! Danos, Señor, la fuerza para buscarte, para dejarte entrar en nuestras vidas, aunque suponga quizá transformar nuestro modo de afrontarla.

Benedicto XVI (041107) comenta así este pasaje: “Jesús llama por su nombre a Zaqueo, un hombre despreciado por todos. "Conviene que hoy me quede en tu casa": sí, precisamente hoy, ahora, ha llegado para este hombre el momento de su salvación. ¿Por qué "conviene que hoy me quede en tu casa"? Porque el Padre, rico en misericordia, quiere que Jesús vaya a "buscar y a salvar lo que estaba perdido" (Lc 19,10). Jesús quiere cumplir la voluntad del Padre, desea la salvación de Zaqueo. 

Dice Juan Lanspergio: “Jesús frecuentó la compañía de quienes le constaba que necesitaban de su ayuda y buscaban un remedio de salvación”. También nosotros hemos de buscar a las almas, para acercarlas al Señor. Como bautizados, el Señor tiene derecho a poder utilizarnos como sus instrumentos para "buscar y a salvar lo que estaba perdido".


Zaqueo “bajó rápido y lo recibió con alegría”. El nombre de nuestro protagonista significa “puro”. Así quedará después de la visita del Señor. Jesús no solamente lo purifica, sino que lo salva. Se cumple de esta manera la primera lectura del domingo XXI (Sab 11): “Te compadeces de todos, porque eres omnipotente, cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan. Corriges poco a poco a los que caen, les recuerdas su pecado y los reprendes, para que se conviertan y crean en ti, Señor”. Como decía el Papa, “este encuentro con el Señor transforma y purifica la vida pasada de Zaqueo. Igual quiere hacer él con nosotros cuando le abrimos totalmente nuestro corazón”.

Jesús hace un verdadero milagro, más importante que otros. Como dice Pilgrim, “el rico pasa por el ojo de la aguja”. Zaqueo recibe en su casa a Jesús, al que ya había recibido en su corazón (S. Agustín). Lo que comenzó como una escena de curiosidad termina como un milagro de conversión. 

Por eso tiene tanta actualidad este pasaje lucano. También nosotros tenemos que convertirnos, recibir al Señor en nuestra casa es la clave de la verdadera alegría. Una conversión verdadera: reconocer nuestros pecados, pedir perdón por ellos. También a nosotros el Señor nos dice: baja pronto, porque conviene que hoy me quede en tu casa. Vayamos pronto al sacramento de la confesión, para que Él se quede en nuestra casa, en nuestra alma en gracia. Como Zaqueo cambiaremos lo que haya que cambiar, restituiremos nuestras injusticias y nuestra vida se transformará, quedando purificada.

No podemos esperar aplausos en este mundo si decidimos esforzarnos por seguir de cerca al Señor. Como vemos en esta escena: Al ver esto, todos murmuraban diciendo que había entrado a hospedarse en casa de un pecador. En lugar de maravillarse, se escandalizan: "éste come con publicanos y pecadores", dirán los críticos de Jesús. Pero Zaqueo, de pie, le dijo al Señor: —Señor, doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si he defraudado en algo a alguien le devuelvo cuatro veces más.   

Se trata de una conversión con todas las de la ley: con hechos, más que con palabras. Zaqueo restituye, da limosna. ¡Qué diferencia con el joven rico, que se marchó triste porque tenía mucha hacienda! Comenta Mons. Echevarría que Zaqueo “cambió su riqueza material por la cercanía de Jesús. Prefirió recibirlo en el alma a continuar recogiendo dinero y defraudando a los pobres. Y llenó su vida de alegría y de paz”.  

Jesús le dijo: —Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también éste es hijo de Abrahán; porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido. Lucas nos presenta a Jesús, Buen Pastor, que busca las ovejas perdidas, para salvarlas. Se cumple la profecía de Ezequiel (36, 14): “Buscaré a la oveja perdida, tomaré a la descarriada, curaré a la herida y sanaré a la enferma”. De este modo, Lucas resume la misericordia de Jesús, que ha anunciado en todo su Evangelio. Lo siguiente será narrar la manifestación más grande de ese amor: la muerte en Jerusalén.

El Papa concluye su meditación con estas palabras: “La gracia de aquel encuentro imprevisible fue tal que cambió completamente la vida de Zaqueo: "—Señor, doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si he defraudado en algo a alguien le devuelvo cuatro veces más" (Lc 19, 8). Una vez más el Evangelio nos dice que el amor, partiendo del corazón de Dios y actuando a través del corazón del hombre, es la fuerza que renueva el mundo”.  

Acudamos a la Virgen Santísima, Madre de misericordia, para que en nuestra vida se repita el proceso de Zaqueo: que busquemos a Jesús, si es del caso trepando al sicómoro, dejando atrás nuestras miserias. Que escuchemos su petición de quedarse en nuestra casa: que le pidamos perdón en el sacramento de la penitencia, que frecuentemos su trato en la oración y recibiéndolo en la Eucaristía. Y que resellemos nuestro deseo de cambio con obras de penitencia. De ese modo demostraremos, también con nuestra vida, que el amor, partiendo del corazón de Dios y actuando a través del corazón del hombre, es la fuerza que renueva el mundo.

viernes, septiembre 10, 2010

misericordia y conversión


Se le acercaban todos los publicanos y pecadores para oírle. Pero los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:  —Éste recibe a los pecadores y come con ellos.

Lucas nos presenta de nuevo un panorama conflictivo. Los fariseos y los escribas critican a Jesús por su actitud abierta a los pecadores –recordemos que Mateo, publicano de profesión, era discípulo suyo- y porque llegaba al extremo de compartir la mesa con ellos. Este es el contexto en que leemos las tres parábolas sobre la misericordia de Dios que, según Benedicto XVI, “no quiere que se pierda ni siquiera uno de sus hijos y su corazón rebosa de alegría cuando un pecador se convierte”. 

Entonces les propuso esta parábola: —¿Quién de vosotros, si tiene cien ovejas y pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y sale en busca de la que se perdió hasta encontrarla? 

Jesús recurre al símil del pastor, muy conocido desde el Antiguo Testamento, y que en otras ocasiones se aplicará a sí mismo. Se trata de una actitud imprudente: ningún pastor sensato deja 99 ovejas a su destino para rescatar una que se embolató. Recuerdo que alguna vez dialogué con un pastor de éstos, pues en mi tierra no existe esta profesión. Y al preguntarle –buscando remembranzas evangélicas en la conversación- qué criterio tenía él cuando se extraviaba una oveja, respondió sin parpadear: ¡si se perdió, que se fastidie!
La lógica de Jesús es diferente. Para él, cada alma cuenta, cada hijo suyo le ha valido su sangre. El Señor no sabe de estadísticas, ni de riesgos, ni de mayorías. Tú y yo somos únicos y por nosotros no solo ha dejado su rebaño y su dehesa, sino que ha dado la misma vida. En este sentido, San Ambrosio tiene una idea muy sugerente: “los hombros de Cristo son los brazos de la Cruz”. Y aunque este cargar con la oveja le cuesta trabajo al Señor –hasta morir en el madero-, está contento de hacerlo. La única recompensa que busca, al ofrecer su sacrificio, es decir al Padre y al Espíritu Santo: «Alegraos conmigo, porque he encontrado la oveja que se me perdió». 
Recordaba en estos días la figura de un sacerdote amigo, que ya está en el Cielo –se nos fue muy rápido, pues a los 50 años tuvo un cáncer cerebral que se lo llevó en poco tiempo-. Todos los que lo conocieron recuerdan su amor al sacramento de la penitencia. Y muchos escribieron después de su muerte -en columnas de prensa- que, después de una buena confesión, les decía con una sonrisa: “en este momento hay una gran alegría en el cielo”. Desde luego se refería, precisamente, al epílogo de esta primera parábola: “Os digo que, del mismo modo, habrá en el cielo mayor alegría por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión”.

El Señor no tiene problema en que lo critiquen, en que lo persigan, en que lo maten, para lograr que nosotros dispongamos del medio para convertirnos y “ejecutar” esa conversión. Quiere que nosotros estemos seguros de que, efectivamente, hemos sido perdonados. Y para eso instituyó el sacramento de la penitencia: ¡Mira qué entrañas de misericordia tiene la justicia de Dios! -comenta, con mentalidad jurídica, San Josemaría- Porque en los juicios humanos, se castiga al que confiesa su culpa: y, en el divino, se perdona. ¡Bendito sea el santo Sacramento de la Penitencia! (Camino, n. 309). 

¡Cuánto se critica a veces esta maravilla divina! La verdad es que, detrás de esos comentarios, además del empeño diabólico por evitar la reconciliación de los hijos con su Padre, se esconde el miedo de abrir el alma. El diablo, que quita la vergüenza para pecar, la devuelve a la hora de la sinceridad, enseñan los predicadores experimentados. Se trata de un sentimiento muy normal: detrás está el pudor y hasta el instinto de conservación. Pero también es verdad que todos tenemos experiencia de la tranquilidad que da el ser sinceros, contar la verdad, exponer las propias dudas o inquietudes a un tercero. Y si se trata de un padre, de un amigo, de un ministro de Dios, con el poder para deshacer el entuerto, de tornarlo a la limpieza inicial, ¡con cuánta mayor razón hemos de acudir frecuentemente al sacramento de la misericordia!, también si la conciencia no nos acusa de pecados graves. 

Decía Juan Pablo II: “los confesionarios esparcidos por el mundo, en los cuales los hombres manifiestan los propios pecados, no hablan de la severidad de Dios, sino más bien de su bondad misericordiosa. Y cuantos se acercan al confesionario, a veces después de muchos años y con el peso de pecados graves, en el momento de alejarse de él, encuentran el alivio deseado; encuentran la alegría y la serenidad de la conciencia, que fuera de la confesión no podrán encontrar en otra parte. Efectivamente, nadie tiene el poder de librarnos de nuestros pecados, sino solo Dios. Y el hombre que consigue esta remisión, recibe la gracia de una vida nueva del espíritu, que solo Dios puede concederle en su infinita bondad” (Homilía, 16 - III - 1980).

2. La segunda parábola es la de la dracma perdida: “¿O qué mujer, si tiene diez dracmas y pierde una, no enciende una luz y barre la casa y busca cuidadosamente hasta encontrarla?  Y cuando la encuentra, reúne a las amigas y vecinas y les dice: «Alegraos conmigo, porque he encontrado la dracma que se me perdió». 

Nos llama el Señor a la conversión. Recientemente, cuando estaba en su apogeo la persecución contra el Papa Benedicto XVI, él mismo decía a un grupo de teólogos, citando Hechos 5, 31 (“Cristo, el Salvador, ha dado a Israel la conversión y el perdón de los pecados”): “En el texto griego el término es "metanoia", le ha dado la penitencia y el perdón de los pecados. Para mí, ésta es una observación muy importante: la penitencia es una gracia. (…) Es una gracia que nosotros reconozcamos nuestro pecado, es una gracia que sepamos que tenemos necesidad de renovación, de cambio, de una transformación de nuestro ser”. 

Lo proponía como un camino para la Iglesia de hoy: renovarnos, convertirnos, hacer penitencia, cambiar. “Así, os digo, hay alegría entre los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente”. Inmediatamente viene a la mente aquella petición de Pablo: “¡dejaos reconciliar con Dios!” Como si las dos anteriores parábolas fueran poco, el Señor concluye esta enseñanza con el antológico relato del hijo pródigo (15,11-32). No alcanzaremos a meditarlo detenidamente, pero podemos pensar en el resumen que hacía el Papa alemán: “En esta página evangélica nos parece escuchar la voz de Jesús, que nos revela el rostro del Padre suyo y Padre nuestro. En el fondo, vino al mundo para hablarnos del Padre, para dárnoslo a conocer a nosotros, hijos perdidos, y para suscitar en nuestro corazón la alegría de pertenecerle, la esperanza de ser perdonados y de recuperar nuestra plena dignidad, y el deseo de habitar para siempre en su casa, que es también nuestra casa”. 

En ese mismo comentario, Benedicto XVI concluía que “en nuestro tiempo, la humanidad necesita que se proclame y testimonie con vigor la misericordia de Dios”. Y recordaba a su predecesor, que fue un gran apóstol de la Misericordia divina (murió el día en que se celebra esa fiesta). “Después de los trágicos acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, que oscurecieron el alba del tercer milenio, invitó a los cristianos y a los hombres de buena voluntad a creer que la misericordia de Dios es más fuerte que cualquier mal, y que sólo en la cruz de Cristo se encuentra la salvación del mundo. La Virgen María, Madre de la Misericordia, a quien contemplamos como Virgen de los Dolores al pie de la cruz, nos obtenga el don de confiar siempre en el amor de Dios y nos ayude a ser misericordiosos como nuestro Padre que está en los cielos”.

viernes, mayo 21, 2010

Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te quiero


Al final de la cincuentena pascual, leemos de nuevo el final del Evangelio de Juan (21,15-19): “Cuando acabaron de comer, le dijo Jesús a Simón Pedro: —Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? Le respondió: —Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Le dijo: —Apacienta mis corderos. Volvió a preguntarle por segunda vez: —Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Le respondió: —Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Le dijo: —Pastorea mis ovejas. Le preguntó por tercera vez: —Simón, hijo de Juan, ¿me quieres? Pedro se entristeció porque le preguntó por tercera vez: «¿Me quieres?», y le respondió: —Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te quiero. Le dijo Jesús: —Apacienta mis ovejas”.

Los Padres de la Iglesia ven, en este pasaje evangélico, a Jesús que actúa como Buen Pastor. Después de las negaciones de Pedro, el Señor le otorga el primado que le había anunciado: el poder de las llaves. Benedicto XVI comenta en Jesús de Nazaret: “Se confía a Pedro la misma tarea de pastor que pertenece a Jesús (…). Sin embargo, para poder desempeñarla, debe entrar por la puerta. A este entrar -o mejor dicho, ese dejarle entrar por la puerta (cf. Jn 10, 3)- se refiere la pregunta repetida tres veces: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas?" Ahí está lo más personal de la llamada: se dirige a Simón por su nombre propio, "Simón", y se menciona su origen. Se le pregunta por el amor que le hace ser una sola cosa con Jesús”.

Fijémonos en el diálogo, en primer lugar, en las respuestas de Pedro: -¿Me amas? –te quiero. -¿Me amas?- te quiero. ¿Me quieres? –Tú lo sabes todo… Son una invitación a la contrición, a la conversión, que han de estar precedidas por un examen sincero: “¿Un medio para ser franco y sencillo?... Escucha y medita estas palabras de Pedro: «Domine, Tu omnia nosti...» –Señor, ¡Tú lo sabes todo!” (Surco, 326).

Examen sincero, franco y sencillo. Examen lleno de la confianza en Dios, para no caer en el desespero ante la propia miseria. San Josemaría invitaba a hacerse esas preguntas: “en la presencia de Dios, ¿no encuentras nada de lo que no debas lamentarte? ¿Has intentado de verdad servir a Dios y a tus hermanos los hombres, o has fomentado tu egoísmo, tu gloria personal, tus ambiciones, tu éxito exclusivamente terreno y penosamente caduco?” (Amigos de Dios, n.16).

Quizá para evitar el desánimo, comentaba a continuación: “Si os hablo un poco descarnadamente, es porque yo quiero hacer una vez más un acto de contrición muy sincero, y porque quisiera que cada uno de vosotros también pidiera perdón. A la vista de nuestras infidelidades, a la vista de tantas equivocaciones, de flaquezas, de cobardías -cada uno las suyas-, repitamos de corazón al Señor aquellas contritas exclamaciones de Pedro: Domine, tu omnia nosti, tu scis quia amo te!; ¡Señor!, ¡Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo, a pesar de mis miserias! Y me atrevo a añadir: Tú conoces que te amo, precisamente por esas miserias mías, pues me llevan a apoyarme en Ti, que eres la fortaleza: quia Tu es, Deus, fortitudo mea (Sal 42,2). Y desde ahí, recomencemos (Ib.).

Recomenzar desde un examen sincero, franco y sencillo, es un requisito para la conversión que el Señor nos pide antes de cruzar la puerta de su amor, para ser buenos pastores de nuestros hermanos, recorriendo su camino. Pero no se trata de una meta personal, voluntarista, sino de un regalo de Dios. Por eso aclara el Papa que, más que “entrar” Pedro, se trata de un “dejarle entrar” Jesús.

Podemos seguir inspirándonos en la oración de San Josemaría: “«Domine, tu scis quia amo te!» -¡Señor, Tú sabes que te amo!: cuántas veces, Jesús, repito y vuelvo a repetir, como una letanía agridulce, esas palabras de tu Cefas: porque sé que te amo, pero ¡estoy tan poco seguro de mí!, que no me atrevo a decírtelo claro. ¡Hay tantas negaciones en mi vida perversa! «Tu scis, Domine!» -¡Tú sabes que te amo! -Que mis obras, Jesús, nunca desdigan estos impulsos de mi corazón”. (Forja, n. 176). “¡Ayúdame a amarte más, auméntame el amor!” (Ib., n. 497).

Como requisito para ser un Pastor a la medida del Corazón de Jesús, el Señor exige la conversión, “pregunta a Simón por el amor que le hace ser una sola cosa con Jesús”. En los días previos a Pentecostés, la Iglesia nos propone de nuevo esa mudanza: “El Señor convirtió a Pedro –que le había negado tres veces– sin dirigirle ni siquiera un reproche: con una mirada de Amor. –Con esos mismos ojos nos mira Jesús, después de nuestras caídas. Ojalá podamos decirle, como Pedro: "¡Señor, Tú lo sabes todo; Tú sabes que te amo!", y cambiemos de vida. (Surco, n. 964).

Julio Eugui transcribe una piadosa tradición, quizá una simple leyenda: “Cuentan que San Pedro, todos los días, al oír cantar a un gallo, se echaba a llorar porque se acordaba de la triple traición a Cristo, y que las lágrimas habían grabado surcos en sus mejillas. Por cada negación le salía del alma exclamar: "Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo" (Jn 21,17). Es imposible que las lágrimas abran hendiduras en un rostro: hasta aquí la leyenda. Pero es bien verosímil que para San Pedro el canto del gallo tuviera una resonancia muy especial. Y en aquellos tiempos debía ser muy difícil no tener cerca del propio domicilio, incluso en una urbe como Roma, un corralito con algún gallo dispuesto a avisar a los vecinos de la llegada del nuevo día. Cuántos actos de contrición debió hacer aquel gran hombre”.

2. Hasta aquí hemos visto la escena desde la perspectiva de Pedro. Ahora hagamos nuestra oración contemplando las acciones de Jesús: Apacienta mis corderos. Pastorea mis ovejas. Apacienta mis ovejas. Comenta el Papa que Pedro “llega a las ovejas "a través de Jesús"; no las considera suyas, sino como el "rebaño" de Jesús. Puesto que llega a ellas por la "puerta" que es Jesús, como llega unido a Jesús en el amor, las ovejas escuchan su voz, la voz de Jesús mismo; no siguen a Simón, sino a Jesús, por el cual y a través del cual llega a ellas, de forma que, en su guía, es Jesús mismo quien guía”.

En el mismo sentido, predicaba San Josemaría que las almas son de Dios: “Apacienta mis ovejas. No las tuyas, no las vuestras: ¡las mías! Porque El ha creado al hombre, El lo ha redimido, El ha comprado cada alma, una a una, al precio de su Sangre. (…) No hacemos nuestro apostolado. En ese caso, ¿qué podríamos decir? Hacemos -porque Dios lo quiere, porque así nos lo ha mandado: id por todo el mundo y predicad el Evangelio- el apostolado de Cristo. Los errores son nuestros; los frutos, del Señor” (Amigos de Dios, n. 267).

Continúa el Evangelio: En verdad, en verdad te digo: cuando eras más joven te ceñías tú mismo y te ibas adonde querías; pero cuando envejezcas extenderás tus manos y otro te ceñirá y llevará adonde no quieras —esto lo dijo indicando con qué muerte había de glorificar a Dios. Y dicho esto, añadió: —Sígueme.

Comenta el Papa: “Toda esta escena acaba con las palabras de Jesús a Pedro: "Sígueme" (Jn 21, 19). El episodio nos hace pensar en el pasaje que sigue a la primera confesión de Pedro, en la que éste había intentado apartar al Señor del camino de la cruz, a lo que el Señor respondió: “Detrás de mí”, exhortando después a todos a cargar con la cruz y a "seguirlo" (cf. Mc 8, 33 s) También el discípulo que ahora precede a los otros como pastor debe "seguir" a Jesús. Esto comporta -como el Señor anuncia a Pedro tras confiarle el oficio pastoral- la aceptación de la cruz, la disposición a dar la propia vida. Precisamente así se hacen concretas las palabras: "Yo soy la puerta". De este modo Jesús mismo sigue siendo el pastor”.

Acudimos a nuestra Madre, Regina Apostolorum, para que en esta recta final del decenario sintamos como dirigidas a nosotros las palabras del Señor: Sígueme. Apacienta mis ovejas. Y respondamos, como Pedro, pidiendo la gracia divina: Tu scis quia amo te!, ayúdame a convertirme para ser un buen pastor de mis hermanos.