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Luz del mundo


Estamos en los comienzos del tiempo ordinario de un nuevo año litúrgico, y comentaremos en estas semanas el Evangelio de Mateo, que se caracteriza por mostrar a Jesús como el Mesías prometido. En el tercer domingo, nos presenta al Maestro que comienza su ministerio en Galilea. Acaban de pasar las tentaciones del desierto, y el evangelista presenta a Jesús en esa zona con un fin específico: mostrar que en Él se cumplen las promesas del Antiguo Testamento.
¿Por qué comienza en Galilea su vida pública? En aquel entonces, aquella región se denominaba “Galilea de los gentiles” o “de los paganos”. Había sido un destino de deportación de inmigrantes que el Imperio enviaba desde diversas zonas. De ahí el nombre. Y quizá por eso exclamará Natanael: ¿de Nazaret puede venir algo bueno? Por eso, explica Benedicto XVI, Mateo afronta la “sorpresa de que el Salvador no viniera de Jerusalén y Judea, sino de una región que ya se consideraba medio pagana”. De este modo, lo que podría considerarse una desventaja apologética pasa a ser un argumento a favor: la procedencia galilea de Jesús “es en realidad la prueba de su misión divina”.
El contexto viene desde el libro de Isaías, quien profetizó en medio del destierro, muchos siglos antes, lo siguiente (8,23-9,9): “Así como en el tiempo primero menospreció la tierra de Zabulón y la tierra de Neftalí, en el tiempo postrero honrará el camino del Mar, al otro lado del Jordán, la Galilea de los gentiles. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz, a los que habitaban en tierra de sombras de muerte, les ha brillado una luz”.
Es un pasaje muy citado en la liturgia de Navidad, pues continúa con la profecía sobre el Niño que ha nacido. Pero en esta ocasión quedémonos con la alusión a la luz, con la que comienza el pasaje de Mateo: “Cuando oyó que Juan había sido encarcelado, se retiró a Galilea. Y dejando Nazaret se fue a vivir a Cafarnaún, ciudad marítima, en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías (…). Desde entonces comenzó Jesús a predicar y a decir: —Convertíos, porque está al llegar el Reino de los Cielos”.
Esa gran luz que aparece en tierra de tinieblas es Jesucristo. Mateo lo presenta predicando el mismo mensaje de Juan, pero con una perspectiva diferente: el Precursor anunciaba su próxima venida, Jesucristo manifiesta que ha llegado la basileia, el Reino, la soberanía de los Cielos. Así lo resume el Concilio Vaticano II: «El Señor Jesús comenzó su Iglesia con el anuncio de la Buena Noticia, es decir, de la llegada del Reino de Dios prometido desde hacía siglos en las Escrituras (...). Este Reino se manifiesta a los hombres en las palabras, en las obras y en la presencia de Cristo» (LG, 5).
La primera condición que pone Jesús para acceder a ese reino es la conversión, retomando la predicación de Juan Bautista, cuando anunciaba su cercanía. Convertíos. “El Señor no se contenta compartiendo: lo quiere todo. Y acercarse un poco más a Él quiere decir estar dispuesto a una nueva conversión, a una nueva rectificación, a escuchar más atentamente sus inspiraciones, los santos deseos que hace brotar en nuestra alma, y a ponerlos por obra” (San Josemaría, Es Cristo que pasa, 58).
Señor: al inicio de un nuevo año, al regresar a la vida ordinaria, te presentamos nuestros deseos de cambio, de una mudanza más profunda, de una nueva conversión. Ayúdanos a prepararnos para vivir este año más conscientes de que participamos de tu Reino, de que estamos siempre a tu lado. Queremos rectificar de nuevo, escuchar más atentamente tus inspiraciones, tus santos deseos y –con tu gracia- esperamos ponerlos por obra.
2. El Evangelio continúa la peregrinación de Jesucristo por Galilea: “Mientras caminaba junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón el llamado Pedro y Andrés su hermano, que echaban la red al mar, pues eran pescadores. Y les dijo: —Seguidme y os haré pescadores de hombres. Ellos, al momento, dejaron las redes y le siguieron. Pasando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y Juan su hermano, que estaban en la barca con su padre Zebedeo remendando sus redes; y los llamó. Ellos, al momento, dejaron la barca y a su padre, y le siguieron”.
La misión pública de Jesucristo incluye la llamada al apostolado. Lo hace de un modo diferente al que usaban los rabinos de aquella época, que andaban predicando y esperaban que algunos oyentes les siguieran después de sus discursos. Jesús mismo es quien llama, “eligió a los que quiso”, dice San Lucas.
Llama la atención la rápida respuesta de aquellos hombres: “al momento”, dice Mateo que respondieron estos cuatro primeros discípulos. San Josemaría recomendaba imitarlos en su prontitud: “No tengas miedo, ni te asustes, ni te asombres, ni te dejes llevar por una falsa prudencia. La llamada a cumplir la Voluntad de Dios —también la vocación— es repentina, como la de los Apóstoles: encontrar a Cristo y seguir su llamamiento... —Ninguno dudó: conocer a Cristo y seguirle fue todo uno” (Forja, n. 6).
Seguir a Cristo en su labor de almas es una necesidad urgentísima en el momento actual. Así lo expresa el Papa en su entrevista “Luz del mundo” (cuyo título es muy apropiado para el tema de esta meditación): “nos encontramos realmente en una era en la que se hace necesaria una nueva evangelización, en la que el único evangelio debe ser anunciado en su inmensa, permanente racionalidad y, al mismo tiempo, en su poder, que sobrepasa la racionalidad, para llegar nuevamente a nuestro pensamiento y nuestra comprensión” (p. 146).
Y en este papel juegan un papel muy importante los laicos. Se trata de un apostolado de la inteligencia, de llevar a todos los ambientes el “evangelio de evidencia” de la propia vida, en las distintas profesiones, para anunciar la permanente racionalidad evangélica, encarnada en nuestra labor cotidiana, que de ese modo llegará al pensamiento y a la comprensión de nuestros contemporáneos.
Con esa fe animaba San Josemaría al apostolado después de la guerra, con unas palabras que no pierden actualidad: “Nunca ha estado nuestra juventud más noblemente revuelta que ahora. Sería un remordimiento grande dejar sin provecho, sin aumento de nuestra familia, esos ímpetus y esas realidades de sacrificio, que indudablemente se ven —en medio de tantas otras cosas, que callo— en los corazones y en las obras de vuestros compañeros de estudios y de trincheras y posiciones y parapetos. Sembrad, pues: yo os aseguro, en nombre del Amo de la mies, que habrá cosecha. Pero, sembrad generosamente... Así, ¡el mundo!”
3. La tercera parte de esta presentación del Mesías describe cómo refrendaba su predicación con signos milagrosos: Recorría Jesús toda la Galilea enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia del pueblo. Comenta el Papa: “Jesús quiere revelar el rostro del verdadero Dios, el Dios cercano, lleno de misericordia hacia todo ser humano; el Dios que nos da la vida en abundancia, su misma vida. En consecuencia, el reino de Dios es la vida que triunfa sobre la muerte, la luz de la verdad que disipa las tinieblas de la ignorancia y de la mentira”.
Qué importante es ver a Jesús que fundamenta su labor apostólica en unos pobres pescadores y en la curación del sufrimiento. Para que nos quede claro que en nuestro apostolado hemos de tener los mismos medios: todo el pobre trabajo que podamos poner nosotros pero, ante todo, la gracia. El Evangelio y el crucifijo. La Palabra y la Eucaristía.
Así resumía San Josemaría su antropología del sufrimiento: “- Niño. - Enfermo. - Al escribir estas palabras, ¿no sentís la tentación de ponerlas con mayúscula? Es que, para un alma enamorada, los niños y los enfermos son Él” (Camino, n. 419). Este punto es el resumen de un pensamiento más extenso: “Los nuestros, a fin de convertirse en hombres de Dios, dedicarán al principio una buena parte de su actividad a la catequesis de niños y a la visita de enfermos. Para hacerse entender de los primeros, habrán de humillar su inteligencia: para comprender a los pobres enfermos, tendrán que humillar su corazón. Y así, de rodillas su entendimiento y su carne, les será fácil llegar a Jesús, por el camino seguro del conocimiento de la miseria humana, de la miseria propia, que les llevará a anonadarse, para dejar a Dios que construya sobre su nada” (Apunte del 110332, citado en Camino. Edición Histórico-crítica, n. 419).
Acudimos a la Santísima Virgen para que también nosotros sintamos, ahora que comienza el año laboral, el “sígueme” que nos dirige su Hijo, que nos lleve a una conversión renovada para ser también apóstoles y curemos las necesidades de nuestros amigos con la doctrina del Maestro. ¡Santa María, Reina de los Apóstoles, ruega por nosotros!

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