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El Buen Pastor da su vida por sus ovejas

Celebramos hoy el cuarto domingo del tiempo de Pascua, conocido como “del Buen Pastor”. Es un día para rezar por los sacerdotes y para llenarnos de esperanza porque, como pedimos en la oración colecta de la Misa, estamos seguros de que el Señor nos guiará a la felicidad eterna de su Reino, para que “el débil rebaño de tu Hijo pueda llegar seguro a donde ya está su Pastor resucitado”.
En el Antiguo Testamento, la figura del pastor es muy común: los pequeños ganaderos y sus hijos se encargaban de estas faenas, pero también alquilaban los servicios de personas a las que pagaban con dinero o con una parte de los productos del rebaño. Además de buscar pastos y abrevaderos por esas difíciles zonas, los pastores tenían que cuidar las ovejas de las fieras y de los ladrones. 


En el Éxodo está legislada la indemnización por los animales robados. Y si una fiera atacaba al rebaño, debía mostrar trozos del animal como prueba. Sin embargo, pienso que en esa legislación quedaba escondido un peligro: u…

Resurrección y Confesión

Recuerdo la visita que me hizo un alumno judío, preguntándome por el Mesías cristiano. Con la mayor buena voluntad que podía, me pidió que entendiera que él no podía creer que Jesús fuera el Mesías, principalmente por dos motivos: en primer lugar, por la forma en que padeció. Además, y sobre todo, porque el Cristo prometido sería un príncipe con el cual llegaría la paz… y ya vemos cómo ha ido el mundo estos veinte siglos.

Para explicarle la primera objeción, le recomendé estudiar los pasajes de Isaías que hablan del Siervo sufriente, como oveja muda ante los trasquiladores… 


Sobre el tema de la paz, me vino a la mente el saludo de Jesús resucitado a sus apóstoles. Por ejemplo, el final del Evangelio de Lucas (24,35-48), que enlaza dos relatos: después de la aparición a los discípulos de Emaús, ellos retornan a Jerusalén para contar a los once y a los que estaban con ellos todo lo sucedido en el camino. Mientras hablaban, Jesús mismo “se puso en medio y les dijo: —La paz esté con vosotr…

Las llagas del Resucitado

Mirad mis llagas… "Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo" (Lc 24, 39). Juan Pablo II ponía en relación ese pasaje del Evangelio con otras palabras de San Juan en la primera Carta: "Lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y nuestras manos palparon... os lo anunciamos" (Jn 1, 1-3).
A San Josemaría le gustaba decir que esas llagas eran como el documento de identidad del Señor. La experiencia venía de lejos, pues el 6 de abril de 1938 escribía: “Esta mañana, camino de las Huelgas, a donde fui para hacer mi oración, he descubierto un Mediterráneo: la Llaga Santísima de la mano derecha de mi Señor. Y allí me tienes: todo el día entre besos y adoraciones. ¡Verdaderamente que es amable la Santa Humanidad de nuestro Dios! Pídele tú que Él me dé el verdadero Amor suyo: así quedarán bien purificadas todas mis otras afecciones. No vale decir: ¡corazón, en la Cruz…

Iglesia y Eucaristía

Nos hemos reunido para celebrar la primera Misa en este Oratorio. La liturgia de la Iglesia agradece al Señor porque “en esta casa visible que nos permitiste construir, donde proteges sin cesar a esta familia que peregrina hacia Ti, manifiestas y realizas de manera admirable el misterio de tu comunión con nosotros” (Misal Romano, Común de la dedicación de una iglesia).
Esa oración nos muestra que estamos aquí, no para ufanarnos por lo bien que nos ha quedado el Oratorio –que ha quedado muy bien: se nota el amor a Dios y la fe de quienes trabajaron en él, desde el Capellán hasta la persona que haya colaborado en lo más mínimo-, sino que nos reunimos para agradecer a Dios que nos haya permitido construirlo.
Los sitios sagrados son manifestación, en primer lugar, del amor que Dios nos ha tenido, al haberse abajado hasta quedarse a morar en medio de nosotros, para protegernos sin cesar y manifestar de modo admirable el misterio de su comunión con nosotros (Ídem).
La liturgia de la Palabra de…

Fe en la Resurrección

Para algunos canales de televisión, la Semana Santa es ocasión de exhibir todos los refritos religiosos, que tienen bastante acogida. Por eso, los días santos suele haber sobre-exposición de cuanto interrogante hay en nuestro ambiente actual: el canon de los evangelios, los evangelios apócrifos, María Magdalena, religiones comparadas, celibato sacerdotal, etc.

Recuerdo que un amigo sintió removidos los cimientos de su fe con algunos datos “reveladores” sobre tradiciones religiosas del Oriente Medio, parecidas a la judeo-cristiana. El alma le volvió al cuerpo cuando le dije que yo sabía de esas teorías, que las había estudiado y que formaban parte de nuestro acervo cultural. Por su gesto, parecía que pensara: ¡al menos no es ninguna sorpresa para la Iglesia Católica!

Quizá por eso, Benedicto XVI insistía en sus homilías y discursos pascuales sobre la naturaleza histórica de la Resurrección. Así, por ejemplo, explicaba en un mensaje Urbi et Orbi que una de las preguntas que más angustian …

Viernes Santo

Según una muy antigua tradición de la Iglesia, el Viernes y el Sábado Santos son días alitúrgicos. Recuerdan el ayuno eucarístico, al que se sometió San Agustín, que ofreció al Señor no comulgar por un tiempo, como penitencia dolorosa. El altar está totalmente desnudo: sin cruz ni candeleros sobre el altar. La Iglesia, con su sobriedad litúrgica, nos ayuda a sentir vivamente la ausencia del Esposo.
La asamblea litúrgica se reúne para celebrar la Pasión del Señor más o menos a la misma hora en que sucedió: las tres de la tarde. La celebración consta de tres partes: Liturgia de la Palabra, adoración de la Cruz y Sagrada Comunión, que solo puede hacerse en ese momento (a los enfermos se les puede llevar en cualquier momento). 

Se comienza con una austera procesión de entrada, seguida de una postración durante la cual se ora al Señor. Vienen a la mente, durante esos momentos, las consideraciones que se hacía Juan Pablo II sobre ese signo litúrgico durante su ordenación: “Este rito ha marcad…

Jueves Santo

El Sagrado Triduo Pascual de la Pasión y Resurrección comienza con la Misa vespertina “in Coena Domini”. Iniciamos la celebración con el habitual saludo “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo…” y ya no diremos “Podéis ir en paz” hasta la Vigilia Pascual, que es el centro del triduo. La conclusión de este tiempo será con las Vísperas del Domingo de Resurrección.
El Triduo pascual resplandece en la cumbre de todo el año. Así como el domingo sobresale entre los días de la semana, la Solemnidad de la Pascua tiene preeminencia en el año litúrgico. Celebramos que Cristo haya consumado nuestra redención y también que haya glorificado a Dios modo perfecto mediante su muerte –con la que destruyó nuestra muerte- y su resurrección –con la que nos devolvió la vida-.
El Jueves Santo no se puede celebrar sin participación del pueblo, para acentuar el valor de la Eucaristía como sacramento de comunión con Dios y con nuestros hermanos. Nos reunimos en la tarde para recordar que, más…

Expulsión de los mercaderes del Templo

Llegamos al tercer domingo de Cuaresma. Estamos en la mitad de este itinerario penitencial, de oración y misericordia. Los domingos anteriores hemos meditado sobre las tentaciones de Jesús en el desierto y la transfiguración. A partir de hoy, la liturgia nos presentará unos textos de San Juan que nos ayudarán a prepararnos mejor para celebrar el Misterio pascual, en Semana Santa.
El Evangelio (Jn 2,13-25) presenta a Jesús cumpliendo la Voluntad del Padre, al purificar el Templo: “Pronto iba a ser la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos”.
Seguramente se encontraban en el llamado atrio de los gentiles, un gran patio que rodeaba al Templo por tres de sus lados. Dice Gnilka que probablemente el comercio se extendía incluso más afuera, como en los santuarios de hoy, hacia el monte de los Olivos. 
Juan –y con él todos los evangelistas- nos transmite la indignación del Señor, que mues…

Cuaresma: Jesús y las tentaciones

Comenzamos la Cuaresma el pasado miércoles de ceniza. Al imponérnosla, el sacerdote quizá nos dijo: “Conviérte y cree en el Evangelio”. Comenzamos un tiempo fuerte del año litúrgico. Como dice el Concilio Vaticano II (SC, 109), se trata de prepararnos para celebrar el misterio pascual, entregados más intensamente a oír la palabra de Dios y a la oración. ¿En qué consiste la preparación? La declaración conciliar habla de dos modos de hacerlo: “sobre todo mediante el recuerdo o la preparación del bautismo y mediante la penitencia”.
Antes, cuando la gente se convertía al catolicismo en la adultez, estos cuarenta días se tomaban como preparación para el bautismo, que se tenía en la noche de Pascua. Ahora, para casi todos será un tiempo de recordar los compromisos bautismales: rechazar a Satanás, “a sus pompas y a sus obras”. De hecho, el Concilio también insiste en la importancia de inculcar a los fieles “junto con las consecuencias sociales del pecado, la naturaleza propia de la penitencia…

Misericordia de Dios y perdón de los pecados

Supongo que todos tenemos, más lejos o más cerca, un amigo o un pariente con alguna limitación física. Cuando yo era muy pequeño, me sorprendió el accidente de una tía mía que, yendo en moto, perdió su pierna izquierda. 

Recuerdo mis visitas al Hospital donde, además de montar en ascensor, para nosotros los pequeños era gran pasatiempo pasearla por los largos pasillos. También conviví en el Colegio Mayor Aralar con el famoso sacerdote Luis de Moya, que después de un accidente automovilístico quedó tetrapléjico y hoy día continúa predicando, confesando, celebrando cada día la Santa Misa, y hasta administrando su página web, que enlacé en su nombre.

Conté las dos historias que más cerca tengo, porque seguramente cada quien tiene las suyas. En el Evangelio de Marcos (2, 1-12) aparece la escena de un grupo de amigos en los que se cumplía el mismo suceso: de hecho, uno de ellos mismos era paralítico. La escena se desarrolla en Cafarnaún, probablemente en casa de Pedro, que era el centro des…

Optimismo y esperanza cristiana

Comienza un nuevo año, al menos en lo laboral, para muchos. Aunque ya llevamos un mes, el inicio de febrero nos hace caer en la cuenta de que el año nuevo no da espera: ¡ya gastamos la duodécima parte! Y el inicio de un año siempre crea expectativas: es famoso el chiste del fanático de un equipo malo de fútbol que repite: “este año sí”. Pero también nos acechan miedos: la crisis económica, los vaivenes de la política, las normas que emanarán los gobernantes de turno, si seremos capaces de lograr los objetivos, cómo responderá nuestra salud… En la vida interior, un poco de lo mismo: cómo responderemos a lo que nos pide Dios; dudamos de nuestras capacidades, parece que cada vez fuéramos peores o, al menos, que no mejoramos. Como si las tentaciones fueran mayores o nuestras defensas cada vez más débiles. Por fuera y por dentro se nota la “mancha viscosa que extienden los sembradores del odio”: crece la tentación del pesimismo.

Por otra parte, la liturgia del IV domingo nos muestra motivo…