viernes, mayo 28, 2010

Santísima Trinidad

El tiempo de Pascua termina con la Solemnidad de Pentecostés, el octavo domingo después de Resurrección. Al día siguiente, recomienza el tiempo ordinario, que se había suspendido a partir del miércoles de ceniza. Sin embargo, en esta nueva etapa, la liturgia nos propone una serie de fiestas que nos ayudan a meditar en los misterios centrales de nuestra fe. En concreto, cuatro celebraciones que sintetizan la historia de la salvación: la Santísima Trinidad, el Santísimo Cuerpo y la Sangre de Cristo, el Sagrado Corazón de Jesús y Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo.

Celebramos hoy la primera de estas grandes Solemnidades: la Santísima Trinidad. El Catecismo de la Iglesia (n. 234) explica que se trata del misterio central de la fe y de la vida cristiana: “Es el misterio de Dios en sí mismo. Es la fuente de todos los demás misterios de la fe, la luz que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial en la jerarquía de las verdades de fe”.

Cuentan de un escritor muy conocido en Inglaterra (Collins), famoso por su incredulidad, que se encontró en cierta ocasión con un obrero que iba a la iglesia y le preguntó con ironía:–¿Cómo es tu Dios, grande o pequeño? Y que el obrero le respondió con sencillez: -Es tan grande que tu cabeza no es capaz de concebirlo, y tan pequeño, que puede habitar en mi corazón (Cfr. T. Tóth, Venga a nosotros tu reino).

El Compendio del Catecismo (n. 45 s) explica que la intimidad del ser de Dios como Trinidad de Personas “constituye un misterio inaccesible a la sola razón humana e incluso a la fe de Israel”. Sin embargo, también es claro que el Señor había dejado huellas de su ser trinitario en la Creación y en el Antiguo Testamento. Lo vemos en la primera lectura de la Misa de hoy, en la que se presenta la Sabiduría divina personalizada junto al Dios Creador (Prov 8,22-31: Desde la eternidad fui formada, desde el comienzo, antes que la tierra. (…) Cuando fijaba los cimientos de la tierra, yo estaba proyectando junto a Él, lo deleitaba día a día, actuando ante Él en todo momento, jugando con el orbe de la tierra, y me deleitaba con los hijos de Adán).

Jesucristo mismo fue quien reveló este misterio (Compendio, n. 46): Él enseñó que Dios es Padre. Además, en la última cena, prometió cinco veces que enviaría su Espíritu, pero añadiendo que esta Persona «procede del Padre» (Jn 15, 26).

No ha sido fácil el desarrollo teológico para llegar a formular esta verdad de fe, para explicar las enseñanzas de Jesús a las culturas dominantes. Pero los primeros cristianos lo anunciaban como misterio central, como vemos en la segunda lectura (Rom. 5,1-5): “Estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. (…) El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos dado”.

Sin embargo, no era fácil entenderlo si no se estaba dispuesto a aceptar pacíficamente el don de la fe. Un ejemplo de esa dificultad es Arrio, quien no entendía que la fe en la Unidad de Dios (hay un solo Dios verdadero) es compatible con la confesión de la Trinidad divina (Tres personas divinas: Padre, Hijo y Espíritu Santo).

El Catecismo (n. 251 s) explica que, para formular este dogma, la Iglesia tuvo que crear una terminología propia, con ayuda de nociones de origen filosófico: por ejemplo, utilizó el término “substancia” para designar el ser divino en su unidad: hay un solo Dios, una sola sustancia divina. En Dios, cada persona “es idéntica a la plenitud de la única e indivisible naturaleza divina” (Compendio, n. 48).

Al mismo tiempo, se usa el término “persona” para designar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo en su distinción real entre sí: hay un solo Dios, pero en tres personas distintas (Catecismo, n. 254).

San Atanasio lo resume de este modo, que se lee hoy en la Liturgia de las Horas: “El Padre hace todas las cosas a través del que es su Palabra, en el Espíritu Santo. De esta manera queda a salvo la unidad de la santa Trinidad. Así, en la Iglesia se predica un solo Dios, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo. Lo trasciende todo, en cuanto Padre, principio y fuente; lo penetra todo, por su Palabra; lo invade todo, en el Espíritu Santo”.

Estas explicaciones se pueden y se deben estudiar en el respectivo tratado teológico y nunca terminaremos de entender en su totalidad este maravilloso misterio central de nuestra fe. Pero, con lo que el Señor nos ha revelado y lo que nosotros podemos aprender en la teología y en la vida de los santos, seguramente avanzaremos en nuestro trato íntimo con cada una de las Personas divinas, que es en lo que consiste la vida interior.

Por ejemplo, San Josemaría, cuando enseñaba el camino “Hacia la santidad”, decía que se debe llegar a un momento en el que “el corazón necesita, entonces, distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas. De algún modo, es un descubrimiento, el que realiza el alma en la vida sobrenatural, como los de una criaturica que va abriendo los ojos a la existencia. Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo; y se somete fácilmente a la actividad del Paráclito vivificador, que se nos entrega sin merecerlo: ¡los dones y las virtudes sobrenaturales!” (Amigos de Dios, n. 306).

Distinguir y adorar a cada Persona divina: pensaremos en el Padre eterno y nos daremos cuenta de esa realidad maravillosa de ser sus hijos: “¡Dios es mi Padre! -Si lo meditas, no saldrás de esta consoladora consideración”; contemplaremos al Hijo, nuestro hermano y veremos el modelo para nuestra existencia: el camino, la verdad y la vida: “¡Jesús es mi Amigo entrañable!, que me quiere con toda la divina locura de su Corazón”; nos daremos cuenta de que somos templos del Espíritu Santo, divino huésped del alma: “¡El Espíritu Santo es mi Consolador!, que me guía en el andar de todo mi camino”. Concluiremos, con el punto n. 2 de Forja, que hemos citado en este párrafo: “Piénsalo bien. -Tú eres de Dios..., y Dios es tuyo”.


También nos puede servir la célebre oración de la Beata Isabel de la Trinidad: «Dios mío, Trinidad que adoro, ayúdame a olvidarme enteramente de mí mismo para establecerme en ti, inmóvil y apacible como si mi alma estuviera ya en la eternidad; que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de ti, mi inmutable, sino que cada minuto me lleve más lejos en la profundidad de tu Misterio. Pacifica mi alma. Haz de ella tu cielo, tu morada amada y el lugar de tu reposo. Que yo no te deje jamás solo en ella, sino que yo esté allí enteramente, totalmente despierta en mi fe, en adoración, entregada sin reservas a tu acción creadora» (Catecismo, n. 260).


domingo, mayo 23, 2010

Pentecostés: sed del agua viva


Llegamos al final del ciclo pascual. Después de casi cien días que incluyen la preparación cuaresmal, el triduo y la cincuentena pascual, celebramos hoy la Solemnidad de Pentecostés, con la que se concluye este tiempo fuerte, fortísimo, y pasamos de nuevo al ritmo corriente del tiempo ordinario en la liturgia de la Iglesia.

Es un buen momento para hacer examen y ver cómo hemos aprovechado estos días en que la gracia del Señor nos facilita recomenzar nuestra vida interior, la conversión, el decidirnos a tomarnos más en serio la llamada de Dios a la santidad y al apostolado cristiano.

Como la Solemnidad de Pentecostés es tan grande, la liturgia ofrece dos celebraciones: una vigilia y una Misa del día. El Evangelio de la primera está tomado de San Juan (7,37-39). Para entenderlo mejor, hay que contextualizarlo: se trata de la fiesta de los Tabernáculos, que se remontaba a la natural petición de agua abundante en una zona desértica. Los judíos la convertirían después en la celebración en gratitud por el agua que el Señor les había dado en el desierto. Al mismo tiempo, formaba parte de la esperanza mesiánica. Como explica Benedicto XVI, esperaban que el nuevo Moisés, el Mesías, trajese el pan y el agua duraderos, dones básicos para la vida.

En la Fiesta de los Tabernáculos, el sacerdote llevaba al Templo agua de la fuente de Siloé en una copa de oro y rociaba con ella el altar a través de un embudo de plata. Mientras tanto, se leían profecías de Isaías y de Ezequiel sobre la venida del Mesías y sobre los torrentes de agua viva que brotarían del Templo. Este ritual permite contextualizar las palabras de Jesús (Jn 7,37-39): Si alguno tiene sed, venga a mí; y beba quien cree en mí. Como dice la Escritura, de sus entrañas brotarán ríos de agua viva.

San Pablo explicará que en Jesús se cumple la antigua profecía: «todos comieron el mismo alimento espiritual y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo» (1 Co 10, 3s). Jesús se presenta como la roca que da el agua viva, así como en otro momento dirá que Él es el pan de vida.

Benedicto XVI comenta que Jesús “se presenta aquí —de modo similar a lo que hizo ante la Samaritana— como el agua viva a la que tiende la sed más profunda del hombre, la sed de vida, de «vida... en abundancia» (Jn 10, 10); una vida no condicionada ya por la necesidad que ha de ser continuamente satisfecha, sino que brota por sí misma desde el interior. Jesús responde también a la pregunta: ¿cómo se bebe esta agua de vida? ¿Cómo se llega hasta la fuente y se toma el agua? «El que cree en mí...». La fe en Jesús es el modo en que se bebe el agua viva, en que se bebe la vida que ya no está amenazada por la muerte”.

—Si alguno tiene sed, venga a mí; y beba quien cree en mí. La sed es sinónimo de necesidad; la saciedad, de autosuficiencia. Aquí aparece la fe relacionada con la humildad, con la petición de ayuda. Para beber el agua viva, para gustar del pan de vida, hace falta creer que Jesús nos los puede dar.

Viene a la mente Agustín de Hipona, con su búsqueda infatigable de respuesta a sus interrogantes existenciales. Al final podrá escribir, como prólogo de sus Confesiones, lo siguiente: «Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».

Señor: ayúdanos a tener esta actitud, al finalizar la Pascua. Que no perdamos esta santa inquietud de buscarte cada día, con la novedad del alma que se sabe necesitada, que no es autosuficiente. Danos, Señor, la humildad necesaria para creer en ti y acercarnos a beber en esa fuente de agua vida que es tu Corazón amoroso.

Como dice la Escritura, de sus entrañas brotarán ríos de agua viva. El que se acerca a Jesús encuentra un manantial inagotable de agua que salta hasta la vida eterna. Así lo expresa San Basilio en su gran libro sobre el Espíritu Santo: así como los cuerpos nítidos y brillantes, cuando les toca un rayo de sol, se tornan ellos mismos brillantes y desprenden de sí otro fulgor, así las almas que llevan el Espíritu son iluminadas por el Espíritu Santo y se hacen también ellas espirituales y envían la gracia a otras. De ahí viene entonces la presciencia de las cosas futuras, la comprensión de las secretas, la percepción de las ocultas, la distribución de los dones, la ciudadanía del cielo, las danzas con los ángeles; de ahí surge la alegría sin fin, la perseverancia en Dios, la semejanza con Dios y lo más sublime que se puede pedir: el endiosamiento”.

Se refirió con esto al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él, pues todavía no había sido dado el Espíritu, ya que Jesús aún no había sido glorificado. Esa agua viva aparecerá  simbolizada en la Cruz, cuando la lanza del soldado haga manar sangre y agua del costado de Jesús. De esta manera, el Evangelista anuncia lo que narrará en los últimos dos capítulos: la comunicación del Espíritu Santo por parte del Señor Resucitado. Por eso se pregunta San Agustín: “¿cómo entender que todavía no había sido dado el Espíritu ya que Jesús aún no había sido glorificado, si no en el sentido de que aquella dádiva, donación o misión del Espíritu Santo habría de comunicarse en el futuro, después de la glorificación de Cristo, como jamás lo había sido antes?”

Acudamos a la Santísima Virgen, Esposa del Espíritu Santo, para que ella nos lleve a la fuente de aguas vivas, para que seamos instrumentos del Señor. Alcánzanos, Madre nuestra, la limpieza por parte del Divino Paráclito, para que podamos desprender ese fulgor de su luz; para que las personas que se acerquen a nosotros se sientan impulsadas a amarle más, para que nosotros también nos convirtamos en espirituales al contacto con su gracia, y podamos transmitirla a los demás, como hicieron los Apóstoles aquella mañana de Pentecostés.

viernes, mayo 21, 2010

Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te quiero


Al final de la cincuentena pascual, leemos de nuevo el final del Evangelio de Juan (21,15-19): “Cuando acabaron de comer, le dijo Jesús a Simón Pedro: —Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? Le respondió: —Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Le dijo: —Apacienta mis corderos. Volvió a preguntarle por segunda vez: —Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Le respondió: —Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Le dijo: —Pastorea mis ovejas. Le preguntó por tercera vez: —Simón, hijo de Juan, ¿me quieres? Pedro se entristeció porque le preguntó por tercera vez: «¿Me quieres?», y le respondió: —Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te quiero. Le dijo Jesús: —Apacienta mis ovejas”.

Los Padres de la Iglesia ven, en este pasaje evangélico, a Jesús que actúa como Buen Pastor. Después de las negaciones de Pedro, el Señor le otorga el primado que le había anunciado: el poder de las llaves. Benedicto XVI comenta en Jesús de Nazaret: “Se confía a Pedro la misma tarea de pastor que pertenece a Jesús (…). Sin embargo, para poder desempeñarla, debe entrar por la puerta. A este entrar -o mejor dicho, ese dejarle entrar por la puerta (cf. Jn 10, 3)- se refiere la pregunta repetida tres veces: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas?" Ahí está lo más personal de la llamada: se dirige a Simón por su nombre propio, "Simón", y se menciona su origen. Se le pregunta por el amor que le hace ser una sola cosa con Jesús”.

Fijémonos en el diálogo, en primer lugar, en las respuestas de Pedro: -¿Me amas? –te quiero. -¿Me amas?- te quiero. ¿Me quieres? –Tú lo sabes todo… Son una invitación a la contrición, a la conversión, que han de estar precedidas por un examen sincero: “¿Un medio para ser franco y sencillo?... Escucha y medita estas palabras de Pedro: «Domine, Tu omnia nosti...» –Señor, ¡Tú lo sabes todo!” (Surco, 326).

Examen sincero, franco y sencillo. Examen lleno de la confianza en Dios, para no caer en el desespero ante la propia miseria. San Josemaría invitaba a hacerse esas preguntas: “en la presencia de Dios, ¿no encuentras nada de lo que no debas lamentarte? ¿Has intentado de verdad servir a Dios y a tus hermanos los hombres, o has fomentado tu egoísmo, tu gloria personal, tus ambiciones, tu éxito exclusivamente terreno y penosamente caduco?” (Amigos de Dios, n.16).

Quizá para evitar el desánimo, comentaba a continuación: “Si os hablo un poco descarnadamente, es porque yo quiero hacer una vez más un acto de contrición muy sincero, y porque quisiera que cada uno de vosotros también pidiera perdón. A la vista de nuestras infidelidades, a la vista de tantas equivocaciones, de flaquezas, de cobardías -cada uno las suyas-, repitamos de corazón al Señor aquellas contritas exclamaciones de Pedro: Domine, tu omnia nosti, tu scis quia amo te!; ¡Señor!, ¡Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo, a pesar de mis miserias! Y me atrevo a añadir: Tú conoces que te amo, precisamente por esas miserias mías, pues me llevan a apoyarme en Ti, que eres la fortaleza: quia Tu es, Deus, fortitudo mea (Sal 42,2). Y desde ahí, recomencemos (Ib.).

Recomenzar desde un examen sincero, franco y sencillo, es un requisito para la conversión que el Señor nos pide antes de cruzar la puerta de su amor, para ser buenos pastores de nuestros hermanos, recorriendo su camino. Pero no se trata de una meta personal, voluntarista, sino de un regalo de Dios. Por eso aclara el Papa que, más que “entrar” Pedro, se trata de un “dejarle entrar” Jesús.

Podemos seguir inspirándonos en la oración de San Josemaría: “«Domine, tu scis quia amo te!» -¡Señor, Tú sabes que te amo!: cuántas veces, Jesús, repito y vuelvo a repetir, como una letanía agridulce, esas palabras de tu Cefas: porque sé que te amo, pero ¡estoy tan poco seguro de mí!, que no me atrevo a decírtelo claro. ¡Hay tantas negaciones en mi vida perversa! «Tu scis, Domine!» -¡Tú sabes que te amo! -Que mis obras, Jesús, nunca desdigan estos impulsos de mi corazón”. (Forja, n. 176). “¡Ayúdame a amarte más, auméntame el amor!” (Ib., n. 497).

Como requisito para ser un Pastor a la medida del Corazón de Jesús, el Señor exige la conversión, “pregunta a Simón por el amor que le hace ser una sola cosa con Jesús”. En los días previos a Pentecostés, la Iglesia nos propone de nuevo esa mudanza: “El Señor convirtió a Pedro –que le había negado tres veces– sin dirigirle ni siquiera un reproche: con una mirada de Amor. –Con esos mismos ojos nos mira Jesús, después de nuestras caídas. Ojalá podamos decirle, como Pedro: "¡Señor, Tú lo sabes todo; Tú sabes que te amo!", y cambiemos de vida. (Surco, n. 964).

Julio Eugui transcribe una piadosa tradición, quizá una simple leyenda: “Cuentan que San Pedro, todos los días, al oír cantar a un gallo, se echaba a llorar porque se acordaba de la triple traición a Cristo, y que las lágrimas habían grabado surcos en sus mejillas. Por cada negación le salía del alma exclamar: "Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo" (Jn 21,17). Es imposible que las lágrimas abran hendiduras en un rostro: hasta aquí la leyenda. Pero es bien verosímil que para San Pedro el canto del gallo tuviera una resonancia muy especial. Y en aquellos tiempos debía ser muy difícil no tener cerca del propio domicilio, incluso en una urbe como Roma, un corralito con algún gallo dispuesto a avisar a los vecinos de la llegada del nuevo día. Cuántos actos de contrición debió hacer aquel gran hombre”.

2. Hasta aquí hemos visto la escena desde la perspectiva de Pedro. Ahora hagamos nuestra oración contemplando las acciones de Jesús: Apacienta mis corderos. Pastorea mis ovejas. Apacienta mis ovejas. Comenta el Papa que Pedro “llega a las ovejas "a través de Jesús"; no las considera suyas, sino como el "rebaño" de Jesús. Puesto que llega a ellas por la "puerta" que es Jesús, como llega unido a Jesús en el amor, las ovejas escuchan su voz, la voz de Jesús mismo; no siguen a Simón, sino a Jesús, por el cual y a través del cual llega a ellas, de forma que, en su guía, es Jesús mismo quien guía”.

En el mismo sentido, predicaba San Josemaría que las almas son de Dios: “Apacienta mis ovejas. No las tuyas, no las vuestras: ¡las mías! Porque El ha creado al hombre, El lo ha redimido, El ha comprado cada alma, una a una, al precio de su Sangre. (…) No hacemos nuestro apostolado. En ese caso, ¿qué podríamos decir? Hacemos -porque Dios lo quiere, porque así nos lo ha mandado: id por todo el mundo y predicad el Evangelio- el apostolado de Cristo. Los errores son nuestros; los frutos, del Señor” (Amigos de Dios, n. 267).

Continúa el Evangelio: En verdad, en verdad te digo: cuando eras más joven te ceñías tú mismo y te ibas adonde querías; pero cuando envejezcas extenderás tus manos y otro te ceñirá y llevará adonde no quieras —esto lo dijo indicando con qué muerte había de glorificar a Dios. Y dicho esto, añadió: —Sígueme.

Comenta el Papa: “Toda esta escena acaba con las palabras de Jesús a Pedro: "Sígueme" (Jn 21, 19). El episodio nos hace pensar en el pasaje que sigue a la primera confesión de Pedro, en la que éste había intentado apartar al Señor del camino de la cruz, a lo que el Señor respondió: “Detrás de mí”, exhortando después a todos a cargar con la cruz y a "seguirlo" (cf. Mc 8, 33 s) También el discípulo que ahora precede a los otros como pastor debe "seguir" a Jesús. Esto comporta -como el Señor anuncia a Pedro tras confiarle el oficio pastoral- la aceptación de la cruz, la disposición a dar la propia vida. Precisamente así se hacen concretas las palabras: "Yo soy la puerta". De este modo Jesús mismo sigue siendo el pastor”.

Acudimos a nuestra Madre, Regina Apostolorum, para que en esta recta final del decenario sintamos como dirigidas a nosotros las palabras del Señor: Sígueme. Apacienta mis ovejas. Y respondamos, como Pedro, pidiendo la gracia divina: Tu scis quia amo te!, ayúdame a convertirme para ser un buen pastor de mis hermanos.

jueves, mayo 13, 2010

Santa pureza


Seguimos meditando el discurso de la despedida del Señor, en la última cena, que nos transmite San Juan: —Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él.

Guardar la palabra de Dios, como muestra de que le amamos. Si alguno me ama… Hablaremos con Dios en esta oración sobre el amor de Dios que se manifiesta en la virtud de la santa pureza. Caridad y pureza… La castidad no se explica a sí misma, sino desde el Amor, como predicaba San Josemaría (Amigos de Dios, n. 119): ¡Qué hermosa es la santa pureza! Pero no es santa, ni agradable a Dios, si la separamos de la caridad. La caridad es la semilla que crecerá y dará frutos sabrosísimos con el riego, que es la pureza. Sin caridad, la pureza es infecunda, y sus aguas estériles convierten las almas en un lodazal, en una charca inmunda, de donde salen vaharadas de soberbia.

Dios siembra en nuestra alma, con el bautismo, la semilla de las virtudes teologales. Nosotros debemos corresponder a ese amor con el riego del esfuerzo por vivir la virtud de la pureza. Así percibimos el sentido positivo de esta virtud, que no es una suma de negaciones, sino la ocasión de recomponer el equilibrio perdido por el pecado original. Así lo predica San Agustín: “Si el pecado original rompió la armonía de nuestras facultades, la continencia nos recompone; nos vuelve a llevar a esa unidad que perdimos”. Y San Josemaría explicará que es una corona triunfal (Es Cristo que pasa, n. 5): "La pureza es consecuencia del amor con el que hemos entregado al Señor el alma y el cuerpo, las potencias y los sentidos. No es negación, es afirmación gozosa".

Pureza y caridad. Se trata de una virtud, por lo cual hace falta esforzarse cada día para que el amor de Dios crezca un poco más, quemando cosas nuevas; buscando en la oración y en el examen qué aspectos conviene purificar, cuáles otros hay que alcanzar: “¿Quieres ver a Dios? Escúchalo: bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. En primer lugar –aconseja San Agustín- piensa en la pureza de tu corazón; lo que veas en él, que desagrada a Dios, quítalo”.

Bienaventurados los limpios de corazón… J. Echevarría (Itinerarios de vida cristiana) glosa también estas palabras del Sermón del monte: “la limpieza de corazón se relaciona con la aspiración a mantenerlo abierto a los amores que ensalzan; exige la lucha por evitar que el mundo interior se enfangue, con pensamientos que traicionen la verdadera dignidad y hagan imposible una auténtica comunicación con los demás y, radicalmente, con Dios. La pureza de corazón no se reduce, pues, a la castidad, aunque ciertamente la incluye. Cristo nos enseña a custodiar una limpieza de alma y de cuerpo -cada uno en su estado- que posibilite el verdadero gozo de "ver a Dios", es decir, que mantenga activa e íntegra la capacidad de levantar la mirada hacia lo alto, hasta contemplar en todas las cosas el reflejo y la imagen del Creador".

Virtud humana y virtud sobrenatural. Por eso hay que pedirla al Señor, como hacía San Josemaría (Camino, n. 130): “Quítame, Jesús, esa corteza roñosa de podredumbre sensual que recubre mi corazón, para que sienta y siga con facilidad los toques del Paráclito en mi alma”. Se trata de una virtud imprescindible para escuchar a Dios. También San Basilio señalaba que el Espíritu Santo actúa de modo íntimo en el alma que vive con amor la santa pureza: “El Espíritu Santo ejerce una acción especial en todos los hombres que son puros en sus intenciones y afectos”.

La Virgen Santísima es intercesora para alcanzar esta virtud. Y es modelo excelso. Por eso, San Josemaría acudía a Ella y a su esposo San José, pidiendo esta virtud para él, para sus hijos espirituales y para toda la Iglesia: “Madre Inmaculada, San José -Padre y Señor-, interceded: para que seamos instrumentos, y no obstáculos”.

¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? (1 Co 6,19). "¡Cuantas veces -comentaba San Josemaría, al meditar estas palabras de San Pablo- ante la imagen de la Virgen Santa, de la Madre del Amor Hermoso, responderéis con una afirmación gozosa a la pregunta del Apóstol!: Sí, lo sabemos y queremos vivirlo con tu ayuda poderosa, oh Virgen Madre de Dios" (Conversaciones, 122).

Caridad y paz de Dios

 
Jesús le respondió: —Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que escucháis no es mía sino del Padre que me ha enviado.

Tomás pregunta a Jesús sobre su revelación, que los Apóstoles entendían reservada solo a ellos, mientras –según la mentalidad de la época- se pensaba que el Mesías se manifestaría al mundo entero. El Señor le hace ver que Él se manifiesta, fundamentalmente, a quien le ama y demuestra ese amor con obras: guardando su palabra. A continuación concreta en qué consiste esa revelación: en ser depositarios del amor del Padre y de la inhabitación de la Trinidad en el alma.

Al comienzo del discurso, Jesús había dicho que se iba para preparar una morada en la casa del Padre. Ahora complementa esa promesa con otro anuncio: no solo viviremos en la casa del Padre, sino que nosotros mismos seremos sus huéspedes. Es la manera de cumplir las promesas del Antiguo Testamento. San Pablo explicará (cfr 2 Co 6,16): vosotros sois el templo de Dios vivo, según dijo Dios: Yo habitaré y caminaré en medio de ellos, y seré su Dios y ellos serán mi pueblo).

San Josemaría enseña, desde su experiencia personal, cómo se llega a experimentar la inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma del cristiano:El corazón necesita, entonces, distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas. De algún modo, es un descubrimiento, el que realiza el alma en la vida sobrenatural, como los de una criaturica que va abriendo los ojos a la existencia. Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo; y se somete fácilmente a la actividad del Paráclito vivificador, que se nos entrega sin merecerlo: ¡los dones y las virtudes sobrenaturales!(Amigos de Dios, 306)

Os he hablado de todo esto estando con vosotros; 26 pero el Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todo y os recordará todas las cosas que os he dicho.

Jesús promete el envío del Espíritu Santo y explica su misión: enseñar, recordar. No solo traerá a la memoria, sino  que también ayudará a comprender el verdadero significado de las palabras y de las obras de Jesús tras su resurrección (Perkins). Ese “recordar” significa también sugerir: el Paráclito les traerá a la memoria lo que ya habían escuchado a Jesús, pero con una nueva luz, que les capacitará para descubrir la profundidad y riqueza de lo que habían visto y escuchado (Navarra).

La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Habéis escuchado que os he dicho: «Me voy y vuelvo a vosotros». Si me amarais os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Os lo he dicho ahora antes de que suceda, para que cuando ocurra creáis.

Quizá por la claridad del anuncio de su partida, en la cara de los discípulos se manifiesta su tristeza por la pérdida del Maestro y quizá el temor a las autoridades judías. Por eso Jesús les recuerda el “no temáis” de otras ocasiones: No se turbe vuestro corazón ni se acobarde.

Y explica cuál es la clave de esa serenidad: la paz, como don suyo; como fruto del Espíritu Santo, una perfección plasmada en nosotros como primicia de la gloria eterna (Cf. Compendio del Catecismo, n. 390). Es una paz que nos llena de gozo, de alegría –otro fruto de Pentecostés- por estar unidos a Dios y, por Él, a los demás.

Por eso Jesús dice que su paz no es como la del mundo. La paz del Señor procede de la reconciliación con Él, del esfuerzo por apartarnos de lo que se opone a esa unión: del egoísmo, de la sensualidad, de las ambiciones terrenas. La paz del Señor es generosa, supera el mero sentimiento y los deseos propios: Si me amarais os alegraríais de que vaya al Padre.

La paz del Señor, podemos concluir, coincide con la alegría de ser sus hijos, de estar con Él. De conocer la riqueza de la vida intratrinitaria: la unidad del Padre y del Hijo con el Espíritu Santo. Y nos mueve a anunciarla a los demás.

San Josemaría escribe otro punto autobiográfico en Camino (n. 258): Rechaza esos escrúpulos que te quitan la paz. - No es de Dios lo que roba la paz del alma. Cuando Dios te visite sentirás la verdad de aquellos saludos: la paz os doy..., la paz os dejo..., la paz sea con vosotros..., y esto, en medio de la tribulación.

La paz que el Señor nos trae procede de esas “visitas”, cuando Él irrumpe en el alma dándonos oración, sugiriéndonos generosidad, "en medio de la tribulación". Santa Catalina de Siena explicaba las visitas de la paz de Dios, poniendo en los labios divinos estas palabras: "Mi visita al alma es de diversos modos: unas veces con una luz especial para el conocimiento de sí misma; otras, por la generosidad de mi bondad, hasta con contrición de sus pecados; otras poniéndole dentro de su espíritu la presencia de mi Verdad, de modos diversos según me place y el deseo que han tenido".

La paz del Señor, concluye San Josemaría (Amigos de Dios, n. 116), procede de abandonarnos en Él: Os aseguro -lo he tocado con mis manos, lo he contemplado con mis ojos- que, si confiáis en la divina Providencia, si os abandonáis en sus brazos omnipotentes, nunca os faltarán los medios para servir a Dios, a la Iglesia Santa, a las almas, sin descuidar ninguno de vuestros deberes; y gozaréis además de una alegría y de una paz que mundus dare non potest, que la posesión de todos los bienes terrenos no puede dar.

Javier Echevarría (“Eucaristía y vida cristiana”) resume lo que hemos meditado sobre la paz del Señor: “Vivir la paz y sembrar la paz: así cabe resumir la vida de un buen hijo de Dios. Se muestran como hijos de Dios los que imitan a su Padre, el Dios de la paz, fuente eterna de infinita paz; se conforman con Cristo, el príncipe de la paz; y acogen al Espíritu Santo, vínculo de unión y de paz. Viven y transmiten una paz que crece junto a su regeneración espiritual, a su intimidad con la Santísima Trinidad; y la recuperan -cuando la han perdido- acudiendo al sacramento de la Reconciliación con Dios y con la Iglesia. Esta paz aumenta en sus almas y la difunden a su alrededor en la medida en que se identifican con Jesucristo realmente presente en la Eucaristía”.

lunes, mayo 03, 2010

El mandamiento nuevo


Cuenta san Juan que en la última cena, poco después del lavatorio de los pies, Jesús les explica a sus discípulos “el mandamiento nuevo”: Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros. Como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros.

Muchos autores se preguntan por qué Jesús llama “nuevo” a este mandamiento, cuando estaba ya previsto en el Antiguo Testamento. San Josemaría ofrecía una respuesta: “después de veinte siglos, todavía sigue siendo un mandato nuevo, porque muy pocos hombres se han preocupado de practicarlo; el resto, la mayoría, ha preferido y prefiere no enterarse. Con un egoísmo exacerbado, concluyen: para qué más complicaciones, me basta y me sobra con lo mío. No cabe semejante postura entre los cristianos. (...) No hemos de conformarnos con evitar a los demás los males que no deseamos para nosotros mismos. Esto es mucho, pero es muy poco, cuando comprendemos que la medida de nuestro amor viene definida por el comportamiento de Jesús” (Amigos de Dios, 222).

En las salas de estudio de todos los Centros del Opus Dei en el mundo (en Bogotá, en Sudáfrica, en Estocolmo, en Indonesia), hay un cuadrito con estas palabras del Señor. Pedro Rodríguez cuenta la historia de esta costumbre: dice que, en 1934, al poner la Residencia universitaria de Ferraz, San Josemaría hizo que "campeara" esta doctrina en la sala de estudio de la Residencia. En esa palabra de Jesús veía la síntesis del espíritu que quería inculcar a los estudiantes: amor, fraternidad, servir a los demás, llevar la carga de los otros. Esa Residencia fue destruida durante la guerra civil. Tenía que comenzar de cero. Entre los escombros, después de la guerra, apareció el pergamino cuadro del «Mandatum Novum» bastante bien conservado, fue lo único que quedó de aquella casa. San Josemaría siempre entendió el hallazgo como una manera de señalarle el Señor dónde está lo permanente cuando todo se derrumba: en el mandamiento del Amor.

Por eso, predicó infatigablemente esta primacía de la caridad. A modo de ejemplo, podemos citar el punto 454 de Forja: “¡Con cuánta insistencia el Apóstol San Juan predicaba el «mandatum novum»! -"¡Que os améis los unos a los otros!" -Me pondría de rodillas, sin hacer comedia -me lo grita el corazón-, para pediros por amor de Dios que os queráis, que os ayudéis, que os deis la mano, que os sepáis perdonar. -Por lo tanto, a rechazar la soberbia, a ser compasivos, a tener caridad; a prestaros mutuamente el auxilio de la oración y de la amistad sincera”.

Y es que, en ocasiones, lo que más falta hace es una cara amable, una sonrisa amiga, el recuerdo de un momento grato. Cuenta J. Eugui que, en Italia, hace unos años se dio un caso que los periodistas llamaron “un milagro de amor”: la vuelta a la "vida" de un muchacho que estuvo en coma durante cuatro años, tras sufrir un accidente de tráfico, gracias al continuo apoyo de su novia. Valerio Vasinari, estudiante de ingeniería de 23 años, se encontraba ingresado en un hospital de Ferrara, totalmente inconsciente, desde el accidente que estuvo a punto de costarle la vida en noviembre de 1991. Su novia, Cecilia Orlandi, de 20 años, acudía a diario a la clínica para hablarle al oído. Le contaba de sus cosas, incluso de las más íntimas, le recordaba todo lo que habían vivido juntos, los amigos, los viajes; también cuanto pasaba en su entorno, del tiempo..., como si él pudiera escucharla. El caso es que, contra todo pronóstico, Valerio salió del coma y se recuperó de manera muy satisfactoria. Lo más admirable del comportamiento de la novia quizás sea, junto con su tenacidad y la esperanza de que lograría sacarlo adelante, esta convicción: -Jamás me rendí porque sé que él habría hecho lo mismo en mi lugar.

Quizá nosotros no tendremos que acompañar cuatro años a una persona en coma, pero sí que podemos seguir otro consejo de San Josemaría: “¡hay tantos hermanos, amigos tuyos, sobrecargados de trabajo! Con delicadeza, con cortesía, con la sonrisa en los labios, ayúdales de tal manera que resulte casi imposible que lo noten; y que ni se puedan mostrar agradecidos, porque la discreta finura de tu caridad ha hecho que pasara inadvertida” (Amigos de Dios, 44).

Estamos haciendo nuestra oración, no asistimos a una consideración externa de las palabras del Señor. Como yo os he amado, amaos también unos a otros. Señor: ayúdanos a sacar propósitos concretos, pues el ideal que nos propones es demasiado elevado: amar a los demás como Tú nos amaste, hasta dar la vida por ellos. ¡Qué lejos estamos de esa meta, Señor! Es verdad que queremos servir, quizá hemos tomado decisiones notorias en esa línea: nos proponemos dar la vida inclusive. Pero después, en el día a día, podemos ir a lo nuestro: mi tiempo, mis aficiones, mi rendimiento personal… Y se me olvida que estás Tú mismo, esperando en la persona que tengo a mi lado, en mis parientes, en mis compañeros, que me sacrifique un poco, que pierda el miedo a excederme en mi gasto por los demás.

A veces, lo que la caridad pide no es mimos ni palmadas en el hombro. También es caridad la exigencia, la fortaleza para corregir un defecto en el hermano, en el amigo. Jesús obró así. A Juan, el discípulo amado, lo corrige con dureza cuando quiere quemar un pueblo porque no le habían hecho caso y cuando pide un lugar de preferencia en el reino de los Cielos. La caridad no es simple diplomacia, ni se conforma con indirectas: seguramente recordamos cuánto nos han ayudado unas indicaciones concretas –que quizá nos molestaron en un primer momento- para mejorar en nuestra vida personal, familiar, profesional o social. ¡Si en último término, es lo que se espera del verdadero amigo! Y hay gente que tiene que pagar para que le corrijan y le indiquen lo que no va bien: entrenadores, asesores, etc. También aquí se aplica el mandamiento nuevo: amar como el Señor nos amó.

Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros. Como yo os he amado, amaos también unos a otros. Por último, el Señor prescribe este mandamiento como la señal distintiva de los cristianos: En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros. Así reflexionaba San Josemaría sobre este precepto (Forja 889): A veces, con su actuación, algunos cristianos no dan al precepto de la caridad el valor máximo que tiene. Cristo, rodeado por los suyos, en aquel maravilloso sermón final, decía a modo de testamento: «Mandatum novum do vobis, ut diligatis invicem» -un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros. Y todavía insistió: «in hoc cognoscent omnes quia discipuli mei estis». -en esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros. -¡Ojalá nos decidamos a vivir como El quiere!

La Virgen Santísima es modelo de caridad: estando ella en embarazo, salió en cuanto pudo para acompañar a su prima Isabel, que necesitaba su ayuda. En Caná, fue la primera en advertir que el vino escaseaba. Durante la vida pública del Señor, supo ocultarse y estar en un discreto segundo lugar. Pero cuando el Maestro muere, está en primera fila, acompañando a los discípulos para que su fe no desfallezca. Pidámosle a Ella que también nosotros, como los primeros cristianos, vivamos de tal forma el amor a Jesucristo, que desde su corazón encontremos amor para nuestros hermanos, como Él nos amó.

San José Obrero. Día del trabajo



Hoy es 1 de mayo, fiesta internacional del trabajo. Para nadie es un secreto que el origen de esta festividad es una reivindicación comunista, que quería celebrar la lucha del proletariado. La Iglesia, como siempre, más que oponerse a la celebración del trabajo humano –un objetivo digno y justo- la purificó de la lucha de clases y la sublimó a la categoría de fiesta litúrgica, conmemorando a San José Obrero.

Hay muchas maneras de enfocar el trabajo: desde quien lo considera un castigo, como la famosa canción del “Negrito del Batey”, que decía: “A mí me llaman el negrito del Batey porque el trabajo para mí es un enemigo. El trabajar yo se lo dejo todo al buey, porque el trabajo lo hizo Dios como un castigo”. Hasta quienes, como los  llamados trabajo-adictos (“workaholics”) se consagran de tal modo a él que se olvidan de la familia, del descanso, de los amigos.

La Iglesia en cambio ofrece una visión dignificante y valorativa del trabajo. Por eso nos pone la labor profesional de José como un modelo a imitar. En el Evangelio de la Misa, ofrece un relato de San Mateo, que presenta a Jesús proclamando –con palabras y con obras- la llegada del Reino. Cuando llega a su ciudad natal, cuenta el evangelista que sus paisanos “se quedaban admirados y decían: —¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos poderes? ¿No es éste el hijo del artesano? ¿No se llama su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas?”

No les parece posible que aquel a quien vieron crecer, al que conocieron pequeñito, fuera ahora un personaje de reconocimiento internacional, como diríamos hoy. Pero a nosotros nos llama la atención las preguntas que se hacen: ¿No es éste el hijo del artesano? Precisamente por ese interrogante se emplea este pasaje en la Eucaristía del 1 de mayo.

San José Obrero, San José Artesano. Es impresionante que Jesús haya querido nacer en el hogar de un hombre trabajador, que haya aprendido de él un oficio para ganarse el pan. Los exégetas explican que se trataría de un trabajo mejor considerado que las labores del campo, pues implica creatividad. Al parecer, por aquellos años se estaba construyendo la cercana ciudad de Séforis y allí se dedicarían, San José y Jesús –su hijo adoptivo- a diversas labores de artesanía: puertas, herrajes, yugos, ornamentación, etc. Hoy celebramos entonces el trabajo humano contemplando el ejemplo de José, maestro del trabajador Jesús.

San Josemaría es reconocido como el gran apóstol contemporáneo del trabajo, y decía al respecto (Amigos de Dios, 56):“el trabajo es una estupenda realidad, que se nos impone como una ley inexorable a la que todos, de una manera o de otra, estamos sometidos, aunque algunos pretendan eximirse. Aprendedlo bien: esta obligación no ha surgido como una secuela del pecado original, ni se reduce a un hallazgo de los tiempos modernos. Se trata de un medio necesario que Dios nos confía aquí en la tierra, dilatando nuestros días y haciéndonos partícipes de su poder creador, para que nos ganemos el sustento y simultáneamente recojamos frutos para la vida eterna (Jn 4,36): el hombre nace para trabajar, como las aves para volar (Jb 5,7)”.

En su viaje a Francia, Benedicto XVI (12-IX-2008) explicaba el ambiente cultural en que se movía el Señor: En el mundo griego el trabajo físico se consideraba tarea de siervos. El sabio, el hombre verdaderamente libre, se dedicaba únicamente a las cosas espirituales; dejaba el trabajo físico como algo inferior a los hombres incapaces de la existencia superior en el mundo del espíritu. (…) El mundo greco-romano no conocía ningún Dios Creador; la divinidad suprema, según su manera de pensar, no podía, por decirlo así, ensuciarse las manos con la creación de la materia. «Construir» el mundo quedaba reservado al demiurgo, una deidad subordinada. (..) Muy distinto era el Dios cristiano: Él, el Uno, el verdadero y único Dios, es también el Creador. Dios trabaja; continúa trabajando en y sobre la historia de los hombres. En Cristo entra como Persona en el trabajo fatigoso de la historia”.

El trabajo es una participación en la obra de Dios. Señor: te damos gracias por estas enseñanzas, por hacernos asequible el camino de la santidad, de la identificación contigo, precisamente a través del trabajo cotidiano. ¡Cuánto tiempo habremos pasado sin conocer esta realidad estupenda! Y qué gozo la primera vez que nos enteramos de que no hacía falta abandonar ese ideal humano que nos atraía –la medicina, la música, la literatura, las matemáticas, el deporte, los viajes, la amistad- para estar cerca de ti.

Hoy podemos pensar en nuestro trabajo personal. Para muchos puede ser el estudio, la preparación para el futuro desempeño profesional: ¿cómo lo realizamos? ¿Con ilusión, esfuerzo, empeño, puntualidad? ¿O con pereza, distracciones, retrasos, mediocridad? En este rato de oración delante del Señor, comprometámonos con Él –quizá una vez más-  en que revisaremos el horario para hacerlo más exigente, en que comenzaremos y terminaremos a tiempo, en que lucharemos para rechazar las tentaciones, para no abrir más ventanas de las necesarias en el computador –quizá basta con dos como máximo-, en que retrasaremos la revisión del correo y la navegación en Internet para cuando hayamos acabado los deberes…

Cada uno sabrá qué le pide el Señor para santificar su trabajo y procurará formular propósitos para avanzar en ese camino. Quizá comenzar por proponerse trabajar más, como aconseja San Josemaría (Forja, n. 698):“Si queremos de veras santificar el trabajo, hay que cumplir ineludiblemente la primera condición: trabajar, ¡y trabajar bien!, con seriedad humana y sobrenatural”.

Me parece significativa una anécdota de Edith Stein, aquella filósofa judía que moriría mártir, ya cristiana, en un campo de concentración nazi: una tarde de verano cogió el 'Libro de su vida', de Santa Teresa, y lo leyó en una noche para terminar reconociendo: "¡Esto es la verdad!" Se decidió a bautizarse en la Iglesia Católica. Sus primeros pasos en la fe estuvieron marcados por el trabajo: estudió varios libros (los escritos de Santa Teresa, la “Iniciación al cristianismo” de Kierkegaard, literatura cristiana, Nuevo Testamento incluido...). La mañana siguiente a la lectura que reorientó su vida se compró un catecismo católico y un misal para estudiarlos concienzudamente. Su biógrafa concluye que, “junto al testimonio de la vida y la confesión de fe de determinados cristianos se sitúa la adquisición intelectual autodidacta y el hacerse a la liturgia de la Iglesia” (Cf. Ranff Viki, Edith Stein en busca de la verdad. Palabra, Madrid 2005, p. 117-8).

Concluyamos con otras palabras del Papa alemán sobre el trabajo, tomadas de una predicación en la fiesta de San José –su santo- (19-III-2006):“El trabajo reviste importancia primaria para la realización del hombre y para el desarrollo de la sociedad, y por esto es necesario que se organice y desarrolle siempre en el pleno respeto de la dignidad humana y al servicio del bien común. Al mismo tiempo, es indispensable que el hombre no se deje someter por el trabajo, que no lo idolatre, pretendiendo hallar en él el sentido último y definitivo de la vida”.

Y explica cómo debe ser un trabajo que dignifique al ser humano: “se necesita vivir una espiritualidad que ayude a los creyentes a santificarse a través del propio trabajo, imitando a San José, que cada día tuvo que proveer a las necesidades de la Sagrada Familia con sus manos y a quien por ello la Iglesia señala como patrono de los trabajadores. Su testimonio muestra que el hombre es sujeto y protagonista del trabajo. (…) Que junto a María, su Esposa, vele San José sobre todos los trabajadores y obtenga para las familias y para toda la humanidad serenidad y paz. Que contemplando a este gran Santo, los cristianos aprendan a testimoniar en todo ámbito laboral el amor de Cristo, fuente de solidaridad verdadera y de paz estable”.

Camino, verdad y vida



Estamos leyendo en la liturgia la segunda parte del Evangelio de San Juan, llamada “el libro de la hora”, que comienza en el capítulo 13 con la última cena, después de haber expuesto antes el llamado “libro de los signos”. En la primera parte de este libro de la hora, Juan expone con detalladamente la última cena. Después del lavatorio de los pies, Juan narra el “discurso de despedida”.

En la primera parte de ese discurso, Jesús comienza tranquilizando a los discípulos, que habían quedado conmovidos ante el anuncio de las negaciones de Pedro: “No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí”.

Al mismo tiempo, los anima anunciándoles que les preparará un lugar en el Cielo, pues ellos serán fieles: De lo contrario, ¿os hubiera dicho que voy a prepararos un lugar? Cuando me haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí, para que, donde yo estoy, estéis también vosotros. Aludiendo a estas palabras, Santa Teresa comenzaría su clásico escrito sobre “Las moradas”, considerando el alma “como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas. Que si bien lo consideramos, hermanas, no es otra cosa el alma del justo sino un paraíso adonde dice El tiene sus deleites. Pues ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un Rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita?”

Para este último punto de los deleites, Santa Teresa se inspira en el libro de los Proverbios (8, 31): “mi delicia era estar con los hijos de los hombres”. También a San Josemaría le sirvieron mucho estas palabras. Podemos pensar en su homilía sobre la Resurrección, que comienza precisamente así: Cristo vive: Cristo no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos. No: Cristo vive. Jesús es el Emmanuel: Dios con nosotros. Su Resurrección nos revela que Dios no abandona a los suyos. ¿Puede la mujer olvidarse del fruto de su vientre, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidare, Yo no me olvidaré de ti (Is 49, 14-15), había prometido. Y ha cumplido su promesa. Dios sigue teniendo sus delicias entre los hijos de los hombres.

Voy a prepararos un lugar… mi delicia era estar con los hijos de los hombres… que, donde yo estoy, estéis también vosotros… Señor: en este tiempo de Pascua pensamos en Ti como el Resucitado, siempre vivo a la derecha del Padre. Y nos llena de consuelo escuchar tus palabras: saber que quieres hacernos tus huéspedes, que deseas tener tus deleites con nosotros, en nuestra pobre morada, que es tan poca cosa, peor que el pesebre de Belén.

Adonde yo voy, ya sabéis el camino. Jesús anuncia que morirá para ir al Padre, pero los Apóstoles no entienden o no quieren entender. ¡Si cualquier despedida es dura, cuánto más sería despedirse de Jesús! Por eso, Tomás pregunta: —Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podremos saber el camino?

Tenemos una gran deuda con este Apóstol, que forzó varias palabras claves de Jesús. Además de la respuesta el domingo segundo de Pascua, cuando le dice: “bienaventurados los que sin haber visto hayan creído”, ahora el Señor le da una respuesta que es, a la vez, una autobiografía antológica: “—Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.

Desde luego, estas palabras tienen que estar en el centro de nuestra oración de hoy. Nos puede ayudar, como otras veces, la predicación de San Josemaría, que comenzaba así su homilía “Tras los pasos del Señor” (Amigos de Dios, n. 126): Ego sum via, veritas et vita. Yo soy el camino, la verdad y la vida. Con estas inequívocas palabras, nos ha mostrado el Señor cuál es la vereda auténtica que lleva a la felicidad eterna. Ego sum via: El es la única senda que enlaza el Cielo con la tierra. Lo declara a todos los hombres, pero especialmente nos lo recuerda a quienes, como tú y como yo, le hemos dicho que estamos decididos a tomarnos en serio nuestra vocación de cristianos.

Jesús es el camino. Y especialmente nosotros debemos ver que Jesucristo es la única senda que enlaza el Cielo con la tierra. Para que el Señor sea nuestro camino, tenemos que pedir su gracia de modo que Dios se halle siempre presente en nuestros pensamientos, en nuestros labios y en todas las acciones nuestras, también en aquellas más ordinarias y corrientes.

Jesús es el camino. El ha dejado sobre este mundo las huellas limpias de sus pasos, señales indelebles que ni el desgaste de los años ni la perfidia del enemigo han logrado borrar. Iesus Christus heri, et hodie; ipse et in saecula. ¡Cuánto me gusta recordarlo!: Jesucristo, el mismo que fue ayer para los Apóstoles y las gentes que le buscaban, vive hoy para nosotros, y vivirá por los siglos. Somos los hombres los que a veces no alcanzamos a descubrir su rostro, perennemente actual, porque miramos con ojos cansados o turbios. Ahora, al comenzar este rato de oración junto al Sagrario, pídele, como aquel ciego del Evangelio: Domine, ut videam!, ¡Señor, que vea!, que se llene mi inteligencia de luz y penetre la palabra de Cristo en mi mente; que arraigue en mi alma su Vida, para que me transforme cara a la Gloria eterna.

Señor, te lo pedimos de la mano de San Josemaría: llena nuestra inteligencia de luz para ver lo que significa que Tú eres el Camino, la Verdad y la Vida.

En el siglo pasado hubo varios episodios de conversiones famosas. Una de ellas es la de Hellmut Laun, empresario de origen alemán, que narró su conversión e ingreso en la Iglesia Católica –en el año 1937- en un excelente libro: “Cómo encontré a Dios”. Cuenta Julio Eugui que “un interesante suceso de su vida se sitúa después de la conversión, durante un sueño que dejó en él un rastro indeleble. Sentía que su alma estaba prisionera en una mazmorra de altos y macizos muros. Había una ventana que daba al exterior, pero protegida por fuertes rejas de hierro. Ansiaba la libertad, pero veía imposible cualquier evasión de aquel lugar. Su situación se volvía cada vez más desesperanzada y aterradora. Apretaba el rostro contra los barrotes de la ventana con ansias de liberarse y, sin embargo, todo esfuerzo era inútil. Se ahogaba por momentos.

En medio de la angustia, miró hacia arriba y, aunque al principio no acababa de creérselo, terminó por convencerse de que allá en el techo había una abertura que facilitaba la libertad. Comenzó a luchar por salir por aquella brecha, e inmediatamente comprendió que la abertura era Cristo. No oyó palabra alguna, ni vio tampoco ninguna figura, pero sabía con certeza inefable que la solución de su vida estaba en la frase del Evangelio: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida". Este es más o menos su testimonio de aquella experiencia”.

Jesús es el Camino para llegar al Padre: Él mismo nos lo revela. San Agustín comenta que, con estas palabras, es «como si estuviera diciendo: ¿Por dónde quieres ir? Yo soy el Camino. ¿Adónde quieres ir? Yo soy la Verdad. ¿Dónde quieres permanecer? Yo soy la Vida» (Serm. 142,1).

San Josemaría comentaba este pasaje en una Carta de 1940: "Desde que Jesucristo dijo que Él es el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14, 6), e invitó a todos a seguirle (cfr. Mt 16, 24 [“Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga”]), brotó con fuerza en el alma de muchos fieles –desde los primeros tiempos de la Iglesia– el deseo de hacer realidad la búsqueda de la perfección trazada por el Evangelio y practicada ejemplarmente por el mismo Jesucristo: vida de santidad personal y de actividad apostólica" (Carta 11-III-1940, 21). Domingo Ramos-Lissón comenta que este texto “ofrece una síntesis muy lograda a la hora de aglutinar el seguimiento y la imitación de Cristo con la búsqueda de la santidad”. [El ejemplo de los primeros cristianos en las enseñanzas del Beato Josemaría. En: Romana 1999 (29)]. Vida de santidad personal y de actividad apostólica.

Fidelidad, vida de santidad personal… San Josemaría lo recuerda como un punto importante en la falsilla de la vida interior que es su homilía “Hacia la santidad” (Amigos de Dios, n. 305): Habíamos empezado con plegarias vocales, sencillas, encantadoras, que aprendimos en nuestra niñez, y que no nos gustaría abandonar nunca. La oración, que comenzó con esa ingenuidad pueril, se desarrolla ahora en cauce ancho, manso y seguro, porque sigue el paso de la amistad con Aquel que afirmó: Yo soy el camino. Si amamos a Cristo así, si con divino atrevimiento nos refugiamos en la abertura que la lanza dejó en su Costado, se cumplirá la promesa del Maestro: cualquiera que me ama, observará mi doctrina, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos mansión dentro de él.

Vida de santidad personal, que consiste en seguir a Jesús Camino: en ser almas cuya oración se desarrolla en cauce ancho, manso y seguro; ser ya no solo huéspedes sino también anfitriones de la Santísima Trinidad: El corazón necesita, entonces, distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas. De algún modo, es un descubrimiento, el que realiza el alma en la vida sobrenatural, como los de una criaturica que va abriendo los ojos a la existencia. Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo; y se somete fácilmente a la actividad del Paráclito vivificador, que se nos entrega sin merecerlo: ¡los dones y las virtudes sobrenaturales!

Terminamos acudiendo a Santa María. Madre nuestra: ayúdanos, como decía San Josemaría, a “hacer realidad la búsqueda de la perfección trazada por el Evangelio y practicada ejemplarmente por el mismo Jesucristo: vida de santidad personal y de actividad apostólica”. Alcánzanos del Señor la gracia de vivir siempre pensando en la fidelidad a nuestra vocación cristiana y en el apostolado. Sé Tú nuestro modelo para seguir a tu Hijo como nuestro Camino, nuestra Verdad y nuestra Vida.