sábado, enero 28, 2012

Jesús, el profeta

La liturgia nos presenta un texto de Moisés en el cuarto domingo del tiempo ordinario: el anuncio de la figura del profeta (Dt 18,15-20). Estos personajes, junto con los jueces, los reyes y los sacerdotes, serán las instituciones que guiarán al pueblo de Israel. En realidad, el primer gran profeta fue Moisés mismo, quien hablaba en nombre de Dios y anunciaba el significado de los sucesos históricos, también de los futuros, por lo cual los israelitas tenían prohibido acudir a hechiceros de ningún tipo, pues con ellos estaba el único Dios.
Pero en la exégesis de este pasaje se ha visto otro anuncio mesiánico: “el Señor, tu Dios, suscitará un profeta como yo en medio de tus hermanos; a él lo escucharéis. Pondré mis palabras en su boca, y les dirá lo que yo le mande”. En su libro Jesús de Nazaret, el Papa explica varias veces estas palabras: hace notar que al final del Deuteronomio se dice con nostalgia que, a pesar de todo, no había surgido en Israel otro profeta como Moisés. El pueblo va madurando la idea de que la llegada a la tierra prometida no lo era todo. Quedaba faltando ese nuevo Moisés que hablara con Dios cara a cara (Dt 34,10).
Sin embargo, el libro del Éxodo muestra que la relación de Moisés con Dios tiene sus límites. Está cerca del Señor, pero no puede ver su rostro: solo la espalda: "Podrás ver mi espalda, pero mi rostro no lo verás" (Ex 33,23). Este hecho le da más fuerza a la promesa: el último profeta, el nuevo Moisés, podrá ver lo que no logró el primero, verá a Dios de verdad cara a cara. Hablará de lo que ha visto en plenitud, no por la espalda. Quiere decir que la Alianza con ese nuevo Moisés será superior a la del Sinaí. Esa sería la esperanza de Israel por muchos siglos…
Por eso se entiende la reacción del pueblo de Cafarnaúm al ver predicar a Jesús en la sinagoga, al comienzo de su vida pública (Mc 1,21-28): “Entraron en Cafarnaúm y, en cuanto llegó el sábado, fue a la sinagoga y se puso a enseñar. Y se quedaron admirados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene potestad y no como los escribas”.
Jesús es el profeta que enseña con autoridad la Palabra de Dios -Él mismo es el Verbo-. Y confirma su predicación con obras: con milagros, con curaciones, con exorcismos, como vemos en el mismo pasaje evangélico: Se encontraba entonces en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu impuro, que comenzó a gritar: —¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a perdernos? ¡Sé quién eres: el Santo de Dios! Y Jesús le conminó: —¡Cállate, y sal de él! Entonces, el espíritu impuro, zarandeándolo y dando una gran voz, salió de él. Y se quedaron todos estupefactos, de modo que se preguntaban entre ellos: — ¿Qué es esto? Una enseñanza nueva con potestad. Manda incluso a los espíritus impuros y le obedecen. Y su fama corrió pronto por todas partes, en toda la región de Galilea”.
Idéntica reacción se verá más adelante, por ejemplo después de la multiplicación de los panes: "Este sí que es el profeta que tenía que venir al mundo" (Jn 6, 14). Lo mismo sucede tras el anuncio del agua de la vida, en la fiesta de las Tiendas, cuando la gente dice: "Este es de verdad el profeta" (Jn 7, 40).
Como saben los lectores de su libro, la tesis fundamental del papa teólogo es que Jesús es el nuevo Moisés, el profeta anunciado, que ve a Dios cara a cara. La fundamenta en el testimonio de San Juan: “‘A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer (Jn 1, 18). En Jesús, explica Benedicto XVI, se cumple con creces la promesa del nuevo profeta. En Él se ha hecho plenamente realidad lo que en Moisés era sólo imperfecto: Quien ha venido es más que un profeta, es más que Moisés. Él vive ante el rostro de Dios no sólo como amigo, sino como Hijo; vive en la más íntima unidad con el Padre.
El papa concluye su argumentación diciendo que “solo quien es Dios, ve a Dios: Jesús. El habla realmente a partir de la visión del Padre, a partir del diálogo permanente con el Padre, un diálogo que es su vida. Si Moisés nos ha mostrado y nos ha podido mostrar sólo la espalda de Dios, Jesús en cambio es la Palabra que procede de Dios, de la contemplación viva, de la unidad con El”.
Decíamos antes que Jesús es el profeta que enseña con autoridad la Palabra de Dios, porque Él mismo es el Verbo. Así comienza la carta a los hebreos: “En diversos momentos y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas. En estos últimos días nos ha hablado por medio de su Hijo”.
Pero la palabra de Jesús no queda anclada en el pasado. Él continúa su magisterio a lo largo del tiempo: con su gracia en las almas, hablando a cada una en la oración y con los sucesos de la vida. La consideración de la jornada en Cafarnaúm que describe San Marcos no puede quedarse en la admiración por el cumplimiento de la profecía o por la autoridad con la que Cristo muestra su divinidad. Debemos darnos cuenta de que Jesús es el profeta que el Padre nos envía a nosotros también hoy. Y hemos de escucharlo con el cuidado y la docilidad con que lo atendían aquellos primeros seguidores suyos.
El Señor nos dio ejemplo también en este aspecto. Y vemos que en Él se cumple la palabra de Moisés, porque nos comunica lo que escucha al Padre. Por eso el Evangelio lo presenta en muchas ocasiones retirado en oración. De allí proviene la autoridad que le reconoce el pueblo a su doctrina, de su contacto permanente con el Padre y con el Espíritu, de su fundamento interior. Por eso el Papa concluye el capítulo en que habla de Jesús como el nuevo Moisés con estas palabras: la comunión de Jesús con el Padre comprende el alma humana de Jesús en el acto de la oración. Quien ve a Jesús, ve al Padre (cf. Jn 14, 9). De este modo, el discípulo que camina con Jesús se verá implicado con El en la comunión con Dios.
Ese es el compromiso de estas lecturas: escuchar a Jesús como el profeta anunciado, caminar con Él, implicarnos en la comunión con Dios. Es una propuesta revolucionaria, la de trascender los límites humanos y vivir como hijos suyos.  Podemos hacer examen sobre cómo marcha nuestra vida de oración en lo que va del año: si le estamos dedicando los mejores momentos a ese retiro con Dios, o si ya vamos dejando que los avatares del día a día nos obliguen a posponerla, a hacerla en peores circunstancias de tiempo o de lugar. Al comienzo de un nuevo año laboral o académico, aprovechemos este rato de oración para concretar propósitos: tiempo fijo y hora fija para nuestros diálogos con el Señor. Y adelantarlos, cuando tengamos una jornada más apretada.
Jesús nos habla en la oración y en los sucesos de la vida, decíamos. También habla en el Evangelio, como recuerda la Exhortación Verbum Domini. Otro buen propósito para este año es cuidar ese rato diario de lectura del Nuevo Testamento, buscando allí la palabra del Señor para ese día. Lo que allí leamos nos servirá para la jornada, pero también podremos ampliar sus resonancias en nuestra vida más adelante, en la oración.
Además, el Señor también nos habla con el Magisterio de la Iglesia: con las enseñanzas de los papas, de los obispos, de los santos: la Palabra de Dios se nos da en la Sagrada Escritura como testimonio inspirado de la revelación que, junto con la Tradición viva de la Iglesia, es la regla suprema de la fe (Benedicto XVI, Verbum Domini, 18). Por eso, como preparación para el año de la fe, el Papa nos invita a releer con más frecuencia el Catecismo de la Iglesia y su Compendio. Allí se nos dan, como dice la introducción del Compendio, “todos los elementos esenciales y fundamentales de la fe de la Iglesia, de manera tal que constituye una especie de vademécum, a través del cual las personas, creyentes o no, pueden abarcar con una sola mirada de conjunto el panorama completo de la fe católica”.
El Salmo 94 une, como todos los domingos, la primera lectura con el Evangelio. Al anuncio mosaico del envío de un profeta y a la manifestación de Jesús como el cumplimiento de la profecía, el mediador que enseña con autoridad, la Iglesia responde con una invitación: Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón».
Acudamos a la Virgen Santa, Madre de Cristo y de la Iglesia, para que, con palabras de la introducción al Compendio, puedan todos reconocer y acoger cada vez mejor la inagotable belleza, unicidad y actualidad del Don por excelencia que Dios ha hecho a la humanidad: Su Hijo único, Jesucristo, que es «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14, 6).

sábado, enero 21, 2012

Pescadores de hombres

1. Después de las vacaciones de fin de año, tornamos a nuestro encuentro semanal en estos diálogos con el Señor. Durante este año seguiremos el Evangelio de San Marcos, discípulo de San Pedro. Marcos escribió su Evangelio para los paganos de Roma, y por eso es un texto muy utilizado en la catequesis. Por ejemplo, en el Jubileo del año 2000, el Beato Juan Pablo II lo recomendó con insistencia.

La primera parte de este Evangelio es como un prólogo a la actividad de Jesús: narra brevemente la misión de Juan Bautista, el Bautismo del Señor y las tentaciones en el desierto. Inmediatamente después, comienza a describir el ministerio de Jesús, con el pasaje que contemplamos hoy (Mc 1, 14-20):  

Después de haber sido apresado Juan, vino Jesús a Galilea predicando el Evangelio de Dios, y diciendo: —El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está al llegar; convertíos y creed en el Evangelio.
 
Con estas pocas palabras, San Marcos resume la predicación del Maestro: el anuncio del Reino y la llamada a la conversión. El tercer misterio de luz. Juan Pablo II lo resume así: Misterio de luz es la predicación con la cual Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios e invita a la conversión (cf. Mc 1,15), perdonando los pecados de quien se acerca a Él con humilde fe, iniciando así el ministerio de misericordia que Él continuará ejerciendo hasta el fin del mundo, especialmente a través del sacramento de la Reconciliación confiado a la Iglesia.

Llamada a la conversión. El Reino está dentro de nosotros, cuando dejamos que Jesús sea nuestro dueño; cuando acogemos su llamada a la reconciliación, cuando tenemos humildad y fe para acercarnos al sacramento de la penitencia. Jesús aparece como un nuevo Jonás, pues también el profeta -como leemos en la primera lectura- anunciaba la llamada a la conversión: «¡Dentro de cuarenta días Nínive será destruida!»
 
Benedicto XVI explica en qué consiste esa conversión que el Señor espera de nosotros al inicio del año: “La invitación a la conversión es un impulso a volver a los brazos de Dios, Padre tierno y misericordioso, a fiarse de él, a abandonarse en él como hijos adoptivos, regenerados por su amor. La Iglesia, con sabia pedagogía, repite que la conversión es ante todo una gracia, un don que abre el corazón a la infinita bondad de Dios. Él mismo previene con su gracia nuestro deseo de conversión y acompaña nuestros esfuerzos hacia la plena adhesión a su voluntad salvífica. Así, convertirse quiere decir dejarse conquistar por Jesús (cf. Flp 3,12) y "volver" con él al Padre. La conversión implica, por tanto, aprender humildemente en la escuela de Jesús y caminar siguiendo dócilmente sus huellas” (Catequesis, 060208).

Ayúdanos, Señor, a acoger tu gracia, el don de tu bondad que nos abre el corazón para recibir tus designios, para hacer tu voluntad. Queremos dejarnos conquistar por Ti y regresar contigo al Padre, como hijos pródigos. Quizá en estas pocas semanas Tú has permitido que experimentemos una vez más nuestras miserias y la grandeza de tu misericordia, para que comencemos el año confiando más en Ti y menos en nosotros. Quizá esa esa la escuela de Jesús en la que tenemos que aprender con humildad a seguir dócilmente sus huellas. 

Ojalá en nuestra vida se repita la historia de los ninivitas, que “creyeron en Dios, proclamaron el ayuno y se vistieron de saco, grandes y pequeños. Y vio Dios sus obras, su conversión de la mala vida; se compadeció y se arrepintió Dios de la catástrofe con que había amenazado a Nínive, y no la ejecutó”.

2. Las lecturas del tercer domingo del tiempo ordinario no solo hablan de conversión, sino también –como el domingo anterior- ponen el ejemplo de varias vocaciones, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. El segundo domingo se leían las vocaciones de Samuel y de Mateo. Hoy leeremos la de Jonás y los cuatro primero discípulos. 


Es muy conocida la historia del profeta, a la que aludimos antes: En aquellos días, vino la palabra del Señor sobre Jonás: «Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y predícale el mensaje que te digo.» Dios llama a su profeta, y Jesús a sus discípulos:

Y, mientras pasaba junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, que echaban las redes en el mar, pues eran pescadores. Y les dijo Jesús: —Seguidme y haré que seáis pescadores de hombres.

Marcos es muy esquemático y breve en sus descripciones: no presenta nada de la psicología de sus personajes, apenas esboza el contexto de la llamada. Sin embargo, es fácil imaginarse la escena, con aquellos hombres echando sus redes al mar, cuando reciben la invitación del Rabino de Nazaret.

Los predicadores de esa época esperaban que sus oyentes se animaran a seguirles, pero Jesús lo hace de modo diverso: es Él quien llama, quien elige a sus seguidores, como antes en el Antiguo Testamento lo había hecho con sus profetas. También a nosotros nos llama, sin mérito alguno de nuestra parte, quizá simplemente porque estamos más necesitados.

En este pasaje vocacional podemos meditar sobre varios elementos, además de la iniciativa divina, que acabamos de mencionar. El siguiente aspecto es el lugar: junto al mar de Galilea, en plena faena de pesca. Echaban las redes en el mar, pues eran pescadores. Es la esencia del mensaje que predicaba San Josemaría: 

Lo que a ti te maravilla a mí me parece razonable. - ¿Que te ha ido a buscar Dios en el ejercicio de tu profesión? Así buscó a los primeros: a Pedro, a Andrés, a Juan y a Santiago, junto a las redes: a Mateo, sentado en el banco de los recaudadores... Y, ¡asómbrate!, a Pablo, en su afán de acabar con la semilla de los cristianos (Camino, n. 799).

Sé de muchas personas que al contemplar estas escenas se han maravillado y han descubierto el rostro de Jesús que las llamaba: —Seguidme y haré que seáis pescadores de hombres. Jesús les habla de su profesión, para abrirles horizontes insospechados: no pescar animales para la mesa, sino almas para el Cielo. Ya no se trata de ganar el sustento facilitando el alimento de las personas, sino santificarse en la profesión llevando la felicidad a los amigos. En eso consiste la nueva profesión de pescadores de hombres.

Al inicio de un nuevo año, el Señor quiere contar con nosotros para que le sigamos de cerca y le llevemos almas, a las que les anunciemos, como Jonás a los ninivitas, la llamada a la conversión. Ojalá nuestra respuesta tenga la prontitud de estos cuatro pescadores: al momento, dejaron las redes y le siguieron, se dice de Andrés y Pedro. De los Boanerges, se cuenta una entrega similar: dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se fueron tras él.

Estos discípulos no se plantean las dificultades, la locura que significa dejar todo tirado de un momento a otro. Han tenido fe humilde en aquel predicador, han descubierto en Él al Mesías, y no han dudado. Han jugado toda su vida a una carta y han vencido: por eso hoy los conocemos como Santos apóstoles. A cambio de su generosidad, alcanzaron el ciento por uno. Por seguir al Maestro dejando las redes, recibieron la felicidad eterna y una pesca milagrosa a través de los siglos. 

Acudamos a la Virgen Santísima, Reina de los Apóstoles, para que también nosotros seamos generosos, como Jonás y como los discípulos, cuando sintamos la voz de Cristo que nos llama a convertirnos y a ser pescadores de hombres.

sábado, noviembre 26, 2011

Adviento

Comenzamos un nuevo año litúrgico. El ciclo temporal de la Iglesia es levemente diverso al ciclo civil. Aquí la clave no es la fecha del 1 de enero, sino el evento del Nacimiento de Jesús. Por eso comenzamos el año un mes antes, para disponernos a preparar nuestras almas para recibir al Niño Jesús.
¿Qué es el Adviento? Las Normas universales sobre el año litúrgico dicen que “el tiempo de Adviento tiene una doble índole: es el tiempo de preparación para las solemnidades de Navidad, en las que se conmemora la primera venida del Hijo de Dios a los hombres, y es a la vez el tiempo en el que por este recuerdo se dirigen las mentes hacia la expectación de la segunda venida de Cristo al fin de los tiempos. Por estas dos razones el Adviento se nos manifiesta como tiempo de una expectación piadosa y alegre”.
La primera motivación es la más popular: se trata de un mes para preparar la Navidad. Aunque en el ambiente comercial se intenta adelantar esta preparación casi hasta octubre, ahora es el momento oportuno para que personalmente, en las familias e incluso en el ambiente urbano, se note que está cerca el nacimiento del Señor. Incluso puede ser un primer propósito apostólico: influir en las costumbres de nuestro ambiente para que el protagonismo navideño lo tenga la Sagrada Familia, no unos renos o papá Noel. No se trata de ser fundamentalistas: también pueden redirigirse hacia la adoración del Niño las campanitas y los arbolitos.
“Preparación para las solemnidades de Navidad, en las que se conmemora la primera venida del Hijo de Dios a los hombres”. Esta es entonces la primera faceta del Adviento: procurar que nuestro corazón esté mejor preparado para la venida del Niño Jesús. Limpiar el pesebre de nuestra alma de pecados, para que sea menos indigno de acoger el nacimiento del Niño.
El segundo aspecto del adviento es de tipo escatológico: “por este recuerdo se dirigen las mentes hacia la expectación de la segunda venida de Cristo al fin de los tiempos”. Nos preparamos para rememorar un evento del pasado y para revivir en el hoy de la liturgia ese nacimiento de Jesús en nuestra alma, pero también aprovechamos para aguardar la venida definitiva de Cristo al final de los tiempos. En ese sentido, continuamos los temas del mes de noviembre: vigilancia, expectación, vida futura, vida eterna.
En este nuevo ciclo, cambiaremos de evangelista. El año pasado era Mateo, este año escucharemos cada domingo el Evangelio de Marcos. Y las lecturas de los primeros domingos nos ponen en la órbita del segundo aspecto del adviento: en cambio, los últimos días se pondrá el acento en la primera motivación, con la Novena de la Navidad.
En el primer domingo se nota ese ambiente de espera. Así, por ejemplo, en la primera lectura vemos el lamento de los judíos que regresan del destierro a Jerusalén y ven la desolación del Templo: “Tú, Señor, eres nuestro padre, tu nombre de siempre es "Nuestro redentor". Señor, ¿por qué nos extravías de tus caminos y endureces nuestro corazón para que no te tema? Vuélvete, por amor a tus siervos y a las tribus de tu heredad”.
El profeta Isaías (cap. 63) exclama una petición que resonaría después durante siglos pidiendo a Dios su venida: “¡Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia!” Esta petición es el origen del gozo navideño: “Ábranse los cielos y llueva de lo alto bienhechor rocío como riego santo”.
El Salmo 79 le hace eco a la oración de Isaías: Oh Dios, conviértenos, que brille tu rostro y nos salve. Es como una especie de compromiso con el Señor: si Él nos escucha y nos renueva en este tiempo, nosotros seremos más coherentes con nuestra fe. Le pedimos su ayuda para lograr lo que Él desea, como diría San Agustín: Conviértenos y nos convertiremos. “Escúchanos, pastor de Israel; tú que estás rodeado de querubines, manifiéstate, despierta tu poder y ven a salvarnos. Señor, Dios de los ejércitos, vuelve tus ojos, mira tu viña y visítala; protege la cepa plantada por tu mano, el renuevo que tú mismo cultivaste. Que tu diestra defienda al que elegiste, al hombre que has fortalecido. Ya no nos alejaremos de ti; consérvanos la vida y alabaremos tu poder”.
Y San Pablo (1Co 1, 3-9) nos pone en ambiente plenamente navideño, dando gracias a Dios por sus dones que nos ayudan a prepararnos para la espera de la manifestación de nuestro Señor: “Doy continuamente gracias a mi Dios por vosotros, a causa de la gracia de Dios que os ha sido concedida en Cristo Jesús, porque en él fuisteis enriquecidos en todo: en toda palabra y en toda ciencia, de modo que el testimonio de Cristo se ha confirmado en vosotros, y así no os falta ningún don, mientras esperáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo”.
Este es el contexto en que leeremos el Evangelio de Marcos (13,33-37). Se trata de un discurso del Señor a los discípulos en medio de la agonía de Getsemaní, sobre la necesidad de vigilar para que Jesús nos encuentre despiertos cuando llegue de nuevo: “Estad atentos, velad: porque no sabéis cuándo será el momento. Es como un hombre que al marcharse de su tierra, y al dejar su casa y dar atribuciones a sus siervos, a cada uno su trabajo, ordenó también al portero que velase. Por eso: velad, porque no sabéis a qué hora volverá el señor de la casa, si por la tarde, o a la medianoche, o al canto del gallo, o de madrugada; no sea que, viniendo de repente, os encuentre dormidos. Lo que a vosotros os digo, a todos lo digo: ¡velad!”
La iglesia nos invita entonces a renovar esta vigilancia durante este mes de Adviento. Fernández C. nos ayuda a concretar puntos de esa lucha: “Estaremos alerta si cuidamos con esmero la oración personal, que evita la tibieza y, con ella, la muerte de los deseos de santidad; estaremos vigilantes si no descuidamos las mortificaciones pequeñas, que nos mantienen despiertos para las cosas de Dios. Estaremos atentos mediante un delicado examen de conciencia, que nos haga ver los puntos en que nos estamos separando, casi sin darnos cuenta, de nuestro camino” (Hablar con Dios).
Una manera concreta de vivir muy bien este adviento es hacerlo de la mano de nuestra Madre, María. ¡Cómo viviría Ella estos últimos días de su embarazo virginal! ¡Cuántas cosas hermosas le diría a su divino Hijo! Quizá le repetiría también las palabras de Isaías: “¡Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia!”
Allí también estábamos nosotros presentes, pues era consciente de que no solo sería Madre de Jesús, sino también de todos sus hermanos. A ti acudimos, Virgen del Adviento, para que en este mes nos preparemos para conmemorar la primera venida de tu Hijo, pero también para que tengamos presentes su segunda venida al fin de los tiempos. De esta manera, contigo a nuestro lado, este Adviento se nos manifestará como tiempo de una expectación piadosa y alegre, de lucha constante para esperar vigilantes el nacimiento de Jesús.