lunes, enero 04, 2016

Epifanía: "vieron al niño con María y lo adoraron".

Una estrella que supera al sol en luz y hermosura, anuncia que, con carne humana, Dios ha venido a la tierra (Himno de la Liturgia de las horas). En la segunda semana de Navidad se conmemora la manifestación pública, universal si se quiere, de la gloria del Hijo de Dios a los pueblos de la tierra. San León Magno predica que «la misericordiosa providencia de Dios, que ya había decidido venir en los últimos tiempos en ayuda del mundo que perecía, determinó de antemano la salvación de todos los pueblos en Cristo». Una consideración muy oportuna para el año de la misericordia, destacar que la Encarnación de Jesucristo y su paulatina revelación a todas las gentes procede del corazón clemente del Señor.
Como anuncia el profeta Isaías, el Niño es Luz para los gentiles que andaban en tinieblas (60,1-6). Desde entonces, continúa iluminando las mentes de las personas rectas que buscan, quizá a tientas, la verdad de su vida, del universo que habitan, del Dios que explica su origen y su destino. Esa estrella sigue titilando a la espera de que los seres humanos de todos los tiempos descubran el cosmos inmaterial que hay más allá de la naturaleza física. Como dice el Prefacio de la Misa, «hoy has revelado en Cristo, para luz de todos los pueblos, el misterio de nuestra salvación; pues al manifestarse tu Hijo en nuestra carne mortal, nos hiciste partícipes de la gloria de su inmortalidad».
Nos hace pensar en la llamada universal a la santidad, como dice el salmo 71: Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra. «Nuestro Señor se dirige a todos los hombres, para que vengan a su encuentro, para que sean santos. No llama sólo a los Reyes Magos, que eran sabios y poderosos; antes había enviado a los pastores de Belén, no ya una estrella, sino uno de sus ángeles (cfr. Lc 2,9). Pero, pobres o ricos, sabios o menos sabios, han de fomentar en su alma la disposición humilde que permite escuchar la voz de Dios» (ECP 33).
Esa luz divina que centellea para nosotros es la misma que guio el camino de los Reyes Magos, como narra con detalle el evangelista san Mateo (2,1-12):  Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo». En el centro de esta Solemnidad se encuentra la peregrinación de los reyes magos. No está claro el número de «reyes» que acudieron a adorar al Mesías judío, pues algunas tradiciones hablan de tres, siete o hasta doce. Lo que sí es sabido es que al menos uno procedía de Persia: «Cuando, a principios del siglo VII, el rey persa Cosroes II invadió Palestina, destruyó las basílicas que la piedad cristiana había edificado en memoria del Salvador, excepto una: la Basílica de la Natividad, en Belén. Y esto por una sencilla razón: en su entrada figuraba la representación de unos personajes vestidos con atuendo persa, en actitud de rendir homenaje a Jesús en brazos de su Madre» (Loarte, J. [2012]. La Virgen María. Madrid: Palabra, p.118).
Tampoco hay claridad sobre la profesión de esos «magos». Parece que se trataba de sabios, de astrónomos, ¡científicos, diríamos hoy! Vieron la estrella, y percibieron en su luz —por acción del Espíritu Santo— el anuncio del nacimiento del Mesías prometido a los judíos (en esa época, se asociaba la llegada de grandes personajes con fenómenos siderales).
Más tarde, la señal en el cielo desaparecería. Sin embargo, los Magos no se echaron para atrás. Continuaron hacia el rumbo que les había señalado. Su actitud puede servirnos de ejemplo en nuestro tiempo, cuando parece que cuesta mucho la perseverancia a los compromisos adquiridos, la fidelidad al propio camino —a la vocación—, a la pureza, a la fe. De los Reyes podemos aprender la importancia de responder afirmativamente cada que veamos la voluntad de Dios para nosotros… Y también cuando se oscurezca ese designio inicial, que es para siempre, a lo largo del itinerario concreto de nuestra vida.
El ejemplo de los Reyes magos nos lleva a sacar ese propósito de ser maduros, de entregarle al Señor nuestra libertad para liberarnos de nuestros vicios, de nuestros apegamientos, de nuestras pequeñeces. Y a defender esa entrega con uñas y dientes, cuidando el tesoro de la llamada divina, creciendo cada día en el amor de Dios, también a través de las dificultades, de las luchas y de las caídas, grandes o pequeñas.
Se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo». En el relato bíblico podemos observar la prudencia de estos hombres que perseveraron en su empeño de obedecer al llamado divino, pero que además preguntaron a las personas indicadas para orientarles: en este caso, al rey y a su Sanedrín. Aprendemos de esa manera la relación de la obediencia con la prudencia, con la sinceridad.
Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y toda Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: «En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las poblaciones de Judá, pues de ti saldrá un jefe que pastoreará a mi pueblo Israel”». De pasada vemos la importancia del estudio teológico, para conocer a Jesús. Y de la formación profesional, del aprovechamiento del tiempo, para santificar el mundo y reconciliarlo con Dios; también para resolver las dudas de nuestros contemporáneos.
Aunque en este caso también se nota que la ciencia sin caridad hincha, de nada sirve, como vemos que le sucede al rey Herodes, paranoico de su poder, que maquinó la manera de acabar con aquel pretendiente a su trono, como había acabado antes con sus dos hijos para evitar que le quitaran su pobre realeza: Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: «Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo».  Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino.
Después de buscar consejo, los reyes lo siguieron. No basta con ser sinceros, con hablar y preguntar. Es necesario cumplir lo que se nos aconseja. Unir la docilidad a la sinceridad. Esa coherencia de vida siempre tiene su recompensa. El Señor premia la madurez de un alma que pone los medios para cumplir su voluntad, aunque haya dejado de verla transitoriamente. Es lo que les sucedió a los reyes magos: y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño.
La retribución divina por la fidelidad de los reyes consistió en que redescubrieron la llamada con una luz nueva, con el esplendor madurado en la contradicción. Por ese motivo el evangelista resalta que, al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. El gozo cristiano tiene sus raíces en forma de cruz (Cf. ECP, n.43). La verdadera felicidad es fruto de haber compadecido con Cristo para cumplir la voluntad del Padre. Y su contenido no es un placer efímero, sino la duradera amistad con Dios mismo: entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron.
Comenta Antonio Aranda que «El camino de fe de los Magos, conducidos por la estrella, culminó ante el Niño “en brazos de su Madre”. El camino vocacional del cristiano es también mariano, pero no sólo en el punto de llegada, sino en toda su extensión: María, en realidad, está maternalmente presente en cada una de sus etapas haciéndolo seguro. En cierto modo, como escribió el autor en otro de sus escritos, cabe decir que Ella misma es la senda segura: “A Jesús siempre se va y se ´vuelve` por María”. En ese sentido, continuando con la analogía entre el camino de fe de los Magos hacia Belén y el camino vocacional del cristiano hacia la santidad, y dando un paso en profundidad, María puede ser comparada con la estrella: “Los Reyes Magos tuvieron una estrella; nosotros tenemos a María, Stella maris, Stella Orientis”». (ECP, Edición crítica, n.38).

A la Virgen Santísima, Madre de misericordia, le pedimos que interceda ante el Señor para que nos conceda lo que le pedimos en la oración Colecta de la Misa: «Tú que revelaste este día a tu Hijo unigénito a los pueblos gentiles, por medio de una estrella, concede a los que ya te conocemos por la fe poder contemplar un día, cara a cara, la hermosura infinita de tu gloria».

martes, diciembre 29, 2015

Navidad del Año de la misericordia

Cada año la liturgia nos ayuda a revivir los principales misterios de la vida de Cristo: desde su nacimiento en Belén hasta el triduo pascual. En Navidad, nos servimos de los Evangelios de la infancia y también de la oración de los santos, que nos ayudan a profundizar en el sentido profundo de estos momentos de la vida de nuestro Señor, para no correr el riesgo de quedarnos en sentimentalismos estériles.
Contemplemos, por ejemplo, unas palabras de san Josemaría: «Dios nos enseña a abandonarnos por completo. Mirad cuál es el ambiente, donde Cristo nace. Todo allí nos insiste en esta entrega sin condiciones» (Carta 14-II-1974, n. 2. Citado por Echevarría J., Carta Pastoral, 1-XII-2015. Subrayados añadidos). Pongamos nuestras miradas en el pesebre de Belén. Observemos al Niño, inerme, generoso, entregado por completo en las manos de los hombres. Y contemplemos la donación total de María y de José. Cada uno a su modo, los tres miembros de la Sagrada Familia viven una entrega sin condiciones. Su ejemplo nos sirve para ver qué tan incondicionado es nuestro amor, o si lo hacemos depender de nuestro estado de ánimo, de salud, del cansancio o, en general, de nuestro capricho.
Señor: ayúdanos a seguirte de ese modo, abandonados por completo en ti, sirviéndote sin condiciones. «Sería suficiente recordar aquellas escenas, para que los hombres nos llenáramos de vergüenza y de santos y eficaces propósitos. Hay que embeberse de esta lógica nueva, que ha inaugurado Dios bajando a la tierra» (Ibídem). Con tu venida a este mundo, Señor, nos enseñaste otro modo de pensar, una lógica diversa a la nuestra, que es tan apegada a la tierra, a nuestras cosas personales. Por esa razón, el papa Francisco invita a una nueva mudanza: «¡Este es el tiempo oportuno para cambiar de vida! Este es el tiempo para dejarse tocar el corazón. Dios no se cansa de tender la mano. Está dispuesto a escuchar. Basta solamente que acojáis la llamada a la conversión» (Misericordiae vultus).
¿Cómo se manifiesta la lógica divina? –«En Belén nadie se reserva nada. Allí no se oye hablar de mi honra, ni de mi tiempo, ni de mi trabajo, ni de mis ideas, ni de mis gustos, ni de mi dinero. Allí se coloca todo al servicio del grandioso juego de Dios con la humanidad, que es la Redención» (San Josemaría 1974, cit.). Ojalá se diera ese efecto en nuestra vida, como fruto de la oración personal: que aprendiéramos del ejemplo de Jesús, María y José a olvidarnos de nosotros mismos.
 «Rendida nuestra soberbia, declaremos al Señor con todo el amor de un hijo: ego servus tuus, ego servus tuus, et fílius ancíllæ tuæ (Sal 115, 16): yo soy tu siervo, yo soy tu siervo, el hijo de tu esclava, María: enséñame a servirte» (Ibídem). La clave de la lógica divina es la virtud de la humildad. Por eso se puede decir, al considerar el pesebre, que se trata de «El triunfo de Cristo en la humildad» (ECP). La caridad y la misericordia divinas se manifiestan en el abajamiento, en la humillación que supuso asumir la naturaleza humana, aparecer como un Niño pobre, humilde, sin un lugar adecuado para nacer.
Durante el tiempo de Navidad el Señor nos invita de nuevo a aprender de Él, a entrar en esa lógica nueva de la humildad, a ponernos en la misma longitud de onda del Señor, de María, de José. Por eso es tan conveniente meditar en esta manifestación inefable de la misericordia de Dios con nosotros: Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado.
En la mitad de la noche, Cristo viene como luz verdadera, con el esplendor de su gloria, para iluminar las tinieblas de nuestros pecados. Para llenarnos de confianza en que, con su ayuda, venceremos todas las contradicciones. En primer lugar, las que originamos con nuestras propias miserias. También las externas, del ambiente en el que nos movemos, y del mundo en general, que muestra las consecuencias del pecado original en forma de guerras, injusticias, corrupción, degradación de costumbres, etc.
Ante ese panorama negativo, el cristianismo mira el mundo con esperanza, porque sabe que Jesús es la luz del mundo, como anunciaba el profeta Isaías: el pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban en tierra de sombras de muerte, les ha brillado una luz. Comenta el papa Francisco que «también nosotros, en esta noche bendita, hemos venido a la casa de Dios atravesando las tinieblas que envuelven la tierra, guiados por la llama de la fe que ilumina nuestros pasos y animados por la esperanza de encontrar la "luz grande" (…) que ilumina el horizonte» (Homilía, 24.XII.14).
El Niño Dios es la luz que manifiesta la misericordia del Padre. Por esa razón la segunda lectura de la noche de Navidad es tomada de la carta de san Pablo a Tito (2,11-14). Cuando el apóstol de las gentes instruye a los diversos miembros de la comunidad (ancianos, ancianas, jóvenes, esclavos) con el fin de que sean modelo de buena conducta, el motivo que les ofrece para que obren así es porque se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a (aguardar) la dicha que esperamos y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo. San Pablo nos invita a la conversión como consecuencia de que se ha manifestado la misericordia divina. Ya que lo hemos visto y hemos experimentado su salvación, abandonemos las obras de las tinieblas y pasemos al mundo de la luz.
Llama la atención el modo como narra el Evangelio la aparición de los ángeles a los pastores: De repente un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad. Si así se describe la presencia angelical, imaginemos cómo sería la del mismo Dios hecho hombre. Como expresa el Prefacio de la Misa de Navidad: «gracias al misterio de la Palabra hecha carne, la luz de tu gloria brilló ante nuestros ojos con nuevo resplandor, para que, conociendo a Dios visiblemente, Él nos lleve al amor de lo invisible».
En la Navidad del 2015 la Iglesia desea que celebremos el hecho que Dios ilumina el horizonte del mundo con su amor misericordioso… ¡Año de la misericordia! Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Celebramos la caridad, la compasión de Dios, que es como una palabra clave para indicar la actuación del Señor hacia nosotros. Es lo que significa el Jubileo en la historia, desde el Antiguo Testamento: «Si una palabra tuviera que resumir lo que suponía un jubileo para el Pueblo de Israel, podría ser “libertad”. Libertad: ¿no está hoy más que nunca esta palabra en boca de todos? Y, sin embargo, muchas veces olvidamos que la libertad, en su sentido más profundo, proviene de Dios. Con su pasión salvadora y su resurrección, Él nos libera de la peor esclavitud: el pecado» (Ayxelà C. 2015. Eterna es su misericordia. Recuperado de: http://opusdei.es/es-es/document/eterna-es-su-misericordia/, 24-XII-2015).
Navidad significa que Jesucristo nos revela, nos manifiesta con su luz «el rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra» (Francisco, Misericordiae vultus, n.1). Por esa razón, una manera sublime de celebrar esos misterios, de conseguir más fruto del año jubilar, es poniendo en el centro de nuestra vida la relación con Jesucristo: pidiendo perdón en el sacramento de la reconciliación, para disponernos a comulgar con su Cuerpo y su Sangre en la Eucaristía. 

Terminemos acudiendo a la Virgen, Madre de misericordia, con las palabras con que el papa Francisco concluye la bula convocatoria del año jubilar: «La dulzura de su mirada nos acompañe en este Año Santo, para que todos podamos redescubrir la alegría de la ternura de Dios. Ninguno como María ha conocido la profundidad del misterio de Dios hecho hombre. Todo en su vida fue plasmado por la presencia de la misericordia hecha carne (…). María atestigua que la misericordia del Hijo de Dios no conoce límites y alcanza a todos sin excluir a ninguno. Dirijamos a ella la antigua y siempre nueva oración del Salve Regina, para que nunca se canse de volver a nosotros sus ojos misericordiosos y nos haga dignos de contemplar el rostro de la misericordia, su Hijo Jesús».

martes, diciembre 08, 2015

Inmaculada Concepción: Causa de nuestra alegría, Virgen purísima y Madre de misericordia.

La liturgia que celebra la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María nos ayuda a considerar varios aspectos de la piedad filial mariana. En concreto, podemos meditar sobre tres jaculatorias dirigidas a la Virgen: Causa de nuestra alegría, Virgen purísima y Madre de misericordia.
Causa de nuestra alegría, en primer lugar. La antífona de entrada nos pone desde el comienzo en un ambiente de júbilo: Desbordo de gozo en el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha puesto un traje de salvación, y me ha envuelto con un manto de justicia, como novia que se adorna con sus joyas (Is 61,10). Estas palabras corresponden a la exclamación del pueblo de Dios agradecido por haber experimentado la misericordia y el consuelo de Dios durante el duro camino de vuelta desde el exilio de Babilonia (Cf. Benedicto XVI. Homilía, 13-V-2010). San Juan Pablo II dice que es como un Magníficat.
Desbordo de gozo en el Señor, y me alegro con mi Dios. Es la primera idea de esta festividad, una invitación a deleitarse con la alegría de la gracia, a descubrir que el secreto de la felicidad humana está en la decisión de optar por Dios. Por eso el Evangelio del día se recrea en el saludo del Ángel, que es como la justificación de la solemnidad (Lc 1,28): Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo (Chaîre kecharitomene, ho Kyrios meta sou).
Estas palabras, que tradicionalmente se traducen como un simple saludo normal («Ave», en latín; «Dios te salve», en castellano), en realidad tienen mucho trasfondo bíblico. De hecho, aparecen cuatro veces en la versión griega del Antiguo Testamento, y siempre en relación con la alegría que debe causar la promesa del Mesías: el canto de Sofonías, libro cortísimo pero trascendental con su famosa profecía: Alégrate hija de Sion, grita de gozo Israel, regocíjate y disfruta con todo tu ser (So 3, 14); el de Joel: No temas, tierra; goza y alégrate (Jl 2, 21); o la de Zacarías, que nos recuerda el domingo de ramos: ¡Salta de gozo, Sión; alégrate, Jerusalén! Mira que viene tu rey, justo y triunfador, pobre y montado en un borrico, en un pollino de asna (Za 9, 9); más la promesa mesiánica en medio de las Lamentaciones: ¡Alégrate y salta de júbilo, hija de Edón!; también a ti llegará la copa (Lm 4, 21).
Por todas partes la Iglesia nos invita a festejar, esa es la clave del cristianismo: gózate, alégrate, regocíjate, disfruta. Benedicto XVI concluía un comentario sobre la Anunciación diciendo que el saludo del ángel a María es «una invitación a la alegría, a una alegría profunda, que anuncia el final de la tristeza que existe en el mundo ante el límite de la vida, el sufrimiento, la muerte, la maldad, la oscuridad del mal que parece ofuscar la luz de la bondad divina. Es un saludo que marca el inicio del Evangelio, de la Buena Nueva» (Discurso, 19-XII-2012).
Con la concepción de María comienza la plenitud de los tiempos. La Iglesia del Nuevo Testamento arranca su andadura. Y por eso su conmemoración es una explosión de alegría en medio del Adviento. Celebramos, en primer lugar, que Dios haya querido preparar una «digna morada para el Hijo», como dice la oración Colecta de la Misa. Gracias, Señor, por ese designio salvador para la humanidad entera, y para cada uno de tus hijos. Gracias por tu Madre, que también es Madre nuestra, gracias por su respuesta generosa, y llena de santidad, que es modelo de nuestra correspondencia a la propia vocación. Por eso la llamamos en el Rosario «Causa de nuestra alegría», porque con su sí al llamado divino hizo posible que entrara en la tierra la historia de la redención.
Quizá es san Pablo el que mejor esboza una teología de la vocación en su carta a los efesios (1,3-6), segundo texto escogido para enriquecer la celebración de la Virgen Inmaculada: Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos. El apóstol explica en qué consiste esa bendición: Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor. San Josemaría consideraba, con base en estas palabras paulinas, que también nosotros —tanto como la Virgen, aunque con misiones distintas— «somos hijos de Dios, escogidos por llamada divina desde toda la eternidad» (ECP, 160). Y concluía que «esta elección gratuita, que hemos recibido del Señor, nos marca un fin bien determinado: la santidad personal» (AD, 2).
Así entramos en la segunda jaculatoria que pensábamos considerar en esta meditación. La santidad de María se remonta al primer momento de su existencia, como pregona el Prefacio de la Misa: «Preservaste a la Virgen María de toda mancha de pecado original, para que en la plenitud de la gracia fuese digna madre de tu Hijo. Purísima había de ser, Señor, la Virgen que nos diera el Cordero inocente que quita el pecado del mundo». Virgen Purísima. ¡Qué gusto da pronunciar estos piropos dirigidos a nuestra Madre! Así lo hace un himno de la Liturgia de las Horas: «Porque es justo, porque os ama, porque vais su madre a ser, os hizo Dios tan purísima como Dios merece y es». Se entiende, en este contexto, la tradicional petición a la Virgen: «Ave María, Purísima, sin pecado concebida: rogad por nosotros que recurrimos a Vos».
Al presentarnos a María como Virgen purísima, el Señor nos enseña que Ella es el modelo de la respuesta a esa vocación que nos ha concedido desde antes de crear el mundo, desde antes del pecado original. Por eso en la primera lectura nos remontamos al primer relato de la expulsión del paraíso, durante la cual Dios mismo hizo la primera promesa mesiánica, el protoevangelio, al declarar a la serpiente: pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; esta te aplastará la cabeza cuando tú la hieras en el talón.
San Juan Pablo II reunió, en su encíclica mariana, las dos lecturas bíblicas que enmarcan el Evangelio de la Anunciación: «María, Madre del Verbo encarnado, está situada en el centro mismo de aquella “enemistad”, de aquella lucha que acompaña la historia de la humanidad en la tierra y la historia misma de la salvación. María permanece así ante Dios, y también ante la humanidad entera, como el signo inmutable e inviolable de la elección por parte de Dios, de la que habla la Carta paulina. Esta elección es más fuerte que toda experiencia del mal y del pecado, de toda aquella “enemistad” con la que ha sido marcada la historia del hombre. En esta historia María sigue siendo una señal de esperanza segura» (RM, n.11).
En el triunfo de la Virgen Purísima sobre el pecado estamos incluidos —y llamados— cada uno de nosotros. La celebración de la Inmaculada Concepción no es solo para admirar, sino para comprometernos a imitar la fidelidad de nuestra Madre. Por ese motivo, el prefacio de la Misa no solo resalta la Concepción Inmaculada de María, su pulcritud original, sino que también pondera las consecuencias para sus hijos en la Iglesia: el Señor la preservó para que fuera no solo la digna madre de Jesús, sino también el «comienzo e imagen de la Iglesia, esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura» (Prefacio).
Con estas palabras descubrimos que ese texto del prefacio de la Misa es un tratado de mariología, pero también de eclesiología: no solo retrata a la Virgen, sino que esboza una figura de lo que cada uno de nosotros debe ser. Y así llegamos a la tercera idea: al agradecer a Dios por la Virgen como Causa de nuestra alegría y darnos cuenta de la llamada a ser santos como la Virgen Purísima, quizá surja la tentación del desaliento al ver nuestra indignidad, y también nuestra incapacidad para acoger un objetivo tan elevado.
Por esa razón, la liturgia nos presenta al mismo tiempo a la Virgen como Madre de misericordia. Ese es el motivo por el cual podemos alegrarnos en esta fiesta a pesar de nuestras debilidades: nosotros formamos parte de ella, somos continuadores de ese linaje de gracia, miembros de la familia de Dios en el mundo, que es la Iglesia. Y ese es otro motivo por el que convenía que la Virgen fuera concebida sin pecado original: como sigue diciendo el Prefacio, se trataba de entregarnos «el Cordero inocente que quita el pecado del mundo», pero también de que Ella sería la «Purísima que, entre todos los hombres, es abogada de gracia, y ejemplo de santidad».
María no es solo modelo de entrega a la vocación, sino también abogada ante el Corazón de su Hijo cuando el nuestro se quiera rebelar. Por eso anunció el papa Francisco en la bula Misericordiae vultus que la solemnidad de la Inmaculada Concepción «indica el modo de obrar de Dios desde los albores de nuestra historia. Después del pecado de Adán y Eva, Dios no quiso dejar la humanidad en soledad y a merced del mal. Por esto pensó y quiso a María santa e inmaculada en el amor (cfr Ef 1,4), para que fuese la Madre del Redentor del hombre. Ante la gravedad del pecado, Dios responde con la plenitud del perdón. La misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al amor de Dios que perdona».
El santo Padre ha dicho que su insistencia en este tema no fue invención suya, sino inspiración del Espíritu Santo. Desde el inicio de su pontificado, ha sido un mensaje que ha calado profundamente en todas las almas, también las de muchas personas que llevaban años y décadas sin acercarse al sacramento de la reconciliación: «Dios no se cansa de perdonar, somos los hombres los que nos cansamos de pedir perdón».
La Virgen no solo es la Madre de la misericordia, la abogada que intercede por nosotros ante su Hijo, sino que también sale a nuestro encuentro, nos busca para que vayamos a reconciliarnos con ese Padre bueno que nos espera con los brazos abiertos. Ella nos invita a acoger la misericordia divina, a que volvamos a la casa del Padre, como enseña la parábola del hijo pródigo: «la misericordia que Dios muestra nos ha de empujar siempre a volver. Hijos míos, mejor es no marcharse de su lado, no abandonarle; pero si alguna vez por debilidad humana os marcháis, regresad corriendo. Él nos recibe siempre, como el padre del hijo pródigo, con más intensidad de amor» (San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 27-III-1972, citado por Echevarría J., Carta pastoral, 5-XII-2015).
Una manera concreta de resellar ese compromiso de imitar a nuestra Madre es proponernos rezar con mayor atención el Santo Rosario. El papa Francisco cuenta que él aprendió a rezarlo mejor viendo cómo lo hacía san Juan Pablo II: «Una tarde fui a rezar el Santo Rosario que dirigía el Santo Padre. Él estaba delante de todos, de rodillas. El grupo era numeroso. Veía al Santo Padre de espaldas y, poco a poco, fui entrando en oración. No estaba solo: rezaba en medio del pueblo de Dios al cual yo y todos los que estábamos allá pertenecíamos, conducidos por nuestro Pastor. En medio de la oración me distraje mirando la figura del Papa: su piedad, su unción era un testimonio. Y el tiempo se me desdibujó; y comencé a imaginarme al joven sacerdote al seminarista, al poeta, al obrero, al niño de Wadowice... en la misma posición en que estaba ahora: rezando Ave María tras Ave María. Y el testimonio me golpeó. Sentí que ese hombre, elegido para guiar a la Iglesia, recapitulaba un camino recorrido junto a su Madre del cielo, un camino comenzado desde su niñez. Y caí en la cuenta de la densidad que tenían las palabras de la Madre de Guadalupe a san Juan Diego: “No temas. ¿Acaso no estoy yo aquí, que soy tu Madre?” Comprendí la presencia de María en la vida del Papa. El testimonio no se perdió en un recuerdo. Desde ese día rezo cotidianamente los 15 misterios del Rosario» (Ivereigh, El gran reformador, p. 371).

Madre nuestra, que has sido elegida por Dios como nuestro ejemplo de santidad: alcánzanos la gracia de una nueva mudanza en nuestra vida, para que preparemos el pesebre de nuestro corazón desterrando el pecado y luchando por crecer en unión con tu Hijo Jesucristo. Causa de nuestra alegría, Virgen purísima y Madre de misericordia, ruega por nosotros.

Misión e instrucción a los Doce

Veíamos en la anterior meditación que Jesús manifestaba su misericordia enseñándonos a rezar al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies. Sin embargo, La perícopa evangélica del Adviento complementa la invitación a rezar con el llamado «discurso apostólico», que Jesús pronunció inmediatamente después de que llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia.
Con la llamada, Jesús les asigna una misión: Id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis. Podemos notar un paralelismo con los tres verbos que resumían la misión de Cristo al comienzo de su apostolado: acompañar, enseñar y curar –en sus diversas manifestaciones: curaciones espirituales y materiales-.
El motivo por el cual consideramos este pasaje en pleno Adviento es para que veamos que los apóstoles no son unos simples asalariados, sino que son continuadores de la misión de Cristo. Deberán ser otros Cristos, pues los oiga a ellos escuchará a Cristo mismo.
Sabemos que los discípulos no eran dignos de esa llamada, y que muchos no fueron fieles en el momento en que Jesús más los necesitaba. Solo perseveró al pie de la Cruz el más pequeño, el que menos motivos tenía para confiar en sí mismo. ¿Cómo logró esa gesta de fidelidad? El secreto está en que era el discípulo que más amaba a María, por lo que mereció ser escogido por Jesús mismo para que nos representara al entregárnosla como Madre: hijo, ahí tienes a tu Madre; mujer, ahí tienes a tu hijo. María asumió la misión de ser la madre de los discípulos, la madre de la Iglesia, y por eso también la reconocemos como la reina de los apóstoles.
Rogad pues al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies, dijo Jesús al comienzo del pasaje. E inmediatamente después nombró a los doce Apóstoles. ¡Eficacia de la oración! Tenemos que pedir, como el Señor nos enseñó, pero debemos hacerlo con las disposiciones con las que rezaban aquellos doce jóvenes: le pedían a Dios que enviara operarios, pero al mismo tiempo le hacían saber que podía contar con ellos, si hiciera falta, a pesar de sus miserias.
Comentando este pasaje, san Juan Pablo II hacía notar que “es necesario y urgente organizar una pastoral de las vocaciones amplia y capilar, que llegue a las parroquias, a los centros educativos y familias, suscitando una reflexión atenta sobre los valores esenciales de la vida, los cuales se resumen claramente en la respuesta que cada uno está invitado a dar a la llamada de Dios, especialmente cuando pide la total entrega de sí y de las propias fuerzas para la causa del Reino” (NMI, n.46).
Ojalá pudiéramos contar nosotros lo que relata el profeta Isaías (6,8): Entonces escuché la voz del Señor, que decía: «¿A quién enviaré? ¿Y quién irá por nosotros?». Contesté: «Aquí estoy, mándame». Ojalá que nosotros, obedeciendo al mandato divino, pidamos al Padre que envíe obreros a su mies… pero no pensando en otros, en los de al lado, sino en nuestra propia entrega. Atrevámonos a decirle al Señor: envíame a mí…, «Aquí estoy, mándame».
Durante esta semana contemplamos el ejemplo de María, joven adolescente de Nazaret, que en su diálogo con el Señor estuvo siempre dispuesta a cumplir la voluntad del Padre. Es el mejor resumen de su vida, hecho por Jesús mismo, que fue su mejor biógrafo. Cuando en el éxtasis de la popularidad del Señor una mujer gritó con sencillez: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron», él corrigió la alabanza, para aclarar que lo importante en María no había sido su maternidad biológica, funcional, sino su identificación con lo que Dios quiso de Ella durante toda su vida: «Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen». Son dos pasos distintos, en la vida interior: Escuchar la palabra, primero. Cumplirla, después. Y en ambos casos, María es paradigmática.
Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios. ¡Qué difícil es recogerse en este tiempo nuestro, cuando llevamos en el bolsillo la conexión con el mundo entero, lo que nos puede llevar hasta el punto de perder el silencio interior, la capacidad de contemplación, de escuchar! A veces decimos que Dios no nos habla, pero quizá es que no sacamos ese tiempo para oírlo, para hablar con Él, para pedirle, para ver su voluntad, como veíamos antes el consejo de Jesús: rogad, pues, al dueño de la mies…
Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen. En esa escuela mariana, san Josemaría aprendió a secundar la enseñanza de Jesús. Él también buscaba oír y ver lo que el Señor quería, y por eso repetía las palabras del ciego de Jericó: ¡Señor, que vea! Domine, ut videam! Junto con esa jaculatoria, aportaba la actitud del profeta y de María: ¡Señora, que eso que tu Hijo quiere, sea! Domina, ut sit! Para lo cual complementaba esas jaculatorias con la disposición a cumplir, siempre y en todo, la voluntad de Dios: ¡Aquí estoy, Señor, porque me has llamado!
Esa disposición generosa es compatible con el miedo ante el reto que supone semejante compromiso. No es mala cosa experimentar ese temor. Es más: es muy buena señal, porque quiere decir que nos enteramos, que nos hacemos cargo de lo que el Señor nos está insinuando… es un síntoma positivo de que probablemente el cuento sí es con nosotros. El papa Francisco cuenta que a él también le sucedió algo similar. Y no solo en la juventud, sino después de muchos años de entrega, en concreto, en el día del cónclave. Cuando fue elegido papa, Francisco «experimentó una gran turbación de espíritu. “Una gran ansiedad se apoderó de mí en ese momento”, recordaría más tarde (...). El miedo a la misión ―dijo en una ocasión a un grupo de retiro― puede ser “señal de buen espíritu”: “Cuando somos elegidos sentimos que el peso es grande, sentimos miedo (en algunos casos llega al pánico): es el comienzo de la Cruz. Y, sin embargo, conjuntamente, sentimos esa honda atracción del Señor que ―por su mismo llamamiento― nos seduce con un fuego abrasador para que le sigamos”» (Ivereigh, El Gran Reformador, p. 484).
Quizá ese fuego del amor de Dios fue el que hizo turbar a María ante la Anunciación del Ángel Gabriel. Y esa seducción del Espíritu Santo ―el 8 de diciembre celebramos precisamente esa plenitud de gracia con que la colmó desde el primer momento, en la concepción― la impulsó a ser generosa.
La Virgen transmitía ese amor de Dios por donde se encontraba: en el taller de José, en casa de su prima Isabel, en el pesebre de Belén, en el templo de Jerusalén, y durante el destierro de Egipto. También llevaría ese aire de familia a las bodas de Caná y animaría a los discípulos para que fueran generosos y siguieran a Jesús: haced lo que Él os diga, les animaría, como a los sirvientes de aquel banquete.
Ahora nos anima a ti y a mí para que sigamos los pasos de su Hijo, para que roguemos al dueño de la mies pidiéndole que envíe operarios a su mies. Pidamos mucho al Señor que envíe vocaciones de almas plenamente entregadas, que lleven su mensaje de amor hasta el último rincón del mundo. Pero digámosle, como el profeta: si quieres, envíame a mí…, «Aquí estoy, mándame». O como san Josemaría, pidámosle “que vea y que sea”.

No tengamos miedo a seguir a Jesucristo, a escuchar su palabra y a cumplirla, a abrir el corazón de par en par al amor de su llamada. No estamos solos, contamos con María. Ella nos alcanzará la gracia necesaria para que nuestra respuesta sea como la suya: Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.

sábado, diciembre 05, 2015

Rogad al dueño de la mies que mande trabajadores a su mies

I. El profeta Isaías es el protagonista de los primeros días del Adviento. Hemos considerado esta semana, en primer lugar, el capítulo 11, cuando anuncia sus “Promesas de paz” ante la destrucción causada por la invasión asiria. La primera profecía consiste en que brotará un “nezer”, un renuevo (vivo) del tronco (seco) de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago. Sobre él se posará el espíritu del Señor.

Más adelante, en el capítulo 25, hemos considerado el banquete del Señor, que la liturgia relaciona claramente con el salmo 22 (Habitaré en la casa del Señor por años sin término) y con la multiplicación de los panes (Mt 15), mostrando así que la profecía se cumplió con el nacimiento de Jesús en la “casa del pan” que es Belén.

También hemos meditado sobre el cántico de acción de gracias que Isaías transcribe en el capítulo 26: Que entre un pueblo justo, que observa la lealtad. El evangelio de Mateo (7,27) anuncia en qué consiste esa lealtad exigida para entrar en la ciudad de Dios, en el reino de los cielos: El que cumple la voluntad del Padre.

En ese recorrido “a vuela pluma” por la extensa obra del profeta del adviento, hemos visto en el capítulo 29 sus promesas escatológicas: “muy pronto el Líbano se convertirá en vergel y el vergel parecerá un bosque. Aquel día, oirán los sordos las palabras del libro; sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos. Igual que en los casos anteriores, la liturgia muestra su realización en Jesucristo, con la curación de los dos ciegos que creyeron en Él (Mt 9).

De esa manera llegamos hoy al capítulo 30 del profeta Isaías. Ante la insensatez política de Judá, el Señor promete la renovación del universo y una nueva creación: Pueblo de Sión, que habitas en Jerusalén, no tendrás que llorar, se apiadará de ti al oír tu gemido. Estamos a punto de comenzar el año de la misericordia, y vemos aquí una manifestación de ese amor paternal de Dios por sus criaturas: apenas te oiga, te responderá.

Nos habla de la importancia de no rumiar nuestras quejas, de no quedarnos a solas con nuestros sufrimientos y tentaciones. Dios, Padre misericordioso, está siempre atento a nuestros gemidos. Es más, el Espíritu Santo suscita desde nuestro interior esas lamentaciones que quizá nos resistimos a expresar en voz alta. O que sí exteriorizamos por nuestra cuenta, pero sin querer dirigirlas al Señor.

II. Ya nos hemos dado cuenta de que la liturgia suele poner en diálogo la primera lectura con el Evangelio. Esto lo hace los domingos del tiempo ordinario, pero en el Adviento ocurre cada día. Veamos entonces qué pasaje ha escogido la Iglesia para ilustrar la enseñanza del profeta sobre la piedad del Señor ante sus hijos.

Se trata del Evangelio de Mateo, al final del capítulo noveno: Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia. Estamos preparándonos para la celebración de la Navidad y vemos por qué razón Dios quiso hacerse hombre: para recorrer nuestras sendas, para evangelizar y para curar…

Aquí vemos esbozadas tres dimensiones de la misericordia divina, que tendremos ocasión de considerar con profundidad a lo largo del próximo año: Tú, Señor, quieres acompañarnos en el camino, como hiciste con los discípulos de Emaús, para enseñarnos la clave de nuestra existencia, el camino de la felicidad eterna, y para curar nuestras enfermedades: la ignorancia de la inteligencia, el descamino de la voluntad, la inclinación desordenada de nuestra concupiscencia. 

Por ese deseo divino de curarnos, el santo Padre Francisco ha indicado en la Bula “Misericordiae vultus” que durante el próximo año el sacramento de la reconciliación ha de estar en el centro de todas las celebraciones: «Muchas personas están volviendo a acercarse al sacramento de la Reconciliación y entre ellas muchos jóvenes, quienes en una experiencia semejante suelen reencontrar el camino para volver al Señor, para vivir un momento de intensa oración y redescubrir el sentido de la propia vida. De nuevo ponemos convencidos en el centro el sacramento de la Reconciliación, porque nos permite experimentar en carne propia la grandeza de la misericordia. Será para cada penitente fuente de verdadera paz interior» (n.17).

Pero sigamos considerando cómo ejemplifica Mateo esas tres dimensiones de la misericordia de Jesús: Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor». La compasión es una de las características que denominan a Dios en el Antiguo Testamento, es el nombre que Dios revela a Moisés: Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad (Ex 34,6). Jesús observa a su pueblo en desorden, disperso, desanimado. ¿Cómo hubiéramos reaccionado nosotros ante semejante panorama? Quizás con desespero y enojo, muy probablemente notorios, pero al menos desde luego difíciles de controlar por dentro.

Jesús en cambio se compadeció. Como al padre del hijo pródigo, se le conmovieron las entrañas. El diccionario tiene un sinónimo interesante para la misericordia: conmiseración. Que viene a ser algo así como hacerse cargo de la pasión, del dolor, de la miseria ajena. Pero no basta con un sentimiento interior. La verdadera compasión incluye obrar, salir al encuentro de las necesidades del otro, como intentaremos hacer el próximo año renovando el esfuerzo por vivir las obras de misericordia espirituales y corporales.

¿Cómo manifiesta Jesús su conmiseración ante el pueblo extenuado? ¿Cuál es su estrategia para superar ese abandono? ¿Cómo ejerce su pastoreo divino? –Entonces dice a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».

Para nuestra sociedad pragmática y activista, la indicación del Señor es un escándalo. ¡El gran consejo es que recemos! La compasión divina es enseñarnos a pedir… Pero de hecho fue lo que el Maestro ilustró con su propia vida: antes de los grandes momentos, de los milagros más elocuentes, del drama de la pasión y muerte, Jesús oraba. Tanto, que sus discípulos se sintieron movidos a pedirle que les enseñara a rezar, como hacía Juan Bautista para preparar su llegada. Gracias a esa petición nos llegó el Padrenuestro, que compendia todas las facetas de la oración cristiana.

Estamos en el sexto día de la novena a la Inmaculada, y hoy ha aparecido en la página web del Opus Dei la carta pastoral del Prelado sobre el Año de la misericordia. En uno de sus apartes, Mons. Echevarría recuerda un pasaje de los últimos años de san Josemaría, cuando sintió que el Señor le daba una clave para su oración en ese tiempo difícil para la Iglesia en el mundo: «Voy a deciros algo que Dios nuestro Señor quiere que sepáis. Los hijos de Dios en el Opus Dei adeámus cum fidúcia —hemos de ir con mucha fe— ad thronum glóriæ, al trono de la gloria, la Virgen Santísima, Madre de Dios y Madre nuestra, a la que tantas veces invocamos como Sedes Sapiéntiæ, ut misericórdiam consequámur, para alcanzar misericordia» (San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 9-IX-1971, cit. en Carta pastoral, 5-XII-2015, n.8).

La Virgen aparece en el Adviento  como el conducto más apropiado para dirigir nuestra oración al Señor. Ella es modelo de persona orante: Así recibió la embajada, así permaneció al pie de la Cruz, y en Pentecostés, y hasta la Asunción al cielo, donde permanece intercediendo por sus hijos. Por esa razón, uno de los objetivos de la Novena a la Inmaculada es poner mayor diligencia en la oración con amor filial a la Santísima Virgen, madre de Dios y de la Iglesia, y Madre nuestra, porque Ella es el atajo para que el Señor escuche más prontamente nuestras peticiones; el camino expedito para alcanzar la misericordia divina: «Supliquemos hoy a Santa María que nos haga contemplativos, que nos enseñe a comprender las llamadas continuas que el Señor dirige a la puerta de nuestro corazón. Roguémosle: Madre nuestra, tú has traído a la tierra a Jesús, que nos revela el amor de nuestro Padre Dios; ayúdanos a reconocerlo, en medio de los afanes de cada día; remueve nuestra inteligencia y nuestra voluntad, para que sepamos escuchar la voz de Dios, el impulso de la gracia» (San Josemaría, ECP, n.174).

III. De esta manera reunimos una vez más el anuncio del profeta con el Evangelio del día. Isaías auguraba que el Señor se apiadará de ti al oír tu gemido. Y Jesús nos confirma en que debemos, ante la escasez de operarios, rogar al Señor de la mies.

Jesucristo nos enseña a rezar, nos garantiza la eficacia de la petición, y la Virgen nos ayuda a hacerlo, con su intercesión y su ejemplo. Pero ¿cuál es la intención que Jesús quiere que pidamos, para que las ovejas puedan andar como si tuvieran pastor, para que no estén extenuadas y abandonadas? -Entonces dice a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».

En el diagnóstico está el inicio del tratamiento. El problema de siempre en la humanidad es que, por causa del pecado, muchas veces nos desentendemos del verdadero trabajo, de ayudar a nuestros hermanos los hombres a escuchar la voz del Buen Pastor, yendo nosotros por delante. Aprovechemos este rato de oración, reunidos bajo el manto de María, para pedirle a nuestra Madre que nos ayude a orar como hacía Ella, dispuestos a escuchar la Palabra de Dios y a ponerla en práctica. Jesús indica que el problema no es de escasez de medios: La mies es mucha. El problema es que los trabajadores son pocos.

Y podríamos añadir que, además, los que estamos en el campo trabajamos mal: «Cuando pensamos, hijos míos, en las hambres de verdad que hay en el mundo; en la nobleza de tantos corazones que no tienen luz; en la flaqueza mía y en la vuestra, y en la de tantos que tenemos motivos para estar deslumbrados por la luz del Señor; cuando sentimos la necesidad de sembrar la Buena Nueva de Cristo, para que se pueda hacer esa siega de vida, esa siega de flor, nos acordamos –y es cosa que hemos meditado muchas veces– de aquel andar de Cristo hambriento por los caminos de Palestina» (San Josemaría, Apuntes tomados en una meditación, 26-III-1964, cit. por Echevarría J., Carta pastoral 1-VII-2009).

Señor: ayúdanos a despertar, en estos días previos a la fiesta de tu Madre, las ansias de trabajar en tu viña. Muéstranos cómo aprovechar mejor la jornada para dar más frutos. Ayúdanos a descubrir las ansias de tu corazón: rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.

Benedicto XVI explicaba que esta petición «quiere decir también que no podemos "producir" vocaciones, sino que deben venir de Dios. No podemos reclutar personas, como sucede tal vez en otras profesiones, por medio de una propaganda bien pensada, por decirlo así, mediante estrategias adecuadas. La llamada, que parte del Corazón de Dios, siempre debe encontrar la senda que lleva al corazón del hombre. Con todo, precisamente para que llegue al corazón de los hombres, también hace falta nuestra colaboración. Ciertamente, pedir eso al Dueño de la mies significa ante todo orar por esa intención, sacudir su Corazón, diciéndole: "Hazlo, por favor. Despierta a los hombres. Enciende en ellos el entusiasmo y la alegría por el Evangelio. Haz que comprendan que éste es el tesoro más valioso que cualquier otro, y que quien lo descubre debe transmitirlo"» (Discurso, 14-IX-2006).


Así podríamos concluir nuestra oración, considerando también que la misericordia divina se concreta, en este pasaje evangélico, enviándoles operarios. Sin embargo, Dios quiere que seamos parte integrante de su misión, involucrándonos en la oración por esa intención prioritaria. Padre misericordioso: te pedimos, obedeciendo a tu Hijo, y por intercesión de la Virgen, que envíes trabajadores a tu mies. 

domingo, septiembre 13, 2015

Primer anuncio de la muerte y resurrección



En el capítulo octavo de su evangelio, san Marcos presenta una peculiar encuesta que hizo Jesús sobre quién decía la gente que era Él, y qué habían comprendido los apóstoles sobre su persona y su misión. Pedro respondió con audacia que Jesús era el Mesías y el Maestro los conminó a guardar esa verdad como un secreto. Pero podemos preguntarnos cuál era el sentido último de ese diálogo, y lo podemos intuir con el anuncio que el Señor hizo a continuación, cuando comenzó a enseñarles que tendría que padecer mucho, ser rechazado y llevado a la muerte.
Jesús mostró que la clave de su mesianismo pasaba por la Cruz, como lo habían predicho los profetas; por ejemplo, en los cánticos del siervo del Señor que presenta Isaías (50,5-9): Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos. Pero al mismo tiempo Pedro, representante de nuestra falta de fe, le reprendió por decir tales cosas justo cuando acaba de confirmarles en el esplendor de su mesianismo: Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús, a su vez, le hizo ver que estaba razonando con lógica humana ante el modo de obrar de Dios. Quizás todavía solo entendía el papel de Jesús en clave política, como casi todos sus contemporáneos. Por esa razón, Jesús no dudó en corregirlo de modo llamativo: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!».
La reconvención puede considerarse enigmática, el famoso vade retro, que se solía traducir como apártate de mí, y que ahora se ha mejorado con la versión ponte detrás de mí, que el papa Benedicto XVI glosaba: «No me señales tú el camino; yo tomo mi sendero y tú debes ponerte detrás de mí. Pedro aprende así lo que significa en realidad seguir a Jesús (…). Nosotros, como Pedro, debemos convertirnos siempre de nuevo. Debemos seguir a Jesús y no ponernos por delante. Es él quien nos muestra la vía. Así, Pedro nos dice: tú piensas que tienes la receta y que debes transformar el cristianismo, pero es el Señor quien conoce el camino. Es el Señor quien me dice a mí, quien te dice a ti: sígueme. Y debemos tener la valentía y la humildad de seguir a Jesús, porque él es el camino, la verdad y la vida» (Catequesis, 17-V-2006).
La increpación de Jesús a Pedro se completa y explica con la siguiente invitación: Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. Es como una nueva vocación, de hecho muchas personas han sentido el llamado divino al escuchar estas palabras: «Es la ley exigente del seguimiento: hay que saber renunciar, si es necesario, al mundo entero para salvar los verdaderos valores, para salvar el alma, para salvar la presencia de Dios en el mundo» (Ibídem).
La vocación cristiana exige que la cruz sea un componente insustituible. La única manera de seguir a Jesucristo es negándonos a nosotros mismos, a nuestros egoísmos, a nuestra sensualidad, rechazar las tentaciones que pretenden apartarnos del camino. Para seguir a Jesús hay que negarse, pero también tomar positivamente la cruz, buscarla en las circunstancias ordinarias. Por eso es tan importante que, en nuestra lucha interior, tengamos una lista de mortificaciones, de pequeños sacrificios que son como la oración del cuerpo, con los que vamos condimentando la jornada: desde el primer momento, podemos ofrecer el «minuto heroico», la levantada en punto, que tanto nos ayuda a vivir con talante de lucha. Cada uno puede hablar con el Señor, comprometerse con Él en otros pequeños ofrecimientos a lo largo del día: bañarse con agua fría; dejar ordenados el cuarto y  el baño antes de salir; comer con templanza, en la cantidad y en la calidad; llegar puntualmente al trabajo, aprovechar el tiempo, evitar las distracciones en el uso del internet y de las redes sociales, trabajar con intensidad, vivir la caridad en el sitio de trabajo, llegar a casa sonriendo, a pesar del cansancio de la jornada laboral, etc.
La consideración de este pasaje nos debe confirmar en nuestra decisión de seguir a Jesucristo en su camino a la cruz. De identificarnos con Él, como sugiere san Pablo: Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo (Ga 6,14). Santo Tomás de Aquino es uno de los primeros en presentar la cruz como la mejor escuela en la que podemos aprender la ciencia de la identificación con Jesucristo en virtudes como la caridad, la paciencia, la humildad o la obediencia: «La pasión de Cristo tiene el don de uniformar toda nuestra vida. El que quiera vivir con rectitud, no puede rechazar lo que Cristo no despreció, y ha de desear lo que Cristo deseó. En la cruz no falta el ejemplo de ninguna virtud. Si buscas la caridad, ahí tienes al Crucificado. Si la paciencia, la encuentras en grado eminente en la cruz. Si la humildad, vuelve a mirar a la cruz. Si la obediencia, sigue al que se ha hecho obediente al Padre hasta la muerte de cruz».
Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. El sentido del sufrimiento, del dolor, del tomar la cruz cotidiana no es masoquista, sino que consiste en ir detrás de Cristo, de acompañarlo en su tarea salvadora, de ser corredentores con Él. No es cuestión de cumplir unos propósitos, sino de destinar la vida, de gastarla en servicio para el Señor y para las almas. Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará.
Sin embargo, no hemos de olvidar el planteamiento inicial del pasaje que estamos contemplando: El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, (…) y resucitar a los tres días. ¡Hay esperanza! Se trata de un plan divino, para salvarnos. La última palabra no es de dolor y de muerte, sino de alegría y de vida: «Sólo cuando el hombre, siendo fiel a la gracia, se decide a colocar en el centro de su alma la cruz, negándose a sí mismo por amor a Dios, estando realmente desprendido del egoísmo y de toda falsa seguridad humana, es decir, cuando vive verdaderamente de fe, es entonces y sólo entonces cuando recibe con plenitud el gran fuego, la gran luz, la gran consolación del Espíritu Santo. Es entonces también cuando vienen al alma esa paz y esa libertad que Cristo nos ha ganado, que se nos comunican con la gracia del Espíritu Santo» (ECP, n.137).
La alegría tiene sus raíces en forma de cruz. Porque en el seguimiento de Cristo hasta el sacrificio del calvario encontramos la realización de su llamado para que seamos corredentores con Él. Es lo que consideramos en el cuarto misterio doloroso del santo Rosario: «No te resignes con la Cruz. Resignación es palabra poco generosa. Quiere la Cruz. Cuando de verdad la quieras, tu Cruz será... una Cruz, sin Cruz. Y de seguro, como El, encontrarás a María en el camino».

miércoles, septiembre 09, 2015

El nacimiento de la Virgen María

Nueve meses después de celebrar la Inmaculada Concepción de María, la Iglesia conmemora su nacimiento el 8 de septiembre. Y en la liturgia de esta fiesta se repite la invitación al gozo, a la alegría, como es natural en la celebración familiar del cumpleaños de la Madre. Pero en este caso es más explicable aún, porque hablamos del nacimiento de la Madre de Dios y madre nuestra: «Por Ti, los hijos de la tierra comenzaron a serlo también del Cielo, pues ambos órdenes quedaron entre sí admirablemente reconciliados» (Himno de Laudes).


Con el nacimiento de María se aproxima la plenitud de los tiempos, la llegada de aquel momento esperado a lo largo de los siglos, para el cual Dios mismo había ido preparando a su pueblo desde Abraham, pasando por Moisés y los profetas, como Miqueas —cuyo oráculo se lee en la primera lectura de la Misa: Y tú, Belén Efratá, pequeña entre los clanes de Judá, de ti voy a sacar al que ha de gobernar Israel; sus orígenes son de antaño, de tiempos inmemoriales. Por eso, los entregará hasta que dé a luz la que debe dar a luz—.
Esa enigmática mujer (la que debe dar a luz) se identificaría más adelante con la profetizada en Isaías 7,14 (Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel). Ha nacido por fin como una chiquilla más de una aldea cercana a Jerusalén, no lejos de la piscina probática, fruto tardío del matrimonio de Ana y Joaquín. De genealogía privilegiada, aunque su máximo esplendor sería el que llegaría varios años más tarde, como dice otro himno de la liturgia: «Oh María, Virgen Reina, del linaje de David, más noble todavía por tu Hijo, que por tu estirpe».
Por eso se entiende la exultación de san Andrés de Creta, el famoso mariólogo citado en el Oficio de lecturas: «El nacimiento de la Madre de Dios es el exordio de todo este cúmulo de bienes, exordio que hallará su término y complemento en la unión del Verbo con la carne que le estaba destinada (…). Hoy ha sido construido el santuario creado del Creador de todas las cosas, y la creación, de un modo nuevo y más digno, queda dispuesta para hospedar en sí al supremo Hacedor».
La Misa de la fiesta comienza con una invitación gozosa: «Celebremos con júbilo el Nacimiento de la santísima Virgen María, de ella salió el sol de justicia, Cristo, nuestro Dios». En la Anunciación, el Arcángel san Gabriel la saludará con la misma invitación a la alegría: Chaire, alégrate, llena de gracia. Así arranca el Nuevo Testamento y de la misma forma concluye: con los Ángeles invitando a la alegría de la resurrección. La fiesta del nacimiento de María es un anticipo del gozo que significará la llegada del Dios hecho hombre. Como explica Benedicto XVI, «conviene comprender el verdadero significado de la palabra chaire: ¡Alégrate! Con este saludo del ángel —podríamos decir— comienza en sentido propio el Nuevo Testamento (…). La alegría aparece en estos textos como el don propio del Espíritu Santo, como el verdadero don del Redentor. Así pues, en el saludo del ángel se oye el sonido de un acorde que seguirá resonando a través de todo el tiempo de la Iglesia y que, por lo que se refiere a su contenido, también se puede percibir en la palabra fundamental con la cual se designa todo el mensaje cristiano en su conjunto: el Evangelio, la Buena Nueva».
Si nos preguntamos qué otra motivación puede tener esa alegría, encontraremos la respuesta en la oración colecta de la Misa, que pide al Señor el don de su gracia «para que, cuantos hemos recibido las primicias de la salvación por la maternidad de la Virgen María, consigamos aumento de paz en la fiesta de su Nacimiento». ¿De qué paz pedimos aumento? De la que recibimos en primicias con la natividad de María, de la paz que proviene de sabernos in spe salvi, salvados por Jesucristo. La paz, la alegría, de sabernos hijos de Dios, justificados, partícipes de su gracia santificante: redimidos, pacificados, perdonados.
Precisamente en esa línea es muy oportuno que el Evangelio de la Misa sea la genealogía de Jesús según san Mateo, que incluye personas de toda condición social y moral: desde grandes personajes como Abraham, Isaac y Jacob, pasando por reyes, hasta gente común y corriente, incluyendo conocidos pecadores. Benedicto XVI concluía que «la genealogía, con sus figuras luminosas y oscuras, con sus éxitos y sus fracasos, nos demuestra que Dios también escribe recto con los renglones torcidos de nuestra historia. Dios nos deja nuestra libertad y, sin embargo, sabe encontrar en nuestro fracaso nuevos caminos para su amor. Dios no fracasa. Así esta genealogía es una garantía de la fidelidad de Dios, una garantía de que Dios no nos deja caer y una invitación a orientar siempre de nuevo nuestra vida hacia Él, a caminar siempre nuevamente hacia Cristo».
En la misma línea, san Josemaría comentaba que «en la genealogía de Jesucristo, encontramos hombres y mujeres —antepasados de José y de María— que a veces no fueron un modelo. Con esa lección, seguro que la Madre de Dios quiere que consideremos que Ella, siendo toda limpia —¡Inmaculada! —, nos acepta con nuestras manchas. Y cuando nos acercamos a Ella y a Jesús, con la conciencia limpia, con la voluntad llena de buenos deseos, entonces todo lo pasado no cuenta. Podemos rehacer nuestra vida, y para eso a lo largo de la jornada habremos de rectificar el rumbo más de una vez».
Es una de las grandes enseñanzas de esta fiesta, el principal motivo de nuestro gozo y nuestra paz: Dios conoce nuestras miserias, pero no nos rechaza por ellas. Al contrario, ha venido a nuestro encuentro, ha enviado a su Hijo para hacernos hermanos suyos, y en su misericordia nos garantiza la gracia necesaria para vencer contra las tentaciones del diablo: «Quiero que vosotros y yo  —concluye San Josemaría— tengamos esa visión de lucha; que no perdamos nunca de vista que en la vida interior es necesario pelear sin desánimo; que no nos desalentemos cuando al intentar servir a Dios, no una vez sino muchas, tengamos que rectificar».
Justo cuando se acerca el Jubileo de la Misericordia, damos gracias a Dios por haberse desbordado en su amor hacia nosotros, queriendo que nos llamáramos hijos suyos y también de su Madre. Conociendo nuestras malas inclinaciones, vino a nuestro encuentro para liberarnos, para redimirnos, como recordamos en la Oración sobre las ofrendas: «Jesús, que con su nacimiento no menoscabó su integridad, sino que la santificó, nos libre del peso de nuestros pecados».
La paz que pedíamos en la oración colecta es entonces la verdadera paz: la paz de la conciencia, de sabernos reconciliados con Dios, libres del peso de nuestros pecados. No impecables, no inmaculados como María, sino perdonados una y otra vez en el sacramento de la misericordia que su hijo nos ganó muriendo por nosotros en la Cruz. Por esa razón la antífona de comunión recuerda a Mt 1,21: la Virgen dará a luz un hijo que salvará al pueblo de sus pecados.
En el patíbulo del Calvario Jesús mismo nos entregó a su Madre como Madre nuestra. Es como una manifestación externa del perdón que nos estaba consiguiendo. Por eso uno de los títulos con los que más frecuentemente la llamamos es «Madre de Misericordia», porque sabemos que Ella es el atajo para volver a su Hijo cuando lo perdemos por el pecado; que Ella es la luz que ilumina el camino verdadero en tiempos de borrascas interiores; que también intercede ante Dios para alcanzarnos las gracias que necesitamos en las batallas de la lucha ascética. Es lo que ilustra la petición del Himno de Vísperas: «Dejando lejos lo antiguo, trasplántanos a este germen nuevo, donde, por Ti, se confiere a los hombres un sacerdocio regio. Desata con tus preces el nudo de nuestras culpas y por medio de tus méritos, condúcenos hasta el Premio del Cielo».
Considerar la omnipotencia de María, madre de Misericordia, nos llena de esperanza para nuestro combate interior. Un buen propósito es acudir con más frecuencia a su intercesión. Pero ojalá pudiéramos buscarla desinteresadamente, para manifestarle nuestro amor filial. Renovemos en este momento el deseo de saludar con más frecuencia las imágenes de la Virgen que nos encontramos en nuestra casa, en las calles que recorremos habitualmente y en el lugar de trabajo. Pensemos cómo afinar en la piedad mariana: podríamos tenerla en cuenta desde el primer momento de la jornada, llevar el escapulario y usarlo como recordatorio para la presencia de Dios, rezar el Ángelus al medio día, descubrir su papel en el santo sacrificio de la Misa, y acudir a Ella para que nos ayude a dar gracias con más piedad después de recibir a su Hijo en la Eucaristía. También es posible revivir esas oraciones marianas que aprendimos quizá desde pequeños: Bendita sea tu pureza…, Oh Señora mía, oh Madre mía…, el Acordaos…
Desde luego, quizás el mejor propósito, para vivir toda la vida cobijados por el manto de la Virgen, es cuidar cada día más el rezo del santo Rosario. Impresiona mucho leer el testimonio de monseñor Bergoglio sobre la santidad del papa Juan Pablo II. Viéndolo rezar el Rosario descubrió en su piedad mariana («Totus tuus» era su lema pontificio) la clave para la vida espiritual del cristiano: «Una tarde fui a rezar el Santo Rosario que dirigía el Santo Padre. Él estaba delante de todos, de rodillas. El grupo era numeroso. Veía al Santo Padre de espaldas y, poco a poco, fui entrando en oración. No estaba solo: rezaba en medio del pueblo de Dios al cual yo y todos los que estábamos allá pertenecíamos, conducidos por nuestro Pastor. En medio de la oración me distraje mirando la figura del Papa: su piedad, su unción era un testimonio. Y el tiempo se me desdibujó; y comencé a imaginarme al joven sacerdote al seminarista, al poeta, al obrero, al niño de Wadowice... en la misma posición en que estaba ahora: rezando Ave María tras Ave María. Y el testimonio me golpeó. Sentí que ese hombre, elegido para guiar a la Iglesia, recapitulaba un camino recorrido junto a su Madre del cielo, un camino comenzado desde su niñez. Y caí en la cuenta de la densidad que tenían las palabras de la Madre de Guadalupe a san Juan Diego: «No temas. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?» Comprendí la presencia de María en la vida del Papa. El testimonio no se perdió en un recuerdo. Desde ese día rezo cotidianamente los quince misterios del Rosario». (Ivereigh, El gran reformador, p. 371).

«¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?», nos sigue recordando la Virgen santa, cuyo nacimiento celebramos. Como dice el papa Francisco en la convocatoria para el nuevo año jubilar: «El pensamiento se dirige ahora a la Madre de la Misericordia. La dulzura de su mirada nos acompañe en este Año Santo, para que todos podamos redescubrir la alegría de la ternura de Dios (…). Al pie de la cruz, María junto con Juan, el discípulo del amor, es testigo de las palabras de perdón que salen de la boca de Jesús. El perdón supremo ofrecido a quien lo ha crucificado nos muestra hasta dónde puede llegar la misericordia de Dios. María atestigua que la misericordia del Hijo de Dios no conoce límites y alcanza a todos sin excluir a ninguno. Dirijamos a ella la antigua y siempre nueva oración del Salve Regina, para que nunca se canse de volver a nosotros sus ojos misericordiosos y nos haga dignos de contemplar el rostro de la misericordia, su Hijo Jesús» (MV, n.24).

jueves, septiembre 03, 2015

Pobreza


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En el Evangelio de san Lucas, después de narrar la infancia y los preparativos del ministerio de Jesús, los comienzos de su labor apostólica se sitúan en Galilea, la tierra donde había crecido. En el capítulo cuarto, vemos al Señor en la sinagoga de Nazaret, presentando lo que podríamos llamar su programa de acción pastoral (vv.16-30). En primer lugar, enseñó que en Él se cumplían las profecías mesiánicas: Dios libraría a su pueblo y lo haría a través de su misión. Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido».
Vemos de pasada las costumbres del Señor, cómo frecuentaba la sinagoga cada sábado, solo que en esta ocasión se puso en pie para hacer la lectura. Al desenrollar el sagrado pergamino, encontró un texto del profeta Isaías, en el que presentaba al Mesías lleno del Espíritu Santo. Ya desde los primeros pasajes de su narración, el evangelista muestra esa unidad inefable que hay entre las Personas divinas. Había narrado en la Encarnación que el Paráclito descendió sobre María, y en el Bautismo había descrito la teofanía junto al Jordán —el Espíritu en forma de paloma—; lo había llevado durante cuarenta días por el desierto, mientras era tentado por el diablo (Lc 4,2); ahora, en los inicios de la predicación de Jesús, volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu (Lc 4,14).
La escena concluirá con la reacción polémica de su pueblo ante la explicación del motivo por el cual no hacía en su terruño los milagros que se contaban de otras poblaciones: todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino. Benedicto XVI concluye que «precisamente con el mensaje de gracia que Jesús trae se inaugura la perspectiva de la cruz. Lucas, que ha redactado con gran cuidado su Evangelio, ha puesto muy conscientemente esta escena como una especie de título para toda la obra de Jesús».
Esa perspectiva de la cruz muestra el camino, pero también la meta: la redención, el perdón de los pecados, la liberación de los oprimidos, la evangelización de los pobres. Este es el punto clave sobre el cual podemos hacer nuestra oración de hoy. ¿Cuáles son los destinatarios principales de su mensaje? —Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor.
Jesucristo muestra su predilección por aquellos que ocupan los últimos lugares a los ojos de los hombres. Pero no se trata solo de una situación económica o social. Según la Sagrada Escritura, los pobres, cautivos y oprimidos son aquellos que se reconocen necesitados de la misericordia divina: «Se anuncia el Evangelio a los pobres (Mt 11,5), leemos en la Escritura, precisamente como uno de los signos que dan a conocer la llegada del Reino de Dios. Quien no ame y viva la virtud de la pobreza no tiene el espíritu de Cristo» (Conv., n.110). Por esa razón, María es la primera entre esos pobres de Israel (los “anawin”).
Pidámosle al Señor que nos ayude a meditar en su amor a esta virtud, para aprender de Él a ser pobres en el espíritu, y merecer la bienaventuranza prometida en el sermón del monte: porque de ellos es el reino de los Cielos. ¿Cómo vivió Jesús la pobreza? Podríamos preguntar a cualquiera de los asistentes a la sinagoga y nos contaría lo que transmite la Escritura: Jesucristo siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza (2Co 8,9).
¡Vaya paradoja! La pobreza enriquece… No es lo que enseña el mundo, que valora a la persona por lo que tiene en el banco. Y como nosotros nos movemos en ese ambiente, corremos el riesgo de contaminarnos con esa mentalidad, de sentirnos mal cuando escasean los medios materiales, o de poner nuestra esperanza en las capacidades económicas, en lo que poseemos. En cambio Jesús, cuando quiere manifestar su amor a alguien (por ejemplo, al joven rico), le pide que se haga pobre, que lo deje todo por Él, que se enriquezca con la pobreza cristiana.
Una pobreza que comienza con el desprendimiento de sí mismo, del amor propio, del estar siempre pendientes de nuestras cosas, de nuestros trabajos, de nuestro descanso, de nuestra salud, del prestigio que tenemos, de la opinión que los demás se van formando de nosotros: «corazones generosos, con desprendimiento verdadero, pide el Señor. Lo conseguiremos, si soltamos con entereza las amarras o los hilos sutiles que nos atan a nuestro yo. No os oculto que esta determinación exige una lucha constante, un saltar por encima del propio entendimiento y de la propia voluntad, una renuncia -en pocas palabras- más ardua que el abandono de los bienes materiales más codiciados» (AD, n.115).
Después del desprendimiento interior viene, como lógica consecuencia, el desapego de los bienes materiales. Nos pueden ayudar para nuestra meditación unos puntos de la Encíclica “Laudato si’” (nn. 222-227), en los que el papa Francisco explica el principio ascético del “menos es más”: se trata de una invitación a vivir la virtud de la sobriedad, que nos capacita para gozar con poco. El planteamiento ecológico va más allá de no quemar árboles o no matar ballenas. Cuando uno medita más a fondo el compromiso que conlleva el mandato divino de dominar la tierra, se da cuenta —como explica la encíclica— que es necesario volver a la simplicidad, valorar lo pequeño, «evitar la dinámica del dominio y de la mera acumulación de placeres».
El ambiente materialista nos hace creer que la clave de la felicidad está en el poseer y que la pobreza es sinónimo de tristeza. Por el contrario, la dinámica del Evangelio es que la pobreza enriquece, hace feliz, nos acerca más al Señor: «Si estamos cerca de Cristo y seguimos sus pisadas, hemos de amar de todo corazón la pobreza, el desprendimiento de los bienes terrenos, las privaciones» (F, n. 997).
La sobriedad, la sencillez, la pobreza, la humildad, son caminos de la verdadera felicidad. Porque enseñan a contentarse con poco, a no crearse necesidades, a contentarse con lo suficiente para pasar una vida sobria y templada: «Se puede necesitar poco y vivir mucho, sobre todo cuando se es capaz de desarrollar otros placeres y se encuentra satisfacción en los encuentros fraternos, en el servicio, en el despliegue de los carismas, en la música y el arte, en el contacto con la naturaleza, en la oración. La felicidad requiere saber limitar algunas necesidades que nos atontan, quedando así disponibles para las múltiples posibilidades que ofrece la vida» (LS, n.223).
Pidámosle al Señor que nos ayude a descubrir la riqueza de esta virtud. Y a valorar la presencia de Dios especialmente en las personas más necesitadas, en los enfermos, los ancianos, los pobres, los niños, los desempleados, los desplazados y migrantes: «precisamente entre ellos es donde más a gusto se encuentra» (S, 228). Por esa razón, la Iglesia siempre se ha caracterizado por promover, junto con el anuncio del Evangelio y el culto litúrgico, la caridad con los más necesitados (DCE, n.25). Esta triple dimensión manifiesta la naturaleza íntima de la Iglesia, y hay que sospechar de cualquier institución en que no estén las tres características (porque también si solo hay labor social se corre el riesgo de convertir a la Iglesia en una ONG).
San Josemaría enunciaba unos principios que ayudan a vivir el  desprendimiento como virtud que lleva a identificarnos con Jesucristo: «No tener nada como propio, no tener nada superfluo, no lamentarse cuando falta lo necesario; cuando se puede escoger, elegir la cosa más pobre, menos simpática; no maltratar las cosas que usamos; hacer buen uso del tiempo» (Álvaro del Portillo, Entrevista con el Fundador del Opus Dei, p. 181).
Pero además del cuidado personal de la virtud de la pobreza, también estamos llamados a promover a nuestro alrededor la justicia social, cada uno según sus capacidades. De una parte, fomentando los propios talentos, pero además tenemos la invitación a vivir las obras de misericordia, como el papa ha recordado de cara al próximo año jubilar: visitas a pobres y enfermos, catequesis a necesitados, ayudar a los que necesitan nuestra asistencia —explicar una lección, acompañar en la soledad, ayudar al cuidado de los niños, etc.—, generar empleo, pagar lo justo a los empleados, vivir las exigencias de la propia vocación cívica en cuanto a impuestos, votaciones, participación ciudadana, etc.
Pero la principal manera de fomentar esa justicia social es con la santificación del propio trabajo. No se trata de que todas las personas de buena voluntad, para serlo, deban laborar en organismos de beneficencia. Cada uno, desde su trabajo hecho cara a Dios, honradamente, con espíritu de servicio, desempeña una insustituible labor de justicia: «Dios quiere que permanezcáis en vuestro lugar. Desde ahí, podéis realizar —estáis realizando— una labor colosal en beneficio de los pobres e indigentes, de los que padecen ignorancia, soledad y dolor —en tantas ocasiones a causa de la injusticia de los hombres—, porque al buscar la santidad con todas vuestras fuerzas, santificando el trabajo profesional y las relaciones familiares y sociales, contribuís a informar la sociedad humana con el espíritu cristiano» (Álvaro del Portillo, Carta pastoral, 9 de enero de 1993, n. 20, Citado por Schlag M, 2014, [SetD] p.372).

Decíamos al comienzo que la Virgen santísima fue la primera entre los anawin, los pobres del Señor. A Ella le pedimos que nos ayude a imitar el ejemplo de su Hijo, que siendo rico se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza.