argumentaciones

Comentarios litúrgicos -lectio divina- de un sacerdote católico. Imágenes tomadas en su mayoría de www.centroaletti.com

sábado, noviembre 14, 2009

Vida más allá de la muerte (Los novísimos)




A la salida del Templo, le dijeron a Jesús: “Maestro, ¡mira qué piedras y qué edificios!”. Siempre y en todas partes es habitual el regionalismo, la admiración de las grandes obras del propio pueblo. Explica la Biblia de Navarra que los judíos pensaban que el día del juicio del Señor sería terrible para los impíos, pero glorioso para los hebreos. La majestuosidad del Templo era señal de esa futura gloria. En este caso, el Señor no respondió con la típica afirmación diplomática del estilo: “es de los más bonitos que he visto”. Es más, corrige la interpretación en boga y añade que el Templo sería destruido. No se trataba de ser aguafiestas, sino de anunciar lo que le pasaría a Él mismo y a sus seguidores a lo largo de los siglos: también la predicación del Evangelio será en medio de lucha y contradicciones. En su libro Jesús de Nazaret, el Papa resalta que este discurso se pronuncia en el contexto previo a la Pasión y a la muerte en la Cruz.


El Señor habla de la llegada del Hijo del Hombre al final de los tiempos: en aquellos días, después de aquella tribulación, el sol se oscurecerá y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo, y las potestades de los cielos se conmoverán. Entonces verán al Hijo del Hombre que viene sobre las nubes con gran poder y gloria. Y entonces enviará a los ángeles y reunirá a sus elegidos desde los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo.


El año litúrgico suele traer estos textos apocalípticos para cerrar las últimas semanas, como una llamada a estar atentos para la llegada definitiva del Señor, pues nadie sabe de ese día y de esa hora: ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre.


Jesús aprovecha que hay un árbol de higos en las cercanías y predica con una parábola: Aprended de la higuera esta parábola: cuando sus ramas están ya tiernas y brotan las hojas, sabéis que está cerca el verano. Así también vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que es inminente, que está a las puertas. En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todo esto se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. A partir del momento en que florece, la higuera tarda un mes en dar fruto. Así la Iglesia vivirá entre Adviento y Pascua. Como nadie conoce el momento preciso, hay que estar en vigilancia constante, en una confiada espera en el Señor (Howard V. y Peabody D.). El fundamento para esa “resistencia paciente” (Harrington D.), para esa constante vigilancia, es la expectación del eschaton, de la llegada de Cristo en su gloria.


Para fortalecer el cariz esperanzador de este pasaje, la liturgia lo relaciona, en la semana XXXIII, con el comienzo del capítulo 12 del libro de Daniel: “En aquel tiempo se levantará Miguel, el gran príncipe que está al frente de los hijos de tu pueblo". El profeta anuncia la salvación del pueblo de Dios por medio de Miguel, arcángel protector. Los inscritos en el libro son los fieles.

Este pasaje es una muestra de la fe en la Resurrección que comenzaba a madurar en el Antiguo Testamento. La Resurrección no será igual para todos: para unos, será de vida eterna; para otros, de eterna ignominia. Se concluye que los últimos tiempos comienzan con la muerte y resurrección de Cristo y la lucha ya no será entre naciones sino entre el maligno y la Iglesia del Resucitado. Lo importante no es la espera del fin del mundo, sino reconocer los signos humildes de la acción de Cristo resucitado (Léonard).


Lucha y contradicciones. Vigilancia y oración. Espera confiada, resistencia paciente. A todo eso nos debe mover el final de un año más. A prepararnos para el momento definitivo, que es cuando nos llegue el día de dar el paso a la vida eterna. Por eso la Iglesia predica sobre los novísimos, las cuatro verdades eternas. Juan Pablo II decía que “la Iglesia tampoco puede omitir, sin grave mutilación de su mensaje esencial, una constante catequesis sobre lo que el lenguaje cristiano tradicional designa como los cuatro novísimos del hombre: muerte, juicio (particular y universal), infierno y gloria. En una cultura, que tiende a encerrar al hombre en su vicisitud terrena más o menos lograda, se pide a los Pastores de la Iglesia una catequesis que abra e ilumine con la certeza de la fe el más allá de la vida presente; más allá de las misteriosas puertas de la muerte se perfila una eternidad de gozo en la comunión con Dios o de pena lejos de Él. Solamente en esta visión escatológica se puede tener la medida exacta del pecado y sentirse impulsados decididamente a la penitencia y a la reconciliación”.


En el libro “Cruzar el umbral de la esperanza” le preguntaban, precisamente: “¿El paraíso, el purgatorio y el infierno todavía "existen"?” Y el Papa polaco recordaba con gratitud la fuerza de la antigua predicación sobre estos temas: “¡Cuántas personas fueron llevadas a la conversión y a la confesión por estas prédicas y reflexiones sobre las cosas últimas! Además, hay que reconocerlo, ese estilo pastoral era profundamente personal: "Acuérdate de que al fin te presentarás ante Dios con toda tu vida, que ante Su tribunal te harás responsable de todos tus actos, que serás juzgado no sólo por tus actos y palabras, sino también por tus pensamientos, incluso los más secretos." Se puede decir que tales prédicas, perfectamente adecuadas al contenido de la Revelación del Antiguo y del Nuevo Testamento, penetraban profundamente en el mundo íntimo del hombre. Sacudían su conciencia, le hacían caer de rodillas, le llevaban al confesonario, producían en él una profunda acción salvífica".


Hay una vieja leyenda que nos puede ayudar a plantearnos el tema de la muerte. Se llama "El hombre que sabía el día de su muerte": Joven conde Rodolfo. Una fría tarde de octubre de 1321 se internó en el bosque, persiguiendo una presa difícil. Cuando ya empezaba a oscurecer, se encontró unas ruinas de lo que resultó ser una antigua capilla abandonada. A pesar del polvo y el desorden, decidió dormir allí. Entrada la noche, lo despertó un ruido de campanas y se encontró en un funeral. Preguntó por quién se celebraba y le respondieron que un joven caballero que se había perdido en el bosque y que había sido encontrado muerto ese día, 26 de octubre de 1371. El conde Rodolfo se estremeció y decidió acercarse al catafalco y descubrió que el muerto era ¡él mismo!, cincuenta años más viejo. Dio un grito de susto y... se despertó. Se dio cuenta de que el sueño era un aviso: moriría exactamente en 50 años.


Pensándolo bien, tomó una decisión: vivir 25 años de placeres y otros 25 de penitencia. Sintió que había pasado poco tiempo cuando descubrió que ya había pasado la primera mitad del plazo, que había dedicado a diversiones, cacerías, fiestas y también pecados. Tomó entonces una segunda decisión: dedicar los siguientes 15 años al placer y esperar los últimos 10 años para el arrepentimiento. Este período pasó más rápido aún que el primero, por lo que decidió hacer de nuevo una división del tiempo restante y así hasta que le quedaba una semana.


Citó para esos días a todos sus parientes con el fin de despedirse en una fiesta monumental, que duró varios días. Cuando llegó el 25 de octubre, y solo le quedaba una jornada, sintió que necesitaba descansar un poco para poder entonces confesarse, recibir la unción y la comunión y prepararse para la muerte.


Pero cuando ya estaba acostado sintió los dolores y pidió que llamaran al sacerdote. Mientras buscaban al párroco, el Conde Rodolfo comenzó a arrepentirse por haber desperdiciado 50 años mientras observaba lo rápido que bajaba la arena en su reloj de mesa, y se daba cuenta de que si el sacerdote no se daba prisa se quedaría sin la esperada reconciliación con Dios. Cuando escuchó el carruaje que traía al párroco, se dio cuenta de que era demasiado tarde: antes de que él entrara, sonó la campana que anunciaba el nuevo día. Desesperado, el Conde soltó un horrible alarido y... se despertó de verdad.


Con gran alivio, notó que estaba frente al crucifijo enmohecido de la capilla en ruinas, en mitad del bosque, donde había entrado solo unas horas antes para reposar. Pero el joven conde Rodolfo tomó en serio el misericordioso aviso. De ahí en adelante, buscó la santidad en medio de sus ocupaciones, acudió a la Misa y a la oración con frecuencia, tuvo gran devoción a la Santísima Virgen y procuró acercar a Dios a sus amigos. Mediante el examen de conciencia y la confesión frecuente, se mantuvo siempre preparado para el momento más importante de su vida: el día de su encuentro definitivo con Dios. (Inspirado en: Caballeros de la Virgen. Historias para niños... o adultos con fe. Bogotá 2006, p. 66-69)


Juan Pablo II explicaba que hoy día “la escatología es profundamente antropológica, pero a la luz del Nuevo Testamento está sobre todo centrada en Cristo y en el Espíritu Santo, y es también, en un cierto sentido, cósmica”. También afirmaba que “los hombres siguen teniendo esta convicción. Los horrores de nuestro siglo no han podido eliminarla: "Al hombre le es dado morir una sola vez, y luego el juicio" (cfr. Hebreos 9,27). Y que “desde siempre el problema del infierno ha turbado a los grandes pensadores de la Iglesia, desde los comienzos, desde Orígenes, hasta nuestros días, (…) ¿Puede Dios, que ha amado tanto al hombre, permitir que éste Lo rechace hasta el punto de querer ser condenado a perennes tormentos? Y, sin embargo, las palabras de Cristo son unívocas. En Mateo habla claramente de los que irán al suplicio eterno (cfr. 25,46). ¿Quiénes serán éstos? La Iglesia nunca se ha pronunciado al respecto. Es un misterio verdaderamente inescrutable entre la santidad de Dios y la conciencia del hombre”.


Para explicar el purgatorio se inspiraba en “las Obras místicas de san Juan de la Cruz. La "llama de amor viva", de la que él habla, es en primer lugar una llama purificadora. (…) No nos encontramos aquí frente a un simple tribunal. Nos presentamos ante el poder del mismo Amor. Es sobre todo el Amor el que juzga. Dios, que es Amor, juzga mediante el amor. Es el Amor quien exige la purificación, antes de que el hombre madure por esa unión con Dios que es su definitiva vocación y su destino”. Y éste es el Cielo, la comunión con el Hijo del Hombre de que nos habla el Evangelio de Marcos.


Acudimos a Santa María, para que pida por nosotros en los dos momentos más importantes de nuestra vida: “ahora y en la hora de nuestra muerte”. Amén.


miércoles, noviembre 11, 2009

Vida de fe (ciego de Jericó)


Continúa Jesús subiendo a Jerusalén decididamente, después de haber enseñado a sus discípulos el lema de su vida: el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en redención de muchos. Después de cruzar Jericó, la comitiva escucha gritos de un limosnero ciego: ¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí! El ambiente no está para más diálogos, pensarán algunos, después del regaño que sufrieron del Señor en la escena anterior. Quizá por eso, reprenden al mendigo para que calle y no incomode al Maestro, que bastante apesadumbrado está como para cargar las peticiones inoportunas… “Pero él gritaba mucho más”. Los apóstoles no logran disimular el ruido, que el Maestro no se entere, hasta que él se paró y dijo: -Llamadle.

También nosotros acompañamos al Señor. Y a veces queremos responder por él. Pero no lo hacemos con su misericordia, sino con nuestra tosquedad. Queremos seguir más cerca de ti, Señor, para aprender de tu ejemplo a atender con el mismo cariño a todas las personas. Para saber que todas son importantes para ti. Que te preocupas por cada una y nos pides que las llamemos. Contágianos, Señor, esa preocupación por las almas. Ellas están gritando que quieren verlo, piden piedad para sus miserias y nosotros no queremos complicarnos la vida, nos creemos mejores que ellas porque Tú has tenido más misericordia en nuestro favor. Sugiérenos en este momento cuáles son esas personas en las que quieres lucirte, hacer milagros, contando con nuestra ayuda. Que nos demos cuenta de que quieres contar con nosotros. Que te paras y nos dices, pensando en ellas: -Llamadles. Llámalas tú, en mi nombre.

¿Qué pasaba por la mente de aquél hombre, mientras tanto? Llevaba una vida lamentable: ciego y mendigo. Quizás había sido reconocido antes de perder la vista. Al menos, su padre era aún recordado, pues le llaman “Bar-timeo”, el hijo de Timeo. Probablemente había oído de aquél taumaturgo que había curado paralíticos, que había devuelto la vida a algún muerto, que había expulsado demonios. En sus circunstancias personales, cualquier posibilidad de curación es recibida con esperanza. Pero, además, le habían llegado ecos de su predicación y se había convencido de que aquel personaje era, sin duda alguna, el Mesías esperado. Esperaba verlo en alguna fiesta, de camino a Jerusalén. Quizás hubiera intentado buscarlo, cuando se supo que estaba en parajes cercanos, pero su limitación física se lo habría dificultado. Hasta que, aquella mañana, habría escuchado –con la finura de oído que desarrollan los ciegos- ecos del paso de Jesús de Nazaret. Por eso decide esperarlo en las afueras de la ciudad, para garantizar un encuentro personal, sin el barullo de la gente, en un sitio que quizás conocía como un buen lugar para pedir limosna: en el giro de la carretera, para dar tiempo al caminante de compadecerse de él.

Tú y yo también somos ciegos: cuántas cosas grandes que no vemos, porque nos lo impide la ceguera de nuestro egoísmo, de nuestra vanidad, de nuestra sensualidad, de nuestra pereza. Nos tapa los ojos de alma el tener la mirada puesta en lo de abajo, en nuestros proyectos, en nuestra fama, incluso en nuestros fracasos, en nuestras miserias, que nos humillan, no porque ofendan a Dios sino porque no somos tan perfectos como quisiéramos. Lo peor es que no nos damos cuenta, creemos que vemos bien, que no necesitamos ninguna ayuda. ¡Y ésa es, precisamente, nuestra peor ceguera! Ojalá tuviéramos la humildad de Bartimeo, que no se avergüenza de esperar, delante de todo el mundo, para manifestar su fe.

Quizás alguien le avisaría del momento de salir por la puerta de la población y, justo en ese momento, habrá empezado a clamar, “a decir a gritos”: ¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí! Esperaba que, al reconocer el mesianismo de Jesús, sería bien tratado por los discípulos –es lo menos que puede hacer un apóstol, agradecer las alabanzas a su maestro-. Quizá entonces, añoraba, uno de aquellos hombres se le acercaría para llevarlo a la presencia del Maestro. Y así comenzó a suceder. Nada más terminar sus gritos, sintió la cercanía de varios discípulos –quizá Judas sería uno de ellos- y experimentaría la felicidad de ver que todo salía según sus planes. Sin embargo, no salió según sus proyectos, sino todo lo contrario: “muchos le reprendían para que se callara”.

Pero él ya tenía mucha experiencia con este tipo de reproches. Y, en esta circunstancia, tenía fe en que estaba mucho en juego: estar cerca del Mesías, tocarlo, escucharlo. Y, por qué no, pedirle el milagro de la curación. Volver a ver. Recobrar la vista, viéndolo de frente a Él. Por eso, “él gritaba mucho más: —¡Hijo de David, ten piedad de mí!” De repente, escuchó que la multitud se callaba. Sintió que era el centro de la atención. Y una persona que llevaba un traje amplio –oía cómo el viento desplegaba su manto- se dirigió a él, con voz potente: —“¡Ánimo!, levántate, te llama”.

El Maestro le esperaba, pero quiso probar la fe del ciego, forzar su constancia. San Josemaría comentaba esta escena (Amigos de Dios, 195 ss): ¡Es la vocación cristiana! Pero no es una sola la llamada de Dios. Considerad además que el Señor nos busca en cada instante: levántate -nos indica-, sal de tu poltronería, de tu comodidad, de tus pequeños egoísmos, de tus problemitas sin importancia. Despégate de la tierra, que estás ahí plano, chato, informe. Adquiere altura, peso y volumen y visión sobrenatural.

Aquel hombre, arrojando su manto, dio un salto y se acercó a Jesús. (…) No olvides que, para llegar hasta Cristo, se precisa el sacrificio; tirar todo lo que estorbe: manta, macuto, cantimplora. Tú has de proceder igualmente en esta contienda para la gloria de Dios, en esta lucha de amor y de paz, con la que tratamos de extender el reinado de Cristo. (…) Lección de fe, lección de amor. Porque hay que amar a Cristo así.

El relato de San Josemaría cuenta una intimidad autobiográfica: E inmediatamente comienza un diálogo divino, un diálogo de maravilla, que conmueve, que enciende, porque tú y yo somos ahora Bartimeo. Abre Cristo la boca divina y pregunta: quid tibi vis faciam?, ¿qué quieres que te conceda? Y el ciego: Maestro que vea. ¡Qué cosa más lógica! Y tú, ¿ves? ¿No te ha sucedido, en alguna ocasión, lo mismo que a ese ciego de Jericó? Yo no puedo dejar de recordar que, al meditar este pasaje muchos años atrás, al comprobar que Jesús esperaba algo de mí -¡algo que yo no sabía qué era!-, hice mis jaculatorias. Señor, ¿qué quieres?, ¿qué me pides? Presentía que me buscaba para algo nuevo y el Rabboni, ut videam -Maestro, que vea- me movió a suplicar a Cristo, en una continua oración: Señor, que eso que Tú quieres, se cumpla.

Señor, que vea. Petición simple, que a tantas almas le ha servido para discernir cuál es la voluntad de Dios sobre el propio camino. Señor, que vea. Pero que debe ir unida al deseo de cumplirla: Que eso que Tú quieres, se cumpla. Entonces Jesús le dijo: —Anda, tu fe te ha salvado. Y al instante recobró la vista. Y le seguía por el camino.

Concluimos con la homilía del Fundador del Opus Dei: Seguirle en el camino. Tú has conocido lo que el Señor te proponía, y has decidido acompañarle en el camino. Tú intentas pisar sobre sus pisadas, vestirte de la vestidura de Cristo, ser el mismo Cristo: pues tu fe, fe en esa luz que el Señor te va dando, ha de ser operativa y sacrificada. No te hagas ilusiones, no pienses en descubrir modos nuevos. La fe que El nos reclama es así: hemos de andar a su ritmo con obras llenas de generosidad, arrancando y soltando lo que estorba.


Servicio


En el capítulo décimo de San Marcos, el Señor sube a Jerusalén con sus discípulos. Ya se nota un aire tenso: “Jesús los precedía y ellos estaban sorprendidos: los que le seguían tenían miedo”. Les llama la atención la resolución con que asciende al sitio donde morirá, según ha anunciado dos veces. Por toda respuesta, el relato presenta un tercer anuncio acerca de la inminencia de su muerte y posterior resurrección. Sin embargo, parece que los discípulos no se enteraran. Santiago y Juan se preocupan más por su lugar en la gloria que por su participación e los padecimientos: “Entonces se acercan a él Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, diciéndole: —Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir. Él les dijo: — ¿Qué queréis que os haga? Y ellos le contestaron: —Concédenos sentarnos uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu gloria. Y Jesús les dijo: —No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo bebo, o recibir el bautismo con que yo soy bautizado? —Podemos –le dijeron ellos. Jesús les dijo: —Beberéis el cáliz que yo bebo y recibiréis el bautismo con que yo soy bautizado; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde concederlo, sino que es para quienes está dispuesto”.


El Señor menciona dos figuras del sufrimiento: el cáliz y el bautismo. Para cuando se escribió el evangelio, ya Santiago había bebido ese cáliz y recibido el bautismo del martirio. Pero inmediatamente se nos presenta la reacción de soberbia de los otros discípulos: “Al oír esto los diez comenzaron a indignarse contra Santiago y Juan. Entonces Jesús les llamó y les dijo: —Sabéis que los que figuran como jefes de las naciones las oprimen, y los poderosos las avasallan. No tiene que ser así entre vosotros; al contrario: quien quiera llegar a ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea esclavo de todos: porque el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en redención de muchos”.


Estas palabras se relacionan con la primera lectura, que es el cuarto canto del Siervo del Señor profetizado por Isaías. En este pasaje, explica Benedicto XVI, llegamos al tercer tipo de palabras sobre el Hijo del hombre: los preanuncios de la pasión. Ya hemos visto que los tres anuncios de la pasión del Evangelio de Marcos, que estructuran tanto el texto como el camino de Jesús mismo, indican cada vez con mayor nitidez su destino próximo y la necesidad intrínseca del mismo. Encuentran su punto central y su culminación en la frase que sigue al tercer anuncio de la pasión y su aclaración, estrechamente unida a ella, sobre el servir y el mandar: "Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos" (Mc 10, 45).


Podemos concretar esa disposición, que debe ser habitual, en pequeños detalles de servicio, comenzando por el propio hogar: saberse molestar cada uno, para que la casa funcione. Ofrecerse para colaborar en el aseo, el orden, los mandados. Servir en la cocina y en el comedor. Ayudar con el silencio, o soportar el ruido de los demás sin muchos aspavientos. Lo mismo con el cigarrillo: una buena mortificación para el fumador es no hacerlo en lugares cerrados y otra, para el que no fuma, es soportar el humo ajeno haciendo buena cara. Ceder el televisor, el computador o el teléfono. Servir en la vía pública: conducir con decencia y sin atacar a los otros. Servir en los medios de transporte público, en la calle, en el sitio de trabajo o en el aula de clase. Dar limosna a personas necesitadas o, al menos, a entidades que les ayudan. A veces los mendigos entienden que uno no les dé una moneda, pero sí esperan una cara sonriente, una mirada fraterna. Cuántos detalles pequeños se nos presentan a lo largo del día para ejercitar ese lema de cristiano: yo no vine para que me sirvan, sino para servir.


Una anécdota de San Josemaría: “El día 19 de marzo de 1959, fiesta de san José, patrono del Opus Dei, Escrivá pasa por el office en el momento en que están preparando las fuentes de la comida. Se detiene. Toma una. Entra en el comedor. Desde la puerta, busca con la mirada a Julia Bustillo, que es la más veterana. Va hacia donde ella está sentada y le acerca la bandeja, sosteniéndola para que se sirva: -En la casa de Nazaret todos servían… ¡Hoy me toca servir a mí! Pero el gesto pretende abrir camino a una costumbre. Así que, pasado un tiempo, les dirá a las directoras que viven en La Montagnola: -En casa no hay «servicio doméstico»: unos realizan una profesión y otros otra. Cada cual hace su trabajo y todos servimos a Dios, que es el único Señor. Me parecería muy bien que algunas veces -y no hace falta que sea un día excepcional o un día de fiesta, sino cualquier día corriente- vosotras sirvierais la mesa de quienes, porque es su profesión, habitualmente os atienden a vosotras (Urbano P. El hombre de Villa Tevere, p. 252).


Una manifestación concreta de esas ansias de servir es el esfuerzo por adquirir más competencia en nuestro trabajo profesional. Escribe San Josemaría: “Por eso, como lema para vuestro trabajo, os puedo indicar éste: para servir, servir. Porque, en primer lugar, para realizar las cosas, hay que saber terminarlas. No creo en la rectitud de intención de quien no se esfuerza en lograr la competencia necesaria, con el fin de cumplir debidamente las tareas que tiene encomendadas. No basta querer hacer el bien, sino que hay que saber hacerlo. Y, si realmente queremos, ese deseo se traducirá en el empeño por poner los medios adecuados para dejar las cosas acabadas, con humana perfección” (Es Cristo que pasa, 50).


Juan Pablo II decía que el ser humano “se afirma a sí mismo, de manera más completa, dándose. Ésta es la plena realización del mandamiento del amor. Ésta es también la plena verdad del hombre, una verdad que Cristo nos ha enseñado con Su vida y que la tradición de la moral cristiana -no menos que la tradición de los santos y de tantos héroes del amor por el prójimo- ha recogido y testimoniado en el curso de la historia” (Cruzar el umbral de la esperanza, p. 208). Al papa polaco le gustaba poner tres ejemplos de vida entregada: la maternidad, la milicia –un soldado que arriesga su vida por la patria-, la entrega a Dios en el celibato.


Pidamos a la Virgen Santísima su protección para que también sea nuestro lema que no hemos venido a la tierra para ser servidos, sino para servir y dar la vida a los demás por Dios.

sábado, octubre 03, 2009

Identificación con Cristo


Se cumple hoy el 81º aniversario de la fundación del Opus Dei. Día de acción de gracias. A Dios, por haber querido la Obra; a San Josemaría, por haber sido instrumento fidelísimo en las manos de Dios. Damos gracias a Dios por la belleza de la Obra, por su juventud madura: por los países nuevos a los que se ha llegado en este año, por los fieles que han coronado su carrera terrena y gozan de Dios en el Cielo, por las vocaciones que han llegado, por la expansión, por la formación, por la fidelidad de todos. Por los frutos que ha tenido el año paulino en la Obra, por el año sacerdotal. Y pensaba que ese puede ser nuestro tema de diálogo hoy con el Señor: qué nos dice un nuevo aniversario del Opus Dei en medio del año sacerdotal.


Habremos oído –y escucharemos muchas veces, sobre todo este año- aquellas palabras de San Josemaría sobre el alma sacerdotal: “Todos, por el Bautismo, hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia, para ofrecer víctimas espirituales, que sean agradables a Dios por Jesucristo (1 Pe 2,5), para realizar cada una de nuestras acciones en espíritu de obediencia a la voluntad de Dios, perpetuando así la misión del Dios-Hombre” (Es Cristo que pasa, 96).


Sacerdotes de nuestra propia existencia. Alma sacerdotal. La cita de San Pedro “no deja lugar a dudas sobre el ámbito teológico en que se mueve lo que se está diciendo” (Rancan): también vosotros –como piedras vivas– sois edificados como edificio espiritual para un sacerdocio santo, con el fin de ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por medio de Jesucristo. Piedras vivas, edificadas sobre el fundamento que es Cristo, que es la piedra angular rechazada por los arquitectos. Toda la vida de este nuevo templo debe ser un acto de culto a Dios, por la unión con Cristo.


En este argumento se basaba San Josemaría para explicar la unidad de vocación en la Obra: en la figura de Cristo Sacerdote y en la identificación con Él que los fieles alcanzan por medio de la consagración bautismal. Por eso el cristiano no es solo otro Cristo, alter Christus, sino el mismo Cristo, ipse Christus. Al principio, San Josemaría aplicaba estas expresiones exclusivamente al sacerdote; más tarde, las aplicó a todos los cristianos. En Camino –cuyos setenta años de publicación estamos celebrando- aparecen en los números 66 y 67. Se trata del capítulo sobre dirección espiritual: “El Sacerdote —quien sea— es siempre otro Cristo”. “No quiero —por sabido— dejar de recordarte otra vez que el Sacerdote es «otro Cristo». —Y que el Espíritu Santo ha dicho: «nolite tangere Christos meos» —no queráis tocar a «mis Cristos»”.


Se trataba de una doctrina tradicional, pues así llamaban al sacerdote San Pío X y el Cardenal Mercier, entre otros. Pedro Rodríguez explica que esa expresión tiene dos sentidos: uno indicativo, que es lo que explica el n. 66: “El Sacerdote —quien sea— es siempre otro Cristo”, y otro imperativo: el sacerdote debe ser otro Cristo para los demás. Y aclara, en relación con la vida y la doctrina de San Josemaría, que “esta urgencia de transmitir a otros el misterio del sacerdote hay que ponerla en relación, me parece, con la renovada autoconciencia de su propio sacerdocio, que le fue concedida en los Ejercicios Espirituales que hizo en Segovia el mes anterior a nuestro texto, donde sacó este propósito (el noveno de una lista de once): «Recordar frecuentemente que soy... ¡alter Christus!»”.


Alter Christus, ipse Christus. Qué buen tema para recordar un 2 de octubre, cuando celebramos los 81 años del Opus Dei, en medio del año sacerdotal. San Josemaría plantea el mismo ideal para sacerdotes y laicos, la identificación con Cristo, el alma sacerdotal: «La llamada de Dios, el carácter bautismal y la gracia, hacen que cada cristiano pueda y deba encarnar plenamente la fe. Cada cristiano debe ser alter Christus, ipse Christus, presente entre los hombres» (Conversaciones, 58).


Encarnar plenamente la fe. Recordar frecuentemente que debemos ser alter Christus, ipse Christus. ¡Qué buen propósito para este día! Pidamos a la Virgen Santísima que nos ayude a ver, en este rato de oración, cómo conseguirlo, qué vía recorrer para lograrlo.


San Josemaría nos da una pista para comenzar el camino: Para acercarnos a Dios hemos de emprender el camino justo, que es la Humanidad Santísima de Cristo (Amigos de Dios, 299). El Padre Cipriano Rodríguez cuenta que, estando en el Oratorio de la Santísima Trinidad, decorado con hermosos bajorrelieves del escultor romano Sciancalepore, le dijo San Josemaría: «Aquí, en este Oratorio, me he pasado horas enteras contemplando la Humanidad Santísima de Jesucristo». Y otro fiel de la Prelatura le preguntó precisamente cómo tratar la Humanidad Santísima de Jesucristo, y recuerda que el Fundador de la Obra le respondió: -Repite muchas veces la jaculatoria: «Iesu, Iesu, esto mihi semper Iesu» (Jesús, Jesús, sé para mí siempre Jesús). No es otro el camino: contemplar la naturaleza humana de Cristo, “rozarla”, en la oración y en los sacramentos.


Oración. Un día como hoy, debemos tomar esa decisión de nuevo: aprender a ser almas de oración. Tratar de conocer más a Jesucristo, de hablar más frecuentemente con Él, de contemplar más su vida, para que sea nuestro modelo en todos los momentos y circunstancias de la vida. No basta con tener una idea general del espíritu de Jesús, sino que hay que aprender de El detalles y actitudes. Y, sobre todo, hay que contemplar su paso por la tierra, sus huellas, para sacar de ahí fuerza, luz, serenidad, paz. (Es Cristo que pasa, 107). Oración contemplativa, que cuaja en propósitos, que eleva nuestra temperatura interior.


Y sacramentos, que son las huellas de la Encarnación del Verbo (Conversaciones, 115). En la Confesión, nos revestimos de nuestro Señor Jesucristo (Rm 13,14), que nos despoja del hombre viejo. Renovamos el rechazo al pecado, nuestra opción por Dios. A pesar de la atracción que ejercen sobre nosotros las cosas de la tierra, nos dejamos atraer por Cristo, le demostramos nuestro deseo de ser fieles y le pedimos su gracia para lograrlo.


En la Eucaristía, nos hacemos consanguíneos suyos, como decía Benedicto XVI el pasado Jueves Santo: “¿Podemos ahora hacernos al menos una idea de lo que ocurrió en la hora de la última Cena y que, desde entonces, se renueva cada vez que celebramos la Eucaristía? Dios, el Dios vivo establece con nosotros una comunión de paz, más aún, Él crea una “consanguinidad” entre Él y nosotros. Por la encarnación de Jesús, por su sangre derramada, hemos sido injertados en una consanguinidad muy real con Jesús y, por tanto, con Dios mismo. La sangre de Jesús es su amor, en el que la vida divina y la humana se han hecho una cosa sola. Pidamos al Señor que comprendamos cada vez más la grandeza de este misterio. Que Él despliegue su fuerza trasformadora en nuestro interior, de modo que lleguemos a ser realmente consanguíneos de Jesús, llenos de su paz y, así, también en comunión unos con otros”.


Consanguíneos, transformados por Él en otros Cristos, el mismo Cristo. En cuáles campos, nos dirá el Señor a cada uno, en la oración y en la dirección espiritual. Un ejemplo concreto: en la carta de este mes el Prelado glosa la última encíclica con unas ideas muy concretas que nos pueden ayudar en esa labor de dejarnos transformar por Cristo, de ser Ipse Christus: “Un hombre o una mujer de fe ha de aprovechar esta situación para mejorar personalmente en la práctica de la virtud, cuidando con esmero el espíritu de desprendimiento, la rectitud de intención, la renuncia a bienes superfluos, y tantos detalles más. Sabe, por otra parte, que en todo instante estamos en las manos de Dios, nuestro Padre; y que si la Providencia divina permite estas dificultades, lo hace para que saquemos bien del mal: Dios escribe derecho con renglones torcidos. Atravesamos un tiempo propicio para acrisolar la fe, fomentar la esperanza y favorecer la caridad; y para desempeñar nuestra tarea —la que sea— con rigor profesional, con rectitud de intención, ofreciendo todo para que en la sociedad se cree un auténtico sentido de responsabilidad y de solidaridad. ¿Rezamos para que se resuelva el grave problema del paro?”


«Nuestra Señora, Santa María, hará que seas alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, ¡el mismo Cristo!” Así concluye San Josemaría la homilía “Vocación cristiana”, ofreciendo como la síntesis de esa llamada. Nuestra Señora hará que, en este nuevo año de la Obra, vivamos cada vez mejor la vida de oración y de sacramentos, como medios para identificarnos con Cristo, para poder decir, como San Pablo: no soy yo el que vivo, es Cristo quien vive en mí (Gal 2,20)

viernes, septiembre 11, 2009

Conversión

Oyin explica el contexto del capítulo seis de San Lucas: se trata del primer discurso de Jesús a sus nuevos discípulos. Antes de elegirlos, el Señor sube a un monte para orar toda la noche. Después, lleno del Espíritu Santo, elige a los doce Apóstoles y les describe en términos simples y elocuentes la forma de vida que se espera de ellos: bienaventurados los pobres, los mansos, los limpios de corazón…


Lucas seleccionó con cuidado las enseñanzas del Señor para su primer discurso a los nuevos discípulos. Se trata del corazón del discipulado cristiano, para quienes acaban de estrenarlo. Se llama “el discurso de la llanura”, para distinguirlo del “sermón del monte” de Mateo. Y tiene cuatro partes: introducción (anuncio a los pobres), cuerpo del discurso (odio y condenación) y conclusión. El Evangelio de hoy pertenece a la tercera parte: la benevolencia hacia el prójimo, así como el Señor hace salir el sol sobre malos y buenos. No creerse más santos que los demás: solo Dios juzga.


Lucas 6, 39-42: Les dijo también una parábola: —¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? 40 No está el discípulo por encima del maestro; todo aquel que esté bien instruido podrá ser como su maestro.


Estar bien instruidos, con la luz del Señor. Cuánto necesitamos el estudio, para que nuestra piedad no sea sentimental o voluntarista; para poder guiar a los demás hombres a la claridad del Maestro. (Repaso del Magisterio, de la Sagrada Escritura, de la Teología, escritos de santos; y también repaso de la profesión, de la cultura, etc.)


¿Por qué te fijas en la mota del ojo de tu hermano y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: «Hermano, deja que saque la mota que hay en tu ojo», no viendo tú mismo la viga que hay en el tuyo? Hipócrita: saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás con claridad cómo sacar la mota del ojo de tu hermano.


Estar bien instruidos, sacar las vigas de nuestros propios ojos: purificarnos. Dice San Teófilo: “Si tú me dices: ‘Muéstrame a tu Dios’, yo te diré a mi vez: ‘muéstrame tú al hombre que hay en ti’ y yo te mostraré a mi Dios. Muéstrame, por tanto, si los ojos de tu mente ven y si oyen los oídos de tu corazón. (…) Ven a Dios los que son capaces de mirarlo, porque tienen abiertos los ojos del espíritu. Porque todo el mundo tiene ojos, pero algunos los tienen oscurecidos y no ven la luz del sol. Y no porque los ciegos no vean ha de decirse que el sol ha dejado de lucir, sino que esto hay que atribuírselo a sí mismos y a sus propios ojos. De la misma manera, tienes tú los ojos de tu alma oscurecidos a causa de tus pecados y malas acciones”.


Señor: necesitamos purificar nuestra mirada, para ver la claridad de tu luz. Y para ver con claridad cómo sacar la mota del ojo de nuestros hermanos. En estas circunstancias, puede acecharnos la tentación del pesimismo, al ver las dimensiones de la viga de nuestros ojos. Pero tenemos un arma poderosa: los consuelos maternales de María, cuya Natividad celebramos el pasado martes.


Por eso, nos pueden servir mucho las palabras que Papa Benedicto XVI predicaba en la fiesta de la Natividad de la Virgen: la genealogía, con sus figuras luminosas y oscuras, con sus éxitos y sus fracasos, nos demuestra que Dios también escribe recto con los renglones torcidos de nuestra historia. Dios nos deja nuestra libertad y, sin embargo, sabe encontrar en nuestro fracaso nuevos caminos para su amor. Dios no fracasa. Así esta genealogía es una garantía de la fidelidad de Dios, una garantía de que Dios no nos deja caer y una invitación a orientar siempre de nuevo nuestra vida hacia Él, a caminar siempre nuevamente hacia Cristo.


Dios escribe recto con nuestros renglones torcidos. Gracias, Señor, por haber querido contar con nosotros siendo –como somos- tan poca cosa. Gracias, sobre todo, porque has sabido encontrar en nuestro fracaso nuevos caminos para tu amor. Tú no fracasas, porque eres fiel. No nos dejarás caer y una vez más nos invitas a orientarnos hacia Ti, a caminar siempre nuevamente hacia tu Hijo. Miramos nuestra vida, la viga de nuestros ojos, y procuramos sacar propósitos concretos: huir de ciertas ocasiones, rectificar más prontamente, ser más piadosos, trabajar con más abnegación, orientarnos hacia Cristo, caminar hacia Él, que nos espera en el Sagrario, en la Misa, en la Cruz.


En esa misma fiesta, predicaba San Josemaría: volviendo de nuevo a meternos en la genealogía de Jesucristo, encontramos hombres y mujeres —antepasados de José y de María— que a veces no fueron un modelo. Con esa lección, seguro que la Madre de Dios quiere que consideremos que Ella, siendo toda limpia —¡Inmaculada!—, nos acepta con nuestras manchas. Y cuando nos acercamos a Ella y a Jesús, con la conciencia limpia, con la voluntad llena de buenos deseos, entonces todo lo pasado no cuenta. Podemos rehacer nuestra vida, y para eso a lo largo de la jornada habremos de rectificar el rumbo más de una vez.


Nuestra Madre, Santa María, nos acepta con nuestras manchas. Nos ayuda a borrar todo lo pasado. Rehace nuestra vida, nos alcanza luces del Señor para rectificar una vez más. Pidámosle hoy su protección maternal con esa jaculatoria tan sencilla que repetía el Fundador del Opus Dei: Madre, madre mía!


Viene a la mente una antigua anécdota, retocada: la de un pintor, que estaba haciendo un cuadro sobre la Última Cena. Para pintar a Jesús utilizó como modelo a un santo sacerdote. Un sobrino suyo, joven y limpio, le sirvió para inspirar el rostro de Juan. Pero tenía dos problemas: no era fácil encontrar el modelo para Judas y para Pedro. Alguien le aconsejó buscar en la cárcel, para pintar el primero. El comisario le recomendó a un malvado avaro y asesino que, con su mala cara, encarnó perfectamente al apóstol traidor. Pasaron los meses y el pintor decidió dejar en su taller el cuadro sin terminar, pues no aparecía por ninguna parte el modelo de San Pedro. Por esa época encontró a una niña que le servía para pintar imágenes de la Virgen y se especializó en el tema de María.


Años más tarde, al visitar un famoso monasterio, le removió la predicación del abad sobre la conversión de San Pedro. Y, mientras recordaba aquella Última Cena inconclusa, dio gracias a Dios por haber encontrado el modelo: ¿quién mejor que aquél famoso predicador de la misericordia divina? El abad aceptó encantado y, durante su modelado, sonreía mientras notaba una cierta inquietud en el rostro del pintor. Después de varias sesiones, el artista le preguntó si se conocían de antes, pues esa cara le sonaba muy conocida. El abad le contestó que se habían visto varios años atrás: él mismo había sido el modelo de Judas y, mientras posaba para ese cuadro, se había convertido al ver el rostro amable de Jesús, la compañía cariñosa de Juan y el espacio para Pedro, aún ausente.


Con lágrimas en los ojos, le manifestó su confidencia al pintor: mientras veía el retrato de la maldad en su rostro, había sentido que el Señor mismo le decía que el puesto de San Pedro sería para él, que la misericordia divina sería infinita para perdonar sus pecados, si estaba dispuesto a convertirse y pedir perdón como aquél Apóstol. Había acudido inmediatamente al confesor de la cárcel y, al cumplir su condena, había ingresado al monasterio, donde un tiempo después había sido nombrado abad. Por eso le gustaba tanto predicar sobre la misericordia divina y sobre la conversión de Cefas, el primer Papa.


Es la idea principal de la carta del Prelado del Opus Dei para septiembre de 2009: “son pensamientos que, en este Año sacerdotal, invitan a fomentar —también entre los confesores— un amplio apostolado para difundir la necesidad del sacramento de la Reconciliación y dar gracias por este medio de alcanzar el perdón de los pecados, que el Señor ha entregado a la Iglesia. Estas consideraciones, además, nos llenan de optimismo y de serenidad, porque nos ayudan a caer en la cuenta de que Dios no se cansa de nuestras flaquezas, aunque no las quiere. Ni nuestros pecados, ni nuestros defectos, cuando nos dolemos de esas deficiencias y pedimos perdón, acudiendo si es necesario al sacramento de la Penitencia, podrán apartarnos de Él. El Señor desea atraernos constantemente a su amor mediante la misericordia. Quiero que vosotros y yo —repito con palabras de San Josemaría— tengamos esa visión de lucha; que no perdamos nunca de vista que en la vida interior es necesario pelear sin desánimo; que no nos desalentemos cuando al intentar servir a Dios, no una vez sino muchas, tengamos que rectificar”.


El Prelado termina su carta invitándonos a confiar en que, en esta guerra por apartar la viga de nuestros ojos para mostrar la paja de los ojos ajenos, contamos con el apoyo de nuestra Madre: “Con el poderoso auxilio de la Virgen, seremos siempre vencedores, aunque a veces experimentemos la derrota en las escaramuzas de la pelea diaria. María está pendiente sin tregua de nosotros, y cuando oiga su nombre en nuestros labios nos atenderá enseguida para protegernos. ¡Madre! (terminamos con palabras de San Josemaría) —Llámala fuerte, fuerte. —Te escucha, te ve en peligro quizá, y te brinda, tu Madre Santa María, con la gracia de su Hijo, el consuelo de su regazo, la ternura de sus caricias: y te encontrarás reconfortado para la nueva lucha”.

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