sábado, enero 31, 2015

Actividad en Cafarnaún

San Marcos, en su estilo directo y gráfico, enseña desde el primer momento cuál era el talante de Jesús: lo muestra como un predicador exigente y polémico. Antes de narrar los primeros milagros, aparece el Señor en la sinagoga haciendo los primeros pasos con su grupo de discípulos (Mc 1,21-28): Y entran en Cafarnaún y, al sábado siguiente, entra en la sinagoga a enseñar; estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas.

Es significativo que la liturgia (domingo IV-B) relaciona este pasaje con el capítulo 18 del Deuteronomio, en el que Moisés promete al pueblo un nuevo profeta: El Señor, tu Dios, te suscitará de entre los tuyos, de entre tus hermanos, un profeta como yo. Con esta promesa comienza Benedicto XVI su libro sobre Jesús de Nazaret. Llama la atención que Dios no promete un nuevo rey, como David, sino un nuevo profeta, al estilo de Moisés.

El papa alemán expone el contexto en el que se anuncia esa promesa: en medio de un ambiente agorero, que buscaba adivinar el futuro a través de magos y brujas —como siguen haciendo, tantos siglos después, cantidades de personas en todo el mundo—. Por eso, antes de la promesa del profeta, el Señor anuncia una prohibición: no haya entre los tuyos vaticinadores, ni astrólogos, ni agoreros, ni hechiceros, ni encantadores, ni espiritistas, ni adivinos, ni nigromantes; porque el que practica eso es abominable para el Señor.

La conclusión es clara, según el mismo autor: frente al deseo de conocer el futuro a través de los adivinos, Dios invita al camino de la fe que supone escuchar al profeta. Después de comprobar que la tierra prometida no era la salvación definitiva, el Señor promete la liberación verdadera, el éxodo más radical, que exige un nuevo Moisés.

¿Y cuál es la característica más importante de ese sucesor del patriarca hebreo? —Para algunos teólogos, especialmente de la antigua teología de la liberación, sería su capacidad política de guiar a un pueblo, de enfrentar a los opresores, de ser un modelo para el dirigente guerrillero. Pero no es ese el rasgo distintivo que señala el Deuteronomio. La peculiaridad esencial de Moisés no es el liderazgo, ni los portentos a favor de su pueblo: es la oración, que él contemplaba la figura del Señor y que podía hablar con Dios cara a cara, como con un amigo.

Y ese será el punto decisivo del profeta prometido. Su misión no será tanto la de anunciar el futuro, ni la de dirigir políticamente al pueblo, cuanto la de mostrar el rostro de Dios. Es lo que vemos en Jesús, que les enseñaba con autoridad y no como los escribas. También ahora el Señor debe ser nuestro profeta, quien nos guíe en el camino de la verdadera liberación, en el éxodo definitivo, que no es el de las cadenas temporales, sino el de los lazos del pecado. Y que no nos lleva a un terreno transitorio, sino a la felicidad definitiva, a la vida eterna.

 Por eso hemos de acudir a Él para conocer cuál es el camino recto. Y escuchar su palabra: en el Evangelio, en la liturgia, en la predicación, en el Magisterio. Profundizar en la doctrina, conocer las enseñanzas del dogma y la moral que enseña la iglesia, que es el cuerpo místico de Cristo. Y transmitirlas a los demás. No podemos quedarnos con ese tesoro para nosotros mismos. El Señor quiere contar con nosotros como profetas para nuestro tiempo, que tengamos un corazón a la medida del suyo.

Para andar ese camino es importante imitar a Moisés o al mismo Cristo: hablar con Dios cara a cara, como se habla con un amigo, buscando su rostro y su voluntad para nosotros en la oración, en la confesión, en la dirección espiritual.  Vayamos concretando en nuestro diálogo con Dios cómo podemos mejorar en esos puntos: si tenemos tiempo fijo y hora fija para esos ratos de intimidad con Dios, con qué intensidad acudimos a esos momentos, aislándonos de las distracciones que nos ofrecen los aparatos electrónicos o nuestra propia imaginación.

Examinemos también con qué periodicidad acudimos al sacramento del perdón, con cuánto propósito de la enmienda, para rechazar las malas inclinaciones. También miremos si podemos animar a otros amigos para que también ellos se beneficien de la misericordia divina. Además, podemos considerar en este momento cómo es nuestra docilidad en la dirección espiritual, que se manifiesta —entre otros puntos— en la puntualidad, en la sinceridad, en el esfuerzo por poner en práctica lo que nos han sugerido.

Volvamos al episodio de la sinagoga de Cafarnaún, con el que empezamos esta meditación. San Marcos relata la curación de un endemoniado: Había precisamente en su sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar: «¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios». Jesús lo increpó: «¡Cállate y sal de él!».

El Señor no permite que los demonios manifiesten su naturaleza divina y los obliga a custodiar “el secreto mesiánico”. El papa Benedicto XVI explicaba que Jesús se empeñaba en esa prudencia para evitar una tentación diabólica, la de aplazar el encuentro con la cruz y dedicarse a la farándula, a la vida pública, a la gloria mundana: «La cruz de Cristo será la ruina del demonio; y por eso Jesús no deja de enseñar a sus discípulos que, para entrar en su gloria, debe padecer mucho, ser rechazado, condenado y crucificado, pues el sufrimiento forma parte integrante de su misión» (Ángelus, 1-II-2009).

En la vida ordinaria, Jesús nos habla a través de las alegrías, pero también de las contradicciones. Ayúdanos, Señor, a comprender que la clave de la eficacia apostólica es la unión con el Padre, el amor a su voluntad. Danos la gracia para tomar, como Tú, la decisión de ir a Jerusalén, de tomar la Cruz cada día. Enséñanos a descubrirte en esas circunstancias,  a tener visión sobrenatural.

«La Virgen María guardó en su corazón de madre el secreto de su Hijo y compartió con él la hora dolorosa de la pasión y la crucifixión, sostenida por la esperanza de la resurrección» (Íbidem.).  A Ella acudimos para que nos enseñe a seguir a su Hijo, para que Él sea nuestro maestro, nuestro guía y nuestro modelo. Que sea para nosotros el Camino, la Verdad y la Vida.

domingo, enero 11, 2015

El Bautismo del Señor

El tiempo de Navidad, uno de los tiempos fuertes del año litúrgico, termina con la celebración del Bautismo del Señor. La narración de san Marcos es, como en el resto de su Evangelio, escueta y directa (1,7-11): Llegó Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse los cielos y al Espíritu que bajaba hacia él como una paloma. Se oyó una voz desde los cielos: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco».

Ese misterio de la vida de Cristo tiene un estrecho vínculo con la Epifanía y con el milagro de las bodas de Caná. Como dice la Antífona de las laudes del 6 de enero, «hoy la Iglesia se ha unido a su celestial Esposo, porque, en el Jordán Cristo la purifica de sus pecados; los magos acuden con regalos a las bodas del Rey, y los invitados se alegran por el agua convertida en vino».

Los Padres de la Iglesia también unen estas festividades. Por ejemplo, san Proclo enseñaba: «El agua del diluvio acabó con el género humano; en cambio, ahora, el agua del bautismo, con la virtud de quien fue bautizado por Juan, retorna los muertos a la vida. Entonces, la paloma con la rama de olivo figuró la fragancia del olor de Cristo, nuestro Señor; ahora, el Espíritu Santo, al sobrevenir en forma de paloma, manifiesta la misericordia del Señor».

Con estas citas notamos el énfasis que la Iglesia pone en la institución del Bautismo, sacramento con el que Jesús purifica nuestros pecados para que podamos unirnos a su cuerpo místico. El Compendio del Catecismo (n.105) ofrece el mejor resumen de los efectos de este misterio luminoso: «Jesús recibe de Juan el Bautismo de conversión para (1) inaugurar su vida pública y (2) anticipar el “Bautismo” de su Muerte; y (3) aunque no había en Él pecado alguno, Jesús, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1,29), acepta ser contado entre los pecadores».

Podemos considerar en nuestro diálogo con el Señor la anticipación del «Bautismo» de su muerte. Es una manera fuerte de mostrar la unidad de toda la vida de Cristo, como lo hacen algunos villancicos, cuando ponen en boca del Niño, en medio de la alegría de la Navidad, palabras como estas: Yo bajé a la tierra para padecer.

El papa Benedicto XVI escribió en su libro sobre Jesús de Nazaret que, «a partir de la cruz y la resurrección se hizo claro para los cristianos lo que había ocurrido: Jesús había cargado con la culpa de toda la humanidad; entró con ella en el Jordán. Inicia su vida pública tomando el puesto de los pecadores. La inicia con la anticipación de la cruz (…). El significado pleno del bautismo de Jesús, que comporta cumplir "toda justicia", se manifiesta sólo en la cruz: el bautismo es la aceptación de la muerte por los pecados de la humanidad, y la voz del cielo –Este es mi Hijo amado– es una referencia anticipada a la resurrección. Así se entiende también por qué en las palabras de Jesús el término bautismo designa su muerte.

Es una consideración que nos puede servir cuando meditemos, cada jueves, el primer misterio luminoso: el Bautismo de Jesús es la prefiguración de nuestro bautismo. Entre los muchos efectos de ese primer sacramento ―gracias, Señor, por habernos permitido recibirlo―, el Compendio del Catecismo (n.263) enumera algunos: el Bautismo perdona los pecados; hace participar de la vida divina trinitaria mediante la gracia santificante (que nos incorpora a Cristo y a su Iglesia); hace participar del sacerdocio de Cristo, etc.

Consideremos en nuestra oración de hoy los dos últimos efectos: la incorporación a Cristo y a su Iglesia, y la participación del sacerdocio de Cristo (alma sacerdotal). Estas consecuencias de nuestra pertenencia al cuerpo místico del Señor configuran nuestra vocación bautismal: la llamada que Dios nos hace a la santidad y al apostolado. Como Jesús, hemos de ser almas de oración y de penitencia.

Así lo describe el papa Benedicto XVI: «La anticipación de la muerte en la cruz que tiene lugar en el bautismo de Jesús, y la anticipación de la resurrección, anunciada en la voz del cielo, se han hecho ahora realidad. Así, el bautismo con agua de Juan recibe su pleno significado del bautismo de vida y de muerte de Jesús (…). En su teología del bautismo (cf. Rm 6,1: Los que fuimos bautizados en Cristo fuimos bautizados en su muerte), Pablo ha desarrollado esta conexión interna sin hablar expresamente del bautismo de Jesús en el Jordán. La iconografía recoge estos paralelismos. El icono del bautismo de Jesús muestra el agua como un sepulcro líquido que tiene la forma de una cueva oscura, que a su vez es la representación iconográfica del Hades, el inframundo, el infierno. El descenso de Jesús a este sepulcro líquido, a este infierno que le envuelve por completo, es la representación del descenso al infierno: "Sumergido en el agua, ha vencido al poderoso" (cf. Lc 11, 22), dice Cirilo de Jerusalén».

Nosotros, hijos de Dios gracias a la muerte de Cristo, hemos de unirnos a sus sufrimientos, cargar con nuestra cruz de cada día y seguirlo. Ser almas mortificadas y penitentes. Como enseñaba san Josemaría: «Sin mortificación, no hay felicidad en la tierra», y «Un día sin mortificación es un día perdido» (S, nn.983,988).

En el Diccionario de san Josemaría explican algunos aspectos de ese tema en la predicación del fundador del Opus Dei (Juliá 2014): en primer término, cuál es el lugar de la mortificación en la vida espiritual: de ordinario ha de ser sencilla, sin nada llamativo: «la mortificación ha de ser continua, como el latir del corazón: así tendremos señorío sobre nosotros mismos, y viviremos con los demás la caridad de Jesucristo» (F, n.518).

Sobre la necesidad y los motivos para la mortificación: «Cristo resucita en nosotros, si nos hacemos copartícipes de su Cruz y de su Muerte. Hemos de amar la Cruz, la entrega, la mortificación. (...) De esa manera, no ya a pesar de nuestra miseria, sino en cierto modo a través de nuestra miseria, de nuestra vida de hombres hechos de carne y de barro, se manifiesta Cristo: en el esfuerzo por ser mejores, por realizar un amor que aspira a ser puro, por dominar el egoísmo, por entregarnos plenamente a los demás, haciendo de nuestra existencia un constante servicio» (ECP, n.114).

En cuanto a las formas y manifestaciones de la mortificación, podemos hacer una distinción básica, además de la tradicional diferencia entre activas –voluntarias, buscadas- y pasivas –inesperadas, sorpresivas-: es muy útil vivir tanto la mortificación interior como la exterior.

Para considerar en nuestro diálogo con el Señor la penitencia interior nos puede servir el n.173 de Camino, con algunos añadidos que pongo entre paréntesis: «Esa palabra acertada, el chiste que no salió de tu boca (el cuidado de la vida en familia: no solo “el chiste”, sino también el comentario, la indirecta, la queja innecesaria que podría canalizarse adecuadamente a través de la corrección a solas); la sonrisa amable para quien te molesta; aquel silencio ante la acusación injusta; tu bondadosa conversación con los cargantes y los inoportunos (también el no acusar, el no ser pesado, saber escuchar o hablar según corresponda); el pasar por alto cada día, a las personas que conviven contigo, un detalle y otro fastidiosos e impertinentes... Esto, con perseverancia, sí que es sólida mortificación interior».

Se trata de mortificar las potencias internas: dirigir y controlar la imaginación, la memoria, la curiosidad, para que nos lleven a amar más a Dios y a los demás por Él: «Mortificaciones que no mortifiquen a los demás, que nos vuelvan más delicados, más comprensivos, más abiertos a todos. Tú no serás mortificado si eres susceptible, si estás pendiente sólo de tus egoísmos, si avasallas a los otros, si no sabes privarte de lo superfluo y, a veces, de lo necesario; si te entristeces, cuando las cosas no salen según las habías previsto. En cambio, eres mortificado si sabes hacerte todo para todos, para ganar a todos» (ECP, n.9). Eso es la santidad, la identificación con Cristo, morir con Jesús para resucitar con Él.

Cargar con la cruz de cada día, negarse a sí mismo y seguir a Jesucristo. Cotidie, diariamente, en la vida ordinaria. Por ejemplo, se puede ofrecer al Señor el esfuerzo por estar bien presentados, para vivir la caridad con los demás, al tiempo que se eleva el nivel humano del ambiente en que nos movemos. Cuentan que así actuaba el profesor J. Ratzinger, cuando enseñaba en la universidad alemana, que se tomaba la profesión universitaria como algo distinto y distinguido: «En verano todos circulan en camisa de manga corta; solo el profesor Ratzinger mantiene la chaqueta gris». (Blanco P. BXVI, el papa alemán, p. 216).

Otras mortificaciones que deben estar presentes cada día en nuestra lucha ascética son las que nos ayudan a cumplir los deberes: los minutos heroicos a lo largo de la jornada, comenzando por el de la levantada, la puntualidad, el orden, la intensidad en el estudio.

Y también la templanza en las comidas, siguiendo un consejo clásico: «Pon, entre los ingredientes de la comida, «el riquísimo» de la mortificación» (F, 783). Del Beato Álvaro del Portillo cuenta una persona que cocinó para él muchas veces: «He comprobado muchas veces, y lo pensaba a menudo, que era muy santo solo por el modo como vivía la sobriedad en las comidas. Tenía un régimen muy severo, que no nos permitía variar el menú, ni siquiera darle lo que le gustaría. Vivía desprendido de sus gustos y confiaba totalmente en sus hijas y en las indicaciones de los médicos y jamás pidió que le sirviéramos algo distinto o especial. Su régimen consistía en unas verduras cocidas, que procurábamos preparar lo mejor posible, poca carne y nada de sal ni azúcar; y siempre don Álvaro estaba de buen humor, a veces hasta bromeaba con su régimen».


Son maneras concretas de seguir al Señor, tomando su cruz cada día sobre nuestros hombros. Un último truco, para vivir de esa manera, es acudir a María, que acompañó a su Hijo hasta la hora de la muerte, al pie de la Cruz. «Di: Madre mía —tuya, porque eres suyo por muchos títulos—, que tu amor me ate a la Cruz de tu Hijo: que no me falte la Fe, ni la valentía, ni la audacia, para cumplir la voluntad de nuestro Jesús» (C, n.497).

martes, julio 15, 2014

El "plan de vida" espiritual

Volvamos a la segunda parte del discurso misionero de Jesús, que transmite san Mateo. El autor sagrado cambia de escenario desde donde enseña el Maestro: Cuando terminó Jesús de dar instrucciones a sus doce discípulos, se fue de allí para enseñar y predicar en sus ciudades.
A continuación, Jesús increpa a las ciudades incrédulas donde se habían realizado la mayoría de sus milagros, porque no se habían convertido: —¡Ay de ti, Corazín, ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran realizado los milagros que se han obrado en vosotras, hace tiempo que habrían hecho penitencia en saco y ceniza. Sin embargo, os digo que en el día del Juicio Tiro y Sidón serán tratadas con menos rigor que vosotras. Y tú, Cafarnaún, ¿acaso serás exaltada hasta el cielo? ¡Hasta los infiernos vas a descender! Porque si en Sodoma hubieran sido realizados los milagros que se han obrado en ti, perduraría hasta hoy. En verdad os digo que en el día del Juicio la tierra de Sodoma será tratada con menos rigor que tú (Mt 11,20-24).
Jesús hace un llamado de atención a aquellas ciudades en las que había hecho tantos milagros, y les recrimina que no se hayan dado cuenta de los tiempos que estaban viviendo, que no hubieran hecho penitencia como sí lo hicieron otras ciudades perversas en el Antiguo Testamento al escuchar la voz de los profetas. El Maestro pone como ejemplo tres ciudades clásicas por el castigo que merecieron sus pecados y dice que hasta ellas se hubieran convertido al convivir con el Mesías.
No es una llamada al pesimismo o al temor, pero sí a la responsabilidad. El Señor ha hecho mucho por nosotros, y espera nuestra respuesta generosa. Quizás nos damos cuenta, con dolor, de que ―como aquellas ciudades reprobadas― no hemos estado a la altura. Te pedimos perdón, Señor. Hemos de hacerlo cada jornada, varias veces al día. Pero también salir al ataque en nuestro esfuerzo por cumplir su voluntad. Planear una estrategia de victoria, que nos permita llamarnos vencedores en estas luchas por Dios.
Y una táctica muy importante, que ha hecho muchos santos, es la de prever un horario para las prácticas de piedad, un “plan de vida espiritual”, al cual podamos aferrarnos para nuestra lucha cotidiana. Como las rutinas del deportista, que le permiten desarrollar competencias determinadas para alcanzar el objetivo, así mismo nosotros hemos de entrenar cada día, esforzándonos por ser fieles a Dios en medio de nuestras actividades.
El plan de vida incluye los compromisos profesionales y familiares, que nos marcan unos límites de referencia: la hora de inicio y de término de nuestra labor ordinaria, la hora habitual de comer en familia, nos establecen unos parámetros dentro de los cuales hemos de establecer también el período de descanso. Hasta aquí hemos hablado del plan externo, que nos viene señalado por el ambiente. Pero se trata de reaccionar desde dentro, de convertirse, como dice el Señor a las ciudades perversas.
El comienzo de un nuevo semestre es una buena ocasión para replantear la lucha, el propósito de responder con fidelidad a las exigencias de la vocación cristiana convirtiendo todos los momentos y circunstancias de nuestra vida en ocasión de amar a Dios y de servir al Reino de Jesucristo, como decimos en la oración para la devoción privada al futuro Beato Álvaro del Portillo. ¿Cómo lograrlo? ―Quizás siguiendo su ejemplo, y sus consejos.
En una carta pastoral, escrita el 24-IX-1978 (n.50), escribía: «Si de veras quieres acercarte a Dios, acuérdate de que lo primero que espera de ti se concreta en la fidelidad a estos medios. No veáis jamás en el plan de vida una mera tarea que debe ser realizada: cumplid siempre las normas y las costumbres [de un plan de vida cristiano] con amor, porque constituyen un encuentro personal con Dios. Hijo mío, si te portas así, lo demás vendrá solo, como por añadidura, porque irás acercándote al Señor y Él sembrará en tu corazón propósitos, deseos de mejora, afanes de apostolado, obras merecedoras de recompensa eterna. Tu camino irá transformándose, y de esta manera transformarás también el ambiente que te rodea, hasta provocar un gran incendio, porque el fuego de tu corazón se habrá pegado a otros, y éstos lo habrán transmitido a otros, en una concatenación maravillosa» (Sal y luz, n.236).
Para manifestar nuestros deseos de dar gloria a Dios, aprovechemos este rato de oración comprometiéndonos con el Señor en que renovaremos el deseo de cumplir con amor y fidelidad unas normas de piedad que nos ayuden a estar pendientes de Él a lo largo del día, pase lo que pase. Vienen a la mente una metáfora de san Josemaría, quien comparaba estos actos piadosos con esos palos pintados de rojo que ponen las autoridades en las carreteras de algunos países. Cuando nieva, aquellas varillas ―que son aparentemente inútiles durante casi todo el año― recuerdan a los caminantes por dónde va la senda cubierta por el manto blanco.
Con su estilo pastoral y poético, san Josemaría sacaba conclusiones ascéticas, relacionadas con el tema del que estamos hablando: «En la vida interior, sucede algo parecido. Hay primaveras y veranos, pero también llegan los inviernos, días sin sol, y noches huérfanas de luna. No podemos permitir que el trato con Jesucristo dependa de nuestro estado de humor, de los cambios de nuestro carácter. Esas posturas delatan egoísmo, comodidad, y desde luego no se compaginan con el amor. Por eso, en los momentos de nevada y de ventisca, unas prácticas piadosas sólidas —nada sentimentales—, bien arraigadas y ajustadas a las circunstancias propias de cada uno, serán como esos palos pintados de rojo, que continúan marcándonos el rumbo, hasta que el Señor decida que brille de nuevo el sol, se derritan los hielos, y el corazón vuelva a vibrar, encendido con un fuego que en realidad no estuvo apagado nunca: fue sólo rescoldo oculto por la ceniza de una temporada de prueba, o de menos empeño, o de escaso sacrificio» (AD, n.151).
Fidelidad, constancia, perseverar a pesar de los cambios del clima exterior o interno. Ese es el presupuesto con el que hemos de retomar nuestro plan de vida espiritual. ¿Cuáles prácticas, qué “Normas” de piedad podemos prometer al Señor que utilizaremos en este nuevo período que estamos empezando, para que nos marquen el camino cuando haya pasado el entusiasmo que ahora tenemos, el deseo firme de llegar a la meta?
Hay muchas y muy variadas, y no podemos pretender hacer ahora un elenco interminable. Entre otras cosas, porque cada alma tiene su camino; y porque en la vida interior debe haber una libertad muy grande, y no se trata de hacer patrones prefabricados para que todos se amolden a ellos. En el trato con Dios, cada uno debe recorrer su camino con la mayor generosidad posible.
Desde luego, hay una jerarquía teológica en la vida de piedad. Primero está Dios, después la Virgen y los demás santos. Y en el trato con el Señor, hemos de recorrer una vía que nos lleve a distinguir a cada una de las Tres Personas divinas: al Padre, al Hijo ―nuestro hermano Jesucristo―, al Espíritu Santo ―nuestro Santificador―.
La relación más íntima con el Señor la alcanzamos en los sacramentos, donde recibimos su misma vida, su gracia, la relación más personal posible con Él. Sin embargo, hay algunos que solo podemos recibirlos una vez en la vida (el bautismo, la confirmación y el orden sacerdotal, porque imprimen el sello indeleble del carácter), otros los recibiremos una sola o muy pocas veces en la vida (la unción de enfermos, el matrimonio –en caso de enviudar). Nos quedan dos sacramentos que sí podemos recibir con cierta frecuencia: confesión y la comunión.
En el sacramento de la reconciliación recibimos el perdón de nuestros pecados. Si tuviéramos la desgracia de cometer un pecado mortal ―no tiene por qué suceder―, la reacción inmediata ha de ser la de acudir cuanto antes a recibir el perdón. Sin embargo, lo habitual será recibirlo aunque uno esté en gracia de Dios, porque este sacramento es un medio de formación (a través de los consejos que nos da el sacerdote) y de fuerzas para la lucha. Con el sacramento de la penitencia se nos da una gracia especial para vencer en esas pequeñas faltas de las que nos acusaremos, y recibiremos ayuda específica no solo para rechazar las tentaciones futuras, sino también para crecer en las virtudes correspondientes.
Como enseña el Compendio del Catecismo, «la Iglesia recomienda vivamente la confesión de los pecados veniales aunque no sea estrictamente necesaria, ya que ayuda a formar una recta conciencia y a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse curar por Cristo y a progresar en la vida del Espíritu» (n.306). Por esa razón, los santos han recibido este sacramento con mucha frecuencia. Por ejemplo, sabemos que san Juan Pablo II y san Josemaría acudían a él cada semana. Miremos nosotros, en este rato de oración y consultemos después en la dirección espiritual, cuál es la periodicidad más adecuada para nuestra vida interior, sabiendo que el mandamiento mínimo de la Iglesia es «confesar los pecados mortales por lo menos una vez al año, y en peligro de muerte, y si se ha de comulgar».
El otro sacramento que podemos recibir con frecuencia es la sagrada Eucaristía, que el Compendio del Catecismo define de la siguiente manera: «es el sacrificio mismo del Cuerpo y de la Sangre del Señor Jesús, que Él instituyó para perpetuar en los siglos, hasta su segunda venida, el sacrificio de la Cruz, confiando así a la Iglesia el memorial de su Muerte y Resurrección. Es signo de unidad, vínculo de caridad y banquete pascual, en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la vida eterna» (n.271). Es una definición muy resumida, que muestra la riqueza de este sacramento que podemos recibir diariamente si queremos. Para dar un solo argumento más sobre su conveniencia, pensemos que en los demás sacramentos se recibe la gracia y en la Eucaristía se recibe al mismo autor de la gracia, a Jesucristo, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, como dice tradicionalmente el magisterio de la Iglesia.
Además de los sacramentos, otro encuentro muy directo con el Señor lo tenemos en la lectura y meditación del santo Evangelio, «libro que nos conserva la voz de Jesús, y que es la fuente donde nuestra oración bebe mejor el agua de la gracia, donde nuestra ansia de verdad se sacia tan plenamente con la luz del cielo prendida en las palabras del Maestro». (San Josemaría Escrivá, 30-V-1937. Citado en: Arocena F. La celebración de la Palabra. CPL. 2005, p. 18). Cada día podemos leerlo unos minutos y, también considerar en nuestra oración la liturgia de la palabra de la Misa de esa jornada.
Al mencionar la oración, nos queda claro que esta es otra práctica de piedad que no debe faltar. Unos ratos fijos al día ―preferiblemente tiempo fijo, a hora fija―, en la mañana y en la tarde, para hablar con Dios de lo que llevamos en el corazón: para ofrecerle el día que comienza y darle gracias por el que termina, para pedirle luces sobre una decisión que hemos de tomar, para pedir perdón por las acciones que hemos visto que no fueron afortunadas, para encomendar a las personas que dependen de nosotros, para pedirle que nos ayude a ver cuál es su Voluntad para nosotros y que nos dé la gracia para cumplirla.
En una entrevista, le preguntaron al Cardenal Bergoglio: «—¿Cómo debe ser para usted la experiencia de orar?». Y respondió así: «—A mi juicio debe ser, de cierta manera, una experiencia de claudicación, de entrega, donde todo nuestro ser entre en la presencia de Dios. Es allí donde se producirá el diálogo, la escucha, la transformación. Mirar a Dios, pero sobre todo sentirse mirado por Él. En ocasiones la experiencia religiosa en la oración se produce, en mi caso, cuando rezo vocalmente el Rosario o los salmos. O cuando celebro con mucho gozo la Eucaristía. Pero cuando más vivo la experiencia religiosa es en el momento en que me pongo, a tiempo indefinido, delante del sagrario (…). Creo que hay que llegar a la alteridad trascendente del Señor, que es Señor de todo, pero que respeta siempre nuestra libertad».
Se nos acaba el tiempo, y apenas hemos esbozado las prácticas de piedad fundamentales. Sobre estas, se pueden enganchar paulatinamente, con la ayuda del director espiritual, para convertir el día en una oración continua: el ofrecimiento de las obras del día al levantarse, el Ángelus al mediodía, la Visita al Santísimo Sacramento en el sagrario de una iglesia vecina, el Santo Rosario (oración predilecta de muchos papas y santos), la lectura periódica de algún libro espiritual, el examen de conciencia antes de acostarnos. También es muy importante que en el plan de vida espiritual esté previsto el cuidado de nuestra formación espiritual: el retiro mensual, un círculo de estudios ascéticos o teológicos, la dirección espiritual –que puede concluir con la confesión sacramental-.
Terminemos acudiendo a la Virgen Santísima. Ella es el mejor ejemplo de un alma que sabe reconocer a Dios en su existencia ordinaria y dedicarle su vida por completo, santificando el trabajo profesional de cada día. Pidámosle que nos alcance la gracia de vivir con fidelidad nuestro personal plan de vida espiritual, que tengamos en primer lugar las normas de piedad, conscientes de que esas prácticas «señalan un itinerario flexible, acomodado a tu condición de hombre que vive en medio de la calle, con un trabajo profesional intenso, y con unos deberes y relaciones sociales que no has de descuidar, porque en esos quehaceres continúa tu encuentro con Dios» (AD, n.149).

lunes, julio 14, 2014

Guerra y paz. No he venido a traer la paz sino la espada.

El Evangelio de Mateo se estructura en torno a cinco grandes discursos (como si fuera un nuevo Pentateuco): el del monte, el misionero, el de las parábolas, el eclesiástico, el escatológico. El segundo, el discurso misionero, va de los capítulos 8 al 12. En la primera parte, el Señor plantea sus exigencias a los discípulos. Más adelante expone los principios de la misión y, por último, muestra la acogida de ese mensaje. Contemplemos ahora, en la segunda sección, la explicación que hace el Señor sobre cómo será la vida apostólica de sus seguidores.

Jesús comienza planteando una exigencia conflictiva: No he venido a traer la paz sino la espada. Guerra y paz. Parece difícil de entender, en un primer momento, que estas palabras vengan del Señor. Pero en realidad son una llamada a dar la cara, a vivir la fe con naturalidad en medio de un mundo hostil, como el que encontraban los primeros lectores de este Evangelio, poco diverso del que enfrentamos los cristianos de hoy. La idea clave es que no se trata tanto de una «guerra santa» contra los enemigos de la Iglesia, sino más bien de una lucha constante contra nuestra propia tibieza, contra el pesimismo, como enseña el papa Francisco en su exhortación sobre el apostolado en el siglo XXI: «un buen acompañante no consiente los fatalismos o la pusilanimidad. Siempre invita a querer curarse, a cargar la camilla, a abrazar la cruz, a dejarlo todo, a salir siempre de nuevo a anunciar el Evangelio» (EG 172).

Seremos sembradores de paz y de alegría en la medida en que seamos conscientes de que esta siembra pacífica exige guerra, un conflicto que consiste en luchar contra nuestras miserias y pecados. La predicación de Cristo no es ingenua o «buenista», como dicen algunos para criticar a los cristianos. Él exige que nos compliquemos la vida y nosotros no podemos orillar las palabras de Jesús: «Sin espíritu belicoso ni agresivo, in hoc pulcherrimo caritatis bello (en esta hermosísima guerra de amor), con una comprensión que acoge a todos y colabora con todos los hombres de buena voluntad ―también, sin transigir con los errores que profesan, con los que no conocen o no aman a Jesucristo―, no olvidéis que el Señor dijo: no penséis que he venido a poner paz en la tierra; no vine a poner paz, sino espada (Mt 10,34). Es muy fácil prestar atención sólo a la mansedumbre de Jesús y orillar ―porque estorban a la comodidad y al conformismo― sus palabras, divinas también, con las que nos aguijonea para que nos compliquemos la vida» (San Josemaría Escrivá, Carta 9-I-1959, n.24, citado por BL). Pidamos al Señor en nuestra oración la gracia de luchar más contra nuestra comodidad y nuestro conformismo, y concretemos propósitos de guerra interior para complicarnos la vida comprometiéndonos de nuevo con Él.

En este sentido se entienden las palabras de Benedicto XVI, cuando enseñaba que la paz es fruto maduro de la gracia, de la transformación que obra en cada uno: «“Gracia” es la fuerza que transforma al hombre y al mundo; “paz” es el fruto maduro de esa transformación» (Homilía en Éfeso, 29-XI-06). Y comenta Mons. Echevarría que, sin embargo, «se requiere la colaboración libre de la persona en el proyecto divino de salvación. Y como en el corazón reside en última instancia la causa de los conflictos, de ahí se deriva la necesidad de que cada uno pelee decididamente dentro de sí, para afirmar el reinado de Dios en la propia alma. Es una verdad antigua como el Evangelio, aunque desgraciadamente muchos no la conocen o no la ponen en práctica. Dijo el Señor: no penséis que he venido a traer la paz a la tierra. No he venido a traer la paz sino la espada (Mt 10,34). Hablaba de la pelea contra el pecado, presupuesto indispensable de la paz verdadera. Cuando hay verdadero empeño por erradicar la mala hierba del pecado y por identificarse con Cristo, la existencia del cristiano se convierte en la buena tierra, donde pueden germinar las virtudes que hacen posible la convivencia, llena de caridad y de paz, entre personas de los ambientes más diversos» (Carta pastoral, 1-I-2007).

Pues he venido a enfrentar al hombre contra su padre, a la hija contra su madre y a la nuera contra su suegra. Una vez más, no deben entenderse estas palabras en la simple literalidad, sino que son una referencia ulterior a la necesidad de la lucha contra los propios defectos, contra nuestros apegamientos. Nos pueden servir unas palabras de san Josemaría para concretar puntos de lucha, en los cuales hay que empuñar la espada diariamente. Decía que la labor cristiana «se hace a fuerza de amor y de sacrificio, con oración, con mortificación, con trabajo y con celo apostólico. Hemos de sentir deseos de que el Amor sea amado, y hemos de agradecerle que se nos haya dado, porque por ahí no se lo agradecen, y nosotros —tú y yo — no se lo agradeceremos bastante. Recoged las rosas del camino —esas rosas que también tienen espinas —, y llevádselas al Señor: ¡Fuera la sensualidad —que recorta las alas del amor—, fuera el egoísmo, fuera la comodidad...! El que no vive la alegría (…), que se examine, porque cuando falta esta virtud es señal evidente de que el alma está distraída en algo que no es de Dios» (Palabras del 30-V-1974, Citadas en Echevarría J, Memoria del Beato Josemaría Escrivá. p. 55). Señor: ayúdanos a enfrentarnos contra esas distracciones, para que te amemos más que a todos los afectos terrenales pues, de esa manera, amaremos más y mejor. A Ti en primer lugar y, contigo, a todas las criaturas.

Después de esa exigencia radical, sobre la necesidad de la lucha interior, Jesús concluye el discurso, sobre cómo debe ser el corazón del apóstol: Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí. Nuestro corazón debe estar en Dios y en lo que Él quiere. Incluso el cuarto mandamiento, que es el «dulcísimo precepto del Decálogo», ha de estar sometido a la Voluntad divina. No puede ser que un padre o una madre impidan la entrega a la llamada de Dios. O que un cristiano esconda esa vocación de apóstol universal porque tiene que enterrar a su padre.

Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. Tomar la cruz. Lo enseña muy bien san Pablo de la Cruz: «Sed constantes en la práctica de todas las virtudes, principalmente en la imitación del dulce Jesús paciente, porque ésta es la cumbre del puro amor. Obrad de manera que todos vean que lleváis, no sólo en lo interior sino también en lo exterior; la imagen de Cristo crucificado, modelo de toda dulzura y mansedumbre. Porque el que internamente está unido al Hijo de Dios vivo exhibe también externamente la imagen del mismo, mediante la práctica continua de una virtud heroica, principalmente de una paciencia llena de fortaleza, que nunca se queja ni en oculto ni en público. Escondeos, pues, en Jesús crucificado, sin desear otra cosa sino que todos se conviertan a su voluntad en todo» (LH, 19-X).

Tomar la Cruz, cada día. Negarse a sí  mismo. Al orgullo, al querer dirigirnos por nuestra propia cuenta, a la sensualidad ―ya lo hemos dicho antes―, que con frecuencia clama por sus fueros perdidos. Negarse a la comodidad, a la riqueza, al triunfalismo. A querer vencer, nosotros mismos, por nuestra cuenta, con nuestras fuerzas. Humillarnos como Cristo y acoger en nuestra vida su Santa Cruz: en el trabajo constante, abundante, ordenado; en la lucha por cumplir con abnegación el horario exigente, en la aceptación gustosa de las pequeñas contradicciones que trae la vida corriente: una humillación, una burla, un retraso, una pérdida, un golpe inesperado, etc.

Pero tomar la Cruz es también tomar la iniciativa, buscarla. Plantearse en la oración una lista de pequeñas mortificaciones. Quizás algunas que nos ayuden a cumplir nuestros deberes: puntualidad a lo largo del día ―al levantarnos, para llegar a tiempo a las reuniones previstas, para terminar previendo la demora entre una actividad y otra, para acostarnos y descansar lo suficiente―, detalles de servicio en la vida en familia ―escoger lo menos grato al comer, al sentarnos, al ver la televisión, etc., evitar temas que puedan fastidiar a alguno, pensar asuntos gratos y apostólicos para las reuniones familiares, ofrecerse para acompañar al que llega tarde o al que tiene que hacer una gestión personal como la de ir al médico, etc.―.

Otra manera de tomar la Cruz es previendo maneras de vivir la templanza en el uso de los medios materiales: ya hemos mencionado usar lo menos cómodo, pero también hemos de tenerla en cuenta al utilizar los medios electrónicos, que son tan serviciales pero que quizás también nos hagan perder el tiempo u ofrecernos tentaciones: vivir la prudencia al navegar, hacerlo solo para lo que sea necesario, no por matar el tiempo, ser austeros en los gastos por ese medio, en las aplicaciones que se descargan, limitar el uso de los juegos a lo previsto en el horario que habremos planeado en la oración y quizás en la dirección espiritual, etc.

Pero no se trata de hacer un prontuario para tomar la Cruz. Se trata de imitar a Jesucristo, que no tenía donde reclinar la cabeza. En pocas palabras, de perder la vida. Así concluye el pasaje que estamos contemplando: Quien encuentre su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. De esa manera seremos otro Cristo y lo llevaremos por los caminos de la tierra. Como Jesús mismo, que partió de allí para enseñar y predicar (11,1).

Terminemos acudiendo a la Santísima Virgen, Reina de la paz, que acompañó a su Hijo, perdiendo su vida por Él todos los días de su existencia, hasta coronar su entrega en la Cruz. A Ella le pedimos que nos grabe en nuestros corazones esa verdad que hemos meditado hoy: que, aunque parezca contradictorio, para ayudar a la paz del mundo, hace falta una intensa guerra interior, contra las propias miserias: «Estas crisis mundiales son crisis de santos. –Dios quiere un puñado de hombres “suyos” en cada actividad humana. ―Después... “pax Christi in regno Christi” ―la paz de Cristo en el reino de Cristo» (Camino, n.301). 

jueves, abril 03, 2014

Curación del paralítico de Betzata


Después de la curación del hijo del funcionario real, el capítulo quinto del evangelio de san Juan continúa con otro milagro: el autor sagrado demuestra con hechos la realidad de las afirmaciones que más adelante formulará Jesús, cuando manifieste su divinidad.

Después de esto se celebraba una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. De acuerdo con su costumbre, el autor del cuarto evangelio ubica temporalmente el suceso de acuerdo con las fiestas judías. Para Benedicto XVI es muy probable que se trate de Pentecostés, aunque algunos digan que podría ser la Pascua. Luego viene la  ubicación espacial: Hay en Jerusalén, junto a la puerta de las ovejas, una piscina, llamada en hebreo Betzata, que tiene cinco pórticos, bajo los que yacía una muchedumbre de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos. En el siglo XIX se encontraron los vestigios de esta piscina, al nororiente de la ciudad, junto a la puerta llamada también probática, porque era el sitio por donde entraban los animales ―entre ellos las ovejas (próbata, en griego)― que se sacrificarían en el Templo.

Los alrededores de la piscina estaban ocupados por muchos pordioseros, que esperaban la curación en aquellas aguas que tenían fama de milagrosas. Jesús entra por esa puerta a Jerusalén ―quizás para no llamar la atención, pero también para estar cerca de las personas que sufrían― y de inmediato su afán de almas le lleva a obrar el bien: Estaba allí un hombre que padecía una enfermedad desde hacía treinta y ocho años. Jesús, al verlo tendido y sabiendo que llevaba ya mucho tiempo, le dijo: —¿Quieres curarte? Desde luego, es una pregunta retórica para facilitar el diálogo con aquella alma a la cual llegará la salvación esa mañana. La respuesta nos servirá para hacer nuestro diálogo con el Señor. El enfermo le contestó: —Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se mueve el agua; mientras voy, baja otro antes que yo.

No tengo a nadie, hominem non habeo. Estas son unas palabras que nos deben golpear con frecuencia en nuestro diálogo con el Señor. Pensemos cuántos paralíticos tenemos a nuestro alrededor, esperando la ocasión propicia para acercarse a Dios, y cuántos de ellos no encuentran quién les señale el camino, alguien que les dé ejemplo, que los acompañe en el proceso de aproximación a esa fuente de aguas vivas que es el corazón de Jesús: «Piensan con frecuencia los hombres que nada les impide prescindir de Dios. Se engañan. Aunque no lo sepan, yacen como el paralítico de la piscina probática: incapaces de moverse hacia las aguas que salvan, hacia la doctrina que pone alegría en el alma. La culpa es, tantas veces, de los cristianos; esas personas podrían repetir hominem non habeo, no tengo ni siquiera uno que me ayude» (San Josemaría, “Lealtad a la Iglesia”).

Comprometámonos con el Señor en este momento. Sin creernos mejores que nadie, pensemos que tenemos un tesoro para compartir con los demás, que es la amistad con Jesucristo, la doctrina clara sobre su misericordia para todos: «Todo cristiano debe ser apóstol, porque Dios, que no necesita a nadie, sin embargo nos necesita. Cuenta con nosotros para que nos dediquemos a propagar su doctrina salvadora» (Ibidem). Miremos en este momento a cuál amigo en concreto podríamos acercarnos, como hizo Jesús con el paralítico, y llevarle a la salud espiritual que proviene de Dios.

El Maestro, aun sabiendo las consecuencias en su contra que conllevaría su acción, se presenta como ese hombre que el pobre paralítico había esperado durante toda su vida, y le indica: —Levántate, toma tu camilla y ponte a andar. El efecto es inmediato: Al instante aquel hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar. Aquel hombre, después de una vida entera postrado, obedece con prontitud. Después de un instante de desconcierto, empieza a sentir la  fuerza en sus miembros y se levanta con decisión. Contemplar su respuesta pronta nos puede servir para que comparemos nuestra débil contestación, muchas veces retrasada con excusas injustificadas. Quizás padecemos otro tipo de parálisis, la espiritual, que podemos considerar a la luz de las acciones del pordiosero que estamos contemplando.

También es san Josemaría quien hace esa exégesis novedosa, en un texto escrito originalmente como Instrucción para sus hijos espirituales y que al final quedó recogido y ampliado en el n.168 de Forja: «Hay una sola enfermedad mortal, un solo error funesto: conformarse con la derrota, no saber luchar con espíritu de hijos de Dios. Si falta ese esfuerzo personal, el alma se paraliza y yace sola, incapaz de dar frutos... ―Con esa cobardía, obliga la criatura al Señor a pronunciar las palabras que El oyó del paralítico, en la piscina probática: «hominem non habeo!»¡no tengo hombre! ―¡Qué vergüenza si Jesús no encontrara en ti el hombre, la mujer, que espera!» (cf. Instrucción, 1-IV-1934, nn. 96s, citada en Rodríguez P., Edición crítica de Camino, n. 761).

Señor: no queremos fallarte con nuestra cobardía, con nuestra dejadez, con la falta de lucha que paraliza el alma. Ayúdanos, como al paralítico de Betzata, para que nos levantemos con presteza, con el espíritu de hijos tuyos. Que te busquemos con nuestro esfuerzo en esos puntos concretos que nos han señalado en la dirección espiritual o en la confesión, ¡que puedas contar con nosotros, a pesar de que seamos tan poca cosa!

El relato continúa con la discusión sobre el sábado y la naturaleza de Jesús: Aquel día era sábado. Entonces le dijeron los judíos al que había sido curado: —Es sábado y no te es lícito llevar la camilla. Él les respondió, con palabras que recuerdan a las del ciego de nacimiento: —El que me ha curado es el que me dijo: «Toma tu camilla y anda». Un hombre que tiene el poder de curar una enfermedad de casi cuarenta años de duración es un profeta y tiene todo el derecho de indicar cómo se vive mejor la restricción laboral del sábado.

Pero también como en el caso del ciego, las autoridades preguntan: —¿Quién es el hombre que te dijo: «Toma tu camilla y anda»? Quizás sospechan que ha regresado a la Ciudad Santa aquel profetilla del norte con ínfulas mesiánicas. El hombre que había sido curado no sabía quién era, pues Jesús se había apartado de la muchedumbre allí congregada. Poco después, Jesús se le hace el encontradizo y le da un último consejo, más importante que la misma curación. Después de esto lo encontró Jesús en el Templo y le dijo: —Mira, estás curado; no peques más para que no te ocurra algo peor.

No peques más. El Señor nos hace ver que la limitación física es un mal relativo, pues no separa de Dios, sino que, al contrario, puede unir bastante a la Cruz que el mismo Dios quiso cargar por nosotros. Jesucristo nos enseña con este pasaje que el verdadero mal no es el dolor o la enfermedad, sino la ofensa a Dios. El pecado es la auténtica parálisis espiritual. Como enseña el Catecismo, «El pecado mortal destruye la caridad en el corazón del hombre por una infracción grave de la ley de Dios; aparta al hombre de Dios, que es su fin último y su bienaventuranza, prefiriendo un bien inferior. El pecado venial deja subsistir la caridad, aunque la ofende y la hiere» (n.1855).

Como al paralítico de Jerusalén, el Señor nos saca de esa postración del pecado por medio del sacramento de la alegría, que es la Reconciliación. Así lo explica Ocáriz, al recomendar la práctica de la confesión frecuente. Dice que es necesario «mostrar la grandeza del amor de Dios, que nos espera siempre con los brazos abiertos, que nos sale al encuentro, para levantarnos, purificarnos, fortalecernos, dándonos además la seguridad de su perdón mediante las palabras del confesor. San Josemaría llamaba en ocasiones al sacramento de la Penitencia, “sacramento de la alegría”; la alegría que surge del corazón de quien se sabe liberado del mal y personalmente amado por Dios» (Dios, Iglesia y mundo).

Se marchó aquel hombre y les dijo a los judíos que era Jesús el que le había curado. Da testimonio de la verdad, sin saber que aquellas palabras acarreaban dificultades para el Señor. El cuarto evangelista concluye el pasaje mostrando la respuesta de esas autoridades a una revelación tan palmaria de su divinidad: Por esto los judíos con más ahínco intentaban matarle, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios.

Acudamos a la Virgen Santísima, que contemplaría con dolor cómo rechazaban aquellos hombres el amor que su Hijo había traído al mundo, su cobardía, su pecado, su parálisis espiritual. Y pidámosle que la nuestra sea una respuesta como la del paralítico: inmediata, decidida. Que rechacemos el pecado como el único verdadero mal, y que acerquemos a nuestros amigos a la Confesión, sacramento de la alegría. De esta manera, Jesús encontrará en nosotros «el hombre, la mujer, que espera». 

domingo, marzo 30, 2014

Curación del hijo de un funcionario real

Después del diálogo con la samaritana, san Juan presenta en su Evangelio un milagro de curación: en este caso, se trata del hijo de un alto funcionario real de Cafarnaún (Jn 4,43-54): Dos días después marchó de allí hacia Galilea. Pues Jesús mismo había dado testimonio de que un profeta no es honrado en su propia tierra. Cuando vino a Galilea, le recibieron los galileos porque habían visto todo cuanto hizo en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta.

Estamos apenas comenzando el “libro de los signos”, como se llama a la primera parte del cuarto Evangelio, y notamos el énfasis que pone el autor sagrado en la fe exigida para que se den los milagros. En Caná, después del milagro, sus discípulos creyeron en Él. Por el contrario, en este caso vemos que el orden es inverso: el funcionario cree antes de que ocurra el prodigio: Entonces vino de nuevo a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había allí un funcionario real, cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaún, el cual, al oír que Jesús venía de Judea hacia Galilea, se le acercó para rogarle que bajase y curara a su hijo, porque estaba a punto de morir. Vale la pena anotar que en los relatos similares de los evangelios sinópticos ocurre lo contrario: el centurión cree después de ver el milagro. La conclusión es que lo importante no es el milagro en sí, sino la fe de los oyentes, su relación personal con Jesucristo.

La respuesta del Señor es aparentemente evasiva; es más, casi de rechazo: —Si no veis signos y prodigios, no creéis. Recuerda un poco al diálogo con la sirofenicia, porque el Señor parece que no quisiera obrar el milagro. Pero el buen hombre riposta con una petición exigente: —Señor, baja antes de que se muera mi hijo. Jesús entonces no se hace de rogar. Y le contestó: —Vete, tu hijo está vivo. Teniendo en cuenta los antecedentes del diálogo, sería lógico pedir alguna garantía, evitar que esas palabras significaran una despedida cortés. El funcionario, que no era judío, sino un centurión romano, creyó en la palabra que Jesús le dijo y se marchó.

Este episodio aparece en el tiempo de liturgia para llamarnos a crecer en la virtud de la fe. El compendio del Catecismo (n. 386) recuerda que «La fe es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha revelado, y que la Iglesia nos propone creer, porque Él es la Verdad misma. Por la fe, el hombre se abandona libremente a Dios; por ello, el que cree trata de conocer y hacer la voluntad de Dios, ya que "la fe actúa por la caridad" (Ga 5,6)».

En esta definición vemos dos perspectivas, que podríamos llamar teórica y práctica. Ambas son importantes. En primer lugar, hace falta una fe doctrinal, creer en unos contenidos: en la revelación y las explicaciones del magisterio eclesial. Por otra parte, es necesaria una creencia vital, abandonarse en Dios pero con obras. No se trata de un simple nirvana teórico, sino de una fe con obras de caridad.

Respecto al primer aspecto, Benedicto XVI explicaba durante el año de la fe que «La fides qua exige la fides quae, el contenido de la fe, y el Bautismo expresa este contenido: la fórmula trinitaria es el elemento sustancial del credo de los cristianos (…). Por lo tanto, esto me parece muy importante: la fe tiene un contenido y no es suficiente, no es un elemento de unificación si no hay y no se vive y confiesa este contenido de la única fe. Por eso, «Año de la fe» y Año del Catecismo —para ser muy práctico— están inseparablemente unidos. Sólo renovaremos el Concilio renovando el contenido —condensado luego de nuevo— del Catecismo de la Iglesia católica. Y un gran problema de la Iglesia actual es la falta de conocimiento de la fe, es el «analfabetismo religioso», como dijeron los cardenales el viernes pasado refiriéndose a esta realidad. «Analfabetismo religioso»; y con este analfabetismo no podemos crecer, no puede crecer la unidad. Por eso, nosotros mismos debemos reapropiarnos de este contenido, como riqueza de la unidad y no como un paquete de dogmas y de mandamientos, sino como una realidad única que se revela en su profundidad y belleza. Debemos hacer todo lo posible para una renovación catequística, para que la fe sea conocida y para que así sea conocido Dios, para que así sea conocido Cristo, para que así sea conocida la verdad y para que crezca la unidad en la verdad».

Aquí se entiende que san Josemaría dijera que el mayor enemigo de Dios es la ignorancia. Por eso debemos estudiar la doctrina, enseñar los principios básicos del cristianismo. Promover círculos de estudio de esas verdades con los compañeros del trabajo, con los parientes, etc. Difundir lecturas con buena doctrina, pues las personas agradecen mucho que se les brinden luces –con humildad: estudiando juntos para buscar la verdad en diálogo, sin ínfulas de superioridad- para resolver tantos temas difíciles que hay en el ambiente y en la propia profesión.

Mientras bajaba, sus siervos le salieron al encuentro diciendo que su hijo estaba vivo. Les preguntó la hora en que empezó a mejorar. Le respondieron: —Ayer a la hora séptima le dejó la fiebre. Entonces el padre cayó en la cuenta de que precisamente en aquella hora Jesús le había dicho: «Tu hijo está vivo». Y creyó él y toda su casa. Es una apreciación muy importante de los primeros cristianos: el encuentro con Jesús comienza personalmente, pero esa fe es contagiosa y termina por irradiar a todos los seres queridos.

Podemos ver en este final del pasaje evangélico la segunda vertiente de la fe. Y continuar con el análisis del papa alemán sobre esta virtud, que «es un acto profundamente personal: yo conozco a Cristo, me encuentro con Cristo y pongo mi confianza en él. Pensemos en la mujer que toca sus vestiduras con la esperanza de ser salvada (cf. Mt 9,20-21); confía totalmente en él y el Señor dice: «Tu fe te ha salvado» (Mt 9,22). También a los leprosos, al único que vuelve, dice: «Tu fe te ha salvado» (Lc 17,19). Así pues, la fe inicialmente es sobre todo un encuentro personal, un tocar las vestiduras de Cristo, un ser tocado por Cristo, estar en contacto con Cristo, confiar en el Señor, tener y encontrar el amor de Cristo y, en el amor de Cristo, también la llave de la verdad, de la universalidad».


Examinemos cómo es nuestra vida de fe. Qué tanto confiamos verdaderamente en el poder de Dios, que se sirve de nosotros como instrumentos, pero que es infinitamente superior a nuestras fuerzas. Miremos cómo empapa la visión sobrenatural el encuentro con la Cruz. Como predicaba san Josemaría a un párroco, cuando le aconsejaba: "El dolor: ¡aprovéchalo! Aprovecha la inocencia de los niños, el dolor de los enfermos, el candor de las viejitas, y sus suspiros ahogados en la oscuridad de la iglesia... Aprovéchalo todo. Y aprovecha las pequeñas contradicciones que nos asaltan, cuando somos mal entendidos, cuando parece que nos desprecian" (Notas de una tertulia con sacerdotes, 26-VII-1974, cit. por Ana Sastre, Tiempo de Caminar..., Rialp, Madrid 1989, p. 118). 

Terminemos acudiendo a nuestra Madre, María, que es maestra de fe. Pidámosle que nos lleve a profundizar cada vez más en la doctrina católica y a abandonarnos con confianza en el Señor, como el funcionario real, y como ella misma. Que respondamos siempre al Señor llenos de fe: Hágase en mí según tu palabra.

El ciego de nacimiento

En uno de sus viajes a Jerusalén para la fiesta de los Tabernáculos, Jesús se presenta como la Luz del mundo. La ocasión era muy apropiada, pues uno de los ritos que se tenían en esas conmemoraciones era encender cuatro grandes lámparas en el atrio de las mujeres del Tempo para iluminar la Ciudad santa. De esa manera se evocaba la luz que iluminaba la Tienda sagrada en tiempos de Moisés.

En el capítulo noveno, san Juan relata el encuentro con un hombre que padecía ceguera desde su nacimiento. Llevaba una vida dura, pues a las incomodidades que le conllevaba su limitación se añadían las maledicencias de sus coterráneos, que atribuían su enfermedad a un castigo divino  por algún pecado. De hecho, cuando pasa Jesús a su lado, escucha que los discípulos le formulan esa pregunta que él había escuchado tantas veces antes: –Rabbí, ¿quién pecó: éste o sus padres, para que naciera ciego?

Estaba dispuesto a escuchar la enésima explicación sobre el origen pecaminoso de su trastorno, cuando un aire de novedad llegó a sus oídos. Respondió Jesús: —Ni pecó éste ni sus padres, sino que eso ha ocurrido para que las obras de Dios se manifiesten en él. Su corazón se habría exaltado al escuchar una explicación benévola, algo que fuera de su hogar quizás nunca habría oído antes. Benedicto XVI comentaba al respecto: «¡Qué consuelo nos proporcionan estas palabras! Nos hacen escuchar la voz viva de Dios, que es Amor providencial y sabio. Ante el hombre marcado por su limitación y por el sufrimiento, Jesús no piensa en posibles culpas, sino en la voluntad de Dios que ha creado al hombre para la vida».

El Maestro continúa su declaración solemne: Es necesario que nosotros hagamos las obras del que me ha enviado mientras es de día, porque llega la noche cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo soy luz del mundo. Este es el mensaje central del pasaje evangélico, por lo cual la liturgia lo señala para el cuarto domingo de Cuaresma, el domingo “Laetare”, en el que se nos invita a considerar que la alegría tiene sus raíces en forma de cruz.

En el itinerario de preparación o recuerdo del bautismo que caracteriza la cuarentena cuaresmal, esta escena del evangelio tiene un lugar especial. Así como en el primer domingo se contemplan las tentaciones, en el segundo la transfiguración y en el tercero la samaritana, en este domingo el punto clave es que Jesús es la luz del mundo.

El Señor es la luz que viene a iluminar nuestra oscuridad, que vence sobre las tinieblas del pecado. Que nos abre los ojos al mundo sobrenatural, brindándonos la fe como virtud teologal en el bautismo. Quizás a nosotros nos sucedió como al ciego de nacimiento, que sin pensarlo nos encontramos con las manos milagrosas del Señor obrando sus maravillas en nuestras vidas. En nuestro caso, al recibir el primer sacramento. En el del ciego, al sentir un ritual de curación quizás inexplicable: Dicho esto, escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, lo aplicó en sus ojos.

Así de sencilla es la narración del milagro. Sin embargo, podemos sacar muchas consecuencias para  nuestras vidas. Imaginémonos en primer lugar ese lodo terapéutico. Podemos pensar en la situación del ciego que, de repente, siente sobre sus párpados la desagradable amalgama que aquel hombre le impone -solo Dios sabe con cuál motivación-. Pero el ciego confía. Las primeras palabras de aquel rabino, que le eximían de pecado con respecto a su enfermedad, abrieron su corazón para que las obras de Dios se manifiesten en él.

Los gestos de Jesús recuerdan pasajes del Antiguo Testamento. Por ejemplo, la elaboración del lodo rememora aquella arcilla con la que el Creador esculpió al primer hombre, según el Génesis. Benedicto XVI explica que «de hecho, “Adán” significa “suelo”, y el cuerpo humano está efectivamente compuesto por elementos de la tierra. Al curar al hombre, Jesús realiza una nueva creación».

Antes, en las instrucciones para que se cumpliera el milagro, el evangelista había dejado caer un dato como de pasada: y le dijo: —Anda, lávate en la piscina de Siloé –que significa: «Enviado». Como en el Antiguo Testamento Naamán el sirio había sido curado lavándose en el Jordán, así ahora el Señor envía a este ciego a que recorra ese camino de humildad hacia las fuentes purificadoras. 

En esta indicación está la clave de lectura de todo el pasaje. El papa alemán explica que «El proceso de curación lleva a que el enfermo, siguiendo el mandato de Jesús, se lave en la piscina de Siloé: así logra recuperar la vista. Siloé, que significa el Enviado, comenta el evangelista para sus lectores que no conocen el hebreo (Jn 9,7). Sin embargo, se trata de algo más que de una simple aclaración filológica. Nos indica el verdadero sentido del milagro. En efecto, el “Enviado” es Jesús. En definitiva, es en Jesús y mediante El en donde el ciego se limpia para poder ver. Todo el capítulo se muestra como una explicación del bautismo, que nos hace capaces de ver. Cristo es quien nos da la luz, quien nos abre los ojos mediante el sacramento».

Decimos que esta es la exégesis clave del pasaje, también  a la luz del Prefacio de la Misa del cuarto domingo de cuaresma: «se hizo hombre para conducir al género humano, peregrino en tinieblas, al esplendor de la fe; y a los que nacieron esclavos del pecado, los hizo renacer por el bautismo, transformándolos en hijos adoptivos».

Conmemoramos, y nos alegramos entonces, por esos dos regalos: por el don de la fe, y la filiación divina que adquirimos en el Bautismo. Como dice la Antífona de entrada de la Misa con palabras de Isaías: Festejad a Jerusalén, gozad con ella todos los que la amáis, alegraos de su alegría, los que por ella llevasteis luto. En el bautismo estuvo el origen de nuestra relación filial con Dios. Como dice san Agustín: «Este ciego representa a la raza humana. (...) Si la ceguera es la infidelidad, la iluminación es la fe. (...) Lava sus ojos en el estanque cuyo nombre significa “el Enviado”: fue bautizado en Cristo».

Entonces fue, se lavó y volvió con vista. San Josemaría comenta la docilidad del ciego: «¡Qué ejemplo de fe segura nos ofrece este ciego! Una fe viva, operativa. ¿Te conduces tú así con los mandatos de Dios, cuando muchas veces estás ciego, cuando en las preocupaciones de tu alma se oculta la luz? ¿Qué poder encerraba el agua, para que al humedecer los ojos fueran curados? Hubiera sido más apropiado un misterioso colirio, una preciosa medicina preparada en el laboratorio de un sabio alquimista. Pero aquel hombre cree; pone por obra el mandato de Dios, y vuelve con los ojos llenos de claridad» (Amigos de Dios, n.193).

El esplendor de la fe que ocasiona el bautizarse en Jesús lleva al ciego a un progresivo desvelamiento de las tinieblas, también con respecto a quién era el que lo curaba. Al comienzo es un simple hombre, luego lo llama profeta, para terminar reconociéndolo como Señor y lo adora como el Mesías: Oyó Jesús que lo habían echado fuera, y encontrándose con él le dijo: ¿Crees tú en el Hijo del Hombre?  El respondió: ¿Y quién es, Señor, para que crea en él?  Le dijo Jesús: Lo has visto; el que habla contigo, ése es. Y él exclamó: Creo, Señor. Y se postró ante él.  Dijo Jesús: Yo he venido a este mundo para un juicio, para que los que no ven vean, y los que ven se vuelvan ciegos. En este itinerario de redescubrimiento de nuestro compromiso bautismal, entendemos la jaculatoria que san Josemaría dirigía a Aquel que es la luz del mundo: «Que vea con tus ojos, Cristo mío, Jesús de mi alma».

Podemos concluir con un consejo del papa alemán: «Queridos hermanos, dejémonos curar por Jesús, que puede y quiere darnos la luz de Dios. Confesemos nuestra ceguera, nuestra miopía y, sobre todo, lo que la Biblia llama el "gran pecado" (cf. Sal 19,14): el orgullo. Que nos ayude en esto María santísima, la cual, al engendrar a Cristo en la carne, dio al mundo la verdadera luz».

jueves, marzo 27, 2014

El demonio mudo

En el capítulo once de san Lucas, se continúa narrando el viaje de Jesús desde Galilea hasta Jerusalén. En medio de las diversas enseñanzas que trae este pasaje, se narra como de pasada otro milagro más, que es al mismo tiempo de curación y exorcismo: Estaba expulsando un demonio que era mudo. Y cuando salió el demonio, habló el mudo y la multitud se quedó admirada. En Mateo se dice que este mudo era, además, sordo y ciego. Por eso comenta San Jerónimo que “En un solo hombre hizo el Señor tres prodigios: darle la vista, darle la palabra, y librarlo del demonio. Y lo que hizo entonces exteriormente, lo hace todos los días en la conversión de los pecadores, que después de verse libres del demonio, reciben la luz de la fe y consagran su lengua, incapaz antes de hablar, a las alabanzas divinas”.
El pasaje continúa en una discusión del Maestro con los fariseos, que lo acusan de actuar como enviado del demonio, a lo que el Señor les responde que no puede haber división en ningún bando vencedor: Todo reino dividido contra sí mismo queda desolado y cae casa contra casa. Y aprovecha para concluir lanzando un desafío: El que no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama. Hay que elegir entre Dios o el demonio, no hay punto medio. Por eso estas palabras resuenan con frecuencia en Cuaresma, con el telón de fondo del salmo 94: Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón».
Un medio muy importante para tomar partido por el Señor es la dirección espiritual. Se trata de una posibilidad que nos ofrece la Iglesia para facilitarnos la conversión frecuente. El papa Francisco la describe como «el acompañamiento personal de los procesos de crecimiento» (Evangelii gaudium, nn. 169 ss): «En una civilización paradójicamente herida de anonimato y, a la vez obsesionada por los detalles de la vida de los demás, impudorosamente enferma de curiosidad malsana, la Iglesia necesita la mirada cercana para contemplar, conmoverse y detenerse ante el otro cuantas veces sea necesario. En este mundo los ministros ordenados y los demás agentes pastorales pueden hacer presente la fragancia de la presencia cercana de Jesús y su mirada personal».
Podemos decir que la dirección espiritual, mirada conmovida que hace presente a Cristo se remonta hasta el comienzo, cuando Él mismo charlaba con sus apóstoles uno a uno, como vemos por ejemplo con san Pedro después de la Resurrección,  en el momento en que le confirmó su encargo de apacentar las ovejas a pesar de las traiciones del Jueves Santo. Agradezcamos al Señor esa posibilidad maravillosa de avanzar seguramente en el camino de la identificación con Él, pues ―como dice Elredo de Rievaulx―: «¡Qué felicidad tener alguien con quien hablar como contigo mismo!, ¡a quien no temas confesar tus eventuales fallos!, ¡a quien puedas revelar sin rubor tus posibles progresos en la vida espiritual!, ¡a quien puedas confiar todos los secretos de tu corazón y comunicarle tus proyectos!».
Cada vez que acudamos a la dirección espiritual debemos pensar que es el mismo Jesucristo quien nos dirige sirviéndose de ese instrumento idóneo que la Iglesia nos dispensa. Por eso hemos de asistir con puntualidad, habiendo preparado en la oración lo que comentaremos, para que sea una charla breve, concisa, profunda, eficaz. Y una de las virtudes más importantes, junto con la docilidad para hacer propios los consejos y llevarlos a la práctica, es la sinceridad, virtud de la que nos habla el pasaje del Evangelio que estamos considerando.
Por contraste, volvamos al endemoniado, imaginemos su incapacidad: no podía ver, ni oír, ni hablar. Sería muy difícil su relación con los demás, con mayor razón si padecía una posesión diabólica. En realidad, se trataba de un caso dramático. Por eso Jesús tuvo compasión de él y lo curó gustosamente, sin poner trabas o exigencias como haría en otros milagros. San Josemaría se sirve de este personaje para comentar la importancia de la sinceridad. Al llamar esta posesión como la del “demonio mudo”, se refiere a un tipo de mudez que va más allá de la incapacidad de pronunciar palabra. La aplica, en la vida interior, al temor de abrir la boca, de no contar lo que sucede ―especialmente los hechos negativos, los pecados o imperfecciones que hemos cometido―, por vergüenza, para no perder el supuesto buen concepto que deben de tener sobre nosotros las personas que nos ayudan (el sacerdote, el director espiritual). Por eso aconseja: «Id a la dirección espiritual con el alma abierta: no la cerréis, porque ―repito― se mete el demonio mudo, que es difícil de sacar» (Amigos de Dios, n.188).
Además, en Forja, n.127, explica: «Si el demonio mudo ―del que nos habla el Evangelio― se mete en el alma, lo echa todo a perder. En cambio, si se le arroja inmediatamente, todo sale bien, se camina feliz, todo marcha. ―Propósito firme: "sinceridad salvaje" en la dirección espiritual, con delicada educación..., y que esa sinceridad sea inmediata». Sinceridad salvaje, inmediata, con delicada educación. Son requisitos para que la dirección espiritual logre su cometido, que es identificarnos con el espíritu de Cristo. Dios es la verdad, además de que lo sabe todo de nosotros. El diablo, en cambio, es el padre de la mentira y del engaño. Por esa razón, no tiene sentido ocultar a quien representa al Señor en el proceso de acompañamiento personal la verdad de nuestro interior. Es como si uno fuera al médico y le escondiera los síntomas, o no se dejara revisar o tomar exámenes; o, peor aún, si le dijera que está muy bien mientras el cáncer lo está carcomiendo…
«La sinceridad lleva a darse a conocer con humildad y claridad, sin medias verdades, sin disimulos ni exageraciones, sin vaguedades, manifestando con sencillez las disposiciones interiores y la realidad de la propia vida, de modo que se pueda recibir toda la ayuda necesaria en la lucha por la santidad. Sinceridad en lo concreto; en el detalle, con delicadeza. Huyendo del embrollo y de lo complicado, llamando a las cosas por su nombre, sin querer enmascarar las flaquezas, derrotas y defectos con falsas razones y justificaciones» (Fernández C.).
Hay varios ámbitos en los que debemos vivir esta virtud. En primer lugar, con Dios mismo. Huir del anonimato, tratarlo de Tú a tú, con sencillez y naturalidad, en la oración y en el examen de conciencia. Pedirle luces al Espíritu Santo para vernos como Él nos ve, que es la verdad última de nuestra existencia.
En segundo lugar, sinceridad con nosotros mismos: vernos con objetividad, buscar conocernos como somos, alcanzar la verdad sobre nuestra intimidad. Sin esconderla en subterfugios ni en eufemismos. Se trata de una manifestación más de la virtud de la humildad. No podemos asustarnos de que seamos frágiles, de que podamos caer ¡y que de hecho caigamos! El conocimiento propio es fundamental para darnos a conocer como somos. 
Y así llegamos al punto que venimos considerando desde antes, la sinceridad con el director espiritual, para facilitarle su labor de acompañamiento, de orientación y exigencia. Hemos de ser sinceros desde antes, cuando la tentación acecha, diciendo con franqueza: se me ocurre esto, tengo una mala temporada, encomiéndame más estos días... Y si tuviéramos la desgracia de “tocar el violón”―no tiene por qué suceder― sinceridad inmediata (salvaje y educada) en la dirección espiritual y en la confesión sacramental. 
Abrir el alma. Dejar entrar al Espíritu Santo en nuestro corazón con todos sus dones y sus frutos. Es una táctica triunfadora. Un buen consejo por si llegara un momento en que costara especialmente la sinceridad, es abrir una puerta con el director espiritual. Quizás decirle de pasada, o escribirle un mensaje: «tenemos que hablar», «tengo que decirte algo». Ya es una manera de dar un paso, comenzar a sincerarse. De esa forma, será más fácil encontrar el momento de estar a solas. Como quizás entonces tampoco sepamos cómo romper el hielo, se puede comenzar diciendo también con toda sencillez: «me cuesta mucho decir lo que te voy a contar». Y entonces, lanzarse a «soltar el sapo».
Quizás no haga falta un plan tan estudiado, lo que sí es eficaz es un consejo antiguo, que utilizaba san Josemaría en su labor pastoral. Ponía el ejemplo de una persona que cargaba, durante un tramo de varios kilómetros, algunas piedritas en los bolsillos y una roca en el hombro. Al llegar al sitio de destino, lo lógico es que soltara el peñasco, y no las piedrecitas. Pues así tiene que ser la actitud nuestra en la dirección espiritual: comenzar por lo que más cuesta, por las faltas de mayor entidad, sin «dorar la píldora» con pequeños errores que nos pueden llevar a la mentira o el engaño: «Contad primero lo que desearíais que no se supiera. ¡Abajo el demonio mudo! De una cuestión pequeña, dándole vueltas, hacéis una bola grande, como con la nieve, y os encerráis dentro. ¿Por qué? ¡Abrid el alma! Yo os aseguro la felicidad, que es fidelidad al camino cristiano, si sois sinceros. Claridad, sencillez: son disposiciones absolutamente necesarias; hemos de abrir el alma, de par en par, de modo que entre el sol de Dios y la claridad del Amor».
La aplicación del pasaje del demonio mudo a la sinceridad en la dirección espiritual va más allá de un simple simbolismo: «El que se calla tiene un secreto con Satanás, y es mala cosa tener a Satanás como amigo» (Carta 24-III-1931, 38. Cit por Burkhart). O, mirándolo en positivo: «Por eso demuestra tanto interés el diablo en cegar nuestras inteligencias con la soberbia, que enmudece: sabe que, apenas abrimos el alma, Dios se vuelca con sus dones» (Carta 14-II-1974, 22. Cit. en Ibidem). La sinceridad es el comienzo de la solución. Como el Hijo pródigo, experimentaremos la infinita misericordia del Padre, que no solo nos acoge de nuevo en su seno, sino que organiza una fiesta. El banquete del amor, del perdón, de la resurrección: este hijo estaba muerto y ha revivido.
Acudamos a la Virgen Santísima, que tenía un alma fina, delicada, pura, limpísima, porque siempre estaba en diálogo franco y amoroso con ese Dios que era su Padre, su Hijo y su Esposo. Pidámosle que nos alcance del Señor la gracia de la sinceridad salvaje, educada e inmediata con Dios, con nosotros mismos y con quienes dirigen nuestra alma.