miércoles, marzo 25, 2015

La Anunciación a María y la Encarnación del Señor



Cada 25 de marzo la Iglesia conmemora la Encarnación de nuestro Señor Jesucristo en las purísimas entrañas de la Virgen María, que es el evento con el que se llega al culmen de la Revelación. Después de la creación, del anuncio del Mesías, del envío de los profetas, los jueces, los sacerdotes y los reyes, de la liberación del pueblo hebreo de la esclavitud de Egipto, y de la tortuosa llegada a la tierra prometida, aparece la manifestación suprema del amor de Dios.
Como fruto de la oración de tantas personas santas ―algunas ejemplares también por sus ejemplos de conversión― a lo largo del Antiguo Testamento: de Abel, Noé, Abraham, Moisés, David, Salomón, Melquisedec, Jonás, Job, Joaquín; y de mujeres como Susana, Sara, Débora, Raquel, Judith, Rut, Ana, Isabel, etc., llegamos a la plenitud de los tiempos, al momento esperado durante tantos siglos.
Según una antigua tradición, en el 25 de marzo coinciden ―además del equinoccio de la primavera, que es el día en el que la creación parece que volviera a nacer― dos acontecimientos centrales en la historia de la humanidad: la Encarnación del Hijo de Dios (por esa razón la Navidad se celebra nueve meses después) y también la muerte del Señor.
Para darle realce a esta celebración, en el momento de rezar el Credo los fieles se ponen de rodillas al decir: «y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre», como también lo harán el día de la Navidad. Son gestos litúrgicos que tratan de ayudarnos a comprender la grandeza de esta solemnidad. También nos servirá contemplar qué nos dice el Señor en la Escritura.
El primer anuncio del Mesías se remonta al Génesis, al momento de la expulsión de Adán y Eva del paraíso terrenal. En ese primer juicio, el Señor anuncia que vendrá otra Mujer para aplastar la cabeza de la serpiente y cuya descendencia vencerá al demonio (Gn 3,16). Con razón a este pasaje se le llama «el Protoevangelio», el primer anuncio de la Buena Nueva.
Más adelante, como se considera en la fiesta de san José, el profeta Samuel proclama que el Señor concederá un reino sin final a un descendiente de David. Ese es uno de los muchos papeles, no el menor, que juega el Santo Patriarca en la vida de su Hijo adoptivo: entroncarlo en la genealogía davídica, permitir que se cumpla la profecía mesiánica.
Pero con respecto a la concepción virginal el anuncio más clásico es el de Isaías (7,14). Estamos en el siglo VIII antes de Cristo. El profeta se presentó ante el rey Ajaz para decirle, de parte de Dios, que no hiciera ninguna alianza con los poderosos enemigos que le apremiaban, para no caer en la idolatría. Y para garantizar que estaba cumpliendo una embajada divina, le dijo que podía pedir el signo que quisiera. El rey contestó con una disculpa de apariencia religiosa, para evadir el embarazoso consejo: No lo pido, no quiero tentar al Señor.
A lo que el profeta respondió, con unas palabras que conservarían su validez a lo largo de muchos siglos: Escucha, casa de David: ¿no os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará un signo. Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel. Aunque el texto original que se refiere a la futura madre podría traducirse como «doncella» o «muchacha», la cual podría ser la misma esposa del rey, los judíos vieron en el oráculo un anuncio más profundo. Esto se nota por ejemplo en que, al traducir el texto al griego, prefirieron escribir la palabra parthénos, virgen.
Esta tradición permitió a Mateo que, inspirado por el Espíritu Santo, interpretara que el anuncio profético se cumplía con la concepción virginal de Jesús en el seno de María. Benedicto XVI concluye su consideración de esta predicción diciendo que «el Emmanuel ha llegado. M. Reiser ha resumido en esta frase la experiencia que tuvieron los lectores cristianos respecto a esta palabra: “La profecía del profeta es como un ojo de cerradura milagrosamente predispuesto, en el cual encaja perfectamente la llave Cristo”».
El salmo 40, cuya parte central es la disposición del salmista para obedecer al Señor, es como un anticipo de la respuesta de Jesús, que es la misma de María y debería ser la nuestra: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad. El estribillo del salmo es como el marco adecuado para contemplar el relato evangélico de la vocación de María (Lc 1, 26-38):
En el mes sexto, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Todo tiene sentido, a la luz de la mirada divina. Nos situamos en una aldea perdida de un pueblo dominado por el imperio romano. La protagonista es una campesina pobre, sencilla, prometida con un humilde jornalero. ¡Y estamos hablando de la Mujer más importante de la historia, de la obra maestra de la creación! Guardando las distancias, también a nosotros el Señor nos tiene preparado unos designios, en apariencia sencillos, quizás nada llamativos. ¡Pero cuánto está en juego, dependiendo de nuestra respuesta a sus llamadas, grandes o pequeñas de cada día!
El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate». Llama la atención que el anuncio de la llamada divina, el desvelamiento de la voluntad de Dios, el cambio de todos los proyectos de aquella joven doncella, comience con una invitación a estar alegre. Y es que ¡cómo va a haber miedo, tristeza o preocupación cuando se cumplen los designios del Señor!
Por eso decía san Juan Pablo II al explicar el Rosario: «El primer ciclo, el de los “misterios gozosos”, se caracteriza efectivamente por el gozo que produce el acontecimiento de la encarnación. Esto es evidente desde la anunciación, cuando el saludo de Gabriel a la Virgen de Nazaret se une a la invitación a la alegría mesiánica: “Alégrate, María”. A este anuncio apunta toda la historia de la salvación, es más, en cierto modo, la historia misma del mundo» (RVM, n.20).
El ángel debía haber saludado a María con el tradicional shalom –la paz esté contigo–, pero el Evangelio nos transmite la expresión chaire: ¡Alégrate!, que también se relaciona con la palabra «gracia». La vocación de María a ser el Templo en el que se encarna el Señor es la fiesta de la alegría. ¡Alégrate! Benedicto XVI afirma que con estas palabras «comienza en sentido propio el Nuevo Testamento. En el saludo del ángel se oye el sonido de un acorde que seguirá resonando a través de todo el tiempo de la Iglesia y que, por lo que se refiere a su contenido, también se puede percibir en la palabra fundamental con la cual se designa todo el mensaje cristiano en su conjunto: el Evangelio, la Buena Nueva».
El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Con la llamada de Dios a la Virgen se cumplen las promesas, las profecías mesiánicas. La invitación a seguirlo es el camino más seguro para la felicidad, propia y de los demás. Por eso el ángel, después de alabarla como la  llena de gracia, la especialmente unida al Señor, la colmada de bendiciones por la Trinidad, le dice ante la turbación de la Virgen: No temas, María.
Es normal sentir inquietud, plantearse los problemas que el nuevo camino ofrece a los proyectos que nos habíamos hecho. Pero, como decía el papa Benedicto el día del inicio de su pontificado, «quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada ―absolutamente nada― de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera. Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida».
La Virgen plantea el interrogante natural, ante una nueva llamada que parece alterar los planes que ella entendía que Dios le tenía preparados, pues había pensado ofrecer su virginidad para el Señor. Como resume Benedicto XVI, «María, por razones que nos son inaccesibles, no ve posible de ningún modo convertirse en madre del Mesías mediante una relación conyugal».
Por esa razón pregunta: ¿Cómo será eso? Y cuando el Ángel le responde ―una explicación que exige mucha fe, pues tampoco es lo más corriente en la vida de una persona: ―El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios, Ella no ofrece más trabas y sencillamente responde, como fruto de su profunda fe y de su amor a Dios: Amén!, Fiat!, ¡Hágase! «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».
Una respuesta que es equivalente a decir: «He aquí la esclava del Señor, dócil para obedecer, pronta para servir, dispuesta para recibir» (Andrés de Creta). San Josemaría invita a alabar y agradecer a la Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra, por la nueva dinámica que ha introducido en la historia con su respuesta generosa: «¡Oh Madre, Madre!: con esa palabra tuya ―fiat― nos has hecho hermanos de Dios y herederos de su gloria. ―¡Bendita seas!» (C, n.512).
A partir de ese momento, María es la hija de Sión, que lleva en su seno al Hijo de Dios. «Al encanto de estas palabras virginales» el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Cf. SR, 1 Gozo). Plantó su tienda en nuestro campamento, puso su morada en nuestro barrio. Parafraseando a algunos Padres, podemos decir que la Palabra de Dios se abrevió hasta hacerse un embrión. Es el motivo por el cual el autor de la epístola a los Hebreos aplica al mismo Jesús la respuesta que meditamos en el Salmo: «cuando Cristo entró en el mundo dijo: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo (…). Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: “Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad”». ¡Qué humildad! ¡Qué ejemplo para nuestra soberbia!
El Prefacio de la Misa contempla la escena del Evangelio con palabras que permiten contemplar la doble dimensión de esta festividad, no solo la generosidad de María para acoger el llamado, sino también la abnegación del Señor para encarnarse y salvarnos: «la Virgen creyó el anuncio del ángel: que Cristo, por obra del Espíritu Santo, iba a hacerse hombre por salvar a los hombres; y lo llevó en sus purísimas entrañas con amor. Así Dios cumplió sus promesas al pueblo de Israel y colmó de manera insospechada la esperanza de otros pueblos».
Por ese motivo, la Iglesia nos invita a pedir en esta fiesta «que cuantos confesamos a nuestro Redentor, como Dios y hombre verdadero, lleguemos a hacernos semejantes a él en su naturaleza divina». Para eso se encarnó, para ofrecernos un modelo de hombre perfecto. Y para facilitarnos el camino, brindándonos la gracia para lograrlo.
En la senda de los antiguos liturgistas, que ―como decíamos al comienzo― unían la creación, la encarnación y la muerte de nuestro Señor, la Misa concluye con una oración que enlaza el acontecimiento de la Encarnación con el misterio pascual, que estamos a punto de celebrar en pocos días: «Confirma, Señor, en nosotros la verdadera fe, mediante los sacramentos que hemos recibido; para que cuantos confesamos al Hijo de la Virgen, como Dios y como hombre verdadero, podamos llegar a las alegrías del Reino por el poder de su santa resurrección».

sábado, enero 31, 2015

Actividad en Cafarnaún

San Marcos, en su estilo directo y gráfico, enseña desde el primer momento cuál era el talante de Jesús: lo muestra como un predicador exigente y polémico. Antes de narrar los primeros milagros, aparece el Señor en la sinagoga haciendo los primeros pasos con su grupo de discípulos (Mc 1,21-28): Y entran en Cafarnaún y, al sábado siguiente, entra en la sinagoga a enseñar; estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas.

Es significativo que la liturgia (domingo IV-B) relaciona este pasaje con el capítulo 18 del Deuteronomio, en el que Moisés promete al pueblo un nuevo profeta: El Señor, tu Dios, te suscitará de entre los tuyos, de entre tus hermanos, un profeta como yo. Con esta promesa comienza Benedicto XVI su libro sobre Jesús de Nazaret. Llama la atención que Dios no promete un nuevo rey, como David, sino un nuevo profeta, al estilo de Moisés.

El papa alemán expone el contexto en el que se anuncia esa promesa: en medio de un ambiente agorero, que buscaba adivinar el futuro a través de magos y brujas —como siguen haciendo, tantos siglos después, cantidades de personas en todo el mundo—. Por eso, antes de la promesa del profeta, el Señor anuncia una prohibición: no haya entre los tuyos vaticinadores, ni astrólogos, ni agoreros, ni hechiceros, ni encantadores, ni espiritistas, ni adivinos, ni nigromantes; porque el que practica eso es abominable para el Señor.

La conclusión es clara, según el mismo autor: frente al deseo de conocer el futuro a través de los adivinos, Dios invita al camino de la fe que supone escuchar al profeta. Después de comprobar que la tierra prometida no era la salvación definitiva, el Señor promete la liberación verdadera, el éxodo más radical, que exige un nuevo Moisés.

¿Y cuál es la característica más importante de ese sucesor del patriarca hebreo? —Para algunos teólogos, especialmente de la antigua teología de la liberación, sería su capacidad política de guiar a un pueblo, de enfrentar a los opresores, de ser un modelo para el dirigente guerrillero. Pero no es ese el rasgo distintivo que señala el Deuteronomio. La peculiaridad esencial de Moisés no es el liderazgo, ni los portentos a favor de su pueblo: es la oración, que él contemplaba la figura del Señor y que podía hablar con Dios cara a cara, como con un amigo.

Y ese será el punto decisivo del profeta prometido. Su misión no será tanto la de anunciar el futuro, ni la de dirigir políticamente al pueblo, cuanto la de mostrar el rostro de Dios. Es lo que vemos en Jesús, que les enseñaba con autoridad y no como los escribas. También ahora el Señor debe ser nuestro profeta, quien nos guíe en el camino de la verdadera liberación, en el éxodo definitivo, que no es el de las cadenas temporales, sino el de los lazos del pecado. Y que no nos lleva a un terreno transitorio, sino a la felicidad definitiva, a la vida eterna.

 Por eso hemos de acudir a Él para conocer cuál es el camino recto. Y escuchar su palabra: en el Evangelio, en la liturgia, en la predicación, en el Magisterio. Profundizar en la doctrina, conocer las enseñanzas del dogma y la moral que enseña la iglesia, que es el cuerpo místico de Cristo. Y transmitirlas a los demás. No podemos quedarnos con ese tesoro para nosotros mismos. El Señor quiere contar con nosotros como profetas para nuestro tiempo, que tengamos un corazón a la medida del suyo.

Para andar ese camino es importante imitar a Moisés o al mismo Cristo: hablar con Dios cara a cara, como se habla con un amigo, buscando su rostro y su voluntad para nosotros en la oración, en la confesión, en la dirección espiritual.  Vayamos concretando en nuestro diálogo con Dios cómo podemos mejorar en esos puntos: si tenemos tiempo fijo y hora fija para esos ratos de intimidad con Dios, con qué intensidad acudimos a esos momentos, aislándonos de las distracciones que nos ofrecen los aparatos electrónicos o nuestra propia imaginación.

Examinemos también con qué periodicidad acudimos al sacramento del perdón, con cuánto propósito de la enmienda, para rechazar las malas inclinaciones. También miremos si podemos animar a otros amigos para que también ellos se beneficien de la misericordia divina. Además, podemos considerar en este momento cómo es nuestra docilidad en la dirección espiritual, que se manifiesta —entre otros puntos— en la puntualidad, en la sinceridad, en el esfuerzo por poner en práctica lo que nos han sugerido.

Volvamos al episodio de la sinagoga de Cafarnaún, con el que empezamos esta meditación. San Marcos relata la curación de un endemoniado: Había precisamente en su sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar: «¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios». Jesús lo increpó: «¡Cállate y sal de él!».

El Señor no permite que los demonios manifiesten su naturaleza divina y los obliga a custodiar “el secreto mesiánico”. El papa Benedicto XVI explicaba que Jesús se empeñaba en esa prudencia para evitar una tentación diabólica, la de aplazar el encuentro con la cruz y dedicarse a la farándula, a la vida pública, a la gloria mundana: «La cruz de Cristo será la ruina del demonio; y por eso Jesús no deja de enseñar a sus discípulos que, para entrar en su gloria, debe padecer mucho, ser rechazado, condenado y crucificado, pues el sufrimiento forma parte integrante de su misión» (Ángelus, 1-II-2009).

En la vida ordinaria, Jesús nos habla a través de las alegrías, pero también de las contradicciones. Ayúdanos, Señor, a comprender que la clave de la eficacia apostólica es la unión con el Padre, el amor a su voluntad. Danos la gracia para tomar, como Tú, la decisión de ir a Jerusalén, de tomar la Cruz cada día. Enséñanos a descubrirte en esas circunstancias,  a tener visión sobrenatural.

«La Virgen María guardó en su corazón de madre el secreto de su Hijo y compartió con él la hora dolorosa de la pasión y la crucifixión, sostenida por la esperanza de la resurrección» (Íbidem.).  A Ella acudimos para que nos enseñe a seguir a su Hijo, para que Él sea nuestro maestro, nuestro guía y nuestro modelo. Que sea para nosotros el Camino, la Verdad y la Vida.

domingo, enero 11, 2015

El Bautismo del Señor

El tiempo de Navidad, uno de los tiempos fuertes del año litúrgico, termina con la celebración del Bautismo del Señor. La narración de san Marcos es, como en el resto de su Evangelio, escueta y directa (1,7-11): Llegó Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse los cielos y al Espíritu que bajaba hacia él como una paloma. Se oyó una voz desde los cielos: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco».

Ese misterio de la vida de Cristo tiene un estrecho vínculo con la Epifanía y con el milagro de las bodas de Caná. Como dice la Antífona de las laudes del 6 de enero, «hoy la Iglesia se ha unido a su celestial Esposo, porque, en el Jordán Cristo la purifica de sus pecados; los magos acuden con regalos a las bodas del Rey, y los invitados se alegran por el agua convertida en vino».

Los Padres de la Iglesia también unen estas festividades. Por ejemplo, san Proclo enseñaba: «El agua del diluvio acabó con el género humano; en cambio, ahora, el agua del bautismo, con la virtud de quien fue bautizado por Juan, retorna los muertos a la vida. Entonces, la paloma con la rama de olivo figuró la fragancia del olor de Cristo, nuestro Señor; ahora, el Espíritu Santo, al sobrevenir en forma de paloma, manifiesta la misericordia del Señor».

Con estas citas notamos el énfasis que la Iglesia pone en la institución del Bautismo, sacramento con el que Jesús purifica nuestros pecados para que podamos unirnos a su cuerpo místico. El Compendio del Catecismo (n.105) ofrece el mejor resumen de los efectos de este misterio luminoso: «Jesús recibe de Juan el Bautismo de conversión para (1) inaugurar su vida pública y (2) anticipar el “Bautismo” de su Muerte; y (3) aunque no había en Él pecado alguno, Jesús, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1,29), acepta ser contado entre los pecadores».

Podemos considerar en nuestro diálogo con el Señor la anticipación del «Bautismo» de su muerte. Es una manera fuerte de mostrar la unidad de toda la vida de Cristo, como lo hacen algunos villancicos, cuando ponen en boca del Niño, en medio de la alegría de la Navidad, palabras como estas: Yo bajé a la tierra para padecer.

El papa Benedicto XVI escribió en su libro sobre Jesús de Nazaret que, «a partir de la cruz y la resurrección se hizo claro para los cristianos lo que había ocurrido: Jesús había cargado con la culpa de toda la humanidad; entró con ella en el Jordán. Inicia su vida pública tomando el puesto de los pecadores. La inicia con la anticipación de la cruz (…). El significado pleno del bautismo de Jesús, que comporta cumplir "toda justicia", se manifiesta sólo en la cruz: el bautismo es la aceptación de la muerte por los pecados de la humanidad, y la voz del cielo –Este es mi Hijo amado– es una referencia anticipada a la resurrección. Así se entiende también por qué en las palabras de Jesús el término bautismo designa su muerte.

Es una consideración que nos puede servir cuando meditemos, cada jueves, el primer misterio luminoso: el Bautismo de Jesús es la prefiguración de nuestro bautismo. Entre los muchos efectos de ese primer sacramento ―gracias, Señor, por habernos permitido recibirlo―, el Compendio del Catecismo (n.263) enumera algunos: el Bautismo perdona los pecados; hace participar de la vida divina trinitaria mediante la gracia santificante (que nos incorpora a Cristo y a su Iglesia); hace participar del sacerdocio de Cristo, etc.

Consideremos en nuestra oración de hoy los dos últimos efectos: la incorporación a Cristo y a su Iglesia, y la participación del sacerdocio de Cristo (alma sacerdotal). Estas consecuencias de nuestra pertenencia al cuerpo místico del Señor configuran nuestra vocación bautismal: la llamada que Dios nos hace a la santidad y al apostolado. Como Jesús, hemos de ser almas de oración y de penitencia.

Así lo describe el papa Benedicto XVI: «La anticipación de la muerte en la cruz que tiene lugar en el bautismo de Jesús, y la anticipación de la resurrección, anunciada en la voz del cielo, se han hecho ahora realidad. Así, el bautismo con agua de Juan recibe su pleno significado del bautismo de vida y de muerte de Jesús (…). En su teología del bautismo (cf. Rm 6,1: Los que fuimos bautizados en Cristo fuimos bautizados en su muerte), Pablo ha desarrollado esta conexión interna sin hablar expresamente del bautismo de Jesús en el Jordán. La iconografía recoge estos paralelismos. El icono del bautismo de Jesús muestra el agua como un sepulcro líquido que tiene la forma de una cueva oscura, que a su vez es la representación iconográfica del Hades, el inframundo, el infierno. El descenso de Jesús a este sepulcro líquido, a este infierno que le envuelve por completo, es la representación del descenso al infierno: "Sumergido en el agua, ha vencido al poderoso" (cf. Lc 11, 22), dice Cirilo de Jerusalén».

Nosotros, hijos de Dios gracias a la muerte de Cristo, hemos de unirnos a sus sufrimientos, cargar con nuestra cruz de cada día y seguirlo. Ser almas mortificadas y penitentes. Como enseñaba san Josemaría: «Sin mortificación, no hay felicidad en la tierra», y «Un día sin mortificación es un día perdido» (S, nn.983,988).

En el Diccionario de san Josemaría explican algunos aspectos de ese tema en la predicación del fundador del Opus Dei (Juliá 2014): en primer término, cuál es el lugar de la mortificación en la vida espiritual: de ordinario ha de ser sencilla, sin nada llamativo: «la mortificación ha de ser continua, como el latir del corazón: así tendremos señorío sobre nosotros mismos, y viviremos con los demás la caridad de Jesucristo» (F, n.518).

Sobre la necesidad y los motivos para la mortificación: «Cristo resucita en nosotros, si nos hacemos copartícipes de su Cruz y de su Muerte. Hemos de amar la Cruz, la entrega, la mortificación. (...) De esa manera, no ya a pesar de nuestra miseria, sino en cierto modo a través de nuestra miseria, de nuestra vida de hombres hechos de carne y de barro, se manifiesta Cristo: en el esfuerzo por ser mejores, por realizar un amor que aspira a ser puro, por dominar el egoísmo, por entregarnos plenamente a los demás, haciendo de nuestra existencia un constante servicio» (ECP, n.114).

En cuanto a las formas y manifestaciones de la mortificación, podemos hacer una distinción básica, además de la tradicional diferencia entre activas –voluntarias, buscadas- y pasivas –inesperadas, sorpresivas-: es muy útil vivir tanto la mortificación interior como la exterior.

Para considerar en nuestro diálogo con el Señor la penitencia interior nos puede servir el n.173 de Camino, con algunos añadidos que pongo entre paréntesis: «Esa palabra acertada, el chiste que no salió de tu boca (el cuidado de la vida en familia: no solo “el chiste”, sino también el comentario, la indirecta, la queja innecesaria que podría canalizarse adecuadamente a través de la corrección a solas); la sonrisa amable para quien te molesta; aquel silencio ante la acusación injusta; tu bondadosa conversación con los cargantes y los inoportunos (también el no acusar, el no ser pesado, saber escuchar o hablar según corresponda); el pasar por alto cada día, a las personas que conviven contigo, un detalle y otro fastidiosos e impertinentes... Esto, con perseverancia, sí que es sólida mortificación interior».

Se trata de mortificar las potencias internas: dirigir y controlar la imaginación, la memoria, la curiosidad, para que nos lleven a amar más a Dios y a los demás por Él: «Mortificaciones que no mortifiquen a los demás, que nos vuelvan más delicados, más comprensivos, más abiertos a todos. Tú no serás mortificado si eres susceptible, si estás pendiente sólo de tus egoísmos, si avasallas a los otros, si no sabes privarte de lo superfluo y, a veces, de lo necesario; si te entristeces, cuando las cosas no salen según las habías previsto. En cambio, eres mortificado si sabes hacerte todo para todos, para ganar a todos» (ECP, n.9). Eso es la santidad, la identificación con Cristo, morir con Jesús para resucitar con Él.

Cargar con la cruz de cada día, negarse a sí mismo y seguir a Jesucristo. Cotidie, diariamente, en la vida ordinaria. Por ejemplo, se puede ofrecer al Señor el esfuerzo por estar bien presentados, para vivir la caridad con los demás, al tiempo que se eleva el nivel humano del ambiente en que nos movemos. Cuentan que así actuaba el profesor J. Ratzinger, cuando enseñaba en la universidad alemana, que se tomaba la profesión universitaria como algo distinto y distinguido: «En verano todos circulan en camisa de manga corta; solo el profesor Ratzinger mantiene la chaqueta gris». (Blanco P. BXVI, el papa alemán, p. 216).

Otras mortificaciones que deben estar presentes cada día en nuestra lucha ascética son las que nos ayudan a cumplir los deberes: los minutos heroicos a lo largo de la jornada, comenzando por el de la levantada, la puntualidad, el orden, la intensidad en el estudio.

Y también la templanza en las comidas, siguiendo un consejo clásico: «Pon, entre los ingredientes de la comida, «el riquísimo» de la mortificación» (F, 783). Del Beato Álvaro del Portillo cuenta una persona que cocinó para él muchas veces: «He comprobado muchas veces, y lo pensaba a menudo, que era muy santo solo por el modo como vivía la sobriedad en las comidas. Tenía un régimen muy severo, que no nos permitía variar el menú, ni siquiera darle lo que le gustaría. Vivía desprendido de sus gustos y confiaba totalmente en sus hijas y en las indicaciones de los médicos y jamás pidió que le sirviéramos algo distinto o especial. Su régimen consistía en unas verduras cocidas, que procurábamos preparar lo mejor posible, poca carne y nada de sal ni azúcar; y siempre don Álvaro estaba de buen humor, a veces hasta bromeaba con su régimen».


Son maneras concretas de seguir al Señor, tomando su cruz cada día sobre nuestros hombros. Un último truco, para vivir de esa manera, es acudir a María, que acompañó a su Hijo hasta la hora de la muerte, al pie de la Cruz. «Di: Madre mía —tuya, porque eres suyo por muchos títulos—, que tu amor me ate a la Cruz de tu Hijo: que no me falte la Fe, ni la valentía, ni la audacia, para cumplir la voluntad de nuestro Jesús» (C, n.497).

martes, julio 15, 2014

El "plan de vida" espiritual

Volvamos a la segunda parte del discurso misionero de Jesús, que transmite san Mateo. El autor sagrado cambia de escenario desde donde enseña el Maestro: Cuando terminó Jesús de dar instrucciones a sus doce discípulos, se fue de allí para enseñar y predicar en sus ciudades.
A continuación, Jesús increpa a las ciudades incrédulas donde se habían realizado la mayoría de sus milagros, porque no se habían convertido: —¡Ay de ti, Corazín, ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran realizado los milagros que se han obrado en vosotras, hace tiempo que habrían hecho penitencia en saco y ceniza. Sin embargo, os digo que en el día del Juicio Tiro y Sidón serán tratadas con menos rigor que vosotras. Y tú, Cafarnaún, ¿acaso serás exaltada hasta el cielo? ¡Hasta los infiernos vas a descender! Porque si en Sodoma hubieran sido realizados los milagros que se han obrado en ti, perduraría hasta hoy. En verdad os digo que en el día del Juicio la tierra de Sodoma será tratada con menos rigor que tú (Mt 11,20-24).
Jesús hace un llamado de atención a aquellas ciudades en las que había hecho tantos milagros, y les recrimina que no se hayan dado cuenta de los tiempos que estaban viviendo, que no hubieran hecho penitencia como sí lo hicieron otras ciudades perversas en el Antiguo Testamento al escuchar la voz de los profetas. El Maestro pone como ejemplo tres ciudades clásicas por el castigo que merecieron sus pecados y dice que hasta ellas se hubieran convertido al convivir con el Mesías.
No es una llamada al pesimismo o al temor, pero sí a la responsabilidad. El Señor ha hecho mucho por nosotros, y espera nuestra respuesta generosa. Quizás nos damos cuenta, con dolor, de que ―como aquellas ciudades reprobadas― no hemos estado a la altura. Te pedimos perdón, Señor. Hemos de hacerlo cada jornada, varias veces al día. Pero también salir al ataque en nuestro esfuerzo por cumplir su voluntad. Planear una estrategia de victoria, que nos permita llamarnos vencedores en estas luchas por Dios.
Y una táctica muy importante, que ha hecho muchos santos, es la de prever un horario para las prácticas de piedad, un “plan de vida espiritual”, al cual podamos aferrarnos para nuestra lucha cotidiana. Como las rutinas del deportista, que le permiten desarrollar competencias determinadas para alcanzar el objetivo, así mismo nosotros hemos de entrenar cada día, esforzándonos por ser fieles a Dios en medio de nuestras actividades.
El plan de vida incluye los compromisos profesionales y familiares, que nos marcan unos límites de referencia: la hora de inicio y de término de nuestra labor ordinaria, la hora habitual de comer en familia, nos establecen unos parámetros dentro de los cuales hemos de establecer también el período de descanso. Hasta aquí hemos hablado del plan externo, que nos viene señalado por el ambiente. Pero se trata de reaccionar desde dentro, de convertirse, como dice el Señor a las ciudades perversas.
El comienzo de un nuevo semestre es una buena ocasión para replantear la lucha, el propósito de responder con fidelidad a las exigencias de la vocación cristiana convirtiendo todos los momentos y circunstancias de nuestra vida en ocasión de amar a Dios y de servir al Reino de Jesucristo, como decimos en la oración para la devoción privada al futuro Beato Álvaro del Portillo. ¿Cómo lograrlo? ―Quizás siguiendo su ejemplo, y sus consejos.
En una carta pastoral, escrita el 24-IX-1978 (n.50), escribía: «Si de veras quieres acercarte a Dios, acuérdate de que lo primero que espera de ti se concreta en la fidelidad a estos medios. No veáis jamás en el plan de vida una mera tarea que debe ser realizada: cumplid siempre las normas y las costumbres [de un plan de vida cristiano] con amor, porque constituyen un encuentro personal con Dios. Hijo mío, si te portas así, lo demás vendrá solo, como por añadidura, porque irás acercándote al Señor y Él sembrará en tu corazón propósitos, deseos de mejora, afanes de apostolado, obras merecedoras de recompensa eterna. Tu camino irá transformándose, y de esta manera transformarás también el ambiente que te rodea, hasta provocar un gran incendio, porque el fuego de tu corazón se habrá pegado a otros, y éstos lo habrán transmitido a otros, en una concatenación maravillosa» (Sal y luz, n.236).
Para manifestar nuestros deseos de dar gloria a Dios, aprovechemos este rato de oración comprometiéndonos con el Señor en que renovaremos el deseo de cumplir con amor y fidelidad unas normas de piedad que nos ayuden a estar pendientes de Él a lo largo del día, pase lo que pase. Vienen a la mente una metáfora de san Josemaría, quien comparaba estos actos piadosos con esos palos pintados de rojo que ponen las autoridades en las carreteras de algunos países. Cuando nieva, aquellas varillas ―que son aparentemente inútiles durante casi todo el año― recuerdan a los caminantes por dónde va la senda cubierta por el manto blanco.
Con su estilo pastoral y poético, san Josemaría sacaba conclusiones ascéticas, relacionadas con el tema del que estamos hablando: «En la vida interior, sucede algo parecido. Hay primaveras y veranos, pero también llegan los inviernos, días sin sol, y noches huérfanas de luna. No podemos permitir que el trato con Jesucristo dependa de nuestro estado de humor, de los cambios de nuestro carácter. Esas posturas delatan egoísmo, comodidad, y desde luego no se compaginan con el amor. Por eso, en los momentos de nevada y de ventisca, unas prácticas piadosas sólidas —nada sentimentales—, bien arraigadas y ajustadas a las circunstancias propias de cada uno, serán como esos palos pintados de rojo, que continúan marcándonos el rumbo, hasta que el Señor decida que brille de nuevo el sol, se derritan los hielos, y el corazón vuelva a vibrar, encendido con un fuego que en realidad no estuvo apagado nunca: fue sólo rescoldo oculto por la ceniza de una temporada de prueba, o de menos empeño, o de escaso sacrificio» (AD, n.151).
Fidelidad, constancia, perseverar a pesar de los cambios del clima exterior o interno. Ese es el presupuesto con el que hemos de retomar nuestro plan de vida espiritual. ¿Cuáles prácticas, qué “Normas” de piedad podemos prometer al Señor que utilizaremos en este nuevo período que estamos empezando, para que nos marquen el camino cuando haya pasado el entusiasmo que ahora tenemos, el deseo firme de llegar a la meta?
Hay muchas y muy variadas, y no podemos pretender hacer ahora un elenco interminable. Entre otras cosas, porque cada alma tiene su camino; y porque en la vida interior debe haber una libertad muy grande, y no se trata de hacer patrones prefabricados para que todos se amolden a ellos. En el trato con Dios, cada uno debe recorrer su camino con la mayor generosidad posible.
Desde luego, hay una jerarquía teológica en la vida de piedad. Primero está Dios, después la Virgen y los demás santos. Y en el trato con el Señor, hemos de recorrer una vía que nos lleve a distinguir a cada una de las Tres Personas divinas: al Padre, al Hijo ―nuestro hermano Jesucristo―, al Espíritu Santo ―nuestro Santificador―.
La relación más íntima con el Señor la alcanzamos en los sacramentos, donde recibimos su misma vida, su gracia, la relación más personal posible con Él. Sin embargo, hay algunos que solo podemos recibirlos una vez en la vida (el bautismo, la confirmación y el orden sacerdotal, porque imprimen el sello indeleble del carácter), otros los recibiremos una sola o muy pocas veces en la vida (la unción de enfermos, el matrimonio –en caso de enviudar). Nos quedan dos sacramentos que sí podemos recibir con cierta frecuencia: confesión y la comunión.
En el sacramento de la reconciliación recibimos el perdón de nuestros pecados. Si tuviéramos la desgracia de cometer un pecado mortal ―no tiene por qué suceder―, la reacción inmediata ha de ser la de acudir cuanto antes a recibir el perdón. Sin embargo, lo habitual será recibirlo aunque uno esté en gracia de Dios, porque este sacramento es un medio de formación (a través de los consejos que nos da el sacerdote) y de fuerzas para la lucha. Con el sacramento de la penitencia se nos da una gracia especial para vencer en esas pequeñas faltas de las que nos acusaremos, y recibiremos ayuda específica no solo para rechazar las tentaciones futuras, sino también para crecer en las virtudes correspondientes.
Como enseña el Compendio del Catecismo, «la Iglesia recomienda vivamente la confesión de los pecados veniales aunque no sea estrictamente necesaria, ya que ayuda a formar una recta conciencia y a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse curar por Cristo y a progresar en la vida del Espíritu» (n.306). Por esa razón, los santos han recibido este sacramento con mucha frecuencia. Por ejemplo, sabemos que san Juan Pablo II y san Josemaría acudían a él cada semana. Miremos nosotros, en este rato de oración y consultemos después en la dirección espiritual, cuál es la periodicidad más adecuada para nuestra vida interior, sabiendo que el mandamiento mínimo de la Iglesia es «confesar los pecados mortales por lo menos una vez al año, y en peligro de muerte, y si se ha de comulgar».
El otro sacramento que podemos recibir con frecuencia es la sagrada Eucaristía, que el Compendio del Catecismo define de la siguiente manera: «es el sacrificio mismo del Cuerpo y de la Sangre del Señor Jesús, que Él instituyó para perpetuar en los siglos, hasta su segunda venida, el sacrificio de la Cruz, confiando así a la Iglesia el memorial de su Muerte y Resurrección. Es signo de unidad, vínculo de caridad y banquete pascual, en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la vida eterna» (n.271). Es una definición muy resumida, que muestra la riqueza de este sacramento que podemos recibir diariamente si queremos. Para dar un solo argumento más sobre su conveniencia, pensemos que en los demás sacramentos se recibe la gracia y en la Eucaristía se recibe al mismo autor de la gracia, a Jesucristo, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, como dice tradicionalmente el magisterio de la Iglesia.
Además de los sacramentos, otro encuentro muy directo con el Señor lo tenemos en la lectura y meditación del santo Evangelio, «libro que nos conserva la voz de Jesús, y que es la fuente donde nuestra oración bebe mejor el agua de la gracia, donde nuestra ansia de verdad se sacia tan plenamente con la luz del cielo prendida en las palabras del Maestro». (San Josemaría Escrivá, 30-V-1937. Citado en: Arocena F. La celebración de la Palabra. CPL. 2005, p. 18). Cada día podemos leerlo unos minutos y, también considerar en nuestra oración la liturgia de la palabra de la Misa de esa jornada.
Al mencionar la oración, nos queda claro que esta es otra práctica de piedad que no debe faltar. Unos ratos fijos al día ―preferiblemente tiempo fijo, a hora fija―, en la mañana y en la tarde, para hablar con Dios de lo que llevamos en el corazón: para ofrecerle el día que comienza y darle gracias por el que termina, para pedirle luces sobre una decisión que hemos de tomar, para pedir perdón por las acciones que hemos visto que no fueron afortunadas, para encomendar a las personas que dependen de nosotros, para pedirle que nos ayude a ver cuál es su Voluntad para nosotros y que nos dé la gracia para cumplirla.
En una entrevista, le preguntaron al Cardenal Bergoglio: «—¿Cómo debe ser para usted la experiencia de orar?». Y respondió así: «—A mi juicio debe ser, de cierta manera, una experiencia de claudicación, de entrega, donde todo nuestro ser entre en la presencia de Dios. Es allí donde se producirá el diálogo, la escucha, la transformación. Mirar a Dios, pero sobre todo sentirse mirado por Él. En ocasiones la experiencia religiosa en la oración se produce, en mi caso, cuando rezo vocalmente el Rosario o los salmos. O cuando celebro con mucho gozo la Eucaristía. Pero cuando más vivo la experiencia religiosa es en el momento en que me pongo, a tiempo indefinido, delante del sagrario (…). Creo que hay que llegar a la alteridad trascendente del Señor, que es Señor de todo, pero que respeta siempre nuestra libertad».
Se nos acaba el tiempo, y apenas hemos esbozado las prácticas de piedad fundamentales. Sobre estas, se pueden enganchar paulatinamente, con la ayuda del director espiritual, para convertir el día en una oración continua: el ofrecimiento de las obras del día al levantarse, el Ángelus al mediodía, la Visita al Santísimo Sacramento en el sagrario de una iglesia vecina, el Santo Rosario (oración predilecta de muchos papas y santos), la lectura periódica de algún libro espiritual, el examen de conciencia antes de acostarnos. También es muy importante que en el plan de vida espiritual esté previsto el cuidado de nuestra formación espiritual: el retiro mensual, un círculo de estudios ascéticos o teológicos, la dirección espiritual –que puede concluir con la confesión sacramental-.
Terminemos acudiendo a la Virgen Santísima. Ella es el mejor ejemplo de un alma que sabe reconocer a Dios en su existencia ordinaria y dedicarle su vida por completo, santificando el trabajo profesional de cada día. Pidámosle que nos alcance la gracia de vivir con fidelidad nuestro personal plan de vida espiritual, que tengamos en primer lugar las normas de piedad, conscientes de que esas prácticas «señalan un itinerario flexible, acomodado a tu condición de hombre que vive en medio de la calle, con un trabajo profesional intenso, y con unos deberes y relaciones sociales que no has de descuidar, porque en esos quehaceres continúa tu encuentro con Dios» (AD, n.149).

lunes, julio 14, 2014

Guerra y paz. No he venido a traer la paz sino la espada.

El Evangelio de Mateo se estructura en torno a cinco grandes discursos (como si fuera un nuevo Pentateuco): el del monte, el misionero, el de las parábolas, el eclesiástico, el escatológico. El segundo, el discurso misionero, va de los capítulos 8 al 12. En la primera parte, el Señor plantea sus exigencias a los discípulos. Más adelante expone los principios de la misión y, por último, muestra la acogida de ese mensaje. Contemplemos ahora, en la segunda sección, la explicación que hace el Señor sobre cómo será la vida apostólica de sus seguidores.

Jesús comienza planteando una exigencia conflictiva: No he venido a traer la paz sino la espada. Guerra y paz. Parece difícil de entender, en un primer momento, que estas palabras vengan del Señor. Pero en realidad son una llamada a dar la cara, a vivir la fe con naturalidad en medio de un mundo hostil, como el que encontraban los primeros lectores de este Evangelio, poco diverso del que enfrentamos los cristianos de hoy. La idea clave es que no se trata tanto de una «guerra santa» contra los enemigos de la Iglesia, sino más bien de una lucha constante contra nuestra propia tibieza, contra el pesimismo, como enseña el papa Francisco en su exhortación sobre el apostolado en el siglo XXI: «un buen acompañante no consiente los fatalismos o la pusilanimidad. Siempre invita a querer curarse, a cargar la camilla, a abrazar la cruz, a dejarlo todo, a salir siempre de nuevo a anunciar el Evangelio» (EG 172).

Seremos sembradores de paz y de alegría en la medida en que seamos conscientes de que esta siembra pacífica exige guerra, un conflicto que consiste en luchar contra nuestras miserias y pecados. La predicación de Cristo no es ingenua o «buenista», como dicen algunos para criticar a los cristianos. Él exige que nos compliquemos la vida y nosotros no podemos orillar las palabras de Jesús: «Sin espíritu belicoso ni agresivo, in hoc pulcherrimo caritatis bello (en esta hermosísima guerra de amor), con una comprensión que acoge a todos y colabora con todos los hombres de buena voluntad ―también, sin transigir con los errores que profesan, con los que no conocen o no aman a Jesucristo―, no olvidéis que el Señor dijo: no penséis que he venido a poner paz en la tierra; no vine a poner paz, sino espada (Mt 10,34). Es muy fácil prestar atención sólo a la mansedumbre de Jesús y orillar ―porque estorban a la comodidad y al conformismo― sus palabras, divinas también, con las que nos aguijonea para que nos compliquemos la vida» (San Josemaría Escrivá, Carta 9-I-1959, n.24, citado por BL). Pidamos al Señor en nuestra oración la gracia de luchar más contra nuestra comodidad y nuestro conformismo, y concretemos propósitos de guerra interior para complicarnos la vida comprometiéndonos de nuevo con Él.

En este sentido se entienden las palabras de Benedicto XVI, cuando enseñaba que la paz es fruto maduro de la gracia, de la transformación que obra en cada uno: «“Gracia” es la fuerza que transforma al hombre y al mundo; “paz” es el fruto maduro de esa transformación» (Homilía en Éfeso, 29-XI-06). Y comenta Mons. Echevarría que, sin embargo, «se requiere la colaboración libre de la persona en el proyecto divino de salvación. Y como en el corazón reside en última instancia la causa de los conflictos, de ahí se deriva la necesidad de que cada uno pelee decididamente dentro de sí, para afirmar el reinado de Dios en la propia alma. Es una verdad antigua como el Evangelio, aunque desgraciadamente muchos no la conocen o no la ponen en práctica. Dijo el Señor: no penséis que he venido a traer la paz a la tierra. No he venido a traer la paz sino la espada (Mt 10,34). Hablaba de la pelea contra el pecado, presupuesto indispensable de la paz verdadera. Cuando hay verdadero empeño por erradicar la mala hierba del pecado y por identificarse con Cristo, la existencia del cristiano se convierte en la buena tierra, donde pueden germinar las virtudes que hacen posible la convivencia, llena de caridad y de paz, entre personas de los ambientes más diversos» (Carta pastoral, 1-I-2007).

Pues he venido a enfrentar al hombre contra su padre, a la hija contra su madre y a la nuera contra su suegra. Una vez más, no deben entenderse estas palabras en la simple literalidad, sino que son una referencia ulterior a la necesidad de la lucha contra los propios defectos, contra nuestros apegamientos. Nos pueden servir unas palabras de san Josemaría para concretar puntos de lucha, en los cuales hay que empuñar la espada diariamente. Decía que la labor cristiana «se hace a fuerza de amor y de sacrificio, con oración, con mortificación, con trabajo y con celo apostólico. Hemos de sentir deseos de que el Amor sea amado, y hemos de agradecerle que se nos haya dado, porque por ahí no se lo agradecen, y nosotros —tú y yo — no se lo agradeceremos bastante. Recoged las rosas del camino —esas rosas que también tienen espinas —, y llevádselas al Señor: ¡Fuera la sensualidad —que recorta las alas del amor—, fuera el egoísmo, fuera la comodidad...! El que no vive la alegría (…), que se examine, porque cuando falta esta virtud es señal evidente de que el alma está distraída en algo que no es de Dios» (Palabras del 30-V-1974, Citadas en Echevarría J, Memoria del Beato Josemaría Escrivá. p. 55). Señor: ayúdanos a enfrentarnos contra esas distracciones, para que te amemos más que a todos los afectos terrenales pues, de esa manera, amaremos más y mejor. A Ti en primer lugar y, contigo, a todas las criaturas.

Después de esa exigencia radical, sobre la necesidad de la lucha interior, Jesús concluye el discurso, sobre cómo debe ser el corazón del apóstol: Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí. Nuestro corazón debe estar en Dios y en lo que Él quiere. Incluso el cuarto mandamiento, que es el «dulcísimo precepto del Decálogo», ha de estar sometido a la Voluntad divina. No puede ser que un padre o una madre impidan la entrega a la llamada de Dios. O que un cristiano esconda esa vocación de apóstol universal porque tiene que enterrar a su padre.

Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. Tomar la cruz. Lo enseña muy bien san Pablo de la Cruz: «Sed constantes en la práctica de todas las virtudes, principalmente en la imitación del dulce Jesús paciente, porque ésta es la cumbre del puro amor. Obrad de manera que todos vean que lleváis, no sólo en lo interior sino también en lo exterior; la imagen de Cristo crucificado, modelo de toda dulzura y mansedumbre. Porque el que internamente está unido al Hijo de Dios vivo exhibe también externamente la imagen del mismo, mediante la práctica continua de una virtud heroica, principalmente de una paciencia llena de fortaleza, que nunca se queja ni en oculto ni en público. Escondeos, pues, en Jesús crucificado, sin desear otra cosa sino que todos se conviertan a su voluntad en todo» (LH, 19-X).

Tomar la Cruz, cada día. Negarse a sí  mismo. Al orgullo, al querer dirigirnos por nuestra propia cuenta, a la sensualidad ―ya lo hemos dicho antes―, que con frecuencia clama por sus fueros perdidos. Negarse a la comodidad, a la riqueza, al triunfalismo. A querer vencer, nosotros mismos, por nuestra cuenta, con nuestras fuerzas. Humillarnos como Cristo y acoger en nuestra vida su Santa Cruz: en el trabajo constante, abundante, ordenado; en la lucha por cumplir con abnegación el horario exigente, en la aceptación gustosa de las pequeñas contradicciones que trae la vida corriente: una humillación, una burla, un retraso, una pérdida, un golpe inesperado, etc.

Pero tomar la Cruz es también tomar la iniciativa, buscarla. Plantearse en la oración una lista de pequeñas mortificaciones. Quizás algunas que nos ayuden a cumplir nuestros deberes: puntualidad a lo largo del día ―al levantarnos, para llegar a tiempo a las reuniones previstas, para terminar previendo la demora entre una actividad y otra, para acostarnos y descansar lo suficiente―, detalles de servicio en la vida en familia ―escoger lo menos grato al comer, al sentarnos, al ver la televisión, etc., evitar temas que puedan fastidiar a alguno, pensar asuntos gratos y apostólicos para las reuniones familiares, ofrecerse para acompañar al que llega tarde o al que tiene que hacer una gestión personal como la de ir al médico, etc.―.

Otra manera de tomar la Cruz es previendo maneras de vivir la templanza en el uso de los medios materiales: ya hemos mencionado usar lo menos cómodo, pero también hemos de tenerla en cuenta al utilizar los medios electrónicos, que son tan serviciales pero que quizás también nos hagan perder el tiempo u ofrecernos tentaciones: vivir la prudencia al navegar, hacerlo solo para lo que sea necesario, no por matar el tiempo, ser austeros en los gastos por ese medio, en las aplicaciones que se descargan, limitar el uso de los juegos a lo previsto en el horario que habremos planeado en la oración y quizás en la dirección espiritual, etc.

Pero no se trata de hacer un prontuario para tomar la Cruz. Se trata de imitar a Jesucristo, que no tenía donde reclinar la cabeza. En pocas palabras, de perder la vida. Así concluye el pasaje que estamos contemplando: Quien encuentre su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. De esa manera seremos otro Cristo y lo llevaremos por los caminos de la tierra. Como Jesús mismo, que partió de allí para enseñar y predicar (11,1).

Terminemos acudiendo a la Santísima Virgen, Reina de la paz, que acompañó a su Hijo, perdiendo su vida por Él todos los días de su existencia, hasta coronar su entrega en la Cruz. A Ella le pedimos que nos grabe en nuestros corazones esa verdad que hemos meditado hoy: que, aunque parezca contradictorio, para ayudar a la paz del mundo, hace falta una intensa guerra interior, contra las propias miserias: «Estas crisis mundiales son crisis de santos. –Dios quiere un puñado de hombres “suyos” en cada actividad humana. ―Después... “pax Christi in regno Christi” ―la paz de Cristo en el reino de Cristo» (Camino, n.301).