sábado, julio 30, 2011

Multiplicación de los panes y de los peces

Después del discurso de las parábolas, Mateo presenta a Jesús en una barca hacia un lugar desierto, a solas con sus discípulos. Cuando la gente se enteró le siguió a pie desde las ciudades. Nos haces falta, Señor, y tenemos que buscarte como aquella multitud, a pesar de que haga falta peregrinar para encontrarte.
Tu respuesta es inmediata: Al desembarcar vio una gran muchedumbre y se llenó de compasión por ella y curó a los enfermos. Compasión de Jesús, que conoce nuestras necesidades, nuestras aspiraciones, nuestros intereses creados: te seguimos, pero porque buscamos la ganancia secundaria, que cures nuestros enfermos. Esa compasión de Jesús es una característica divina en el Antiguo Testamento.
Y debemos aprender de ti a compadecernos de los demás, con obras: Hay que abrir los ojos, hay que saber mirar a nuestro alrededor y reconocer esas llamadas que Dios nos dirige a través de quienes nos rodean. No podemos vivir de espaldas a la muchedumbre, encerrados en nuestro pequeño mundo. No fue así como vivió Jesús. Los Evangelios nos hablan muchas veces de su misericordia, de su capacidad de participar en el dolor y en las necesidades de los demás (Es Cristo que pasa, 146).
Un poco de esto han aprendido los discípulos, que –previsores- al atardecer se acercan al Maestro y le dicen: —Éste es un lugar apartado y ya ha pasado la hora; despide a la gente para que vayan a las aldeas a comprarse alimentos. Hasta aquí nos movemos en la crónica de un día normal en la vida pública del Maestro: trabajo-cansancio-descanso-interrupción del descanso-curaciones-despedida de la multitud.
Pero Jesús rompe esa rutina con una petición inusitada: No hace falta que se vayan, dadles vosotros de comer. Gnilka comenta que se trata de un desafío para su fe. Son tus planes, Señor, que a veces no entendemos. Podemos responderte, tantas veces, como aquellos pobres discípulos cansados del camino y que no tienen nada pues lo han dejado todo para seguirte a Ti: —Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.
Nos haces partícipes de tu misión, a pesar de nuestra incapacidad, de la falta de medios: ¿qué son dos panes y cinco peces para alimentar una multitud? Sin embargo, nos pides todo. Cinco panes y dos peces, lo poco que valemos. No nos pide que los vayamos a comprar, sino que los demos, aunque no tengamos: “El Señor ha querido hacernos corredentores con El. Por eso, para ayudarnos a comprender esta maravilla, mueve a los evangelistas a relatar tantos grandes prodigios. El podía sacar el pan de donde le pareciera..., ¡pues, no! Busca la cooperación humana: necesita de un niño, de un muchacho, de unos trozos de pan y de unos peces. -Le hacemos falta tú y yo, ¡y es Dios! -Esto nos ha de urgir a ser generosos, en nuestra correspondencia a sus gracias” (Forja, n. 674).
Podemos hacer un poco de examen y mirar cómo ha sido nuestra correspondencia. No vaya a ser que tengamos reservado un pedazo de pan o un pez pequeño para nosotros mismos o para nuestros proyectos personales, desconfiando de la generosidad de Dios.
Hasta aquí llevamos: un problema, una petición al Señor y una solución desproporcionada. Entramos en la fase definitiva de la escena. Él les dijo: Traédmelos aquí. Entonces mandó a la gente que se acomodara en la hierba. Es fácil de imaginar la expectativa entre la muchedumbre y especialmente en los discípulos: ¿qué pensaba hacer con esa desproporción entre los medios disponibles y las necesidades?
La descripción tiene gestos que hacen pensar en la última cena. La hora es la misma, por la tarde. Aquí preside humanamente la “mesa”, en la Eucaristía se quedará presente de modo sacramental: Tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los dio a los discípulos y los discípulos a la gente.
Se cumplen las promesas con las que concluye el Libro de la Consolación del segundo Isaías (55,1-3): Venid y comed. “Sellaré con vosotros  una Alianza eterna, las misericordias fieles prometidas a David”. Que se complementan con el salmo 144: Abres tú la mano, Señor, y nos sacias de favores.
En la última cena dirá que está por derramarse la sangre de la Alianza nueva y eterna. Jesús forma su nuevo Pueblo, su familia en la tierra, su Iglesia. Y como buen pastor, nos garantiza sus dones, nos da alimento abundante: su palabra, su compasión, su Eucaristía.
Podemos aprovechar este rato de oración para examinar cómo preparamos nuestra participación en la Misa: la puntualidad para llegar con tiempo de antelación, haber llevado antes la liturgia de la Palabra a la oración personal, para aprovechar más la proclamación en la Eucaristía, incluso, la dignidad del vestido.
También  podemos sacar propósitos de mejorar la participación “plena, consciente y activa”, como dice el Concilio Vaticano II, que también anima a cuidar: “la educación litúrgica y la participación activa de los fieles, interna y externa, conforme a su edad, condición, género de vida y grado de cultura religiosa” (SC 14. 19).
Así, podremos seguir con atención las oraciones, los cantos, dándonos cuenta de lo que estamos haciendo. ¡Cuántas personas habrán dejado de asistir con frecuencia a la Santa Misa por falta de estudio, de formación doctrinal y litúrgica! Tenemos que conocer mejor qué sucede, quién celebra, qué representa, y así aprovecharemos un poco más la participación en los sagrados misterios.
Por eso, Benedicto XVI aconsejaba a los seminaristas (181010): “Para nosotros, Dios no es sólo una palabra. En los sacramentos, Él se nos da en persona, a través de realidades corporales. La Eucaristía es el centro de nuestra relación con Dios y de la configuración de nuestra vida. Celebrarla con participación interior y encontrar de esta manera a Cristo en persona, debe ser el centro de cada una de nuestras jornadas. (…) Para celebrar bien la Eucaristía, es necesario también que aprendamos a conocer, entender y amar la liturgia de la Iglesia en su expresión concreta. En la liturgia rezamos con los fieles de todos los tiempos: pasado, presente y futuro se suman a un único y gran coro de oración. Por mi experiencia personal puedo afirmar que es entusiasmante aprender a entender poco a poco cómo todo esto ha ido creciendo, cuánta experiencia de fe hay en la estructura de la liturgia de la Misa, cuántas generaciones con su oración la han ido formando”.
Los verbos más conjugados en relación con el Maestro se refieren a su labor pastoral: en primer lugar, “cura”. Ya vimos que la escena que estamos contemplando comienza con muchos milagros de ese estilo: curó a los enfermos. También podemos forzar las  palabras y descubrir en esa cura –cuidado- , además de la salud, el alimento que hemos visto representado en la multiplicación de los panes.
El segundo verbo más frecuente en relación con Jesús es el de “enseñar”. También en la Santa Misa tenemos esta disposición de Jesús. Nos enseña en toda la liturgia, pero especialmente con la liturgia de la Palabra. Pero también nos alecciona con su sacrificio, celebrado en la plegaria eucarística y con su presencia sacramental.
Por eso podemos ver también cómo acompañamos a Jesús en el Sagrario, cuánto lo visitamos, si procuramos hacer nuestra oración junto a Él. Cuentan que el Beato John Newman, cuando empezó a vivir en Maryvale encontró la ventaja de la Eucaristía reservada en el Sagrario. Y decía: "ahora escribo desde una habitación al lado de la capilla. Es una bendición incomprensible tener la presencia de Cristo en casa, en las paredes, consume cualquier otro privilegio y destruye, o debe destruir, cualquier dolor. Saber que Él está cerca, poder hablar con Él una y otra vez durante el día" (Ker I. John Henry Newman, 333*. Vid. 348)
El tercer verbo más frecuente, después de curar y enseñar es perdonar. Quizá por eso se añadió el rito penitencial antes de comenzar la celebración eucarística, para valorar la necesidad de la conversión antes de acceder a la comunión con el Cuerpo y la Sangre de Jesús. San Pablo es testigo de la rotundidad de esta enseñanza (1 Co 11, 26-29): “Porque cada vez que coméis este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga. Así pues, quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese, por tanto, cada uno a sí mismo, y entonces coma del pan y beba del cáliz; porque el que come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación”.
El anuncio del Señor es de alegría y por eso incluye el regalo del perdón, para hacernos dignos de recibir su Cuerpo y su Sangre. De ese modo, nos hacemos contemporáneos de aquellos judíos que lo vieron hacer sus milagros en el desierto: “Comieron todos hasta que quedaron satisfechos, y de los trozos que sobraron recogieron doce cestos llenos. Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños”.
Podemos concluir mirando a María, como hacía el Beato Juan Pablo II al comenzar un año eucarístico (MND, 31): “Tenemos ante nuestros ojos los ejemplos de los Santos, que han encontrado en la Eucaristía el alimento para su camino de perfección. Cuántas veces han derramado lágrimas de conmoción en la experiencia de tan gran misterio y han vivido indecibles horas de gozo «nupcial» ante el Sacramento del altar. Que nos ayude sobre todo la Santísima Virgen, que encarnó con toda su existencia la lógica de la Eucaristía. La Iglesia, tomando a María como modelo, ha de imitarla también en su relación con este santísimo Misterio. El Pan eucarístico que recibimos es la carne inmaculada del Hijo: «Ave verum corpus natum de Maria Virgine». Que en este Año de gracia, con la ayuda de María, la Iglesia reciba un nuevo impulso para su misión y reconozca cada vez más en la Eucaristía la fuente y la cumbre de toda su vida”.

sábado, julio 23, 2011

Parábolas de la perla, del tesoro, de la red

Llegamos este domingo al final del Discurso de las parábolas (Mt 13, 44-52): El Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en el campo que, al encontrarlo un hombre, lo oculta. Continúa el sembrador divino con ejemplos tomados de la vida campesina: ahora se trata de un hombre que trabaja el terreno y se encuentra con un tesoro guardado siglos atrás, cuando los judíos fueron desterrados.
Y, en su alegría, va y vende todo cuanto tiene y compra aquel campo. El hombre compra el campo, pero el tesoro había sido un don. La parábola nos habla de la gratuidad del regalo: quizá unas semanas atrás otra persona había cavado en el mismo sitio, pero suspendió sus labores a mitad de camino. Este comenzó donde el otro terminó y, poco después, encontró el obsequio que le cambió la vida.
Ese tesoro es la vocación cristiana, nuestra llamada a la comunión con Dios, a la santidad. San Josemaría lo resume diciendo que nuestro tesoro es Cristo (Amigos de Dios, 254): “no nos debe importar echar por la borda todo lo que sea estorbo, para poder seguirle. Y la barca, sin ese lastre inútil, navegará derechamente hasta el puerto seguro del Amor de Dios”. Saquemos propósitos: pensemos cuáles estorbos nos pide el Señor tirar por la borda para poder seguirle: prestigio, exceso de trabajo para poder competir mientras nuestra piedad o la familia se lastiman, amor propio, vanidad, pereza, activismo. ¡Qué rápido irá nuestra barca, capitaneada por el Maestro, si somos generosos en nuestro desprendimiento!
Es lo que vemos en la primera lectura, en la que Salomón escoge la verdadera riqueza, la Sabiduría (1a lectura). En el Salmo 118 vemos que esa sabiduría consiste en descubrir que el tesoro es la palabra de Dios, su enseñanza, ¡sus mandamientos! que son  luz para nuestros senderos. Por eso, ¡Todo..., todo se ha de vender por el hombre discreto, para conseguir el tesoro, la margarita preciosa de la Gloria! (Forja, 993).
“Asimismo el Reino de los Cielos es como un comerciante que busca perlas finas y, cuando encuentra una perla de gran valor, va y vende todo cuanto tiene y la compra”. En esta parábola se pone más énfasis en el esfuerzo humano para encontrar el tesoro, la joya preciosa. Se trata de una alhaja por la que vale la pena dejarlo todo. San Jerónimo dirá que "ese tesoro en que se ocultan todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, es el Verbo-Dios". Orígenes, que es “la Palabra viva”. Hilario, que se trata de la vida eterna. En el fondo, todos se refieren a la misma realidad, al Reino de los cielos.
Hay una parte en común entre ambas parábolas: aunque en la primera haya dádiva, en las dos hace falta cierto esfuerzo (gastarse los ahorros, buscar perlas en distintos comercios). Para ser partícipes del Reino, para encontrar la salvación que el Señor nos ofrece, hace falta un esfuerzo por buscar a Dios: “Y un esfuerzo denodado, porque sólo los que luchan serán merecedores de la herencia eterna” (Es Cristo que pasa, 180).
“Asimismo el Reino de los Cielos es como una red barredera que se echa en el mar y recoge toda clase de cosas”. El Señor ha empleado distintas labores para ejemplificar sus parábolas: trabajos del campo, del comercio, ahora pasa a las faenas de pesca. Hace poco pude ver por primera vez el trabajo colectivo de pesca marítima: me contaron que los pescadores se levantan muy temprano, sobre todo cuando el agua está limpia y los peces buscan esa zona del mar, y avanzan todo lo que pueden mar adentro antes de echar la red. Más tarde, hacen un trabajo en equipo admirable para ir recogiendo la pesca: van halando en fila india la cuerda hasta la playa. El que llega a tierra firme deja su turno y regresa al mar para ponerse en primer lugar. Así se van turnando hasta recoger la pesca del día.
Pues así dice Jesús que es el Reino de los Cielos: como esa red echada en el mar. Y San Gregorio comenta que  “la Iglesia reúne toda clase de peces, porque llama para perdonarlos a todos los hombres, a los sabios y a los insensatos, a los libres y a los esclavos, a los ricos y a los pobres, a los fuertes y a los débiles. Estará completamente llena la red, esto es, la Iglesia, cuando al fin de los tiempos esté terminado el destino del género humano”.
En las faenas pesqueras que mencionaba antes, llega un momento en que las redes llegan a tierra y comienza la labor de selección, mientras los alcatraces pululan tratando de pescar algo del trabajo humano. Otros, menos amenazantes, se contentan con recoger las piezas que los pescadores descartan en la playa. A esta operación es a la que se refiere el Señor al final de la parábola: Y cuando está llena la arrastran a la orilla, y se sientan para echar lo bueno en cestos, y lo malo tirarlo fuera. Así será al fin del mundo: saldrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos y los arrojarán al horno del fuego. Allí habrá llanto y rechinar de dientes”.
De esta manera termina también la parábola de la cizaña, con la alusión a las verdades eternas. La siega final, el destino diverso de los benditos  y de los malhechores: Dejadlos crecer juntos hasta la siega, y cuando llegue la siega diré a los segadores: –Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero.
El Señor nos hace ver que la perspectiva del Reino va más allá de la vida presente y que conlleva una opción definitiva. Es más, sin fin en el tiempo. Lo explica el Papa en su segunda encíclica (Spe Salvi, 41): “Ya desde los primeros tiempos, la perspectiva del Juicio ha influido en los cristianos, también en su vida diaria, como criterio para ordenar la vida presente, como llamada a su conciencia y, al mismo tiempo, como esperanza en la justicia de Dios. La fe en Cristo nunca ha mirado sólo hacia atrás ni sólo hacia arriba, sino siempre adelante, hacia la hora de la justicia que el Señor había preanunciado repetidamente. Este mirar hacia adelante ha dado la importancia que tiene el presente para el cristianismo”.
Podemos terminar retomando las parábolas del tesoro y la perla, que se identifican con Cristo. Así lo hace Benedicto XVI en el mismo texto, al mostrar que esa joya eterna es el amor para siempre del mismo Jesús (SS, 47): Algunos teólogos recientes piensan que el fuego que arde, y que a la vez salva, es Cristo mismo, el Juez y Salvador. El encuentro con Él es el acto decisivo del Juicio. Ante su mirada, toda falsedad se deshace. Es el encuentro con Él lo que, quemándonos, nos transforma y nos libera para llegar a ser verdaderamente nosotros mismos. (…) En el momento del Juicio experimentamos y acogemos este predominio de su amor sobre todo el mal en el mundo y en nosotros. El dolor del amor se convierte en nuestra salvación y nuestra alegría. (…) La gracia nos permite a todos esperar y encaminarnos llenos de confianza al encuentro con el Juez, que conocemos como nuestro «abogado», parakletos (cf. 1 Jn 2,1)”.

viernes, julio 22, 2011

María Magdalena

Celebramos hoy la fiesta de Santa María Magdalena. Para traer a la imaginación un rápido repaso de su biografía podemos servirnos del himno de Vísperas: “Con toda piedad venimos a rendirte culto, oh María, estrella radiante de Magdala, mujer afortunada, a quien el Señor allegó mediante el estrecho vínculo de su Amor. Tras descubrir su imperio para expulsar a los demonios, le agradeces tu curación, gozosa de haber trocado tus cadenas por la fe”.
Mujer afortunada, enamorada de Jesús, que descubrió el mejor negocio: cambiar las cadenas por la fe y el amor a Jesucristo. Varias oraciones de la Misa se centran en esa fuerza de su amor que le llevó a seguir de cerca las huellas del Maestro y acompañarle, ya para siempre, con el afán solícito de servirle.
La oración sobre las ofrendas agradece la misericordia de Dios, que acoge el ofrecimiento del amor: Recibe, Señor, los dones que te presentamos en la fiesta de santa María Magdalena, cuya ofrenda de amor aceptó con tanta misericordia tu Hijo Jesucristo. Y la oración después de la Comunión le pide contagiarnos de esa caridad: Que la participación en tus misterios, Señor, infunda en nosotros aquel amor que impulsó a santa María Magdalena a entregarse por siempre a Cristo, su maestro.
Le sigue y le sirve hasta la muerte, cuando los demás huyen. Sin embargo, el Evangelio de la Misa no la presenta junto a la Cruz en el Calvario, sino que se fija en el relato de la Resurrección: El día siguiente al sábado, muy temprano, cuando todavía estaba oscuro, fue María Magdalena al sepulcro. Muy temprano, todavía de noche. Estamos en la Vigilia Pascual. Y María se dirige a la tumba de su amado.
Comenta San Josemaría: María Magdalena llora, hecha un mar de lágrimas. Necesita al Maestro. Había ido allí para consolarse un poco estando cerca de Él, para hacerle compañía, porque sin el Señor no merece la pena ninguna cosa. Persevera en oración, le busca por todos los sitios, no piensa más que en Él. Hijos míos, frente a esa fidelidad, Dios no se resiste: para que tú y yo saquemos consecuencias; para que aprendamos a amar y a esperar de verdad.
 Fidelidad de María. En el peor momento, ante el abandono, la soledad, el escarnio público, ella sí que da la cara: madruga al sepulcro para acompañar al Señor. No se consuela en sus caprichos, sino estando cerca de Él. Lo tenía claro: sin Él nada vale la pena. Fidelidad, a pesar de las circunstancias adversas. Fidelidad, independientemente del día o de la hora. Fidelidad, para siempre, pase lo que pase. Fidelidad, perseverancia en la oración, en la búsqueda, en el amor, en la espera. Por eso es llamada “Modelo de los que buscan a Jesús”.
Y vio quitada la piedra del sepulcro. Las mujeres no entran a la tumba, por lo cual ella regresa a Jerusalén para contar la novedad a los apóstoles. Después regresa y se queda fuera, llorando junto al sepulcro. Amor con fe: fue allí, a acompañar un cadáver. El sitio que para los hombres puede ser ignominia, para esta mujer es un sagrario. Después persevera, a pesar de que ni siquiera ha quedado el cuerpo inerte. Persevera, es fiel. San Gregorio alaba esta virtud: “Busca al que no halla. Lo que da fuerza a las buenas obras es la perseverancia en ellas”.
Llora María. No puede creer lo que dicen Pedro y Juan: que los sudarios permanecen intactos, como si hubiese salido de ellos sin alterarlos. No termina de imaginarlo –como nosotros-, hasta que le puede la curiosidad y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y vio a dos personajes vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies donde había sido colocado el cuerpo de Jesús.
Aquellos seres son un premio para su fe. No estamos solos. Dios no ahoga la esperanza de sus fieles. Nos acompaña y consuela. Nos brinda la Comunión de los santos en la Iglesia. La fraternidad cristiana. Esos espacios fraternos que tanta falta hacen por ahí. El Señor nos envía compañeros de camino, para ayudarnos a perseverar en nuestro ideal de amor.
Ellos dijeron: —Mujer, ¿por qué lloras? —Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto –les respondió. Tulerunt Dominum. Pensamos en el pecado de tres días atrás: Tolle, tolle! decía la turbamulta rechazando a Jesús. Lo mismo que decimos nosotros cuando vemos más apetecible el pecado que la virtud, y no rechazamos con prontitud esos engaños.
Dicho esto, se volvió hacia atrás y vio a un hombre de pie, que le dijo: —Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: —Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré. Lo vio y no supo que era Jesús. El Señor que juega con nosotros, para madurar la virtud de la fidelidad. La prueba. Le pregunta: —Mujer, ¿por qué lloras? Ella da la cara: — si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré.
En la citada meditación de San Josemaría un día como hoy, seguía diciendo: en pocas palabras queda recogida la medida del amor de aquella alma. Ella conocía de sobra que los fariseos, que los judíos y los soldados romanos habían organizado una cuidadosa búsqueda del Cuerpo de Jesús, con la determinación de castigar al que se hubiese apoderado del cadáver. Pues, a pesar de los peligros, de las amenazas, de aquella campaña intimidatoria, ella no renuncia al Señor. Hijos míos, os repito que Dios espera mucho de nuestro amor, de nuestra fidelidad; espera que vivamos decididos a cumplir esmeradamente bien nuestra tarea, a superar todos los obstáculos; espera que no nos empequeñezcamos ni nos retiremos ante las dificultades, que no faltarán; espera que prefiramos siempre su Amor con todos sus riesgos -¡benditos riesgos!-, a la comodidad, a la cobardía de la inactividad y del anonimato; espera, finalmente, que le busquemos con tozudez, pase lo que pase.
Llegamos al momento más emotivo de la escena. Jesús le dijo: —¡María! Hasta entonces, su apariencia física era irreconocible. Pero, de un momento a otro, al pronunciar el nombre propio, la Magdalena descubre con quién habla. Jesús es el Buen Pastor, que llama a las ovejas por su nombre. Y las ovejas reconocen su voz. Ella, volviéndose, exclamó en hebreo: ¡Rabbuni! –que quiere decir: «Maestro».
Celebramos la fiesta de María Magdalena porque es pionera: fue la primera en descubrir la tumba vacía y la primera en comunicarlo a los discípulos. Ahora será la primera en recibir una misión del Resucitado. Jesús le dijo: —Suéltame, que aún no he subido a mi Padre; pero vete donde están mis hermanos.
Jesús le pide que no intente retenerlo, noli me tenere, pues ya se verán de nuevo. Y también porque su presencia y su cercanía se experimentarán de un modo distinto, como filiación y como fraternidad: pero vete donde están mis hermanos y diles: «Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios».
Ya no son siervos sino amigos. Son hermanos, hijos del mismo Padre. Desde luego, en órdenes diversos, pues Él es la filiación subsistente. Por eso explica el Papa que “ahora no lo puede tocar, retenerlo. La relación anterior con el Jesús terrenal ya no es posible. Se trata aquí de la misma experiencia a la que se refiere Pablo en 2Co 5,16s: «Si conocimos a Cristo según los criterios humanos, ya no lo conocemos así. Si uno está en Cristo, es una criatura nueva». El viejo modo humano de estar juntos y de encontrarse queda superado. Ahora ya sólo se puede tocar a Jesús «junto al Padre»”. (…) 
"Y recordemos que, según Juan, el lugar de la «elevación» de Cristo es su cruz, y que nuestra «ascensión» –que siempre es necesaria cada vez–, nuestro subir para tocarlo, ha de ser un caminar junto con el Crucificado. El Cristo junto al Padre no está lejos de nosotros; si acaso, somos nosotros los que estamos lejos de Él; pero la senda entre Él y nosotros está abierta. De lo que se trata aquí no es de un recorrido de carácter cósmico-geográfico, sino de la «navegación espacial» del corazón, que lleva de la dimensión de un encerramiento en sí mismo hasta la dimensión nueva del amor divino que abraza el universo”.
Caminar junto con el Crucificado. No olvidemos que María Magdalena estuvo al pie de la Cruz, junto con la Madre. Que limpió sus miembros para el sepulcro. Que perseveró con toda fidelidad, procedente del amor. Que hizo esa navegación del encerramiento en sí mismo (“siete demonios”) hasta la dimensión nueva del amor divino que abraza el universo”: Fue María Magdalena y anunció a los discípulos: — ¡He visto al Señor!, y me ha dicho estas cosas. El amor y la fidelidad son apostólicos. Fidelidad proselitista.
Por eso pedimos en la colecta al Señor: “Dios nuestro, Cristo, tu Unigénito, confió, antes que a nadie, a María Magdalena la misión de anunciar a los suyos la alegría pascual; concédenos a nosotros, por la intercesión y el ejemplo de aquella cuya fiesta celebramos, anunciar siempre a Cristo resucitado y verle un día glorioso en el reino de los cielos”.
Podemos concluir pidiendo al Señor con la última estrofa del Himno con el que comenzamos nuestra meditación: Oh María, flor hermosa de Magdala, herida por el amor de Cristo, abrasa con el fuego divino lo íntimo de nuestros corazones. Te pedimos, Señor, nos alcances el amor que tuvo tu sierva, para que, con ella, podamos cantar tu gloria en el Cielo. Amén.

Conversión y penitencia

Algunos escribas y fariseos se dirigieron a él: —Maestro, queremos ver de ti una señal (Mt 12,38-42). Los escribas le piden al Señor un signo portentoso, llamativo, para confirmar la autoridad con la que predica su doctrina. No es que no hubiera dado señales: en primer lugar, la buena semilla de su enseñanza; además, los milagros, las curaciones que ya había hecho en otras partes.
Él les respondió: —Esta generación perversa y adúltera pide una señal, pero no se le dará otra señal que la del profeta Jonás. Jesús contesta de modo en apariencia evasivo. Pero en realidad está explicando cuál es el principal signo para mostrar su peculiaridad en la historia: que en Él se cumplirá la señal de Jonás.
Aprovechemos la historia del quinto profeta menor para hacer hoy nuestra oración. De hecho, como cuenta la introducción de la Biblia de Navarra, en el libro de Jonás poco se narra de su predicación. Solamente se encuentran unas pocas palabras: “dentro de cuarenta días Nínive será destruida”. Lo más importante de su mensaje es su biografía, sus tribulaciones y su relación con el Señor, que se leen en fiestas señaladas de las grandes religiones: en el Yom-Kippur judío y en la Cuaresma cristiana.
La historia es muy conocida: el Señor le comunica su vocación, pero Jonás huye. Dios entonces envía una tormenta y un pez gigante, gracias a los cuales el profeta termina en las playas de Nínive (previa conversión de sus compañeros de viaje). Allí cumple su encargo y la población se convierte. Jonás entonces se enoja con el Señor por su misericordia. Esta es la principal enseñanza del libro: Dios quiere la conversión del pecador, lo llama a la penitencia y está dispuesto a perdonarlo si se arrepiente.
Jesús explica a sus interlocutores que el principal signo que puede dar es el de Jonás: Igual que estuvo Jonás en el vientre de la ballena tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en las entrañas de la tierra tres días y tres noches. Se parece al profeta en su triduo pascual, pero también por la predicación del perdón. De hecho, los exégetas comparan la historia de Jonás con la del hijo pródigo. Ambas biografías nos hablan de la misericordia de Dios, de la llamada a la conversión. Así comenzó su predicación Juan Bautista, y de la misma forma empezó Jesucristo: convertíos
Del mismo modo concluye el Señor su comparación con la figura de Jonás: Los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación en el Juicio y la condenarán: porque se convirtieron ante la predicación de Jonás, y daos cuenta de que aquí hay algo más que Jonás. Al comienzo de un nuevo semestre, Jesucristo nos invita a tomarnos en serio la llamada al cambio, a la mudanza interior, a crecer en la fe.
De hecho, fe y conversión van de la mano. Es la crítica de Jesús a los escribas y fariseos: La reina del Sur se levantará contra esta generación en el Juicio y la condenará: porque vino de los confines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón, y daos cuenta de que aquí hay algo más que Salomón. Jesús reprocha a aquellos hombres su falta de fe, que les impidió ver en Él al Hijo de Dios. ¡Si al menos hubieran tenido el respeto que tuvo la reina pagana ante la sabiduría del hijo de David!
Si bien es cierto que hay unos tiempos fuertes para meditar la conversión (como el Adviento y la Cuaresma), el Beato Juan Pablo II hablaba de la conversión permanente. Decía que el cristiano ha de vivir “in statu conversionis”. Y San Josemaría resumía las consecuencias de este compromiso con una frase que repetía con frecuencia: «La conversión es cosa de un instante; la santificación es tarea para toda la vida» (Es Cristo que pasa, 58).
Un experto en este tema concluye que “la actitud permanente de conversión nace de la experiencia del encuentro con Dios por medio de Jesucristo en el Espíritu Santo. Esa experiencia la adquiere el cristiano en la oración y en la frecuencia de los sacramentos, que le llevan al arrepentimiento de las propias culpas, a la adoración a Dios y al propósito de servicio y amor a los hermanos” (Alonso).
Pasamos así, como de la mano, del tema de la conversión al de la penitencia. La experiencia de la cercanía de Dios nos hace lamentarnos de nuestros pecados. Por eso el Papa actual se lamenta (Luz del mundo, 47) porque “el concepto de penitencia, que es uno de los elementos fundamentales del mensaje del Antiguo Testamento, se nos ha perdido cada vez más. Sólo se quiere decir cosas positivas. Pero lo negativo existe, es una realidad. El hecho de que por medio de la penitencia se pueda cambiar y dejarse cambiar es un don positivo, un regalo. La Iglesia antigua lo veía también de ese modo”.
En una homilía del año pasado explicaba esta afirmación: “Para mí, ésta es una observación muy importante: poder hacer penitencia es el don de la gracia. Y debo decir que nosotros los cristianos con frecuencia hemos evitado la palabra penitencia, nos parecía demasiado dura. Ahora, bajo los ataques del mundo que nos hablan de nuestros pecados, vemos que es necesario hacer penitencia, es decir, reconocer lo que está errado en nuestra vida, abrirse al perdón y dejarse transformar. El dolor de la penitencia, de la purificación, de la transformación, es gracia porque es renovación, porque es obra de la misericordia divina”.
La penitencia exige humildad para reconocer “lo que está errado en nuestra vida, abrirse al perdón y dejarse transformar”. Por eso es importante reconocer nuestras faltas, nuestras miserias, nuestros pecados. Perder el miedo a llamarles por sus nombres, evitar los eufemismos o el echarle la culpa a los demás, al tiempo, a las circunstancias. Aprovechemos este rato de oración como el mejor momento para tomar decisiones fuertes, para conocernos mejor y huir de las ocasiones que nos alejan de Dios. Podremos decirle con la boca y con los hechos: “Aparta, Señor de mí, lo que me aparte de ti”. 
La penitencia nos llevará a unirnos al dolor de Jesucristo, a esos tres días pasados en el “vientre de la ballena”, dando muerte a nuestras malas inclinaciones, a nuestra comodidad, a nuestra cobardía, a la vanidad, al egoísmo, a la pereza… Si somos conscientes de nuestros pecados, y de todos los pecados que han ofendido al Señor a lo largo de los siglos, tomaremos con más generosidad la Cruz de Jesucristo, como san Pablo, que decía: completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia (Col 1,24).
Pero la penitencia no puede quedarse en mera teoría: tiene que manifestarse en obras de expiación, de desagravio. San Juan Crisóstomo decía que “el primer camino de penitencia consiste en la acusación de los pecados”. Y el portavoz del Beato Juan Pablo II cuenta que "no era un ascético moralista, y tampoco un exhibicionista de heroísmos accesorios e inútiles. Su manera de hacer no era el arduo itinerario de un estoico. Sus mortificaciones constituían solo la manera estimulante y eficaz de unirse a la pasión de Jesús, de participar con Él en las alegrías y en los dolores que a cualquiera le gusta compartir con la persona que ama seriamente en lo más profundo. Su ejemplo parecía enseñar que era mejor sufrir con Dios que alegrarse solo. Con mucha frecuencia, para Juan Pablo II se trataba solo de aprovechar alguna ocasión ofrecida por las vivencias cotidianas para ofrecer algún sacrificio pequeño o grande. Rechazar en el avión el lecho preparado para él en los largos viajes intercontinentales  y dormir en cambio -o intentar hacerlo- en el asiento; reducir la cantidad de alimento en una comida, con aparente indiferencia; o bien, a veces, renunciar a beber sin decir nada y sin dar justificación alguna, uniendo pudor y renuncia en una delicada discreción personal, que evita extrañas preguntas impertinentes". En: Recuerdos y reflexiones. Plaza y Janés, Barcelona 2010, 88.
Terminemos acudiendo a la Santísima Virgen pidiéndole que nos ayude a ser conscientes de la necesidad que tenemos de una nueva conversión en este tiempo. De esta manera, seremos más generosos para ofrecer al Señor obras de mortificación y penitencia.