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Perdonar pronto, siempre y todo

En el cuarto discurso de Jesús que recoge Mateo, el sermón "eclesiástico", no solo se habla sobre la corrección fraterna, sino también de otros aspectos que deberían tener en cuenta los apóstoles en los comienzos de la Iglesia, y  nosotros siempre. Uno de ellos es muy importante: el perdón.


En el Antiguo Testamento, los grandes pecados eran vengados siete veces. Por ejemplo, dice el Génesis (4,15) que “quien mate a Caín será castigado siete veces”. Y en el Levítico (26,21) se lee: “Si os enfrentáis contra mí sin querer escucharme, multiplicaré por siete los azotes por vuestros pecados”. Hay un caso más grave aún, el de Lamec, descendiente de Caín: “Maté a un hombre porque me hizo una herida y a un muchacho porque me dio un golpe. Caín será vengado siete veces, pero Lamec lo será setenta y siete”.


Toda esta “jurisprudencia” está de fondo en la escena del discurso eclesiástico del Evangelio de Mateo (18,21-35): Entonces, se acercó Pedro a preguntarle: —Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano cuando peque contra mí? ¿Hasta siete? Pedro demuestra, con esta pregunta, que había descubierto la misericordia que Jesús predicaba, pues en la exégesis judía de la época se proponía perdonar hasta tres veces. Pedro duplica esta cuenta y agrega una vez más, para alcanzar el número de la plenitud. Pero Jesús le respondió: No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.


Jesús supera los antecedentes veterotestamentarios y muestra una faceta práctica de lo que será el mandamiento nuevo de la última cena: Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros, como yo os he amado. Setenta veces siete quiere decir, en el estilo de Jesucristo, que debemos perdonar siempre: «No encerró el Señor el perdón en un número determinado, sino que dio a entender que hay que perdonar continuamente y siempre» (S. Juan Crisóstomo).


Ya lo decía también el salmo 102: "El Señor es compasivo y misericordioso. El Señor perdona tus pecados y cura tus enfermedades; él rescata tu vida del sepulcro y te colma de amor y ternura. El Señor no nos condena para siempre, ni nos guarda rencor perpetuo. No nos trata como merecen nuestras culpas, ni nos paga según nuestros pecados".


Y el libro del Sirácida (27,30; 28,1-7) insiste en la necesidad de perdonar para obtener el perdón: "Rencor y cólera, ambos son detestables y el hombre pecador los tendrá dentro. Perdona a tu prójimo la ofensa, y así, por tu oración, te serán perdonados los pecados".


Viene a la memoria otra enseñanza inolvidable de Jesucristo: cuando los apóstoles le piden que les muestre cómo orar, el Maestro les enseña el Padrenuestro. Una de las peticiones dice: "Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los pecadores". De esa manera, aprendemos la importancia del perdón a nuestros hermanos. La respuesta de Jesús a Pedro quiere decir: no solo hay que perdonar mucho, sino todo. Perdonar pronto, siempre y todo. Para que quedara más claro, el Señor cuenta una parábola:


"El Reino de los Cielos viene a ser como un rey que quiso arreglar cuentas con sus siervos. Puesto a hacer cuentas, le presentaron uno que le debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el señor mandó que fuese vendido él con su mujer y sus hijos y todo lo que tenía, y que así pagase. Entonces el siervo, se echó a sus pies y le suplicaba: «Ten paciencia conmigo y te pagaré todo». El señor, compadecido de aquel siervo, lo mandó soltar y le perdonó la deuda"

Un denario era el pago del jornal diario de un obrero; un talento equivalía a unos seis mil denarios. Es decir, el dueño le perdona al criado unos sesenta millones de denarios; una cantidad imposible de pagar. Por eso, lo amenaza con esclavizarlo a él y a su familia, lo que era corriente en esa época en el Oriente medio.


La parábola continúa: "al salir aquel siervo, encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándole, lo ahogaba y le decía: «Págame lo que me debes». Su compañero, se echó a sus pies y se puso a rogarle: «Ten paciencia conmigo y te pagaré». Pero él no quiso, sino que fue y lo hizo meter en la cárcel, hasta que pagase la deuda. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se disgustaron mucho y fueron a contar a su señor lo que había pasado. 

Entonces su señor lo mandó llamar y le dijo: «Siervo malvado, yo te he perdonado toda la deuda porque me lo has suplicado. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo la he tenido de ti?» Y su señor, irritado, lo entregó a los verdugos, hasta que pagase toda la deuda. Del mismo modo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada uno no perdona de corazón a su hermano".


Aquél hombre, que había sido redimido de una millonada, no es capaz de perdonar unas monedas. Así somos nosotros, igualmente deudores ante Dios -que siempre está dispuesto a perdonarnos todo- y sin embargo, a veces nos cuesta perdonar. 

Por eso llamó tanto la atención el ejemplo de Juan Pablo II, después del atentado que casi le quita la vida. Las primeras palabras públicas fueron: "Perdono de todo corazón al hermano que intentó asesinarme". Y después, en cuanto pudo, fue a visitarlo a la cárcel, en un gesto más elocuente que una encíclica. No se trata solo de admirar, sino de imitar: en la vida diaria, en nuestra familia, tenemos que acostumbrarnos a perdonar pronto, siempre, todo. Y también pedir perdón, aunque cuesta, o aunque pensemos que tengamos la razón, es la mejor manera de hacer amable la vida en familia, además de que nos ayuda a crecer en humildad.


Hay que luchar contra los resentimientos, que son, en frase del Papa Benedicto XVI, como una polilla. Así lo dijo comentando un texto de San Pablo: “es necesario aprender la gran lección del perdón: no dejar que se insinúe en el corazón la polilla del resentimiento, sino abrir el corazón a la magnanimidad de la escucha del otro, abrir el corazón a la comprensión, a la posible aceptación de sus disculpas y al generoso ofrecimiento de las propias”. (Benedicto XVI, Homilía, 29-V-2005)


Para perdonar es muy conveniente pensar bien de los otros, aunque parezca difícil. Así lo enseñaba San Bernardo: «Aunque viereis algo malo, no juzguéis al instante a vuestro prójimo, sino más bien excusadle en vuestro interior. Excusad la intención si no podéis excusad la acción. Pensad que lo habrá hecho por ignorancia, o por sorpresa, o por desgracia. Si la cosa es tan clara que no podéis disimularla, aun entonces creedlo así y decid para vuestro interior: la tentación habrá sido muy fuerte».


Por último, podemos citar un texto de Juan Pablo I, cuando era Arzobispo de Venecia: "Desgraciadamente sólo puedo vivir y repartir amor en la calderilla de la vida cotidiana. Jamás he tenido que salir huyendo de alguien que quisiera matarme. Pero sí existe quien pone el televisor demasiado alto, quien hace ruido o simplemente es un maleducado. En cualquiera de esos casos es preciso comprenderlo, mantener la calma y sonreír. En ello consistirá el verdadero amor sin retórica". Albino Luciani (Juan Pablo I), "Ilustrísimos Señores".

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