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Mortificación: la Cruz de cada día

Decía en estos días una reconocida periodista que uno de los problemas de nuestra cultura es que huimos del sufrimiento: los papás no quieren que sus hijos sufran, y los pequeños crecen en un mundo de mentiras, pues la vida conlleva dificultades ―queramos o no― y, si no estamos preparados, peor nos irá al enfrentarlas. Un ejemplo de esta situación es el escándalo farisaico ante las penitencias que la religión cristiana acostumbra: parece antinatural sufrir un poco por Cristo, cuando por salud o por vanidad estamos dispuestos a padecer dietas, cirugías, ejercicios, etc.

No son de ahora las burlas por intentar asemejarse al Señor. Ya Jeremías (20, 7-9) se quejaba en el Antiguo Testamento de lo mismo: Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; fuiste más fuerte que yo y me venciste. He sido el hazmerreír de todos, días tras día se burlan de mí. Por anunciar la palabra del Señor, me he convertido en objeto de oprobio y de burla todo el día.

Y el capítulo 16 (21-27) de Mateo presenta una nueva etapa de su Evangelio: la resolución del Señor de tomar “el camino de la cruz”: “Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y padecer mucho por causa de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser llevado a la muerte y resucitar al tercer día. Pedro, tomándolo aparte, se puso a reprenderle diciendo: — ¡Dios te libre, Señor! De ningún modo te ocurrirá eso. Pero él se volvió hacia Pedro y le dijo: — ¡Apártate de mí, Satanás! Eres escándalo para mí, porque no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres”.

El Apóstol que acababa de ser elogiado por su fe, al que le habían cambiado el nombre de Simeón por Pedro, la roca de la Iglesia naciente, recibe una fuerte reconvención del Señor. Era de esperar que a ellos ―y también a nosotros― nos quedara claro el mensaje: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará». Porque, ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?, o ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?”

Sé de algún alma que sintió, en esas palabras, la llamada divina: el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. No hay mejor negocio: el ciento por uno y la vida eterna, la verdadera vida ya en esta tierra y después, en el Cielo. Pero hay que perder la vida. Lo explica con claridad el Catecismo (n. 2015): «El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual. El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas». De manera poética lo enseñaba Juan de Encina: "Corazón que no quiera/ sufrir dolores/ pase la vida entera/ libre de amores".

“El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual”. Éste es el sentido de la mortificación. Como enseñaba el Santo Cura de Ars, “desde que el hombre pecó, sus sentidos todos se rebelaron contra la razón; por consiguiente, si queremos que la carne esté sometida al espíritu y a la razón, es necesario mortificarla; si queremos que el cuerpo no haga la guerra al alma, es preciso castigarle a él y a todos los sentidos; si queremos ir a Dios, es necesario mortificar el alma con todas sus potencias”. No es masoquismo, ni daño corporal. Se trata, simplemente, de obedecer al Maestro: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga”.

Sacrificarse voluntariamente por amor a Jesús no es más que seguir sus huellas: Él nació y vivió pobre, ayunó cuarenta días con sus noches, no tenía dónde reclinar la cabeza, pasó hambre y sed, sufrió persecución, padeció en la cárcel y en juicios inicuos, fue sometido al Vía Crucis y, finalmente, murió en la Cruz. Tú y yo, ¿qué hemos hecho para seguirle de cerca?, ¿nos damos cuenta de la importancia de negarnos a nosotros mismos, de tomar nuestra cruz siempre pequeña, comparada con la suya y de seguirle?

Probablemente a nosotros no nos toque repetir los padecimientos y los ayunos de Jesús, pero vale la pena mirar en la oración qué cosas pequeñas o no tan pequeñas podemos ofrecer. Juan Pablo II sugería: “Ayuno es un símbolo, un signo, una llamada seria y estimulante para aceptar y realizar renuncias. ¿Qué renuncias? Renuncia del “yo”, es decir, a tantos caprichos o aspiraciones malsanas; renuncia a los defectos propios, a la pasión impetuosa, a los deseos ilícitos. Ayuno es saber decir un “no” tajante y decidido a cuanto viene sugerido o solicitado por el orgullo, el egoísmo, el vicio, escuchando a la propia conciencia, respetando el bien ajeno, manteniéndose fieles a la santa ley de Dios. Ayuno significa pleno dominio de sí, para aprender a regular los propios instintos para entrenar a la voluntad en el bien. Gestos de este género, en algún tiempo, recibían el nombre de “florecillas”. ¡Cambia el nombre, pero queda la sustancia! Eran y continúan siendo actos de renuncia, realizados por amor al Señor o a la Virgen, para conseguir un fin noble. ¡Eran y son un “deporte”, un entrenamiento insustituible para salir victoriosos en las competiciones del espíritu! Finalmente, ayuno significa privarse de algo para subvenir a la necesidad del hermano, convirtiéndose así en ejercicio de bondad, de caridad”. Como en los juegos olímpicos, hace falta mucho entrenamiento, mucho sufrir, para alcanzar la medalla imperecedera de la vida eterna.

Encontrar las florecillas para ofrecer al Señor en lo de cada día: en el trabajo (empezar y terminar a tiempo, hacer las labores con orden, servir, dedicar tiempo a los demás, estudiar con constancia, mortificar el deseo de "chatear", "facebookear", etc...), en la vida familiar (orden en la ropa, en el cuarto, en el baño, en el estudio; ceder el televisor o el computador a quien lo necesita, no hacer un comentario gracioso pero molesto, perdonar, pedir perdón, adelantarse a las necesidades ajenas, ofrecerse a hacer un oficio menos grato, moderar el carácter...), en la calle (conducir como lo haría Jesucristo, ceder el paso, respetar la cebra, la restricción...), etc.

Nos debe suceder lo de aquel modesto pintor francés que en la primera mitad del siglo XIX acudió a una subasta de un anticuario. Según cuenta J. Eugui, cuando pusieron a la venta un Crucifijo viejo y sucio, sintió dolor por las bromas que hacían en contra del Señor y por el bajo precio que ofrecían. Anunció unos cuantos francos más y se quedó con la talla. Cuando lo limpió, descubrió que el autor era un famoso artista florentino, Benvenuto Cellini. Por lo visto, la Cruz procedía del saqueo popular del palacio de Versalles durante la revolución francesa. Y, también hay que reseñar, que el rey pagó por ella una cantidad elevadísima de dinero al modesto pintor. Concluye el cronista: “¿No cabe hablar de cruces escondidas, aparentemente modestas, insignificantes, a lo largo de los días, que constituyen un verdadero tesoro? El asunto es no despreciarlas, porque el Señor, el gran Rey, luego las premia con largueza”.

Terminamos con unas palabras de Benedicto XVI, en la Encíclica Spe salvi (n. 40), sobre la mortificación como una manera de tomar la Cruz del Señor, cada día: “La idea de poder «ofrecer» las pequeñas dificultades cotidianas, que nos aquejan una y otra vez como punzadas más o menos molestas, dándoles así un sentido, eran parte de una forma de devoción todavía muy difundida hasta no hace mucho tiempo, aunque hoy tal vez menos practicada (…). ¿Qué quiere decir «ofrecer»? Estas personas estaban convencidas de poder incluir sus pequeñas dificultades en el gran com-padecer de Cristo, que así entraban a formar parte de algún modo del tesoro de compasión que necesita el género humano. De esta manera, las pequeñas contrariedades diarias podrían encontrar también un sentido y contribuir a fomentar el bien y el amor entre los hombres. Quizás debamos preguntarnos realmente si esto no podría volver a ser una perspectiva sensata también para nosotros".

María es el mejor modelo de tomar la Cruz del Señor y de seguirle cada día, ofreciendo las pequeñas punzadas, o el gran dolor de ver a Jesús morir en aquel suplicio. Podemos acudir a Ella con una jaculatoria de San Josemaría (Camino, n. 497): “Madre mía: que tu amor me ate a la Cruz de tu Hijo”

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