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El tesoro escondido y la perla preciosa



Para sacar adelante la familia hace falta dinero. Y para obtener ese patrimonio, hay distintas maneras legales: la herencia, el trabajo constante o un golpe de suerte (el Baloto, la lotería, etc.). El Señor conocía bien la mente de los que le escuchaban, y entre sus parábolas propuso una relacionada con el mundo de los negocios (Mateo 13, 44-52): 
El Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en el campo que, al encontrarlo un hombre, lo oculta y, en su alegría, va y vende todo cuanto tiene y compra aquel campo. Asimismo el Reino de los Cielos es como un comerciante que busca perlas finas y, cuando encuentra una perla de gran valor, va y vende todo cuanto tiene y la compra.
Hay una diferencia notoria entre dos ejemplos tan similares: el tesoro escondido es un regalo inusitado, mientras la perla supone trabajo, esfuerzo, riesgo. El sueño de un tesoro inesperado tenía un Palestina un asidero: cuenta Shuler que, cuando los habitantes de Judá fueron llevados al exilio en el 587 a.C., algunos enterraron sus tesoros con la esperanza de regresar, pero muchos de ellos nunca volvieron. Descubrir lo “escondido” –el reino que ahora se revela- podría cambiar la propia vida por completo y darle un significado definitivo. Este autor concluye que, cuando se descubre de qué trata la buena noticia y se entiende la palabra, se está dispuesto a dejar todo lo demás para poseerlo y formar parte de los discípulos y la familia de Jesús. En cuanto a la segunda parábola, comenta que en el mundo antiguo las perlas eran más raras que hoy, y se les concedía mayor valor. Descubrir la mejor perla, la que superaba a todas las demás, era irresistible para un mercader. Del mismo modo, quien busca respuestas últimas en la vida dejará todos los caminos para abrazar el reino de Dios.
Vamos a hablar de ese tesoro escondido y de esa perla con el Señor: ayúdanos a descubrir cuál es esa perla por la que vale la pena vender todas las demás, ese terreno que contiene el mayor caudal. Nos sirve de contexto la conocida historia de Salomón (1 Re 3, 5.7-12): el Señor se le apareció al rey Salomón en sueños y le dijo: "Salomón, pídeme lo que quieras, que yo te lo daré". Salomón le respondió: " (…) Te pido que me concedas sabiduría de corazón para que sepa gobernar a tu pueblo y distinguir entre el bien y el mal. Pues sin ella, ¿quién será capaz de gobernar a este pueblo tuyo tan grande?" Al Señor le agradó que Salomón le hubiera pedido sabiduría y le dijo: "Por haberme pedido esto, y no una larga vida, ni riquezas, ni la muerte de tus enemigos, sino sabiduría para gobernar, yo te concedo lo que me has pedido. Te doy un corazón sabio y prudente, como no lo ha habido antes ni lo habrá después de ti. Te voy a conceder, además, lo que no me has pedido: tanta gloria y riqueza, que no habrá rey que se pueda comparar contigo".
También nosotros pedimos sabiduría. El Salmo 118 nos ayuda a entender en qué sentido puede entenderse la petición de Salomón: Dichoso el que cumple la voluntad del Señor. Dichoso el hombre de conducta intachable, que cumple la ley del Señor. El que es fiel a sus enseñanzas y lo busca de todo corazón. Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes y yo lo seguiré con cuidado.
Viene a la mente, por contraste, el ejemplo del joven rico. Tuvo a la mano la perla del amor divino (“Jesús, poniendo en él los ojos, le amó”, dice el Evangelio) y la rechazó “porque tenía mucha hacienda”, mucha vida por delante. En cambio, podemos citar unos apuntes íntimos de San Josemaría sobre este Evangelio, que son la base del punto 432 de Camino:
«El santo Evangelio de este día [Mt 13, 44-52] —respuesta de Jesús, vencido por María y por Juan... y porque me quiere— ha caído en mi alma, echando raíces. ¡Lo había leído tantas veces, sin coger su entraña, su sabor divino! Simile est regnum caelorum... Los versículos 44, 45 y 46 del capítulo 13 de San Mateo. Todo..., todo se ha de vender por el hombre discreto, para conseguir el tesoro, la margarita preciosa de la Gloria.
La Gloria, para mí, es el Amor, es Jesús, y, con El, el Padre —mi Padre— y el Espíritu Santo —mi Santificador—.
He considerado lo más hermoso y grande y atractivo del mundo..., lo que place a la inteligencia, y a las otras potencias,... y lo que es recreo de la carne y de los sentidos... Y el mundo, y los otros mundos, que brillan en la noche: todo el Universo. Y eso junto, con todas las locuras del corazón satisfechas..., nada vale, es nada y menos que nada al lado de ¡este Dios mío, tesoro infinito, margarita preciosísima, humillado, hecho esclavo, anonadado con forma de Siervo en el portal donde quiso nacer, en el taller de José, en la Pasión y en la muerte ignominiosa... y en la locura de Amor de la Sagrada Eucaristía!
Con esta consideración, hecha en frío, por el raciocinio del entendimiento, que presenta verdades inconcusas a mi voluntad, que las quiere, las acepta, con más frialdad de la que yo —por imperfección— quisiera […] ¿puede turbarme ninguna cosa creada?».
Que ninguna cosa creada, ninguna perla valiosa, nos turbe. Orígenes lo explica muy claro: El texto “que buscaba perlas finas” puedes compararlo con este: “Buscad y hallaréis”; y con este otro: “El que busca encuentra”. ¿Por qué se dice “buscad y hallaréis” y “el que busca encuentra”? Propongo que se trata de las perlas y la perla, la que adquiere quien lo ha dado todo y ha aceptado perderlo todo, la que menciona San Pablo: “Lo perdí todo con tal de ganar a Cristo”: al decir “todo”, se refiere a las perlas finas; y al puntualizar “con tal de ganar a Cristo”, apunta a la única perla de gran valor (Homilías sobre el Evangelio de Mateo).
Podemos terminar con unas palabras recientes del Papa, que nos ayuden a sacar propósitos concretos: “¿Qué dejaréis a la próxima generación?”, preguntó Benedicto XVI en Sydney (20.08.08). “¿Estáis construyendo vuestras vidas sobre bases sólidas? ¿Estáis construyendo algo que durará? ¿Estáis viviendo vuestras vidas de modo que dejéis espacio al Espíritu en un mundo que quiere olvidar a Dios, rechazarlo incluso en nombre de un falso concepto de libertad? ¿Cómo estáis usando los dones que se os han dado, la ‘fuerza’ que el Espíritu Santo está ahora dispuesto a derramar sobre vosotros? ¿Qué herencia dejaréis a los jóvenes que os sucederán?
Y nos propuso un desafío: “La Iglesia tiene necesidad de renovación. Tiene necesidad de vuestra fe, vuestro idealismo y vuestra generosidad, para poder ser siempre joven en el Espíritu. (…) No tengáis miedo de decir vuestro «sí» a Jesús, de encontrar vuestra alegría en hacer su voluntad, entregándoos completamente para llegar a la santidad y haciendo uso de vuestros talentos al servicio de los otros.”
El ejemplo y la intercesión de María Santísima nos puede ayudar a decidirnos a vender todas las perlas para adquirir la perla preciosísima que es el amor de Dios para llegar a la santidad y para hacer uso de nuestros talentos al servicio de los otros.

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