
“Los malvados dijeron entre sí: Tendamos una trampa al justo, porque nos molesta y se opone a lo que hacemos; nos echa en cara nuestras violaciones a la ley y nos reprocha las faltas contra los principios en que fuimos educados. Veamos si es cierto lo que dice, comprobemos como le va al final. Si el justo es hijo de Dios, él lo ayudará y lo librará de las manos de sus enemigos. Sometámoslo a la humillación y a la tortura, para conocer su temple y su valor. Condenémoslo a una muerte ignominiosa, pues, según dice, Dios lo librará”.
El Salmo (53, 3-4.5.6.8) es la respuesta de Jesús, que -desde su patíbulo- continúa confiando en Dios: El Señor es quien me ayuda. Sálvame, Dios mío, por tu nombre, defiéndeme con tu poder. Escucha, Señor, mi oración y atiende a mis palabras. Gente arrogante y violenta se ha levantado contra mí; quieren matarme. ¡Dios los tiene sin cuidado! Pero el Señor Dios es mi ayuda, él es quien me mantiene vivo. Por eso te ofreceré con agrado un sacrificio y te agradeceré, Señor, tu inmensa bondad conmigo.
Los pacíficos siembran la paz y cosechan frutos de justicia. En la segunda Lectura (St 3, 16-18; 4, 1-3), el Apóstol Santiago reafirma que
“Donde hay envidias y rivalidades, hay desorden y toda clase de males. En cambio, la sabiduría que viene de arriba es intachable y, además, es amante de la paz, comprensiva, dócil, llena de misericordia y buenos frutos, imparcial y sincera. Los pacíficos siembran la paz y cosechan frutos de justicia”.
Dios nos ha llamado, por medio del Evangelio, a participar de la gloria de nuestro Señor Jesucristo. En el Evangelio, san Marcos (9, 30-37) nos presenta la clave del mensaje de Cristo: el servicio a los demás hasta el sacrificio por ellos. Para eso había venido, ésa era su misión (para servir, no para ser servido). Sus discípulos deben seguirlo por esa senda. Debe pedir, como San Josemaría: Jesús, que sea yo el último en todo... y el primero en el Amor
En aquel tiempo Jesús y sus discípulos atravesaban Galilea, pero él no quería que nadie lo supiera porque iba enseñando a sus discípulos. Les decía: " El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará". Pero ellos no entendían lo que quería decir y tenían miedo de preguntarle. Llegaron a Cafarnaún y, una vez en casa, les preguntó: "¿De qué discutían por el camino?" Pero ellos se quedaron callados, porque por el camino habían discutido acerca de quién era el más importante. Entonces Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: "El que quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos". Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: "El que recibe a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, no me recibe a mí, sino al que me ha enviado".
Por primera vez en mi vida no supe qué contestar. Le dije: «Señora, llevamos aquí dos horas hablando de las bienaventuranzas, del amor al prójimo, de la tierra santa, de Jerusalén y de la Biblia , ¿y me hace usted esa pregunta?»
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