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La promesa del Espíritu Santo

Continuamos contemplando la última cena y, en concreto, el discurso de la despedida. Este sermón suele dividirse en tres partes: la primera, sobre la partida y el regreso de Jesús; la segunda, sobre Cristo y la vida de la Iglesia; y, por último, la oración sacerdotal. Consideramos en esta meditación un fragmento de la segunda parte, que la Iglesia selecciona para la liturgia del sexto domingo de Pascua (Jn 14, 15-21).
Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Jesús pide un amor coherente, un amor que no se quede en meras palabras, sino que se manifieste en obras. Es importante insistir en que obedecerle no es un peso, sino el camino para ser felices. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros. Jesús promete que enviará al Espíritu Santo como premio por esa fidelidad, pero, sobre todo, como medio para garantizar el cumplimiento de su voluntad. Otro Paráclito, otro Abogado, otro Consolador, además del mismo Jesús, que estará siempre con nosotros para santificarnos. Benedicto XVI lo definía con una comparación musical: “el Espíritu es esa potencia interior que armoniza el corazón de los creyentes con el corazón de Cristo” (Benedicto XVI, DCE, n. 19).
Es lo que vemos hecho vida en los relatos de los Hechos de los Apóstoles (p.e., 8, 5-8.14-17), donde llama la atención que los primeros cristianos vivían de modo natural esa armonía con el querer de Dios. Se trata de una escena sacramental, relacionada con la confirmación: Cuando los apóstoles, que estaban en Jerusalén, se enteraron de que Samaría había recibido la palabra de Dios, enviaron a Pedro y a Juan; ellos bajaron hasta allí y oraron por ellos, para que recibieran el Espíritu Santo; pues aún no había bajado sobre ninguno; estaban solo bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.
El Compendio del Catecismo enseña que esa acción del Espíritu Santo sigue siendo el motor que dirige la Iglesia en el camino de la historia para que vivamos como hijos de Dios. Esa vitalidad del Paráclito no concluyó con las primeras generaciones del cristianismo, sino que continúa en cada uno de nosotros, también ahora. El Compendio del Catecismo resume la misión del Espíritu Santo diciendo que «edifica, anima y santifica a la Iglesia; como Espíritu de Amor, devuelve a los bautizados la semejanza divina, perdida a causa del pecado, y los hace vivir en Cristo la vida misma de la Trinidad Santa. Los envía a dar testimonio de la Verdad de Cristo y los organiza en sus respectivas funciones, para que todos den "el fruto del Espíritu" (Ga 5, 22)» (CCEC, n. 145).
Le pedimos al Señor que nos ayude a profundizar en esta enseñanza, para que seamos dóciles a la acción del Espíritu Santo. Nos puede servir el consejo de san Josemaría, para facilitarle al Paráclito el trabajo de «edificar, animar y santificar»: «No olvides que eres templo de Dios. El Espíritu Santo está en el centro de tu alma: óyele y atiende dócilmente sus inspiraciones. Frecuenta el trato del Espíritu Santo –el Gran Desconocido– que es quien te ha de santificar» (Apuntes íntimos, nn. 44-45, 22-XI-1932, citado por Rodríguez, n. 59).
Podemos proponernos renovar nuestro diálogo con la Tercera Persona de la Santísima Trinidad: pedirle más sus luces antes de tomar nuestras decisiones, a la hora del examen de conciencia, redescubrir su presencia activa en la Sagrada Eucaristía y en cada una de las prácticas de piedad, para iluminar el resto del día y tener conciencia de su presencia en nuestra alma en gracia.
San Pablo insistía en que somos templos del Espíritu Santo para animar al cuidado de la limpieza interior de nuestro cuerpo, a vivir con delicadeza la virtud de la castidad, además de secundar las mociones divinas. Pero el Espíritu Santo no solo «edifica, anima y santifica», sino que también nos ayuda a recomenzar cuando decaemos en el esfuerzo por cooperar con su labor: «como Espíritu de Amor, devuelve a los bautizados la semejanza divina, perdida a causa del pecado, y los hace vivir en Cristo la vida misma de la Trinidad Santa».
Quizá por eso es llamado el Consolador, porque nos garantiza el retorno a la casa del Padre, nos recuerda la verdad sobre el amor misericordioso de Dios: Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El Espíritu nos revela toda la verdad sobre Jesús y nos ayuda a imitarlo hasta ser nosotros mismos otro Cristo, el mismo Cristo: «la misión del Espíritu de adopción será unirlos a Cristo y hacerles vivir en él» (CEC, n. 690). Por el contrario, el diablo es el padre de la mentira. Pretende engañarnos cuando nos sugiere una vía alterna, el camino del pecado, que acaba en la soledad y la tristeza. 
El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros. Jesús insiste en la importancia de conocer al Paráclito, que habita dentro de cada uno de nosotros. No es suficiente con saber que el Espíritu Santo reside en nuestra alma, para santificarla. Es preciso experimentarlo, caer en la cuenta de que siempre está en nuestro interior y que, por lo tanto, debemos tratarlo, tener nuestra conversación en los cielos, pedirle su ayuda, su gracia eficacísima, para corresponder a sus mociones, para obrar como lo haría Jesús:
«Siento el Amor dentro de mí: y quiero tratarle, ser su amigo, su confidente..., facilitarle el trabajo de pulir, de arrancar, de encender... No sabré hacerlo, sin embargo: El me dará fuerzas, Él lo hará todo, si yo quiero... ¡que sí quiero! Divino Huésped, Maestro, Luz, Guía, Amor: que sepa el pobre borrico agasajarte, y escuchar tus lecciones, y encenderse, y seguirte y amarte. –Propósito: frecuentar, a ser posible sin interrupción, la amistad y trato amoroso y dócil del Espíritu Santo. Veni Sancte Spiritus!...» (Apuntes íntimos, n. 864, 8-XI-1932, en Ibidem. Cf.  F, n. 430).
Además de edificar, animar y santificar; y de reconciliarnos con el Señor, el Espíritu Santo nos fortalece para cumplir la misión apostólica que Jesucristo nos dejó, a cumplir la vocación que el Padre nos reveló. Por eso el punto del catecismo que estamos meditando concluye que «los envía a dar testimonio de la Verdad de Cristo y los organiza en sus respectivas funciones, para que todos den "el fruto del Espíritu"».
Acudamos al Paráclito pidiéndole que nos encienda para que no nos desviemos ni un ápice en el cumplimiento de la voluntad divina, que nos pode si hiciera falta, para que demos más fruto. Puede servirnos esta otra oración que compuso san Josemaría en 1934: «Ven, ¡oh Santo Espíritu!: ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos, fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo, inflama mi voluntad. He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir diciendo: después, mañana. Nunc coepi! ¡Ahora!, no vaya a ser que el mañana me falte. ¡Oh, Espíritu de verdad y de Sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y de paz! quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras» (CECH, p. 271).
Podemos concluir pidiendo a la Virgen santa su intercesión para imitarla en su unión con el Paráclito: «María, Madre nuestra, auxilium christianorum, refugium peccatorum: intercede ante tu Hijo, para que nos envíe al Espíritu Santo, que despierte en nuestros corazones la decisión de caminar con paso firme y seguro» (ECP, n. 69). 

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