
Igual en el Nuevo Testamento, el Señor nos toma y nos ordena. Lo vemos en el canto de alabanza con el que Pablo (Ef 1,3-14) bendice al Señor por sus beneficios, en primer lugar por la elección eterna: Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda bendición espiritual en los cielos, ya que en él nos eligió antes de la creación del mundo para que fuéramos santos y sin mancha en su presencia, por el amor; nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo.
Y comenzó a enviarlos de dos en dos. De acuerdo con una tradición rabínica que enseñaba: “el enviado por un hombre es el hombre mismo”, el Señor nos toma y nos da una misión, una orden. Gracias, Señor, por tu llamada; por confiar en nosotros y poner en nuestras manos a tu Iglesia, a la humanidad de estos tiempos. Para esa misión contamos con la gracia de Dios, que nos reviste, como a los apóstoles, con su autoridad para llevar a cabo su obra: dándoles potestad sobre los espíritus impuros.
Pero existe el peligro de pensar que el apostolado depende de nuestras capacidades, de nuestras estrategias, de nuestra virtud. El Señor quiere servirse de ellas, como instrumento, pero no hemos de olvidar lo que nos indica el Papa Benedicto: Para comprender la misión de la Iglesia hemos de regresar al Cenáculo, donde los discípulos permanecían juntos (cf. Lc 24,49), rezando con María, la «Madre», a la espera del Espíritu prometido. Toda comunidad cristiana tiene que inspirarse constantemente en este icono de la Iglesia naciente. La fecundidad apostólica y misionera no es el resultado principalmente de programas y métodos pastorales sabiamente elaborados y «eficientes», sino el fruto de la oración comunitaria incesante. Mensaje JMJ 2008
Señor: estamos haciendo nuestra oración, dándote gracias por nuestra vocación y considerando la misión apostólica que conlleva. Queremos pedirte, de modo incesante, por la fecundidad apostólica y misionera de nuestra labor. Ayúdanos a no olvidar que “Es preciso que seas "hombre de Dios", hombre de vida interior, hombre de oración y de sacrificio. Tu apostolado debe ser una superabundancia de tu vida "para adentro"” (Camino, n.965).
Y les mandó que no llevasen nada para el camino, ni pan, ni alforja, ni dinero en la bolsa, sino solamente un bastón; y que fueran calzados con sandalias. Hasta desde el punto de vista material, el Señor quiere dejarnos clara la lección; no dice lo que hay que llevar, sino todo lo contrario: lo que no se debe portar (Gnilka). Deben ir completamente desprovistos de todo. Prohíbe incluso pedir provisiones (no pueden llevar alforja). Se trata de aparecer como gente pobre. Pero su pobreza no es la indiferencia filosófica (como la de Antístenes o Crátenes), ni siquiera como la superación del mundo que propugna Buda. Los discípulos anuncian el nuevo Reino: quedar a merced de Dios, confiados en Él.
Y que no llevaran dos túnicas. Dice San Agustín que con esta prohibición les invita a caminar en la sencillez, no en la doblez. Sinceridad absoluta, identificación con el Maestro.
Y les decía: —Si entráis en una casa, quedaos allí hasta que salgáis de aquel lugar. Algún exégeta explica que esta indicación recuerda que el Apóstol no es vagabundo. Debe permanecer en la labor, con constancia, pase lo que pase. También, aunque los resultados no sean los esperados inicialmente.
Y si en algún sitio no os acogen ni os escuchan, al salir de allí sacudíos el polvo de los pies en testimonio contra ellos. Les anuncia que se puede padecer la misma suerte de Cristo, la que acaba de sufrir en su propia tierra. También le sucedió a Amós, como en la primera lectura (7,12-15): “Amasías, sacerdote de Betel, dijo al profeta Amós: "Vete, vidente, márchate a Judá; gánate la vida profetizando allí. Pero no sigas profetizando en Betel, porque es el santuario del rey y el templo del reino"”.
El Evangelio concluye con una actitud de los apóstoles que es parecida a la de Jesús. Si aprendemos de Él, también le imitaremos en su obrar humano y sobrenatural: Se marcharon y predicaron que se convirtieran. Y expulsaban muchos demonios, signo de la proximidad del Reino. A partir de ahora, los Doce son sus heraldos (Léonard) y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban. En esta última palabra, la Iglesia ve “insinuado” el sacramento de la Unción de los enfermos, instituido por el Señor, y más tarde, «recomendado y promulgado a los fieles por Santiago apóstol (cfr St 5,14ss.)» (Biblia de Navarra).
Terminamos con unas palabras del Papa actual, que nos muestran la actualidad de la vocación apostólica que, también hoy, Jesucristo recuerda a sus enviados: “También hoy se necesitan discípulos de Cristo que no escatimen tiempo ni energía para servir al Evangelio. Se necesitan jóvenes que dejen arder dentro de sí el amor de Dios y respondan generosamente a su llamamiento apremiante, como lo han hecho tantos jóvenes beatos y santos del pasado y también de tiempos cercanos al nuestro. En particular, os aseguro que el Espíritu de Jesús os invita hoy a vosotros, jóvenes, a ser portadores de la buena noticia de Jesús a vuestros coetáneos. La indudable dificultad de los adultos de tratar de manera comprensible y convincente con el ámbito juvenil puede ser un signo con el cual el Espíritu quiere impulsaros a vosotros, jóvenes, a que os hagáis cargo de ello. Vosotros conocéis el idealismo, el lenguaje y también las heridas, las expectativas y, al mismo tiempo, el deseo de bienestar de vuestros coetáneos. Tenéis ante vosotros el vasto mundo de los afectos, del trabajo, de la formación, de la expectativa, del sufrimiento juvenil... Que cada uno de vosotros tenga la valentía de prometer al Espíritu Santo llevar a un joven a Jesucristo, como mejor lo considere, sabiendo «dar razón de vuestra esperanza, pero con mansedumbre » (cf. 1 P 3, 15). (Mensaje JMJ 2008)
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