
Me contaba un amigo que, hace unos días, mientras animaba a un colega a que se decidiera a confesarse y volviera a comulgar, éste le había respondido de buena manera: yo no creo en la Eucaristía, porque no me criaron con esa fe. Tú entenderás que me parece bonito, lo respeto y quisiera creerlo, pero la fe en que Jesús está presente en la hostia es un misterio muy difícil de creer.
Y es verdad… aprovechemos este momento para pedir al Señor por la fe de este amigo y démosle gracias porque nos haya concedido creer en este Sacramento, culmen y fuente de nuestra vida interior.
Quizá por lo difícil que es creer en este misterio, el Señor ha querido que haya muchos ejemplos eucarísticos en el mundo. Uno de los más conocidos es el de Bolsena: corría el año de 1263. Cierto día, celebraba Misa un sacerdote piadoso, que tenía dudas sobre la presencia de Jesús en la Eucaristía. Cuando iba a partir la Hostia consagrada se le convirtió en carne, de la que salían gotas de sangre, hasta cubrir el corporal que estaba encima del altar. Muy cerca de allí, en Orvieto (donde todavía hoy se conserva la reliquia) estaba el Papa Urbano IV, quien recibió de rodillas aquellos corporales e instituyó la fiesta que hoy celebramos.
Jesús presente entre nosotros. ¡Quién pudiera adorarlo como se merece! Es lo que pedimos en la oración colecta: te pedimos nos concedas veneras de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que experimentamos en nosotros los frutos de tu redención. Por eso, nos invita la secuencia previa al Evangelio: Alabémoslo sin límites y con todas nuestras fuerzas; pues tan grande es el Señor, que nuestra alabanza es poca.
En la primera lectura, consideramos una de las primeras alianzas del Señor con su pueblo, en el Sinaí: Moisés comunica al pueblo las leyes que le enseñó el Señor y ellos se comprometen a cumplirlas. Al día siguiente firma la alianza con un ritual que incluye el sacrificio de unos novillos, con cuya sangre rocía el altar y el pueblo, mientras dice: "Esta es la sangre de la alianza que el Señor ha hecho con ustedes". Pero el pueblo fallaría a esa alianza, y a otras más a lo largo de los siglos.
Sin embargo, Dios sí será fiel a su promesa, como explica el Papa: “el Señor no faltó a su promesa y, por medio de los profetas, se preocupó en recordar la dimensión interior de la alianza y anunció que iba a escribir una nueva en los corazones de sus fieles (Cf. Jr 31,33), transformándolos con el don del Espíritu (Cf. Ez 36,25-27). Y fue durante la Última Cena cuando estableció con los discípulos esta nueva alianza, confirmándola no con sacrificios de animales, como ocurría en el pasado, sino con su sangre, que se convirtió "sangre de la nueva alianza"”.
De esta nueva alianza nos habla también la segunda lectura: como sigue diciendo Benedicto XVI, “En la cruz, Jesús es al mismo tiempo víctima y sacerdote: víctima digna de Dios, porque está sin mancha, y sumo sacerdote que se ofrece a sí mismo, bajo el impulso del Espíritu Santo, e intercede por toda la humanidad. (…) La Eucaristía, renovando el sacrificio de la Cruz, nos hace capaces de vivir fielmente la comunión con Dios”.
Quizá por lo difícil que es creer en este misterio, el Señor ha querido que haya muchos ejemplos eucarísticos en el mundo. Uno de los más conocidos es el de Bolsena: corría el año de 1263. Cierto día, celebraba Misa un sacerdote piadoso, que tenía dudas sobre la presencia de Jesús en la Eucaristía. Cuando iba a partir la Hostia consagrada se le convirtió en carne, de la que salían gotas de sangre, hasta cubrir el corporal que estaba encima del altar. Muy cerca de allí, en Orvieto (donde todavía hoy se conserva la reliquia) estaba el Papa Urbano IV, quien recibió de rodillas aquellos corporales e instituyó la fiesta que hoy celebramos.
Jesús presente entre nosotros. ¡Quién pudiera adorarlo como se merece! Es lo que pedimos en la oración colecta: te pedimos nos concedas veneras de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que experimentamos en nosotros los frutos de tu redención. Por eso, nos invita la secuencia previa al Evangelio: Alabémoslo sin límites y con todas nuestras fuerzas; pues tan grande es el Señor, que nuestra alabanza es poca.
En la primera lectura, consideramos una de las primeras alianzas del Señor con su pueblo, en el Sinaí: Moisés comunica al pueblo las leyes que le enseñó el Señor y ellos se comprometen a cumplirlas. Al día siguiente firma la alianza con un ritual que incluye el sacrificio de unos novillos, con cuya sangre rocía el altar y el pueblo, mientras dice: "Esta es la sangre de la alianza que el Señor ha hecho con ustedes". Pero el pueblo fallaría a esa alianza, y a otras más a lo largo de los siglos.
Sin embargo, Dios sí será fiel a su promesa, como explica el Papa: “el Señor no faltó a su promesa y, por medio de los profetas, se preocupó en recordar la dimensión interior de la alianza y anunció que iba a escribir una nueva en los corazones de sus fieles (Cf. Jr 31,33), transformándolos con el don del Espíritu (Cf. Ez 36,25-27). Y fue durante la Última Cena cuando estableció con los discípulos esta nueva alianza, confirmándola no con sacrificios de animales, como ocurría en el pasado, sino con su sangre, que se convirtió "sangre de la nueva alianza"”.
De esta nueva alianza nos habla también la segunda lectura: como sigue diciendo Benedicto XVI, “En la cruz, Jesús es al mismo tiempo víctima y sacerdote: víctima digna de Dios, porque está sin mancha, y sumo sacerdote que se ofrece a sí mismo, bajo el impulso del Espíritu Santo, e intercede por toda la humanidad. (…) La Eucaristía, renovando el sacrificio de la Cruz, nos hace capaces de vivir fielmente la comunión con Dios”.
Comunión con Dios. Como contaba un sacerdote que, al dar catequesis, le preguntaba a los muchachitos que se preparaban para comulgar: – ¿Ustedes, cómo ven a Jesús en la Eucaristía? Aquello les dejó desconcertados, no sabían cómo responder, hasta que una niña, con gran sencillez, levantó la mano y dijo: –Yo lo veo redondito.
Es lo que celebra el prefacio de la Misa: “con este sacramento alimentas y santificas a tus fieles, para que su misma fe ilumine y su mismo amor congregue a todo el género humano que habita un mismo mundo. Así pues, nos reunimos a la mesa en torno de este admirable sacramento, para que la abundancia de tu gracia nos lleve a poseer la vida celestial”. Reunirnos como niños a la mesa, con sus padres.
El Papa citaba un consejo de otro catequista, el Santo cura de Ars, a sus feligreses: "Vengan a comulgar... Es verdad que no somos dignos de ella, pero la necesitamos". Y comentaba el Papa: “Con la conciencia de ser indignos por causa de los pecados, pero necesitados de alimentarnos con el amor que el Señor nos ofrece en el sacramento eucarístico, renovemos esta tarde nuestra fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía ¡No hay que dar por descontada nuestra fe!”
Terminamos con otra oración tomada de la Secuencia de hoy: Ten compasión de nosotros, buen pastor, pan verdadero. Apaciéntanos y cuídanos y condúcenos al cielo. Todo lo puedes y sabes, pastor de ovejas, divino. Concédenos en el cielo gozar la herencia contigo.
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