
Canta el himno de las primeras vísperas de esta fiesta: “Oh María, Madre inmaculada de Dios, Esperanza nuestra y Júbilo para el Cielo. Paloma hermosísima, como Lirio entre espinas, Vara que, al brotar de la estirpe, sanaste nuestras heridas. Solo Tú brillas libre de la culpa original, inmune del todo a las artes de la Serpiente envidiosa, de la que eres egregio Rival. Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, que te otorgaron la gracia de una santidad incomparable".
Después de nueve días preparándonos para esta fiesta ―ayer, especialmente, encendiendo las velitas, costumbre que algunos relacionan con las que el pueblo prendió en Éfeso, para celebrar el dogma de la Maternidad divina de María―, celebramos hoy la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María, verdad de fe creída por el pueblo desde siglos y proclamada por Pío IX en 1854 con la bula Ineffabilis Deus (por cierto, la pluma con la que ese Papa firmó la bula se encuentra en la Catedral de Bogotá, que está dedicada precisamente a la Inmaculada Concepción. Esta advocación mariana es, además, “titular” de la Arquidiócesis, cuya Patrona es Santa Isabel de Hungría).
La bula de 1854 dice: “Declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús, Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser, por tanto, firme y constantemente creída por todos los fieles”. Inmaculada concepción, inmune de toda mancha del pecado original, en atención a los méritos de nuestro salvador. Como dice la antífona de entrada, me ha vestido con una túnica de salvación y me ha cubierto con un manto de inocencia, como novia que se adorna con sus joyas.
Celebramos el cumplimiento del anuncio hecho por Dios a la serpiente después del pecado original: Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; él te herirá en la cabeza, mientras tú le herirás en el talón. El demonio queda herido en la cabeza con la vida santa de esta “Paloma hermosísima, como Lirio entre espinas”, que es nuestra Madre Inmaculada, ¡“Purísima”! Por eso le canta la liturgia: Honra de nuestro linaje, que borras el oprobio de Eva.
San Anselmo exulta de gozo contemplando la bendición que supone esta verdad de nuestra fe: “¡Oh Virgen bendita, y desbordante de bendiciones, por tu bendición queda bendita toda la naturaleza, no sólo la creación por el Creador, sino también el Creador por la criatura! El que pudo hacer todas las cosas de la nada, una vez profanadas, no quiso rehacerlas sin María. Dios es, pues, el padre de las cosas creadas; y María es la madre de las cosas recreadas”.
No olvidemos que nuestra devoción mariana no puede quedarse en admiración pasiva. ¡Tenemos que imitar lo que admiramos! Y nuestra Madre nos alcanza las gracias del Señor que sean necesarias para que así sea. La fiesta de hoy nos recuerda que también nosotros hemos de rechazar el pecado, como lo hizo María durante toda su vida. Así le pedimos al Señor en las oraciones de la Misa: "concédenos, por su intercesión, llegar a ti limpios de todas nuestras culpas, así como a ella la preservaste limpia de toda mancha, guárdanos también a nosotros, por su poderosa intercesión, limpios de todo pecado".
Nos puede servir esta oración de San Josemaría, para pedirle a ella que nos purifique: “Dirígete a la Virgen, y pídele que te haga el regalo —prueba de su cariño por ti— de la contrición, de la compunción por tus pecados, y por los pecados de todos los hombres y mujeres de todos los tiempos, con dolor de Amor. Y, con esa disposición, atrévete a añadir: Madre, Vida, Esperanza mía, condúceme con tu mano..., y si algo hay ahora en mí que desagrada a mi Padre-Dios, concédeme que lo vea y que, entre los dos, lo arranquemos. Continúa sin miedo: ¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen Santa María!, ruega por mí, para que, cumpliendo la amabilísima Voluntad de tu Hijo, sea digno de alcanzar y gozar las promesas de Nuestro Señor Jesús” (Forja, n. 161).
Imitar a nuestra Madre en su rechazo al pecado, en su deseo de purificación, a partir de ahora, es uno de los mejores propósitos para este Adviento, del que comenzamos la segunda semana. Pero no olvidemos que ―según el prefacio― el Señor quería proponérnosla para que en la plenitud de la gracia fuese digna Madre de tu Hijo y comienzo e imagen de la Iglesia, Esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura. El Señor quiere que su Iglesia se parezca a María. Y ésa es también misión nuestra: no solo luchar para erradicar el pecado de nuestra vida, cada día, sino también ayudar a nuestros hermanos a tomarse en serio este compromiso del bautismo.
Nos puede ayudar otra consideración de San Josemaría: "Ayúdame a repetirlo al oído de aquél, y del otro..., y de todos: el pecador, que tenga fe, aunque consiga todas las bienaventuranzas de la tierra, necesariamente es infeliz y desgraciado. Es verdad que el motivo que nos ha de llevar a odiar el pecado, aun el venial, el que debe mover a todos, es sobrenatural: que Dios lo aborrece con toda su infinidad, con odio sumo, eterno y necesario, como mal opuesto al infinito bien...; pero la primera consideración, que te he apuntado, nos puede conducir a esta última" (Forja, n.1024).
No es una propuesta nueva: hace poco la formulaba Benedicto XVI, durante la preparación de la JMJ de este año: Comenzaba recordando que “doce Apóstoles, hace ya dos mil años, dieron la vida para que Cristo fuese conocido y amado. Desde entonces, el Evangelio sigue difundiéndose a través de los tiempos gracias a hombres y mujeres animados por el mismo fervor misionero. Por lo tanto, también hoy se necesitan discípulos de Cristo que no escatimen tiempo ni energía para servir al Evangelio. Se necesitan jóvenes que dejen arder dentro de sí el amor de Dios y respondan generosamente a su llamamiento apremiante, como lo han hecho tantos jóvenes beatos y santos del pasado y también de tiempos cercanos al nuestro.
Y concretaba una meta que podemos proponernos hoy, delante de María Inmaculada: “os aseguro que el Espíritu de Jesús os invita hoy a vosotros, jóvenes, a ser portadores de la buena noticia de Jesús a vuestros coetáneos. Vosotros conocéis el idealismo, el lenguaje y también las heridas, las expectativas y, al mismo tiempo, el deseo de bienestar de vuestros coetáneos. Tenéis ante vosotros el vasto mundo de los afectos, del trabajo, de la formación, de la expectativa, del sufrimiento juvenil... Que cada uno de vosotros tenga la valentía de prometer al Espíritu Santo llevar a un joven a Jesucristo, como mejor lo considere, sabiendo «dar razón de vuestra esperanza, pero con mansedumbre » (cf. 1P 3,15)”.
Ayúdame a repetirlo al oído de aquél y del otro… Tener la valentía de prometer al Espíritu Santo llevar a un joven a Jesucristo. Este tiempo de Adviento es una buena ocasión para plantearnos dar el mejor aguinaldo a las personas que queremos: llevarlas a la confesión. Si todos los que estamos aquí logramos ―con la gracia de Dios― que, por ejemplo, una persona más se confiese, ¡cuántas alegrías daremos en el Cielo y en la tierra! Siempre hemos de hacerlo, pero podemos aprovechar la circunstancia de las buenas disposiciones que caracterizan estos días.
Podemos concluir con otro himno de la liturgia de hoy: “Oh María, gloria del mundo, Hija de la Luz eterna, a Quien tu Hijo preservó de toda mancha. Como David doblegó la arrogancia de Goliat, así tu pie aplastó la cabeza de la pérfida serpiente. Oh Paloma sencilla y mansa que nada sabes de la hiel del pecado, Tú nos traes un anticipo de la misericordia de Dios y una rama de gracia vigorosa. Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, que te otorgaron la gracia de una santidad incomparable. Amén.”
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