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Amor a Dios y al prójimo

Después de las discusiones sobre el impuesto imperial y la resurrección de los muertos, Mateo presenta una nueva controversia (22, 34-40): “Los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se pusieron de acuerdo, y uno de ellos, doctor de la ley, le preguntó para tentarle: —Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?"

Si no nos advierten que la pregunta fue hecha “para tentarle”, no habríamos caído en la cuenta, pues se trata de un interrogante fundamental para la existencia, y va en la misma línea de la pregunta del joven rico: ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley? Quizá la trampa estaba en hacer que Jesús afirmara una frase en la cual se pudieran apoyar para acusarlo de abolir la Ley.

Jesús responde con el “Shemá Israel”, una especie de credo tomado del Dt 6,4-9, que los judíos practicantes recitaban cada mañana y cada tarde: “Escucha, Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor es Uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Que estas palabras que yo te dicto hoy estén en tu corazón. Las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas cuando estés sentado en casa y al ir de camino, al acostarte y al levantarte. Las atarás a tu mano como un signo, servirán de recordatorio ante tus ojos. Las escribirás en las jambas de tu casa y en tus portones”. Por eso las repetían, por eso las escribían en las filacterias del brazo izquierdo y de la frente.

Nos puede servir para nuestra meditación: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. La clave de la Revelación de Dios es el Amor. Y un amor con obras, de verdad. Podemos pensar cómo es nuestro cumplimiento de los mandamientos: el amor a Dios, la asistencia a Misa, la caridad con los padres, la castidad, la justicia, la veracidad…

Pero, sobre todo, más que mirar si no ofendemos a Dios, deberíamos examinar cómo manifestamos cada día nuestro cariño: Amarás al Señor Dios tuyo con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente

¿Qué queda de tu corazón, comenta San Agustín, para que puedas amarte a ti mismo?, ¿qué queda de tu alma, qué de tu mente? "Ex toto", dice. "Totum exigit te, qui fecit te"; quien te hizo exige todo de ti. ¡Cuánto nos falta para decir que lo amamos con todo!

- con todo tu corazón: Nos puede servir una anécdota, convertida en referencia literaria. Se desarrolla en un campamento militar. Cuenta un joven teniente que, para celebrar la fiesta de la Inmaculada, “después de la Santa Misa, nos invitaron a comer los infantes. Éramos unos veinte oficiales. De sobremesa –vino abundante– se cantaron canciones de todos tonos y colores. Entre ellas una se me quedó grabada: “corazones partidos, yo no los quiero/ yo cuando doy el mío lo doy entero”. 

 El Espíritu Santo se sirvió de aquella canción para que aquel muchacho pensara: “¡Qué resistencia a dar el corazón entero!” —Y la oración brotó, en cauce manso y ancho. Esta anécdota pasó al punto 145 de Camino.

- con toda tu alma: Con toda tu mente… También es muy apropiado en este momento pensar en el punto 338 del mismo libro: “Antes, como los conocimientos humanos —la ciencia— eran muy limitados, parecía muy posible que un solo individuo sabio pudiera hacer la defensa y apología denuestra Santa Fe. Hoy, con la extensión y la intensidad de la ciencia moderna, es preciso que los apologistas se dividan el trabajo para defender en todos los terrenos científicamente a la Iglesia. —Tú... no te puedes desentender de esta obligación". 

Es una manera concreta de amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas: estar al tanto de la actualidad doctrinal, de la predicación del Papa, de los temas álgidos y los argumentos adecuados para defender la doctrina verdadera sobre el aborto, la eutanasia, la participación de los cristianos en política, la ideología de género, etc.

Pero Jesús añade una cita más en su respuesta, esta vez tomada del Levítico (19,18): “No te vengarás ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo. Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo, el Señor”. La conclusión de Jesús fue: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas”.

Son inseparables. No se puede amar a Dios a quien no vemos, si no amamos a nuestros hermanos que vemos, como dice San Juan. Por eso, en la primera lectura del domingo XXX cita el Éxodo, 22,21: No maltratarás al huérfano ni a la viuda.  

“Si de veras amases a Dios con todo tu corazón, el amor al prójimo —que a veces te resulta tan difícil— sería una consecuencia necesaria del Gran Amor. —Y no te sentirías enemigo de nadie, ni harías acepción de personas” (San Josemaría, Forja 869)

Pidamos a la Santísima Virgen que nos alcance del Señor la caridad que Ella tuvo, para que amemos al Señor con todo el corazón y con toda el alma y al prójimo como a nosotros mismos.

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