El Salmo 50 recuerda una escena similar: la del pecado del rey David, que al ser corregido por el profeta Natán reacciona componiendo ese himno clásico de petición de perdón, el “Miserere”: “Dios mío, por tu amor, por tu inmensa compasión, borra mi culpa; lava del todo mi maldad, limpia mi pecado. Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado; contra ti, contra ti solo pequé; hice lo que tú detestas. Aparta tu vista de mis pecados, borra mis culpas. Líbrame de la muerte, Dios salvador mío, y mi lengua anunciará tu fidelidad”.
El perdón de Dios, institucionalizado en el Nuevo Testamento a través del sacramento de la reconciliación, es una de las maravillas de la Iglesia. Pero el amor de Dios no se limita a esa manifestación de caridad paterna. El evangelista Mateo (5, 43-48) hace ver que Jesús nos pide que también nosotros seamos como Él, que perdona cualquier ofensa: "Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tenéis? ¿No hacen eso también los publicanos? Y Si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen eso también los paganos?”
Como si fuera pequeña esa invitación –que no lo es en absoluto-, el Señor propone un paso más en el camino de la identificación con Él: “Por eso, sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”. Viene a la mente el comentario que hace San Josemaría de este apotegma divino: “Tienes obligación de santificarte. —Tú también. — ¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos? A todos, sin excepción, dijo el Señor: "Sed perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto"” (Camino, 291).
“Sed perfectos como vuestro Padre celestial”, “Tienes obligación de santificarte. —Tú también. Lo enseña la Iglesia repetidamente. Lo recordó de modo solemne en el Concilio Vaticano II: «Está claro que todos los cristianos, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor. Esta santidad favorece, también en la sociedad terrena, un estilo de vida más humano» (C. Vat. II, Lum. gent. 40).
También lo predicó el Papa, en mayo del 2008, a los jóvenes en Savona (Italia): “Queridos amigos, poned vuestra juventud al servicio de Dios y de los hermanos. Seguir a Cristo implica siempre la audacia de ir contra corriente. Pero vale la pena: este es el camino de la verdadera realización personal y, por tanto, de la verdadera felicidad, pues con Cristo se experimenta que "hay mayor felicidad en dar que en recibir" (Hch 20, 35). Por eso, os animo a tomar en serio el ideal de la santidad”.
Tomarnos en serio el ideal de la santidad, de ser perfectos como nuestro Padre celestial. Gracias a Dios, tenemos muchos ejemplos de cristianos que se han decidido a poner su juventud al servicio de Dios y de los hermanos, a seguir a Cristo, aunque esa decisión implicase siempre la audacia de ir contra corriente. Por ejemplo, recordamos la vida santa de Juan Pablo II. Poco después de su muerte, comentaba el Cardenal Herranz: “En los días que mediaron entre la muerte de Juan Pablo II y la celebración de las exequias, he visto desde mi despacho ese mar de gente, durante las veinticuatro horas del día. Por la noche bajé muchas veces a la plaza de San Pedro: muchos querían confesarse, incluso gente que llevaba alejada de la Iglesia años y años. Uno dijo: «Quiero llegar a ese hombre que me habla de Cristo a ver si Cristo me ayuda a salir de la droga». Yo me preguntaba: « ¿Qué va a ver esta gente, en pie durante tantas horas? ¿Un muerto, acaso? No, va a ver a un Vivo. En aquel que estaba allí, humanamente muerto, ellos habían visto a Cristo. El carisma de Juan Pablo II es el carisma de Cristo»”.
Podemos concluir mirando a María, el mejor modelo de imitación del Padre Celestial, de humildad y de valentía. Dirijámonos a Ella con una oración de Benedicto XVI dirigida en septiembre del 2007, en un encuentro con jóvenes en Loreto: “Ayúdanos, Virgen de Nazaret, a ser dóciles a la obra del Espíritu Santo, como lo fuiste tú. Ayúdanos a ser cada vez más santos, discípulos enamorados de tu Hijo Jesús. Sostén y acompaña a estos jóvenes, para que sean misioneros alegres e incansables del Evangelio entre sus coetáneos, en todos los lugares. Amén”.
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