
Entre las enseñanzas de Jesucristo sobre el carácter interior y espiritual de la Ley, el capítulo sexto de Mateo incluye el tema de la pobreza cristiana. De fondo aparece la bienaventuranza divina: “Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”.
Los consejos de Jesús explicitan las razones para vivir el desprendimiento: "No amontonéis tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los corroen y donde los ladrones socavan y los roban. Amontonad en cambio tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni la herrumbre corroen, y donde los ladrones no socavan ni roban. Porque donde está tu tesoro allí estará tu corazón." Nuestro tesoro debe estar en el Cielo…
Los santos han entendido que éste es un punto importante en el seguimiento de Cristo. De Juan Pablo II se cuenta que “nunca tuvo una cuenta bancaria, nunca rellenó un cheque ni contó con dinero personal alguno. Dormía en el suelo y practicaba otras formas de autodisciplina y abnegación (…). Alguien le regaló una navaja de afeitar nueva, pero primero le desechó la vieja, porque, si no, él habría regalado la nueva, como solía hacer con la mayoría de los obsequios. (…) Donaba su salario de forma anónima a un fondo escolar que ayudaba a pagar la educación de estudiantes pobres” (Weigel G. Juan Pablo II, testigo de esperanza, p. 172. 194. vid. 117). Y es que, como enseña San Josemaría, “si estamos cerca de Cristo y seguimos sus pisadas, hemos de amar de todo corazón la pobreza, el desprendimiento de los bienes terrenos, las privaciones” (Forja, 997).
El ejemplo de Jesucristo nos ayuda a mirar cómo vivir esta virtud en nuestra vida actual: “¿Cómo imaginas el porte de Nuestro Señor?, ¿no has pensado con qué dignidad llevaría aquella túnica inconsútil, que probablemente habrían tejido las manos de Santa María? ¿No recuerdas cómo, en casa de Simón, se lamenta porque no le han ofrecido agua para lavarse, antes de sentarse a la mesa? Ciertamente El sacó a colación esa falta de urbanidad para realzar con esa anécdota la enseñanza de que en los detalles pequeños se muestra el amor, pero procura también dejar claro que se atiene a las costumbres sociales del ambiente. Por lo tanto, tú y yo nos esforzaremos en estar despegados de los bienes y de las comodidades de la tierra, pero sin salidas de tono ni hacer cosas raras. Para mí, una manifestación de que nos sentimos señores del mundo, administradores fieles de Dios, es cuidar lo que usamos, con interés en que se conserve, en que dure, en que luzca, en que sirva el mayor tiempo posible para su finalidad, de manera que no se eche a perder (Ídem, Amigos de Dios, 122).
Benedicto XVI explicaba la importancia de este aspecto de la vida cristiana en la iglesia (8-IX-07): Jesucristo, que poseía toda la riqueza de Dios, se hizo pobre por nosotros, nos dice san Pablo en la segunda carta a los Corintios (cf. 2 Co 8, 9). Se trata de una palabra inagotable, sobre la que deberíamos volver a reflexionar siempre. (…) Para todos los cristianos, y especialmente para nosotros los sacerdotes, para los religiosos y las religiosas, tanto para las personas individualmente como para las comunidades, la cuestión de la pobreza y de los pobres debe ser continuamente objeto de un atento examen de conciencia. Precisamente en nuestra situación, en la que no estamos mal, no somos pobres, creo que debemos reflexionar de modo particular en cómo podemos vivir esta llamada de modo sincero. Quisiera recomendarlo para vuestro —nuestro— examen de conciencia”.
Comentarios
Publicar un comentario