Casi una semana después de celebrar la fiesta del Corpus Christi, conmemoramos la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Esta celebración se remonta al siglo XVII, cuando Santa Margarita María de Alacoque recibió la vocación de extender por el mundo la devoción al Corazón de Jesús. Como dice la Antífona de entrada, los proyectos del corazón del Señor subsisten de edad en edad, para librar las vidas de sus fieles de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre (Salmo 32).
La Liturgia nos invita a considerar dos temas: el amor que Dios nos tiene y el compromiso de transmitir ese amor a los demás. La oración colecta pide: “Dios todopoderoso, al celebrar hoy la solemnidad del Corazón de Jesús recordamos el inmenso amor de tu Hijo para con nosotros; concédenos alcanzar de esa fuente divina la abundancia inagotable de tu gracia”.
Recordamos el inmenso amor de tu Hijo para con nosotros: En el libro del Deuteronomio (7,6-11), Moisés le aclara al pueblo que el Señor no lo ha elegido por ser numeroso –pues no lo era- sino por el amor que te tiene. Es la primera vez que un pueblo no solo dice que hay un único Dios, sino que ese Dios le ama de modo exclusivo. Por eso canta el Salmo 102: A Moisés le mostró su bondad y sus prodigios al pueblo de Israel. El Señor es compasivo y misericordioso, lento para enojarse y generoso para perdonar. No nos trata como merecen nuestras culpas, ni nos paga según nuestros pecados.
En el Nuevo Testamento, San Juan (1Jn 4,7-16) resume toda su teología en tres palabras: Dios es Amor. Para San Agustín esta Revelación es tan importante que, si fuera lo único que quedara de la Biblia, estaría todo dicho: «Aunque nada más se dijera en alabanza del amor en todas las páginas de esta Epístola, aunque nada más se dijera en todas las páginas de la Sagrada Escritura, y únicamente oyéramos por boca del Espíritu Santo “Dios es amor”, nada más deberíamos buscar».
En ese mismo pasaje, el apóstol amado presenta el compromiso que esa verdad conlleva: la caridad fraterna, que debe ser la señal de identificación de los cristianos: Queridísimos: si Dios nos ha amado así, también nosotros debemos amarnos unos a otros. Se trata del doble mandamiento del amor: a Dios y al prójimo. Así lo han entendido tantas generaciones de cristianos a lo largo del tiempo: un ejemplo extremo de ese amor es la historia del martirio de San Maximiliano Kolbe.
Sucedió en un campo de concentración nazi. Un día se escapó un preso y, en represalia, los soldados escogieron a diez prisioneros para morir. Al saberlo, uno de los seleccionados, el sargento polaco F. Gajownickzek, gritó: "Dios mío, yo tengo esposa e hijos. ¿Quién los va a cuidar?". Y de entre la fila se adelantó San Maximiliano, ofreciéndose para que lo mataran en su lugar. Como argumento dijo: «Yo me ofrezco para sustituir a este hombre, soy sacerdote católico y polaco, y no soy casado». Después de dudarlo un momento, el soldado alemán aceptó. Después de bastantes días padeciendo hambre en un sótano, durante los cuales ayudó a bien morir a los otros nueve compañeros, le inyectaron cianuro el 14 de agosto de 1941, a los 47 años de edad. Pablo VI lo beatificó y su compatriota Juan Pablo II lo canonizó como santo y mártir. En ambas ocasiones asistieron F. Gajownickzek y su familia para celebrar la glorificación de su salvador.
Es un ejemplo del doble mandamiento, sobre el amor a Dios y a los demás por Dios, aplicado a la vida del cristiano. Como enseña San Cirilo de Alejandría, “el primer mandamiento prepara el camino al segundo y, a su vez, se apoya en él”.
También lo explicaba Benedicto XVI: “toda la ley divina se resume en el amor. El doble mandamiento del amor a Dios y al prójimo encierra los dos aspectos de un único dinamismo del corazón y de la vida. Así, Jesús cumple la revelación antigua, sin añadir un mandamiento inédito, sino realizando en sí mismo y en su acción salvífica la síntesis viva de los dos grandes mandamientos de la antigua alianza: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón..." y "Amarás a tu prójimo como a ti mismo"
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