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Fátima: Juan Pablo II, Rosario, penitencia



Durante muchos años, un tema tabú para los medios era el tercer secreto de Fátima: los más avezados aseguraban que se trataba del nuevo poderío de China o que escondía arcanos apocalípticos, etc. Fue Juan Pablo II el Papa que permitió la publicación del secreto, con su interpretación. Estaba convencido de que en él se había cumplido.


Como ha escrito Benedicto XVI, "Juan Pablo II, fecundo en inspiraciones proféticas y personalmente convencido de que "la mano materna" de la Virgen había desviado la bala que podría haber sido mortal para él, vio que había llegado el momento de disipar el halo de misterio que envolvía la última parte del secreto confiado por la Virgen a los tres pastorcitos de Fátima". El Papa actual señala que la convicción de su predecesor es una inspiración profética: "la mano materna" de la Virgen desvió la bala que podría haber sido mortal para él.


Pero lo más importante fue, como el Papa anterior señaló en otras ocasiones, la llamada a la oración y a la penitencia. Y en la visita que hizo al santuario un año después del atentado, resumía el sentido de esta advocación mariana: «las apariciones de Fátima, comprobadas por signos extraordinarios, en 1917, forman como un punto de referencia y de irradiación para nuestro siglo. María, Nuestra Madre celestial, vino para sacudir las conciencias, para iluminar el auténtico significado de la vida, para estimular a la conversión del pecado y al fervor espiritual, para inflamar las almas de amor a Dios y de caridad hacia el prójimo. María vino a socorrernos, porque muchos, por desgracia, no quieren acoger la invitación del Hijo de Dios para volver a la casa del Padre. Desde su santuario de Fátima, María renueva todavía hoy su materna y apremiante petición: la conversión a la Verdad y a la Gracia; la vida de los sacramentos, especialmente la Penitencia y la Eucaristía, y la devoción a su Corazón Inmaculado, acompañado por el espíritu de penitencia»


Vayamos también nosotros, como hizo Juan Pablo II, «con el Rosario en la mano, el nombre de María en los labios y el canto de la misericordia en el corazón».

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