
El profeta Isaías (41,13-20) anuncia la cercanía de Dios: Yo soy tu redentor, el Santo de Israel. Yo, el Señor, tu Dios, te agarro de la diestra y te digo: "No temas, yo mismo te auxilio. Mira, te convierto en trillo aguzado, nuevo, dentado: trillarás los montes y los triturarás; harás paja de las colinas; los aventarás, y el viento los arrebatará, el vendaval los dispersará; y tú te alegrarás con el Señor, te gloriarás del Santo de Israel. Los pobres y los indigentes buscan agua, y no la hay; su lengua está reseca de sed. Yo, el Señor, les responderé; yo, el Dios de Israel, no los abandonaré”. En respuesta, el salmo 144 aclama al Señor, clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad.
En el Evangelio de Mateo (11,11-15), se aplica la profecía de Isaías a la figura de Juan Bautista. En palabras de Jesús, no ha nacido uno más grande que él: En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él. Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan. Pues todos los profetas, lo mismo que la Ley, hasta Juan profetizaron. Y, si queréis admitirlo, él es Elías, el que iba a venir. Por eso Juan es uno de los protagonistas del Adviento, porque es el último de los profetas. Y porque nos recuerda que también nosotros estamos llamados a mostrarlo a los demás.
Anunciar al Señor. Ser sus apóstoles, aunque cueste: el Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan. No se trata de hacer violencia para convencer; sino de vencer el propio temor, los respetos humanos: los violentos lo arrebatan. El Compendio del Catecismo (n. 188) explica que los fieles laicos tienen como vocación propia la de buscar el Reino de Dios, iluminando y ordenando las realidades temporales según Dios. Responden así a la llamada a la santidad y al apostolado, que se dirige a todos los bautizados.
Estamos llamados a ser santos y a anunciar a Cristo, precisamente en medio de nuestras circunstancias ordinarias. De ese modo, participamos en la triple misión de Cristo (sacerdotal, profética y real):
- “Los laicos participan en la misión sacerdotal de Cristo cuando ofrecen como sacrificio espiritual «agradable a Dios por mediación de Jesucristo» (1P 2,5), sobre todo en la Eucaristía, la propia vida con todas las obras, oraciones e iniciativas apostólicas, la vida familiar y el trabajo diario, las molestias de la vida sobrellevadas con paciencia, así como los descansos físicos y consuelos espirituales. De esta manera, también los laicos, dedicados a Cristo y consagrados por el Espíritu Santo, ofrecen a Dios el mundo mismo” (n. 189).
- Los laicos participan en la misión profética de Cristo cuando acogen cada vez mejor en la fe la Palabra de Cristo, y la anuncian al mundo con el testimonio de la vida y de la palabra, mediante la evangelización y la catequesis. Este apostolado «adquiere una eficacia particular porque se realiza en las condiciones generales de nuestro mundo» (LG 35). (n. 190). No se trata de hacer cosas raras, sino de mostrar con nuestras vidas el testimonio de una vida coherente con la fe que se profesa: dar la cara cuando se ataca a Cristo o a la Iglesia, no tener vergüenza de reconocer delante de los amigos que uno lucha por portarse bien, o que va a Misa los domingos, o que procura vivir la castidad en el noviazgo, o que no mira a las personas del otro sexo como objetos, sino como hijas de Dios. El Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan.
- Por último, Los laicos participan en la misión regia de Cristo porque reciben de Él el poder de vencer el pecado en sí mismos y en el mundo, por medio de la abnegación y la santidad de la propia vida. Los laicos ejercen diversos ministerios al servicio de la comunidad, e impregnan de valores morales las actividades temporales del hombre y las instituciones de la sociedad. (n. 191). Se trata de servir al prójimo, sobre todo ayudándole a acercarse a Dios: animándole a confesarse con frecuencia, yendo a Misa con él, preocupándose por sus necesidades, teniendo detalles de amistad y de servicio, ofreciendo a Dios oraciones y sacrificios por los demás. El Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan.
Cuentan que en una visita de Juan Pablo II a cierto país, muchos jóvenes llevaban un botón con el lema del Papa: “Totus tuus”. Un muchacho que estudiaba último año de bachillerato se animó a hacer mucho apostolado con sus amigos, consciente de que a muchos de ellos no los volvería a ver mucho cuando salieran a la Universidad. Se propuso charlar con cada uno de sus compañeros, aprovechando la visita papal.
Aunque sentía cierta vergüenza de acercarse a algunos en concreto –“respetos humanos” se llama este síntoma, que hay que superar cuanto antes para ser apóstol de Cristo- decidió aprovechar el tema del botón del Totus tuus: “-“Oye, me he fijado que –igual que yo- durante los días que ha estado el Papa entre nosotros llevabas un botón con el Totus tuus. Verás, tenía interés en hablar contigo de estos temas: Dios, la religión, tu vida...”. -“¡Ya era hora!”, espetó su amigo. -“Veía que de vez en cuando hablabas de Dios con éste y con el otro –que son más amigos tuyos-, pero a mí nunca me decías nada. Y yo pensaba: ¿será que yo no importo?...” El Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan.
Aunque sentía cierta vergüenza de acercarse a algunos en concreto –“respetos humanos” se llama este síntoma, que hay que superar cuanto antes para ser apóstol de Cristo- decidió aprovechar el tema del botón del Totus tuus: “-“Oye, me he fijado que –igual que yo- durante los días que ha estado el Papa entre nosotros llevabas un botón con el Totus tuus. Verás, tenía interés en hablar contigo de estos temas: Dios, la religión, tu vida...”. -“¡Ya era hora!”, espetó su amigo. -“Veía que de vez en cuando hablabas de Dios con éste y con el otro –que son más amigos tuyos-, pero a mí nunca me decías nada. Y yo pensaba: ¿será que yo no importo?...” El Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan.
Esta anécdota me hace recordar la Rima VII, de Gustavo Adolfo Bécquer, que gustaba mucho a Don Álvaro del Portillo, pues la citaba con frecuencia al hablar de apostolado:
“Del salón en el ángulo oscuro,
de su dueña tal vez olvidada,
silenciosa y cubierta de polvo
veíase el arpa.
¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas
como el pájaro duerme en las ramas,
esperando la mano de nieve
que sabe arrancarlas!
¡Ay! pensé; ¡cuántas veces el genio
así duerme en el fondo del alma,
y una voz, como Lázaro, espera
que diga: «¡Levántate y anda!».
A medida que nos acercamos a la Navidad, podemos pensar en la Virgen, que estrena su maternidad viajando a acompañar a su prima Isabel durante tres meses; podemos pensar en Juan Bautista, que prepara el camino al Señor. Son ejemplos para nuestra vida. También nosotros hemos de ir a esos amigos que están, como el arpa del rincón, esperando nuestra voz que les diga: «¡Levántate y anda!».
A medida que nos acercamos a la Navidad, podemos pensar en la Virgen, que estrena su maternidad viajando a acompañar a su prima Isabel durante tres meses; podemos pensar en Juan Bautista, que prepara el camino al Señor. Son ejemplos para nuestra vida. También nosotros hemos de ir a esos amigos que están, como el arpa del rincón, esperando nuestra voz que les diga: «¡Levántate y anda!».
Madre nuestra, ayúdanos a tomarnos en serio nuestra vocación apostólica, nuestra identificación con la misión sacerdotal, profética y real de Cristo, a hablar con nuestros amigos acerca de Dios, que no olvidemos nunca que el Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan.
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