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Conversión


En el tiempo de Cuaresma se considera la historia de Moisés, inicio del Éxodo del pueblo israelita de la esclavitud de Egipto hacia la tierra prometida. Se trata de una figura del éxodo que hemos de seguir ahora los cristianos, de la esclavitud del pecado hacia la libertad que Cristo nos ha ganado con su muerte en la Cruz.
 
Un momento importante en la historia de Moisés, como en la de toda persona, es el momento de su vocación. Dios lo llama por su nombre, se presenta como el Dios de sus antepasados, le indica el proyecto de liberación en términos entrañables y, por último le da una imperiosa misión (Cf. Biblia de Navarra, comentario a Éxodo 3, 1-15). El Señor ha observado, escuchado, comprendido a su pueblo y, por último, ha bajado a liberarlo. Israel debe subir a la tierra prometida, como un camino hacia la plenitud. De la misma forma presentará Lucas en su Evangelio el ascenso de Jesús a Jerusalén. San Pablo predicará que la vida del pueblo escogido es una advertencia para nosotros (1 Cor 10, 1-12). 

En el tercer domingo de Cuaresma, la liturgia hace coincidir estas lecturas con otra llamada de Jesús a la conversión: Un hombre tenía una higuera plantada en su viñedo; fue a buscar higos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: "Mira, durante tres años seguidos he venido a buscar higos y no los he encontrado. Córtala. ¿Para qué ocupa la tierra inútilmente?” (Lc 13, 1-9). 

Jesús explica que unas tragedias recientes no eran castigo para las víctimas, como pensaban los judíos, sino una invitación a convertirse. Con la parábola de la higuera estéril lo confirma: Él mismo es el viñador con el que Dios da la última oportunidad a su pueblo. Se trata de una advertencia y de un aviso, como escuchamos repetidas veces en este tiempo a Ezequiel (33,11): Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. 

Como decía Benedicto XVI un Miércoles de Ceniza: “la Cuaresma es el tiempo espiritual propicio para entrenarse con mayor tenacidad en la búsqueda de Dios, abriendo el corazón a Cristo. San Agustín dijo una vez que nuestra vida es un ejercicio del deseo de acercarnos a Dios, de ser capaces de dejar entrar a Dios en nuestro ser. "Toda la vida del cristiano fervoroso es un santo deseo". Si esto es así, en Cuaresma se nos invita con mayor fuerza a arrancar "de nuestros deseos las raíces de la vanidad" para educar el corazón a desear, es decir, a amar a Dios. "Dios —dice también san Agustín—, es todo lo que deseamos" (cf. Tract. in Iohn., 4). Ojalá que comencemos realmente a desear a Dios, para desear así la verdadera vida, el amor mismo y la verdad.

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