
Desde los tiempos de Adán y Eva existe un misterio que inquieta a todos los seres humanos: por qué razón no hacemos lo bueno y, en cambio, optamos por lo que es malo. Es el misterio de la iniquidad humana, que a lo largo de la historia se ha intentado explicar. Si en otras ocasiones hemos pensado en la necesidad de un sentido para la vida, hoy podemos profundizar en la necesidad de tomar decisiones para alcanzar lo bueno, conveniente o necesario, para lograr el sentido de nuestra propia existencia.
En el Antiguo Testamento aparece con frecuencia la encrucijada a la que se enfrenta el ser humano: de una parte, el camino fácil, regalado, que termina en el fracaso; por otro lado, el camino de la felicidad que –sin embargo- es empinado, difícil, poco agradable a primera vista. Una metáfora que suele emplearse para las personas que escogen este último, el de la vida lograda, es la del árbol sembrado junto a la corriente. Por ejemplo, en el salmo 1: Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos; ni entra por la senda de los pecadores, sino que su gozo es la ley del Señor. Será como un árbol plantado al borde la acequia: da fruto en su sazón, y no se marchitan sus hojas; y cuanto emprende tiene buen fin.
Santo Tomás de Aquino explica que en ese árbol se pueden considerar tres cosas: las corrientes cercanas al sitio en que se planta, que son las de la gracia; el fruto, que son las buenas obras; la conservación, que en este caso es total: no solo en el tronco, sino también en las hojas. En el Nuevo Testamento se explicitan esas obras buenas que se esperan del hombre da un sentido a su vida, por ejemplo en el Sermón del Llano o de las bienaventuranzas (Lc 6,17,20-26): Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis.
El Catecismo (n. 1723) explica de modo preciso el significado de estas Bienaventuranzas: “La bienaventuranza prometida nos coloca ante opciones morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro corazón de sus malvados instintos y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino sólo en Dios, fuente de todo bien y de todo amor”
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